viernes, abril 27, 2007

Fragmento de Mar de Luz Plateada

Pongo un fragmento de la obra comentada en el post anterior.

Que aproveche...

Mar de Luz Plateada
Fragmento, 1

Extraños compañeros de cama

Renie se zafó del primer ataque de Sam y esquivó el segundo casi con la misma facilidad después de agacharse, pero el tercero la castigó con fuerza en un lado de la cabeza y se apartó maldiciendo. Sam gemía y se balanceaba ciegamente, pero Renie no quería arriesgarse: si el simuloide de Sam Fredericks se trataba de una representación fiel de su verdadero yo, era una chica fuerte y atlética. La agarró por la cintura, la arrojó al extraño suelo jabonoso y, forcejeando, la inmovilizó con un abrazo; pero falló y recibió otro cachete en un lado de la cabeza. Empezaba a costarle trabajo no enfadarse.
–¡Estate quieta, Sam, maldita sea! ¡Basta ya!
Por fin logró agarrarle un brazo y, usándolo como palanca, la obligó a mantener la cabeza contra el suelo; después se subió encima y le puso el otro brazo a la espalda. Sam se revolvió un momento tratando de soltarse, pero enseguida dejó de luchar y empezó a gemir con fuerza y de forma conmovedora.
Renie se quedó sentada encima de ella casi un minuto, hasta que amainó el llanto convulsivo de la muchacha. Con la esperanza de que lo peor hubiera pasado, se arriesgó a soltarle un brazo y se restregó allí donde le había golpeado. Le crujió la mandíbula al frotársela.
–¡Jesús bendito, chiquilla! Me parece que me has partido la cara.
–¡Ay, Dios! –exclamó Sam; volvió la cabeza y miró a Renie con los ojos como platos–. ¡Lo siento mucho! –exclamó, y rompió a llorar de nuevo.
Renie se levantó. Casi había perdido en la pelea los pocos jirones de vestido que le quedaban, y también Sam, y las dos se habían manchado de falso lodo. «Hay quien pagaría mucho por ver esta escena –pensó con amargura–. En el Mister J’s, un espectáculo así sería un exitazo: mujeres semidesnudas luchando en el barro.»
–Levántate, anda –le dijo–. Estamos buscando piedras, ¿recuerdas?
Sam rodó sobre la espalda; con la cara llena de lágrimas y la desolación dibujada en los ojos, miró al extraño cielo gris.
–No puedo, Renie. ¡No puedo... aunque me rompas los dos brazos! Es un asesino. ¡Mató a Orlando!
Renie contó hasta diez mentalmente antes de contestar.
–Mira, Sam, te he dejado que me gritaras... incluso que me pegaras sin devolverte los golpes, por más que lo deseara. ¿Crees que no me has hecho daño? –dijo, tocándose la dolorida mandíbula–. Ha sido muy mal trago para todos nosotros, pero vamos a ir junto a ese viejo cruel porque no tenemos más remedio... y no pienso dejarte aquí. Fin de la discusión. Bien, ¿me vas a obligar a atarte y llevarte a cuestas todo el camino, por esta montaña abajo, con lo cansada que estoy? –De pronto se dio cuenta de que realmente estaba agotada, y se dejó caer en el suelo al lado de Sam–. ¿De verdad vas a hacerme esa faena?
Sam la miró con solemnidad, esforzándose por dominarse. Respiraba entrecortadamente y esperó hasta sentirse con fuerzas para hablar.
–Lo siento, Renie, pero ¿cómo vamos a ir a ningún sitio con... con...?
–Ya lo sé. Odio a ese cerdo... me gustaría tirarlo montaña abajo con mis propias manos. Pero vamos a tener que vivir con Félix Malabar hasta que averigüemos qué es lo que pasa aquí. ¿No sabes el viejo dicho sobre tener cerca a los amigos y más cerca a los enemigos? –Le apretó el brazo–. Esto es la guerra, Sam, no una batalla aislada. Soportar a ese hombre despreciable... en fin, es como espiar desde las líneas enemigas, o algo así. Tenemos que hacerlo por un fin superior.
Sam era incapaz de sostenerle la mirada.
–Guay –dijo tras una larga pausa, sin vida–. Lo intentaré. Pero no pienso hablar con él.
–De acuerdo. –Renie se puso de pie–. Vamos. No te he traído aquí fuera sólo para hablar contigo. Todavía tenemos que...
Se interrumpió al percibir una sombra que se movía lentamente alrededor de una punta de piedra rota, lo que constituía los elementos primarios del desolado paisaje. El apuesto joven permanecía en silencio, mirándolas sin más, con la misma expresión en los ojos que un pez en su pecera.
–¿Qué demonios quieres? –le preguntó Renie.
El muchacho tardó en contestar.
–Soy... Ricardo Klement –dijo al fin.
–Ya lo sabemos. –No le inspiraba la menor compasión, aunque hubiera sufrido un daño cerebral casi irreparable. Antes de que la Ceremonia fracasara, no era más que otro asesino del Grial, como Malabar–. Lárgate. Déjanos en paz.
Klement parpadeó despacio.
–Me alegro... de estar vivo.
Hizo otra larga pausa, dio media vuelta y desapareció entre las rocas.
–Esto es absolutamente espantoso... –dijo Sam débilmente–. No... no quiero estar aquí, Renie.
–Ni yo –respondió, y le dio unas palmaditas en el hombro–, por eso tenemos que seguir adelante y encontrar la forma de volver a casa, por más que nos tiente rendirnos. –La agarró por el brazo y se lo apretó otra vez para que la escuchara, para obligarla a entender–. Por más que nos tiente. Vamos, anda, ponte de pie... Busquemos más piedras.

