martes, septiembre 02, 2014

La verdad detrás de Siria (documental completo subtitulado en español)


Este documental, La verdad detrás de Siria, ha sido producido por el comité de Acción Política de Lyndon LaRouche en Estados Unidos, y trata sobre la operación imperial detrás de la desestabilización terrorista en Siria, organizada y financiada desde Gran Bretaña, Arabia Saudita y EE.UU.

Aquí se exponen todas las redes terroristas que van desde Al-Qaeda, hasta la empresa británica BAE systems y los grandes bancos del mundo.

 

sábado, agosto 30, 2014

El acomodador

Apenas había dejado la adolescencia me fui a vivir a una ciudad grande. Su centro —donde todo el mundo se movía apurado entre casas muy altas— quedaba cerca de un río.
Yo era acomodador de un teatro; pero fuera de allí lo mismo corría de un lado para otro; parecía un ratón debajo de muebles viejos. Iba a mis lugares preferidos como si entrara en agujeros próximos y encontrara conexiones inesperadas. Además, me daba placer imaginar todo lo que no conocía de aquella ciudad.
Mi turno en el teatro era el último de la tarde. Yo corría a mi camarín, lustraba mis botones dorados y calzaba mi frac verde sobre chaleco y pantalones grises; enseguida me colocaba en el pasillo izquierdo de la platea y alcanzaba a los caballeros tomándoles el número; pero eran las damas las que primero seguían mis pasos cuando yo los apagaba en la alfombra roja. Al detenerme extendía la mano y hacía un saludo en paso de minué. Siempre esperaba una propina sorprendente, y sabía inclinar la cabeza con respeto y desprecio. No importaba que ellos no sospecharan todo lo superior que era yo.
Ahora yo me sentía como un solterón de flor en el ojal que estuviera de vuelta de muchas cosas; y era feliz viendo damas en trajes diversos; y confusiones en el instante de encenderse el escenario y quedar en penumbra la platea. Después yo corría a contar las propinas, y por último salía a registrar la ciudad.
Cuando volvía cansado a mi pieza y mientras subía las escaleras y cruzaba los corredores, esperaba ver algo más a través de las puertas entreabiertas. Apenas encendía la luz, se coloreaban de golpe las flores del empapelado; eran rojas y azules sobre fondo negro. Habían bajado la lámpara con un cordón que salía del centro del techo y llegaba casi hasta los pies de la cama. Yo hacía una pantalla de diario y me acostaba con la cabeza hacia los pies; de esa manera podía leer disminuyendo la luz y apagando un poco las flores. Junto a la cabecera de la cama había una mesa con botellas y objetos que yo miraba horas enteras. Después apagaba la luz y seguí despierto hasta que oía entrar por la ventana ruidos de huesos serruchados, partidos con el hacha, y la tos del carnicero.
Dos veces por semana un amigo me llevaba a un comedor gratuito. Primero se entraba a un hall casi tan grande como el de un teatro, y después se pasaba al lujoso silencio del comedor. Pertenecía a un hombre que ofrecería aquellas cenas hasta el fin de sus días. Era una promesa hecha por haberse salvado su hija de las aguas del río. Los comensales eran extranjeros abrumados de recuerdos. Cada uno tenía derecho a llevar a un amigo dos veces por semana; y el dueño de la casa comía de esa mesa una vez por mes. Llegaba como un director de orquesta después que los músicos estaban prontos. Pero lo único que él dirigía era el silencio. A las ocho, la gran portada blanca del fondo abría una hoja y aparecía el vacío en penumbra de una habitación contigua; y de esa oscuridad salía el frac negro de una figura alta con la cabeza inclinada hacia la derecha. Venía levantando una mano para indicarnos que no debíamos pararnos, todas las cartas se dirigían hacia él, pero no los ojos: ellos pertenecían a los pensamientos que en aquel instante habitaban las cabezas. El director hacía un saludo al sentarse, todos dirigían la cabeza hacia los platos y pulsaban sus instrumentos. Entonces cada profesor de silencio tocaba para sí. Al principio se oía picotear los cubiertos; pero a los pocos instantes aquel ruido volaba y quedaba olvidado. Yo empezaba, simplemente, a comer. Mi amigo era como ellos y aprovechaba aquellos momentos para recordar su país. De pronto yo me sentía reducido al círculo del plato y me parecía que no tenía pensamientos propios. Los demás eran como dormidos que comieran al mismo tiempo y fueran vigilados por los servidores. Sabíamos que terminábamos un plato porque en ese instante lo escamoteaban; y pronto nos alegraba el siguiente. A veces teníamos que dividir la sorpresa y atender al cuello de una botella que venía arropada en una servilleta blanca. Otras veces nos sorprendía la mancha oscura del vino que parecía agrandarse en el aire mientras sostenía el cristal de la copa.
A las pocas reuniones en el comedor gratuito, yo ya me había acostumbrado a los objetos de la mesa y podía tocar los instrumentos para mí solo. Pero no podía dejar de preocuparme por el alejamiento de los invitados.
Cuando el «director» apareció en el segundo mes, yo no pensaba que aquel hombre nos obsequiara por haberse salvado su hija, yo insistía en suponer que la hija se había ahogado. Mi pensamiento cruzaba con pasos inmensos y vagos las pocas manzanas que nos separaban del río; entonces yo me imaginaba a la hija, a pocos centímetros de la superficie del agua; allí recibía la luz de una luna amarillenta; pero al mismo tiempo resplandecía de blanco, su lujoso vestido y la piel de sus brazos y su cara.
Tal vez aquel privilegio se debiera a las riquezas del padre y a sacrificios ignorados. A los que comían frente a mí y de espaldas al río, también los imaginaba ahogados: se inclinaban sobre los platos como si quisieran subir desde el centro del río y salir del agua; los que comíamos frente a ellos, les hacíamos una cortesía pero no les alcanzábamos la mano.
Una vez en aquel comedor oí unas palabras. Un comensal muy gordo había dicho: «Me voy a morir». Enseguida cayó con la cabeza en la sopa, como si la quisiera tomar sin cuchara; los demás habían dado vuelta sus cabezas para mirar la que estaba servida en el plato, y todos los cubiertos habían dejado de latir. Después, se había oído arrastrar las patas de las sillas, los sirvientes llevaron al muerto al cuarto de los sombreros e hicieron sonar el teléfono para llamar al médico. Y antes que el cadáver se enfriara ya todos habían vuelto a sus platos y se oían picotear los cubiertos.
Al poco tiempo yo empecé a disminuir las corridas por el teatro y a enfermarme de silencio. Me hundía en mí mismo como en un pantano. Mis compañeros de trabajo tropezaban conmigo, y yo empecé a ser un estorbo errante. Lo único que hacía bien era lustrar los botones de mi frac. Una vez un compañero me dijo: «¡Apúrate, hipopótamo!» Aquella palabra cayó en mi pantano, se me quedó pegada y empezó a hundirse. Después me dijeron otras cosas. Y cuando ya me habían llenado la memoria de palabras como cacharros sucios, evitaban tropezar conmigo y daban vuelta por otro lado para esquivar mi pantano.
Algún tiempo después me echaron del empleo y mi amigo extranjero me consiguió otro en un teatro inferior.
Allí iban mujeres mal vestidas y hombres que daban poca propina. Sin embargo, yo traté de conservar mi puesto. Pero en uno de aquellos días más desgraciados apareció ante mis ojos algo que me compensó de mis males. Había estado insinuándose poco a poco. Una noche me desperté en el silencio oscuro de mi pieza y vi en la pared empapelada de flores violetas, una luz. Desde el primer instante tuve la idea de que ocurría algo extraordinario, y no me asusté. Moví los ojos hacia un lado y la mancha de luz siguió el mismo movimiento. Era una mancha parecida a la que se ve en la oscuridad cuando recién se apaga la lamparilla; pero esta otra se mantenía bastante tiempo y era posible ver a través de ella. Bajé los ojos hasta la mesa y vi las botellas y los objetos míos.
No me quedaba la menor duda; aquella luz salía de mis propios ojos, y se había estado desarrollando desde hacía mucho tiempo. Pasé el dorso de mi mano por delante de mi cara y vi mis dedos abiertos. Al poco rato sentí cansancio; la luz disminuía y yo cerré los ojos. Después los volví a abrir para comprobar si aquello era cierto. Miré la bombita de luz eléctrica y vi que ella brillaba con luz mía. Me volví a convencer y tuve una sonrisa. ¿Quién, en el mundo, veía con sus propios ojos en la oscuridad?Cada noche yo tenía más luz. De día había llenado la pared de clavos; y en la noche colgaba objetos de vidrio o porcelana: eran los que se veían mejor. En un pequeño ropero —donde estaban grabadas mis iniciales, pero no las había grabado yo—, guardaba copas atadas del pie con un hilo, botellas con el hilo al cuello, platitos atados en el calado del borde, tacitas con letras doradas, etc. Una noche me atacó un terror que casi me lleva a la locura.

