miércoles, marzo 28, 2007

Kiefer llena el Guggenheim


Anselm Kiefer, artista alemán. Lugar y fecha de nacimiento: Donaueschingen, en el sur de la Selva Negra, el 8 de marzo de 1945. El pintor de los girasoles secos y las tierras quemadas no nació en un año ni un sitio cualquiera. Al mes siguiente de que él viese la luz Adolf Hitler se suicidaba en el búnker de la Cancillería, en Berlín, cerrando así el episodio más oscuro de la Historia. Cuando Kiefer decidió hacerse artista, veinte años después, se enfrentó a la inevitable disyuntiva de su generación: o daba la espalda al pasado o atravesaba el campo arrasado para mirar al cielo, por si algún ángel le devolvía la mirada. Eligió lo segundo.

Kiefer posaba ayer en el atrio del Guggenheim delante de una de las 100 obras que reflejan su trabajo en los diez últimos años. El cuadro, de unos 15 metros de alto, se titula 'La rosa de nadie' y está hecho expresamente para quedarse en ese espacio estelar del museo. En él Kiefer condensa sus historias de paisajes áridos y yermos, de nubes y seres celestiales, de quienes puede llegar la redención. Entre esas imágenes, las palabras de un poema de Paul Celan, el escritor rumano y judío cuya familia murió en los campos de concentración, en los que él también estuvo internado. Cuando llegó el año de la liberación, 1945, Celan reafirmó su escritura en lengua alemana, aquella que quisieron divinizar. los nazis. El poeta, como Kiefer, creía que el pasado también le pertenecía.

En la presentación de la muestra, que se podrá ver hasta el 34 de septiembre, patrocinada por el BBVA, estuvieron su comisario, Germano Celant, el director general del museo vasco, Juan Ignacio Vidarte, y el director de la Fundación Guggenheim de Nueva York, Thomas Krens. Vidarte recordó que entre las primeras compras del centro, en 1996, se encontraban 11 piezas de Kiefer, un dato que une al pintor con el inicio del Guggenheim bilbaíno, que celebra el décimo aniversario de su inauguración.

La exposición es una de las más espectaculares en la trayectoria del centro. La magnitud gigantesca de los cuadros les da un aire entre amenazante, solemne y monumental. Cada obra es un golpe al ojo, que responde con una mirada de angustia, pero también de fascinación.

Dentro de esa espectacularidad se halla toda una serie de símbolos, alquimias y filosofías que ayer ayudó a desentrañar el comisario de la muestra, Germano Celant. «La gran mayoría de los minimalistas estadounidenses fueron soldados en la guerra de Corea. Sin embargo, no hay en sus obras ni una referencia a ella. Kiefer representa un tipo de creador muy distinto, el que acepta el pasado y la muerte».

El creador alemán se hace cargo de la desolación de Europa, de los nombres sospechosos, asociados justa o injustamente al nazismo, como el del compositor Richard Wagner y el de los filósofos Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, éste último rector de la universidad de Friburgo en 1933, año del ascenso de Hitler al poder. «Kiefer no se esconde», resume Celant.

La muestra ocupa dos salas de primera planta y la práctica totalidad de la segunda. En el primer tramo se halla una de las cosmologías del creador germano, una serie de lienzos que cubren las cuatro paredes de una sala, con unos cuadros ensamblados que dejan un espacio en la pared donde se lee: «A cada planta le corresponde una estrella». Cruzando el atrio, en uno de los espacios laterales, se encuentran las obras con objetos que se reiteran en la trayectoria del artista. «Los libros abiertos, como los brazos de un ángel, las cenizas de los cuerpos quemados, las sillas vacías de las personas que han desaparecido, los cadáveres que remiten a la memoria: todo eso está en el universo de Kiefer», precisa el comisario, conservador de arte contemporáneo de la Fundación Guggenheim.

En la segunda planta se halla una de las salas más espectaculares de la exposición. En ella se ubican unas camas de plomo abombadas, con huecos en los que hay agua o restos de plantas. El conjunto se titula 'Las mujeres de la Revolución», en referencia a las que también ayudaron a derrocar a la aristocracia en la Francia de 1789, y que sin embargo no ocupan ni un párrafo en los libros de historia. Enfrente, los marcos con los lienzos vacíos de las 'reinas francesas', personas a las que también se les ha cubierto con el velo de la ignorancia por el mero hecho de su condición femenina

Kiefer vuelve a las cosmologías en una sala cubierta con cuadros en los que los edificios, las torres y las escaleras suben hacia el cielo. En la otra punta del segundo piso, una espectacular escalera de hormigón cae rota desde el techo, hasta dejar sus restos partidos por el suelo. Frente a la destrucción, un cuadro llama al sol como símbolo del resurgimiento.

Barcos a pique, vestidos de novia que cubren a mujeres distintas, caracterizadas por libros o por su dominio de las matemáticas, y una espectacular sala en la que confluyen la tierra de las vasijas y luz del cielo o de la divinidad completan la muestra. «La idea no está por encima de lo material. La labor del artista consiste en sacar el espíritu de las cosas que maneja», dijo Kiefer para explicar su trabajo.

Fuente:
elcorreodigital.com

Yo iré este finde si puedo.

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