miércoles, noviembre 08, 2006

Un visitante en La Catedral.

Como buen y ultimamente sufrido aficionado al Athletic que soy estoy al tanto de lo que la gente habla por ahí de mi equipo del alma.
Asi que copio un post que he leido de un aficionado de otro equipo y que me ha parecido esplendido.
Su primera experiencia en San Mames:

Un profano en La Catedral.

Es bien sabido que uno de los cinco preceptos que debe cumplir todo musulmán que respete su religión es el hajj, la peregrinación a La Meca, aunque sea una vez en la vida. No hay constancia de un similar “pentálogo” para nominarse ejemplar devoto del fútbol español, pero si así fuera, no es difícil suponer que la norma equivalente dictaría una obligada visita a San Mamés. Quien esto escribe, que no es forofo del Athletic y ni siquiera especial admirador del fútbol norteño, cumplió ayer el ritual y penetró en el templo rojiblanco imbuido de un respeto reverencial. El que, a lo largo de noventa años, se han ganado estas venerables piedras.

Desde que supe hace unas semanas que un viaje de trabajo iba a llevarme a Castro Urdiales y que el camino más corto para llegar desde la capital pasaba por Bilbao, la idea de la visita ocasionaba un ruido de fondo en mi cabeza. Tenían que darse varias circunstancias favorables: que el partido fuese el domingo y no por la noche –plazo límite para mi regreso-, que pudiera conseguir entradas en un campo donde la mayor parte de las localidades son de abono, que el desplazamiento al aeropuerto fuera sencillo… Muchos condicionantes, es cierto, como para no pensar que algún piadoso ángel futbolero me hizo un guiño y encajó las piezas. Bueno, un ángel y el gran Dadan, a quien todos conocéis, que fue el responsable directo de que a las 16:30 franqueáramos la puerta del estadio.

Mientras caminábamos tranquilamente por la calle Poza, con el enorme escudo del Athletic ya en lontananza, y el ambiente del partido nos envolvía hasta acabar semejando monumental marabunta, se me agolpaba en la memoria un mundo de historias relacionadas que convocaba el lugar al que me dirigía. El único campo de España que ha visto todas las temporadas de Primera División. El gol de Robson en el 82, el más rápido de la Historia de los Mundiales. Tantas noches de fútbol varonil, agreste, duro, partidos vistos o imaginados, con esos balones que se volvían piedra en las trombas de agua y que, al cabecearlos, hacían sangre –era Zarra quien afirmaba esto, habremos de creerle-. La única afición en España que aplaude sistemáticamente el buen juego del contrario. Los once aldeanos. El busto de Pichichi, ese delantero genial al que correspondió el honor de violentar por primera vez la virginidad de esas redes, y cuyo nombre significa gol. Nombres, tantos nombres, Venancio, Piru, Iriondo, Panizo, el Chopo, Aguirre, los hermanos Rojo, Dani, Sarabia, Guerrero… Hasta el propio San Mamés, el santo que domesticó a esos leones que ahora refulgen en la insignia bilbaína y en el imaginario de la afición.

Con todo esto dentro me vi de pronto en el interior, lanzando miradas panorámicas con los ojos curiosos del niño feliz. Observando el impresionante arco, de cuya doble dimensión me instruyó Dadan, siempre sabio: la mítica, dada la importancia de esta construcción en Bilbao, y la arquitectónica, pues posibilitó eliminar columnas que restaban visibilidad. La pequeñez de los fondos en comparación, y la escasa distancia al campo, ese sabor inglés cada vez más difícil de percibir. La marea de camisetas rojiblancas, de abundancia inaudita, las txapelas, los ancianos que parecen llevar cien años viendo fútbol.. Más adelante, en el fragor de la batalla, el griterío, la presión arrasadora, el apoyo incondicional, abrumador, casi excesivo en un encuentro no destinado precisamente a la inmortalidad. Y como colofón, unos pulmones ciclópeos a mis espaldas gritando Athleeeeetic!!! respondido automáticamente por miles de gargantas con el A la bim, a la bam! que ya es pura tradición, más allá del balompié.

Salí de allí transmutado, supongo que con la expresión de agotamiento del que ha vivido una experiencia iniciática, y pensaba que seguramente nunca había disfrutado tanto en un partido sin goles y con tan poca historia. Y me invadía ya la vacía pena del viajero que regresa (Ismael Serrano dixit) mientras, camino de la estación, rodeaba el campo por última vez. Como un buen mahometano alrededor de la Ka’ba, la Piedra Negra, en la Ciudad del Profeta.

Maravilloso, me lloran los ojos....
Han de venir de fuera para que veas lo que tienes en casa.

Aupa Athletic¡¡¡¡

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