Me había levantado para ve si me había quedado algo más en el ropero; no había encendido la luz eléctrica y vi mi cara y mis ojos en el espejo, con mi propia luz. Me desvanecí. Y cuando me desperté tenía la cabeza debajo dela cama y veía los fierros como si estuviera debajo de un vpuente. Me juré no mirar nunca más aquella cara mía y aquellos ojos de otro mundo. Eran de un color amarillo verdoso que brillaba como el triunfo de una enfermedad desconocida; los ojos eran grandes redondeles, y la cara estaba dividida en pedazos que nadie podría juntar ni comprender.

Me quedé despierto hasta que subió el ruido de los huesos serruchados y cortados con el hacha.
Al otro día recordé que hacía pocas noches iba subiendo el pasillo de la platea en penumbra y una mujer me había mirado los ojos con las cejas fruncidas. Otra noche mi amigo extranjero me había hecho burla diciéndome que mis ojos brillaban como los de los gatos. Yo trataba de no mirarme la cara en las vidrieras apagadas, y prefería no ver los objetos que había tras los vidrios. Después de haber pensado mucho en los modos de utilizar la luz, siempre había llegado a la conclusión de que debía utilizarla cuando estuviera solo.

En una de las cenas y antes que apareciera el dueño de casa en la portada blanca, vi la penumbra de la puerta entreabierta y sentí deseos de meter los ojos allí. Entonces empecé a planear la manera de entrar en aquella habitación, pues ya había entrevisto en ellas varias vitrinas cargadas de objetos y había sentido aumentar la luz de mis ojos.

