viernes, marzo 09, 2007

Calvario en alta mar

«La de ayer fue una noche terrible». Con esta frase demoledora, los pasajeros del 'Pride of Bilbao' describían su experiencia en alta mar. «Fue espantoso, el barco no dejaba de moverse. Perdíamos el equilibrio porque las olas eran enormes», comentaba un turista británico mientras dejaba atrás el control de aduanas. Todavía daba pasos temblorosos y su rostro no escondía ni el cansancio ni el miedo. Lógico. El ferry que une Portsmouth con Santurtzi llegó ayer con retraso a la costa vizcaína tras soportar durante veinte horas los azotes del temporal. En su interior, más de 600 personas acababan de vivir una «horrenda pesadilla». En ningún momento habían podido conciliar el sueño.

«¿Dormir dice? ¿Qué va! Si aquello era una locura. Ni siquiera fuimos capaces de llegar a los camarotes». Las frases se entreveraban con el trajín de las maletas y del personal del puerto. «Lo pasé muy mal -confesaba un joven que viajaba con su familia-. He sentido muchas náuseas y mis hijos han pasado miedo. Las cosas se movían de aquí para allá cuando el barco subía y bajaba Estuvimos mucho tiempo sentados en el suelo, pues era imposible ponerse de pie».

Según los propios tripulantes, las olas que se estrellaron contra el casco medían «entre quince y veinte metros». Para ellos, fue «un poco incómodo». Para los pasajeros fue algo más: «Caminar por el buque era como practicar 'breakdance'». Por supuesto, no había música. Sólo ruido de tormenta, lluvia y viento que soplaba a 150 kilómetros por hora. «Preocupación» general y, afuera, oscuridad. «Todavía no oigo bien porque me zumban los oídos».

Aunque la tripulación describía la noche como un episodio «sin momentos de miedo o terror», los pasajeros que desembarcaban compartían un recuerdo distinto. «Algunos estaban tranquilos, pero a muchos les oí sollozar. También había gente que repetía: ¿Llegó mi hora! ¿Llegó mi hora!». Es el testimonio de Cheryl Gearing, una turista británica que viaja en el 'Pride of Bilbao' con cierta regularidad y conoce el trayecto de memoria. «El capitán del barco, que suele ser muy amable, apareció anoche y nos ordenó sentarnos en el suelo. Dijo que era por nuestra seguridad y que debíamos permanecer tranquilos».

Llevaba razón. Una mujer resultó herida al intentar incorporarse. El vaivén del 'ferry' provocó que se cayera y, con el impacto, se dislocó una muñeca. De los seiscientos pasajeros, fue la única persona que requirió asistencia médica y, una vez en tierra firme, fue evacuada al hospital. «Hemos venido hasta aquí para atender a esa persona», explicaban los integrantes del grupo especial de rescate de la DYA. Ellos tampoco habían podido dormir. Trabajaron durante la víspera en el polideportivo de Santurtzi, asistiendo a los pasajeros que no pudieron partir hacia Portsmouth.

Pero en el muelle vizcaíno la historia era distinta. Los turistas recién llegados acaparaban la atención. Algunos salían con el rostro lívido y el cabello revuelto. Otros, con ojeras muy pronunciadas y un gesto desencajado. «Fue una experiencia muy mala», «todos se pusieron enfermos», «la próxima vez viajo en avión», declaraban sin detenerse y se iban a toda prisa. Cheryl no. Se había sentado en una silla mientras guardaba su pasaporte. «Creo que somos afortunados», dijo antes de remangarse el pantalón y enseñar su pierna izquierda. Estaba magullada y tenía restos de sangre.

«Anoche me caí. Me golpeé en la espalda y en esta parte de la pierna, pero no es nada», describía con calma, quitándole hierro al tema. A Cheryl le preocupó más la noticia de que habían cerrado el puerto de Santurtzi que las lesiones de su cuerpo. «Yo estoy bien y agradecida. Podría haber sido peor. En un momento de la noche empezaron a volar las cosas. Las tazas, los platos El movimiento del barco lanzaba todo por los aires con fuerza», relataba acomodándose el cabello. «Debo tener un aspecto terrible, ¿no?». Lo que tenía era un optimismo a prueba de temporales.

-¿Sintió miedo en altamar?

-Por supuesto. El ambiente no era de fiesta. Mucha gente vomitaba o se quejaba de los mareos. Además, cerraron el bar. No podían dar servicio y había algunos jóvenes que se estaban emborrachando.

La respuesta no podía ser más precisa. «Hemos llegado bien, eso es lo que importa. Ahora podré contarle a mi nieto que sobreviví a una tormenta en el mar». Tormenta que, aún anoche, arrancaba al mar olas de once

Fuente:
elcorreodigital.com

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