El hall del gran comedor daba a una calle, pero la casa cruzaba toda la manzana y tenía la entrada principal por otra calle; yo ya me había paseado muchas veces por la calle del hall y había visto varias veces al mayordomo: era el único que andaba por allí a esas horas. Cuando caminaba de frente con las piernas y los brazos torcidos hacia afuera, parecía un orangután; pero al verlo de costado, con la cola del frac muy dura, parecía un bicharraco. Una tarde, antes de cenar, me atrevía a hablarle. Él me miraba escondiendo los ojos detrás de cejas espesas, mientras yo le decía:
—Me gustaría hablarle de un asunto particular, perotengo que pedirle reserva.
—Usted dirá, señor.
—Yo… —ahora él miraba al piso y esperaba— …tengo en los ojos una luz que me permite ver en la oscuridad…
—Comprendo, señor.
—¡Comprende, no! —le contesté irritado—. Usted no puede haber conocido a nadie que viera en la oscuridad.
—Dije que comprendía sus palabras, señor, pero ya lo creo que ellas me asombran.
—Escuche. Si nosotros entramos a esa habitación —la de los sombreros— y cerramos la puerta, usted puede poner encima de la mesa cualquier objeto que tenga en el bolsillo y yo le diré qué es.
—Pero señor —decía él—, si en ese momento viniera…
—Si es el dueño de la casa, yo le doy autorización para que se lo diga. Hágame el favor; es un momentito nada más.
—¿Y para qué?…
—Ya se lo explicaré. Ponga cualquier cosa en la mesa apenas yo cierre la puerta, y enseguida le diré…
—Lo más pronto que pueda, señor…
Pasó ligero, se acercó a la mesa, yo cerré la puerta y al instante le dije:
—¡Usted ha puesto la mano abierta y nada más!
—Bueno, me basta, señor.
—Pero ponga algo que tenga en el bolsillo…
Puso el pañuelo; y yo, riéndome, le dije:
—¡Qué pañuelo sucio!
El también se rió, pero de pronto le salió un graznido ronco y enderezó hacia la puerta. Cuando la abrió tenía una mano en los ojos y temblaba. Entonces me di cuenta que me había visto la cara, y eso yo no lo había previsto. Él me decía, suplicante:
—¡Váyase, señor! ¡Váyase, señor!
Y empezó a cruzar el comedor. Estaba ya iluminado pero vacío.
En la próxima vez que el dueño de casa comió con nosotros, yo le pedí a mi amigo que me permitiera sentar me cerca de la cabecera —donde se ubicaba el dueño—.
El mayordomo tendría que servir allí, y no podría esquivarme. Cuando trata el primer plato sintió sobre él mis ojos y le empezaron a temblar las manos. Mientras el ruido de los cubiertos entretenía el silencio, yo acosaba al mayordomo. Después lo volví a ver en el hall. Él me decía:
—¡Señor, usted me va a perder!
—Si no me escucha, ya lo creo que lo perderé.
—¿Pero qué quiere el señor de mí?
—Que me permita ver, simplemente ver, puesto que usted me revisará a la salida, las vitrinas de la habitación contigua al comedor.
Empezó a hacer señas con las manos y la cabeza antes de poder articular ninguna palabra. Y cuando pudo, dijo:
—Yo vine a esta casa, señor, hace muchos años…
A mí me daba pena, y fastidio de tener pena. Mi lujuria de ver me lo hacía considerar como un obstáculo complicado. Él me hacía la historia de su vida y me explicaba por qué no podía traicionar al dueño de casa. Entonces lo interrumpí intimidándolo:
—Todo eso es inútil puesto que él no se enterará, además, usted se portaría mucho peor si yo le revolviera la cabeza por dentro. Esta noche vendré a las dos, y estaré en aquella habitación hasta las tres.
—Señor, revuélvame la cabeza y máteme.
—No; te ocurrirían cosas mucho más horribles que la muerte.
Y en el instante de irme le repetí:
—Esta noche, a las dos, estaré en la puerta.
Al salir de allí necesité pensar algo que me justificara. Entonces me dije: «Cuando él vea que no ocurre nadano sufrirá más». Yo quería ir esa noche porque me tocaba cenar allí, y aquellas comidas con sus vinos me excitaban mucho y me aumentaban la luz.
Durante esa cena el mayordomo no estuvo tan nervioso como yo esperaba, y pensé que no me abriría la puerta. Pero fui a las dos, y me abrió. Entonces, mientras cruzaba el comedor detrás de él y de su candelabro, se me ocurrió la idea de que él no había resistido la tortura de la amenaza, le había contado todo el dueño y me tendrían preparada una trampa. Apenas entramos en la habitación de las vitrinas lo miré: tenía los ojos bajos y la cara inexpresiva; entonces le dije:
—Tráigame un colchón. Veo mejor desde el piso y quiero tener el cuerpo cómodo.
Vaciló haciendo movimientos con el candelabro y se fue. Cuando me quedé solo y empecé a mirar, creí estar en el centro de una constelación. Después pensé que me atraparían. El mayordomo tardaba. Para prenderme a mí no hubieran necesitado un colchón con una mano porque en la otra traía el candelabro. Y con voz que sonó demasiado entre aquellas vitrinas, dijo:
—Volveré a las tres.
Al principio yo tenía miedo de verme reflejado en los grandes espejos o en los cristales de las vitrinas. Pero tirado en el suelo no me alcanzaría ninguno de ellos. ¿Por qué el mayordomo estaría tan tranquilo? Mi luz anduvo vagando por aquel universo, pero yo no podía alegrarme. Después de tanta audacia para llegar hasta allí, me faltaba el coraje para estar tranquilo. Yo podía mirar una cosa y hacerla mía teniéndola en mi luz un buen rato, pero era necesario estar despreocupado y saber que tenía derecho a mirarla. Me decidí a observar un pequeño rincón que tenía cerca de los ojos. Había un libro de misa con tapas de carey veteado como el azúcar quemado, pero en una de las esquinas tenía un calado sobre el que descansaba una flor aplastada. Al lado de él enroscado como un reptil, yacía un rosario de piedras preciosas. Esos objetos estaban al pie de abanicos que parecían bailarinas abriendo sus anchas polleras; mi luz perdió un poco de estabilidad al pasar sobre algunos que tenían lentejuelas; y por fin se detuvo en otro que tenía un chino con cara de nácar y traje de seda. Sólo aquel chino podía estar aislado en aquella inmensidad; tenía una manera de estar fijo que hacía pensar en el misterio de la estupidez. Sin embargo, él fue lo único que yo pude hacer mío aquella noche. Al salir quise darle una propina al mayordomo.
Pero él la rechazó diciendo:
—Yo no hago esto por interés, señor; lo hago obligado por usted.
En la segunda sesión miré miniaturas de jaspe, pero al pasar mi luz por encima de un pequeño puente sobre él cruzaban elefantes me di cuenta de que en aquella habitación había otra luz que no era la mía. Di vuelta los ojos antes que la cabeza y vi avanzar una mujer blanca con un candelabro. Venía desde el principio de la ancha avenida bordeada de vitrinas. Me empezaron espasmos en la sien que enseguida corrieron como ríos dormidos a través de las mejillas; después los espasmos me envolvieron el pelo con vueltas de turbante. Por último aquello descendió por las piernas y se anudó en las rodillas. La mujer venía con la cabeza fija y el paso lento. Yo esperaba que su envoltura de luz llegara hasta el colchón y ella soltara un grito. Se detenía unos instantes; y al renovar los pasos yo pensaba que tenía tiempo de escapar; pero no me podía mover. A pesar de las pequeñas sombras en la cara se veía que aquella mujer era bellísima: parecía haber sido hecha con las manos y después de haberla bosquejado en un papel. Se acercaba demasiado, pero yo pensaba quedarme quieto hasta el fin del mundo. Se paró a un costado del colchón. Después empezó a caminar pisando con un pie en el piso y el otro en el colchón. Yo estaba como un muñeco extendido en un escaparate mientras ella pisara con un pie en el cordón de la vereda y el otro en la calle. Después permanecí inmóvil a pesar de que la luz de ella se movía de una manera extraña. Cuando la vi pasar de vuelta, ella hacía un camino en forma de eses por entre el espacio de una vitrina a la otra, y la cola del peinador se iba enredando suavemente en las patas de las vitrinas. Tuve la sensación de haber dormido un poco antes que ella hubiera llegado a la puerta del fondo. La había dejado abierta al venir y también la dejó irse. Todavía no había desaparecido del todo la luz de ella, cuando descubrí que había otra detrás de mí. Ahora me puede levantar. Tomé el colchón por una punta y salí para encontrarme con el mayordomo. Le templaba todo el cuerpo y el candelabro. No podía entender lo que decía porque le castañeteaban los dientes postizos.
Yo sabía que en próxima sesión ella aparecería de nuevo; no podía concentrarme para mirar nada, y no hacía otra cosa que esperarla. Apareció y me sentí más tranquilo. Todos los hechos eran iguales a la primera vez; el hueco de los ojos conservaba la misma fijeza; pero no sé dónde estaba lo que cada noche tenía de diferente. Al mismo tiempo yo ya sentía costumbre y ternura. Cuando ella venía cerca del colchón tuve una rápida inquietud: me di cuenta que no pasaría por la orilla sino que cruzaría por encima de mí. Volví a sentir terror y a creer que ella gritaría. Se detuvo cerca de mis pies. Después dio un paso sobre el colchón; otro encima de mis rodillas —que temblaron, se abrieron e hicieron resbalar el pie de ella— otro paso del otro pie en el colchón; otro paso en la boca de mi estómago; otro más en el colchón, y otro de manera que su pie descalzo se apoyó en mi garganta. Y después perdí el sentido de lo que ocurría de la más delicada manera: pasó por mi cara toda la cola de su peinador perfumado.
Cada noche los hechos eran más percibidos; pero yo tenía sentimientos distintos. Después todos se fundían y las noches parecían pocas. La cola del peinador borraba memorias sucias y yo volvía a cruzar espacios de unaire tan delicado como el que hubiera podido mover las sábanas de la infancia. A veces ella interrumpía un instante el roce de la cola sobre mi cara; entonces yo sentía la angustia de que me cortaran la comunicación y la amenaza de un presente desconocido. Pero cuando el roce continuaba y el abismo quedaba salvado, yo pensaba en una broma de la ternura y bebía con fruición todo el resto de la cola.
A veces el mayordomo me decía:
—¡Ah, señor! ¡Cuánto tarda en descubrirse todo esto! Pero yo iba a mi pieza, cepillaba lentamente mi traje negro en el lugar de las rodillas y el estómago, y después me acostaba para pensar en ella. Había olvidado mi propia luz: la hubiera dado toda por recordar con más precisión cómo la envolvía a ella la luz de su candelabro.
Repasaba sus pasos y me imaginaba que una noche ella se detendría cerca de mí y se hincaría; entonces, en vez del peinador, yo sentiría sus cabellos y sus labios. Todo esto lo componía de muchas maneras; y a veces le ponía palabras: «Querido mío, yo te mentía…» Pero esas palabras no me parecían de ella y tenía que empezar a suponer todo de nuevo. Esos ensayos no me dejaban dormir; y hasta penetraban un poco en los sueños. Una vez soñé que ella cruzaba una gran iglesia. Había resplandores de luces de velas sobre colores rojos y dorados. Lo más iluminado era le vestido blanco de la novia con una larga cola que ella llevaba lentamente. Se iba a casar; pero caminaba sola y con una mano se tomaba la otra. Yo era un perro lanudo de un color negro muy brillante y estaba echado encima de la cola de la novia. Ella me arrastraba con orgullo y yo parecía dormido. Al mismo tiempo, yo me sentía ir entre un montón de gente que seguía a la novia y al perro. En esa otra manera mía, yo tenía sentimientos e ideas parecidos a los de mi madre y trataba de acercarme todo lo posible al perro. Él iba tan tranquilo como si se hubiera dormido en una playa y de cuando en cuando abriera los ojos y se viera rodeado de espuma. Yo le había trasmitido al perro una idea y él la había recibido con una sonrisa. Era ésta: «Tú te dejas llevar pero tú piensas en otra cosa».
Después, en la madrugada, oía serruchar la carne y golpear con el hacha.Una noche en que había recibido pocas propinas, salí del teatro y bajé hasta la calle más próxima al frío. Mis piernas estaban cansadas, pero mis ojos tenían gran necesidad de ver. Al pararme en una casucha de libros viejos vi pasar una pareja de extranjeros; él iba vestido de negro y con una gorra de apache; ella llevaba en la cabeza una mantilla española y hablaba en alemán. Yo caminaba en dirección de ellos, pero ellos iban apurados y me habían sacado ventaja. Sin embargo, al llegar a la esquina tropezaron con un niño que vendía caramelos y le desparramaron los paquetes. Ella se reía, le ayudaban a juntar la mercancía y al fin le dio unas monedas.
Y fue al volverse a mirar por última vez al vendedor, cuando reconocí a mi sonámbula y me sentí caer en un pozo de aire. Seguí a la pareja ansiosamente; yo también tropecé con una gorda que me dijo:
—Mirá por donde vas, imbécil.
Yo casi corría y estaba a punto de sollozar. Ellos llegaron a un cine barato, y cuando él fue a sacar las entradas ella dio vuelta la cabeza. Me miró con cierta insistencia porque vio mi ansiedad, pero no me conoció. Yo no tenía la menor idea. Al entrar me senté algunas filas delante de ellos y, en una de las veces que me di vuelta para mirarla, ella debe haber visto mis ojos en la oscuridad, pues empezó a hablarle a él con alguna agitación.
Al rato yo me di vuelta otra vez; ellos hablaron de nuevo, pero pocas palabras y en voz alta. E inmediatamente abandonaron la sala. Yo también. Corría detrás de ella sin saber lo que iba a hacer. Ella no me reconocía; y además se me escapaba con otro. Yo nunca había tenido tanta excitación y aunque sospechaba que no iría a buen fin, no podía detenerme. Estaba seguro de que en todo aquello había confusión de destinos; pero el hombre que iba apretado al brazo de ella se había hundido la gorra hasta las orejas y caminaba cada vez más ligero. Los tres nos precipitábamos como en un peligro de incendio; yo ya iba cerca de ellos, y esperaba quién sabe que desenlace.
Ellos bajaron la vereda y empezaron a cruzar la calle corriendo; yo iba a hacer lo mismo, y en ese instante me detuvo otro hombre de gorra; estaba sentado en un auto, había descargado un cornetazo y me estaba insultando.
Apenas desapareció el auto yo vi a la pareja acercarse a un policía. Con el mismo ritmo con que caminaba tras ellos me decidí a ir para otro lado. A los pocos metros me di vuelta, pero no vi a nadie que me siguiera. Entonces empecé a disminuir la velocidad y a reconocer el mundo de todos los días. Había que andar despacio y pensar mucho. Me di cuenta que iba a tener una gran angustia y entré en una taberna que tenía poca luz y poca gente; pedí vino y empecé a gastar de las propinas que reservaba para pagar la pieza. La luz salía hacia la calle por entre las rejas de una ventana abierta; y se le veían brillar las hojas de un árbol que estaba parado en el cordón de la vereda. A mí me costaba decidirme a pensar en lo que pasaba. El piso era de tablas viejas con agujeros. Yo
pensaba que el mundo en que ella y yo nos habíamos encontrado era inviolable; ella no lo podría abandonar después de haberme pasado tantas veces la cola del peinador por la cara; aquello era un ritual en que se anunciaba el cumplimiento de un mandato. Yo tendría que hacer algo. O tal vez esperar algún aviso que ella me diera en una de aquellas noches. Sin embargo, ella no parecía saber el peligro que corría en sus noches despiertas, cuando violaba lo que le indicaban los pasos del sueño. Yo me sentía orgulloso de ser un acomodador, de estar en la más pobre taberna y de saber, yo solo —ni siquiera ella lo sabía—, que con mi luz había penetrado en un mundo cerrado para todos los demás. Cuando salí de la taberna vi un hombre que llevaba gorra. Después vi otros. Entonces tuve una idea de los hombres de gorra: eran seres que andaban por todas partes, pero que no tenían nada que ver conmigo. Subí a un tranvía pensando que cuando fuera a la sala de las vitrinas llevaría escondida una gorra y de pronto se la mostraría. Un hombre gordo descargó su cuerpo, al sentarse a mi lado, y yo ya no pude pensar más nada.
A la próxima reunión yo llevé la gorra, pero no sabía si la utilizaría. Sin embargo, apenas ella apareció en el fondo de la sala, yo saqué la gorra y empecé a hacer señales como con un farol negro. De pronto la mujer se detuvo y yo, instintivamente, guardé la gorra; pero cuando ella empezó a caminar volví a sacarla y a hacer las señales. Cuando ella se paró cerca del colchón tuve miedo y le tiré con la gorra; primero le pegó en el pecho y después cayó a sus pies. Todavía pasaron unos instantes antes de que ella soltara un grito. Se le cayó el candelabro haciendo ruido y apagándose. Enseguida oí caer el bulto blando de su cuerpo seguido de un golpe más duro que
sería la cabeza. Yo me paré y abrí los brazos como para tantear una vitrina, pero en ese instante me encontré con mi propia luz que empezaba a crecer sobre el cuerpo de ella. Había caído como si enseguida fuera a tener un sueño dichoso; los brazos le habían quedado entreabiertos, la cabeza echada hacia un lado y la cara pudorosamente escondida bajo las ondas del pelo. Yo recorría su cuerpo con mi luz como un bandido que la registrara con una linterna; y cerca de los pies me sorprendí al encontrar un gran sello negro, en el que pronto reconocí mi gorra.
Mi luz no sólo iluminaba a aquella mujer, sino que tomaba algo de ella. Yo miraba complacido la gorra y pensaba que era mía y no de ningún otro, pero de pronto mis ojos empezaron a ver en los pies de ella un color amarillo verdoso parecido al de mi cara aquella noche que la vi en el espejo de mi ropero. Aquel color se hacía más brillante en algunos lados del pie y se oscurecía en otros. Al instante aparecieron pedacitos blancos que me hicieron pensar en los huesos de los dedos. Ya el horror giraba en mi cabeza como un humo sin salida. Empecé a hacer de nuevo el recorrido de aquel cuerpo; ya no era el mismo, y yo no reconocía su forma; a la altura del vientre encontré, perdida, una de sus manos, y no veía en ella nada más que los huesos. No quería mirar más y hacía un gran esfuerzo para bajar los párpados. Pero mis ojos, como dos gusanos que se movieran por su cuenta dentro de mis órbitas, siguieron revolviéndose hasta que la luz que proyectaban llegó hasta la cabeza de ella. Carecía por completo de pelo, y los huesos de la cara tenía un brillo espectral como el de un astro visto con un telescopio. Y de pronto oí al mayordomo: caminaba fuerte, encendía todas las luces y hablaba enloquecido. Ella volvió a recobrar sus formas, pero yo no la quería mirar. Por una puerta que yo no había visto entró el dueño de casa y fue corriendo a levantar a la hija. Salía con ella en brazos cuando apareció otra mujer; todos se iban, y el mayordomo no dejaba de gritar:
—Él tuvo la culpa; tiene una luz del infierno en los ojos. Yo no quería y él me obligó…
Apenas me quedé solo pensé que me ocurría algo muy grave. Podría haberme ido; pero me quedé hasta que entró de nuevo el dueño. Detrás venía el mayordomo y dijo:
—¡Todavía está aquí!
Yo iba a contestarle. Tardé en encontrar la respuesta; sería más o menos esta: «No soy persona de irme así de una casa. Además tengo que dar una explicación». Pero también me vino la idea de que sería más digno no contestar al mayordomo. El dueño ya había llegado hasta mí. Se arreglaba el pelo con los dedos y parecía muy preocupado. Levantó la cabeza con orgullo y, con el ceño frun-
cido y los ojos empequeñecidos, me preguntó:
—¿Mi hija lo invitó a venir a este lugar?
Su voz parecía venir de un doble fondo que él tuviera en su persona. Yo me quedé tan desconcertado que no pude decir más que:
—No, señor. Yo venía a ver estos objetos… y ella me caminaba por encima…
El dueño iba a hablar, pero se quedó con la boca entreabierta. Volvió a pasarse los dedos por el pelo y parecía pensar: «No esperaba esta complicación».
El mayordomo empezó a explicarle otra vez la luz del infierno y todo lo demás. Yo sentía que toda mi vida era una cosa que los demás no comprendían. Quise reconquistar el orgullo y dije:
—Señor, usted no podrá entender nunca. Si le es más cómodo, envíeme a la comisaría.
Él también recobró su orgullo:
—No llamaré a la policía, porque usted ha sido mi invitado, pero ha abusado de mi confianza, y espero que su dignidad le aconsejará lo que debe hacer. Entonces yo empecé a pensar un insulto. Lo primero que me vino a la cabeza fue decirle «mugriento». Pero enseguida quise pensar en otro. Y fue en esos instantes cuando se abrió, sola, una vitrina, y cayó al suelo una mandolina. Todos escuchamos atentamente el sonido de la caja armónica y de las cuerdas. Después el dueño se dio vuelta y se iba para adentro en el momento que el mayordomo fue a recoger la mandolina; le costó decidirse a tomarla, como si desconfiara de algún embrujo; pero la pobre mandolina parecía, más bien, un ave disecada. Yo también me di vuelta y empecé a cruzar el comedor haciendo sonar mis pasos; era como si anduviera dentro de un instrumento.

En los días que siguieron tuve mucha depresión y me volvieron a echar del empleo. Una noche intenté colgar mis objetos de vidrio en la pared, pero me parecieron ridículos. Además fui perdiendo la luz; apenas veía el dorso de mi mano cuando la pasaba por delante de los ojos.

El acomodador de Felisberto Hernández


viernes, agosto 29, 2014

Espadas sangrientas (película completa en español)


En tiempos de dinastía Ming, el último de los discípulos de la Espada Luminosa, va en busca, del Sr. Chen. Este resulta ser el Jefe de una poderosa banda de malhechores, la cual hace tiempo mató a su padre para apoderarse de una de las dos Espadas Sangrientas. A raíz de esto, comienza una gran exhibición de todas las artes marciales y en particular del Kendo y Aikido.

miércoles, agosto 27, 2014

Unidad 120050. Objetivo: Independencia de Pablo Gato


No deja de ser curioso que la mejor novela que he leído en los últimos tiempos, sobre la conflictiva situación pasada, presente y futura de Euskal Herria y alrededores, llegue escrita por un periodista brasileño...que para mas inri está afincado, y con mucho éxito en Yankilandia...y que además este tras una portada anodina...pero bueno, sorpresas te da la vida...

Tras lo dicho, y antes de entrar en materia, me parece interesante que se sepa quien es el que escribe esta obra, ya que sin duda, uno de los motivos que pesó poderosamente a la hora de desear leer esta obra es sin duda el mencionado curriculum del autor, asi pués conozcámosle ante de seguir hablando...

Pablo Gato (Saõ Paulo, Brasil, 1961) es un reconocido periodista y escritor español. Es presidente y fundador de Gato Communications, una empresa de media training y relaciones públicas en Washington, DC. Gato tiene una trayectoria periodística de treinta años, con veintidós de ellos en la televisión como corresponsal nacional e internacional, productor y director de noticias en Telemundo, Telemundo-NBC, CBS/Telenoticias y CNN en español. Gato ha cubierto más conflictos y guerras internacionales que cualquier otro reportero de habla hispana en el mercado de la televisión en español de los Estados Unidos. Gato fue galardonado con dos premios Emmy®, uno como productor por la serie “En búsqueda de Pablo Escobar” y el otro al mejor reportero por noticias de última hora por el reportaje “Violencia en Haití”. La National Academy of Television Arts and Sciences también lo reconoció con menciones de honor por su cobertura del ataque del 11 de septiembre en Washington, DC y la guerra en Afganistán. Pablo Gato recibió otras dos nominaciones al Emmy® por los reportajes “Orfanato en Sarajevo” y “La nueva Rusia”. Recibió un premio por parte de la National Association of Hispanic Journalists por su reportaje “El plan verde”, acerca de un plan de EEUU para invadir a México. La Association of Women in Communications le otorgó el Clarion Award for Television Investigative Feature or Series (National) del 2008 por la serie “Triple Frontera”. En el 2006, Editorial Verbigracia de España publicó su primera novela de espionaje, El Plan Hatuey, acerca de una peligrosa misión secreta por parte de los servicios de inteligencia de Cuba en Estados Unidos.)

Y es que tras leer esto, no me cabía duda de que su trabajo daba a entender que al menos el asunto iba a ser tratado desde un punto de vista serio, profesional, y asi es,ya que el trabajo de investigación, documentación y contextualización, mas los datos y descripciones, es soberbio, digno de un Pulitzer vaya. Premio otorgado por lo periodístico al que podría aspirar, sino fuera claro por el componente de novelización del asunto, esa difusa línea que separa lo real de lo inventado, bien sea por agilizar la historia, por embellecerla o por hacerla más creíble, y es que ya nos lo avisa el autor, estamos en una novela de ficción, con algunos hechos inspirados en situaciones reales, en nuestra mano queda separar el trigo de la paja.

Mi principal duda al afontar esta lectura, con sus cerca de 670 páginas, era si iba a ser una perdida de tiempo sobre todo debido a algún tipo de posicionamiento demasido subjetivo con los delicados temas a tratar, que hicieran que después de unas páginas fuese libro a abandonar, o lo que es peor, que me la colará hasta que fueran demasiadas, y los minutos perdidos fuesen mas.

Todo lo contrario.

Estamos ante una novela sumamente interesante, objetiva, neutra, en la cual la trama principal y las secundarias, destinadas a encontrarse, no hacen sino crecer conforme pasamos las páginas. Mas allá de la premisa inicial con los personajes principales desarrollandose en su microcosmos, Gato nos dibuja un fresco de la situación, o de parte de ella, político, económica y social de España, orbitando todo ello en torno a los temas principales de la historia que leemos, el terrorismo, el deseo de independencia de algunos pueblos y el deseo de unidad nacional de otros. A partir de aquí surgiran otras ideas a escuchar, como el fascismo, el racismo, las injerencias de las grandes potencias en otros paises y sus intereses, las mentiras, los engaños, los miedos, los trapicheos de los gobernantes y de los gobernados, todo ello plasmado para nosotros, para que cada cual saque sus propias conclusiones, en una especie de gigantesco reportaje.

Y es que Pablo Gato hace de su pasado periodístico su mayor virtud y su mayor defecto, ya que por un lado lo que nos narra viene perfectamente detallado y explicado, a la vez que se nota un deje técnico, de artículo de periódico en ocasiones, alejado del novelista convencional. De igual manera mete con calzador anécdotas de vivencias pasadas de los personajes, claramente basadas en conocimientos del propio autor, que pese a resultar interesantes, y en ocasiones necesarias para el crecimientos de los mismo o la trama, en otras no lo son, y se leen con agrado, pero ralentizan los movimientos principales. Asimismo su alter ego, el supermegaperiodista de investigación, sin bien es cierto que es clave e imprescindible en el aspecto mas puramente novelistico, es un personaje inverosímil en muchas ocasiones, o por lo que hace, o por como lo hace, o por las situaciones en las que está, que desde el desconocimiento del lector se antojan prohibidas para el común de los mortales, por aquello de los permisos y secretismos de políticos y cuerpos de seguridad.

Pero que no engañen estas últimas lineas a nadie, estamos ante un novelón con mayúsculas, con una adictiva historia, con buenos personajes principales y secundarios, con muchas lecturas dentro de la lectura, y con giros medidos, sorpresas y acción, todo ello dentro del marco de seriedad del entramado sociopolítico que se nos presenta.

Estamos hoy, aquí, en nuestro día a día, en Bilbao en mi caso, donde Aritz Goikoetxea, un veterano etarra de los considerados de los de la rama mas dura, decide por libre no rendir las armas, y llevar a cabo un atentado inteligente, diferente, destinado a acabar con el Gobierno español tal y como lo conocemos.... Por otra parte el periodista de investigación Xurxo Pereira, medio español medio yanki conoce a un agente doble o triple o vete a saber, Kovacs, un húngaro ligado a la CIA que le cuenta algunos secretos que mejor descubrís en la novela, sobre el Gobierno español y el secuestro de etarras...Si os parece poco el coctel también tenémos a la señorita Begoña, millonaria residente en Catalunya, lider de un poderoso grupo neonazi, de lo peor de la ultraderecha....y en medio de todo el fregao, pués....otros personajes que mucho juego han de dar, pero que mejor los véis aparecer según paséis las páginas.

Puntuación: Sobresaliente
Un hallazgo.




domingo, agosto 24, 2014

Deutsches requiem

Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses, en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio (1). En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, ya que de algún modo soy ellos.

Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.

Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable.

Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos; yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora, escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler, en el que hacía notar que el monumento más inequívoco de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo drama de Goethe  (2) sino un poema redactado hace veinte siglos, el De rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el Partido.

Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros, ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos.

Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de agua o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar  (3). Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símbolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.

En el primer volumen de Parerga und Paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades; más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz.

El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso, el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno. El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de los capitanes y el vocerío; no así en un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem.

Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel, en la obra Dichtung der Zeit, lo equipara con Whitman. La comparación no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquio Rosencrantz habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin sospechar que la secreta justificación de su vida es haber inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y  (4)… A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte (5).

Ignoro si Jerusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable.

Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. Todo, en aquellos años, era distinto; hasta el sabor del sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.) No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada la gloria y después la derrota.

En octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra casa natal; otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo. Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé, hasta dar con la verdadera.

Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas. También la historia de los pueblos registra una continuidad secreta. Arminio, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.

Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.

Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.

(1) Es significativa la omisión del antepasado más ilustre del narrador, el teólogo y hebraísta Johannes Forkel (1799-1846), que aplicó la dialéctica de Hegel a la cristología y cuya versión literal de algunos de los Libros Apócrifos mereció la censura de Hengstenberg y la aprobación de Thilo y Geseminus. (Nota del editor.)

(2) Otras naciones viven con inocencia, en sí y para sí como los minerales o los meteoros; Alemania es el espejo universal que a todas recibe, la conciencia del mundo (das Weltbewusstsein). Goethe es el prototipo de esa comprensión ecuménica. No lo censuro, pero no veo en él al hombre fáustico de la tesis de Spengler.

(3) Se murmura que las consecuencias de esa herida fueron muy graves. (Nota del editor.)

(4) Ha sido inevitable, aquí, omitir unas líneas. (Nota del editor.)


(5) Ni en los archivos ni en la obra de Soergel figura el nombre de Jerusalem. Tampoco lo registran las historias de la literatura alemana. No creo, sin embargo, que se trate de un personaje falso. Por orden de Otto Dietrich zur Linde fueron torturados en Tarnowitz muchos intelectuales judíos, entre ellos la pianista Emma Rosenzweig. “David Jerusalem” es tal vez un símbolo de varios individuos. Nos dicen que murió el primero de marzo de 1943; el primero de marzo de 1939, el narrador fue herido en Tilsit. (Nota del editor.)


Os dejo linkado aquí, un interesante artículo, Borges y el misterio que oculta el ‘Deutsches Requiem’, que complementa la lectura del relato con info del mismo, de su germen y de la vida del autor y amistades e ideas varias...



Domingo de cortos: Huele a quemado


Corto de Elías Espinosa que dirige a Carlos Chamarro y Marta Larralde, que aquí son Agus y Julia, una pareja a la que no le queda nada por decirse. Julia hace un último intento por comunicarse con su marido, pero es imposible. Julia decide cambiar la dinámica, dejar de hablar y pasar a la acción...

 
Cortometraje "Huele a quemado" (Elías Espinosa, 2013) from Fikcio on Vimeo.

viernes, agosto 22, 2014

El artículo ganador del Hugo 2014 traducido

Artículo Invitado: Siempre hemos luchado: Cuestionando la literatura de “mujeres, ganado y esclavos”, de Kameron Hurley

Os voy a contar un cuento sobre llamas. Va a ser muy parecido a cualquier otro cuento sobre llamas que hayáis escuchado: cómo están cubiertas de finas escamas; cómo se comen a sus hijos si no son educadas correctamente; y cómo, al final de sus vidas, se arrojan de los acantilados, como lemmings, para ahogarse en el mar embravecido. Son, en su corazón, criaturas del mar, nacidas para el mar, casadas con él como los pescadores que hacen su vida allí.
Todos los cuentos sobre llamas que podáis escuchar son en realidad el mismo. Lo veis en los libros: el pobre condenado bebé llama siendo masticado por su padre alcohólico. En la televisión: la marea masiva de llamas escamosas cayendo como un gran y majestuoso rebaño sobre el mar. En el cine: llamas macarras fumando cigarros y pintando sus escamas de camuflaje selvático.
Ilustración de Brenoch Adams
Ilustración de Brenoch Adams
Como ya habéis visto este cuento muchas veces, como ya conocéis la naturaleza y la historia de las llamas, a veces os sorprende, por supuesto, encontraros con una llama fuera de esos espacios mediáticos. Las llamas que te encuentras por ahí no tienen escamas. Así que dudáis de lo que veis, y hacéis bromas con vuestros amigos sobre “esas escamosas llamas ” y ellos se ríen y dicen, “¡Sí, las llamas son escamosas fijo!” y olvidáis vuestra experiencia.
Lo que recordáis es la llama que visteis que tenía sarna, que parecía algo escamosa, al fin y al cabo, y aquella otra llama que se mostraba algo agresiva hacia un bebé llama, como si fuera a comérselo. Así que os olvidáis de las llamas que no encajan en la narrativa que veis en películas, en libros, en televisión – esas de las que habéis oído hablar en los cuentos- y recordáis a las que mostraban un comportamiento como aquel del que hablan los cuentos. De repente, todas las llamas que sois capaces de recordar encajan en la narrativa que veis y oís todos los días transmitida por aquellos que os rodean. Hacéis bromas sobre eso con vuestros amigos. Os sentís como si hubierais ganado algo. No estáis locos. Pensáis lo mismo que los demás.
Y llegó el día en que empezaste a escribir sobre tus propias llamas. De forma poco sorprendente, decidiste no escribir acerca de las que habías visto en persona, suaves, mullidas, no canibalescas, porque sabías que no le parecerían “realistas” a nadie. Sacaste las llamas de los cuentos. Creaste llamas caníbales con deseos suicidas, con escamas empapadas de pintura.
Es más fácil contar las mismas historias que los demás. No hay nada especialmente vergonzoso en ello.
Pero es que eso es ser perezoso, que es una de las peores cosas que puede ser un escritor de ficción especulativa.
Ah, y no es verdad.

Siendo alguien con un conocimiento más que casual de la historia (Todo Lo Que Hubo Antes que Yo), siento un interés apasionado por la verdad. La verdad es algo que existe con independencia de que lo veamos, lo creamos, o escribamos acerca de ello. La verdad, simplemente, es. Podemos ponerle otro nombre o fingir que no sucedió, pero sus repercusiones conviven con nosotros, elijamos o no acordarnos de ella y reconocerla.
Cuando me senté a hablar de mi tesina de Master con uno de mis profesores en Durban, Suráfrica, me preguntó por qué quería escribir sobre mujeres que lucharon en la resistencia.
“¡Porque el veinte por ciento de los militantes del CNA eran mujeres!”, exclamé. “¡El veinte por ciento! Cuando lo descubrí no podía creérmelo. Y usted ya lo sabe — las mujeres nunca han formado parte de las fuerzas armadas—“
The Huntress, ilustración de S. Ross Browne
The Huntress, ilustración de S. Ross Browne
Él me interrumpió. “Las mujeres siempre han luchado,”, dijo.
“¿Qué?” dije yo.
“Las mujeres siempre han luchado,” dijo. “Shaka Zulú tenía un batallón formado exclusivamente por mujeres. Las mujeres han formado parte de todos los movimientos de resistencia. Las mujeres se han vestido de hombres y han partido a la guerra, salido al mar y participado de forma activa en el combate desde que la humanidad existe.”
No supe qué responder. Yo me había criado en el sistema escolar de los EE.UU. según una dieta inalterable formada por la teoría de la historia de los Grandes Hombres. La historia estaba repleta de Grandes Hombres. Para saber qué hacían las mujeres mientras los hombres se mataban entre ellos tuve que apuntarme a cursos especializados de Historia de las Mujeres. Resultó que muchas de ellas se dedicaban a gobernar países y a idear métodos bastante efectivos de control de la natalidad con repercusiones en la configuración de estados concretos, especialmente en Grecia y en Roma.
La mitad del mundo está llena de mujeres, pero es raro escuchar una narrativa que no hable de las mujeres como gente a la que se le hacen cosas en lugar de como gente que hace cosas. Lo más frecuente es que se hable de las mujeres como hijas de un hombre. Como esposas de un hombre.
Vi un programa de televisión, un reality sobre pilotos especializados en zonas inhóspitas de Alaska, en el que se hacía una pequeña introducción a todos los pilotos donde se hablaba de sus familias y sus pasiones, pero de la única piloto que era una mujer no decían más que era “la novia del piloto X.”. Hasta que rompieron su relación, en al segunda temporada, no tuvo su propia introducción. Resultaba que había vivido en Alaska cuatro veces más tiempo que el resto de pilotos y que, además de ser una piloto de élite, cazaba, pescaba y escalaba muros de hielo.
Pero la narrativa era una “llama caníbal”, nuestros ojos se entelaron y dejamos de verla como otra cosa.

El lenguaje es algo poderoso que modifica, maravillosamente en unos sentidos y terroríficamente en otros, la percepción que tenemos de nosotros mismos y de los demás. Es probable que cualquiera que sepa algo acerca de los militares o que preste atención a cómo se habla de la guerra en los medios de comunicación se haya dado cuenta de ello.
No matamos “gente”. Matamos “objetivos” (o japos, amarillos o moromierdas). No matamos “adolescentes de quince años” sino “combatientes enemigos” (sí, ahora se registra como combatiente enemigo a cada uno de los adolescentes de quince años o más que mueren en un ataque a distancia con drones. No como adolescente. No como niño).
Cuando hablamos sobre “gente” no estamos queriendo decir “hombres y mujeres”. Queremos decir “gente y personas del género femenino”.  Hablamos de “Novelistas Americanos” y “Mujeres Novelistas Americanas”. Hablamos de “Programadores adolescentes” y de “Chicas que son Programadoras Adolescentes”.
Y, cuando hablamos sobre la guerra, hablamos de soldados y de mujeres soldado.
Como ésta es la manera en la que hablamos, cuando abordamos la historia y utilizamos el término “soldado”, inmediatamente se borra cualquier mujer que haya combatido. No sorprende por tanto que quienes desentierran tumbas vikingas ni siquiera se molestaran en verificar si se trataba de tumbas de hombres o mujeres. Había espadas. Las espadas son para los soldados. Los soldados son hombres.
Pasaron años antes de que se les ocurriera analizar los esqueletos encontrados, en vez de decir “¡Espadas significa “hombres”!, para darse cuenta de su error.
Las mujeres también luchaban.
En realidad, las mujeres hacían de todo, aunque pensáramos lo contrario. En la Edad Media, eran doctores y alguaciles, En Grecia eran… Oh, ¡a la mierda! Foz Meadows hace un mejor trabajo que yo recopilando todos los enlaces habidos y por haber, para aquellos que necesiten “pruebas”. Vamos a dejarlo claro: si pensáis que hay algo –cualquier cosa- que las mujeres no hicieran en el pasado, estáis equivocados. Las mujeres –entonces y ahora- hasta se habituaron a mear de pie. Se ponían dildos. Así que incluso las cosas que alguno podría intentar objetar levantando la mano y diciendo “¡Es imposible que las mujeres hicieran X!”… pues sí, lo hicieron. Exceptuando fertilizar a otras mujeres, claro. Pero también en esos casos, había transexuales categorizados como “mujeres” que lo hicieron.
Pero ninguna de estas cosas cabe en nuestra narrativa. De lo que queremos hablar es de la mujer en una sola dimensión: en su capacidad como esposa, madre, hermana, e hija de un hombre. Veo esto todo el tiempo en la ficción, en la literatura y la televisión, y lo escucho en la forma en la que la gente se expresa.
Todas esas llamas caníbales.
Se me hace muy cuesta arriba escribir sobre llamas que no sean caníbales.

James Tiptree Jr. escribió una interesante historia titulada “Las Mujeres Que Los Nombres No Ven”. La leí cuando tenía veinte años, y tengo que reconocer que no entendí en ese momento por qué causó tanto revuelo. ¿Era esa la historia? Y es que… ¡ésta no era la cuestión! Los lectores estamos confinados dentro de la mente del hombre durante toda la obra, un tipo que hace bastante poco y que viaja con una mujer y su hija. Como hombre que es, claro está, nosotros como lectores no las “vemos”. No nos damos cuenta de que, de hecho, las heroínas de la historia son ellas.
Ésta era la historia de un hombre, después de todo. Esa era su narrativa. Era su historia de la que nosotros formábamos parte. Ellas eran solo objetos que pasaban por allí, personajes no jugadores en su paisaje limitado.
No las veíamos.

Hushblade, de Jason Chan
Hushblade, de Jason Chan
Cuando tenía dieciséis años, escribí un ensayo apoyando la prohibición de que las mujeres combatieran en el ejército norteamericano. Lo encontré hace poco, rebuscando entre papeles viejos. Argumentaba que no debían luchar porque la guerra es algo terrible y la familia es importante, y si todos esos hombres morían, ¿por qué querríamos que las mujeres murieran también?
En eso consistía mi argumento.
“Las mujeres no deberían ir a la guerra porque, como les está ocurriendo a los hombres ahora, ellas morirían.”
Me pusieron una “A”.

Valkyrie, ilustración de anndr
Valkyrie, ilustración de anndr
Suelo decirle a la gente que soy la mayor misógina auto-consciente que conozco.
Estaba escribiendo anoche una escena sobre una mujer general y el hombre al que ayudó a sentarse en el trono. Empecé a escribirla utilizando cierta tensión sexual y entonces me di cuenta de la pereza que me estaba dando. Existían otros tipos de tensión.
Había hecho una referencia de pasada a la esclavitud sexual, que tuve que cortar. Casi hice que el hombre utilizara un insulto machista contra ella. Gruñí a la pantalla. Él quería ayudar al hijo de ella… no. ¿A su hermano?… Vale. Ella lo iba a traicionar. Vale. Él había tenido varias esposas que habían muerto… uhmm. No. ¿Consejeras cercanas? ¿Amigas? A lo mejor, solo es que ¿alguien… lo había dejado?
Incluso cuando uno escribe sobre sociedades en las que hay muy poca violencia sexual, o directamente ninguna violencia sexual contra las mujeres, me encuentro escribiendo los mismos tropos y motivaciones. “Bueno, si éste es un malvado, necesito que le suceda algo traumático a esta heroína, así que voy a hacer que él la viole”. Eso fue lo que hice en la primera versión de mi primera novela, que trata sobre una sociedad en la que las mujeres superaban a los hombres en una proporción de 25 a 1. Porque, claro, Eso Es Lo Normal.
En un programa de televisión que vi recientemente, que se suponía trataba sobre una experiencia traumática por la que pasó una joven, en realidad el hecho aparecía para que los dos personajes masculinos se pelearan y discutieran sobre quién tenía la culpa de lo que le había ocurrido a ella. Supuso el borrado del personaje femenino y de su experiencia más flagrante que he visto en mucho tiempo. Ella se encontraba en la habitación cuando ellos se peleaban y revelaban toda clase de cosas sobre sus personalidades, mientras ella parecía confundirse con el entorno.
Olvidamos sobre qué trata la historia. Eliminamos de nuestras historias a mujeres que en nuestras propias vidas son personas firmes, directas, inteligentes, tremendas. Las mujeres apuñalan y mutilan y matan y lideran y gestionan y controlan y dirigen. Lo sabemos. Lo experimentamos a diario. Los vemos.
Pero esto es lo que narramos: dos hombres que discuten a voces en una habitación y una mujer hiperventilando en un rincón.

¿Qué significa “realismo”? ¿Qué significa “verdad”? Se afirma que la verdad es lo que hemos experimentado. Pero el problema es que a menudo es difícil distinguir lo que realmente hemos vivido de lo que se nos dice que hemos experimentado, o de lo que deberíamos haber experimentado. Somos criaturas sociales, y falibles.
Ante un desastre, una persona corriente solicitará una media de cuatro opiniones antes de formarse la suya, antes de emprender cualquier acción. Mediante un entrenamiento riguroso, como el de las fuerzas armadas, se puede entrenar a un individuo para que responda deprisa en ese tipo de circunstancias, pero, normalmente, alrededor del 70 % de los seres humanos simplemente desea seguir con su rutina diaria. Nos gusta nuestra narrativa. Se necesita una evidencia abrumadora y –más importante aún– las palabras de muchas, muchas, muchas personas a nuestro alrededor para que tomemos medidas.
Esto se ve constantemente en las grandes ciudades. Por eso se puede uno liar a puñetazos y agredir a los demás en aceras transitadas. Por eso se asesina a pleno día e incluso se roba en casas de zonas por las que pasa mucha gente. La mayoría de las personas, de hecho, ignoran las cosas que se salen fuera de lo común. O, peor aún, esperan que algún otro se haga cargo de ellas.
Recuerdo que estaba en el tren de Chicago en un vagón con una docena de personas. De repente, en el otro lado del vagón, un hombre se cayó de su asiento. Simplemente… se derrumbó en el pasillo. Empezó a tener convulsiones. Había tres personas entre él y yo. Pero nadie dijo nada. Nadie hizo nada.
Me puse de pie: “¿Caballero? “, le dije, y me dirigí hacia él.
Y en ese momento es cuando todo el mundo empezó a moverse. Le pedí a alguien que estaba en la parte trasera que pulsara el botón de alerta para decirle al conductor del tren que solicitara una ambulancia en la siguiente parada. Después de que yo actuara, había de pronto otras tres o cuatro personas conmigo, tratando de ayudar al hombre.
Pero alguien tenía que dar el primer paso.

El otro día viajaba en un tren abarrotado, en un vagón sin asientos, y vi a una mujer joven de pie cerca de la puerta que cerró los ojos y dejó caer al suelo unos papeles y su carpeta. Estaba apretujada, rodeada de otras personas, y nadie dijo nada.
Su cuerpo empezó a doblarse. “¿Estás bien?” dije en voz alta, avanzando hacia ella, y entonces otras personas miraron, y ella se derrumbaba, y empezó el murmullo, y alguien gritó desde la parte delantera del coche que era doctor, y alguien cedió su asiento, y la gente se movió, se movió, se movió.
Alguien tiene que ser la persona que diga que algo está mal. No podemos fingir que no lo vemos. Porque hay personas que han sido asesinadas y asaltadas en las esquinas por las que circulaban cientos de personas, fingiendo que todo era normal.
Ilustración de Michael Komarck
Ilustración de Michael Komarck
Pero fingir que algo es normal no lo vuelve normal.
Alguien tiene que señalarlo. Alguien tiene que hacer que la gente se mueva.
Alguien tiene que actuar.
Disparé mi primer arma en el instituto en casa de mi novio: primero un rifle, y luego una escopeta de cañones recortados. Desde entonces he llegado a disparar decentemente con una Glock, sigo siendo terrible con un rifle, y tuve la oportunidad de probar un AK-47, el arma preferida por los ejércitos revolucionarios de todo el mundo, particularmente en la década de los 80.
Tumbé con mis puños mi primer saco de boxeo de 200 libras cuando tenía 24 años.
Ese golpe significó más. Cualquiera podía disparar un arma. Pero ahora sabía cómo zurrarle bien a las cosas a la cara. Fuerte.
Al crecer, me enteré de que las mujeres cumplían ciertos tipos de papeles y hacían ciertos tipos de cosas. No era que yo no tuviera grandes modelos que seguir. Las mujeres de mi familia eran grandes matriarcas trabajadoras. Pero las historias que veía en la televisión y en las películas, e incluso en muchos libros, decían que eran anomalías. Eran llamas mullidas, no caníbales. Raras.
Pero las historias estaban equivocadas.
Pasé dos años en Sudáfrica y otra década más, una vez que regresé a los Estados Unidos, investigando acerca de todas las mujeres que habían luchado. Averigüé que las mujeres han luchado en todos los ejércitos revolucionarios, y que los ejércitos están compuestos a menudo de fuerzas de combate que entre un 20 y un 30% eran mujeres. Pero cuando decimos “ejército revolucionario” ¿En qué pensamos? ¿Qué imagen se conjura? ¿Tu ejército mental está formado por tres mujeres y siete hombres? ¿Seis mujeres y catorce hombres?
Las mujeres no sólo hicieron bombas y armas de fuego en la Segunda Guerra Mundial; empuñaron las armas y condujeron tanques y pilotaron aviones. La guerra civil, la guerra revolucionaria: nombra una guerra y yo nombraré un caso en el que una mujer cogió un sombrero y una pistola y se marchó para unirse a ella. Y sí, Shaka Zulu también empleó guerreras. Pero si decimos “soldados de Shaka Zulu”, ¿qué imagen conjuramos en nuestras mentes? ¿Pensamos en esas mujeres? ¿O son ellas las que no vemos, las que, si las incluimos en nuestras historias, los hombres dirán que no son “realistas”?
Por supuesto, hablamos de las mujeres que marchaban con Shaka Zulu. Cuando busco en Google “mujeres que lucharon junto a Shaka Zulu”, lo descubro todo sobre su “harén de 1200 mujeres”. Y sobre su madre, por supuesto. Y esta frase era muy popular: “mujeres, ganado y esclavos.” Sin una pausa.
Es fácil pensar que las mujeres nunca peleamos, nunca lideramos, si nunca somos vistas.¿Qué importa, si contamos las mismas viejas historias, si compartimos las mismas 
viejas mentiras? Si las mujeres luchan, y las mujeres dirigen, y las mujeres sostienen la mitad del cielo, ¿qué importan las historias frente a la verdad? No cambiaremos la verdad por eliminar a las mujeres de ella.
¿Verdad?
Las historias nos dicen quiénes somos. De lo que somos capaces. Cuando salimos en busca de historias creo que, en muchos aspectos, vamos buscándonos a nosotros mismos, tratando de comprender nuestras vidas y a las personas que nos rodean. Las historias y el lenguaje nos dicen lo que es importante.
Si las mujeres son “zorras” y “perras” y “putas” y la gente a la que estamos matando son los “amarillos” y “japos” y “moromierdas”, entonces no son realmente gente, ¿verdad? Esto nos hace más fácil borrarlos. Más fácil matarlos. No tenerlos en cuenta. Dejar de verlos.
Pero en el momento en que reimaginamos el mundo como una colmena bullente de personas con una variedad de géneros y sexos complicados e historias únicas y apasionadas que todavía estar por contar –esto los hace más difíciles de ignorar. Ya no son, “mujeres, ganado y esclavos”, sino participantes activos en sus propias historias.
Y en las nuestras.
Porque cuando decidimos escribir historias, no sólo contamos historias individuales. Son las suyas. Y las tuyas. Y las nuestras. Todos existimos juntos. Todo sucede aquí. Es turbio y complejo y a menudo trágico y aterrador. Pero ignorando la mitad, asumiendo que sólo hay una manera en la que una mujer vive o ha vivido –en relación a los hombres que la rodean– no es un simple acto de eliminación, sino una censura política.
Llenar un mundo de hombres, de héroes masculinos, de personas de sexo masculino, y de sus “mujeres, ganado y esclavos” es un acto político. Conscientemente, estás eligiendo borrar la mitad del mundo.
Como narradores, podemos elegir opciones más interesantes.
God's War, de Kameron Hurely
God’s War, de Kameron Hurely
Te puedo decir todos los días que las llamas tienen escamas. Puedo pintarlas. Puedo reescribir la historia. Pero yo soy una simple narradora de historias, y mis mentiras no se convierten en narrativa a menos que estés de acuerdo conmigo. A menos que escribas como yo. A menos que tú, también, aceptes mi narración perezosa y la perpetúes.
Tienes que ser cómplice en este borrado para que suceda. Tú, yo, todos nosotros.
No dejes que eso suceda.
No seas perezoso.
Las llamas te lo agradecerán.
Habrá seres humanos reales que también lo harán.

["'We Have Always Fought': Challenging the 'Women, Cattle and Slaves' Narrative" apareció publicado originalmente en "A Dribble of Ink el 20 de mayo de 2013. Está nominado a los premios Hugo 2014 en la categoría Mejor obra relacionada y lo compartimos con vosotros con permiso de la autora.]

Fuente de la noticia:
notcf.blogspot.com.es
Fuente original del artículo traducido:
elfantascopio.com

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