!Xabbu había empezado a levantar un muro de piedras alrededor del simuloide desnudo de Orlando, pero aquello parecía más un féretro sin tapadera que un túmulo funerario. Las falsas piedras, como el resto del entorno de la montaña negra, cambiaban lentamente: a medida que transcurrían las horas, menos parecían lo que debían ser y más semejaban una especie de bosquejo rápido en tres dimensiones. Sin embargo, el simuloide de Aquiles de Orlando no había perdido un ápice de su realismo casi sobrenatural... tumbado en el improvisado sepulcro, parecía en verdad un semidiós caído.
–Está muerto, ¿verdad? –Al ver el cascarón vacío de su amigo, Sam volvió a llorar–. Lo único que puedo desear es que no fuera cierto, pero seguro que a vosotros os pasa lo mismo, ¿no?
–Así es –dijo Renie recordando los dolorosos y tristes meses después de la muerte de su madre–. Lo verás, oirás su voz, pero no estará aquí. Con el tiempo, se llega a superar.
–No lo superaré nunca. Nunca. –Sam se acercó a acariciar la pétrea mejilla de Orlando–. Pero está muerto, ¿no es así? Está muerto de verdad.
La idea de dejar allí un cuerpo que parecía tan lleno de vida empezaba a ser tan difícil para Renie como para Sam. Además, se había fijado en otros detalles singulares. La ropa de Orlando, al contrario que la de otros simuloides cuando su dueño moría, se mantenía suave y flexible, a pesar de la consistencia marmórea del cuerpo que cubría. Esa diferencia extraordinaria la había obligado a preguntarse en algún momento si Orlando no estaría vivo a pesar de todo, perdido en un estado de coma profundo, en la vida real, pero le había practicado subrepticiamente varias pruebas –cuando Sam estaba distraída, para no aumentar sus esperanzas– y se había convencido tanto como era posible en ese extraño lugar de que no quedaba el menor aliento de vida en el cuerpo petrificado.
El último regalo de Orlando había permitido a Renie y a Sam rescatar tela suficiente para improvisar unas prendas de vestir, y así Renie se sentía menos vulnerable en presencia de la fría mirada de Malabar y de la infantil vacuidad de Klement. Al dar la vuelta al rígido simuloide de Orlando para colocarle los restos de la destrozada túnica, encontraron la espada rota, la empuñadura con unos pocos centímetros de hoja, útil todavía para convertir la sucia tela blanca en taparrabos y burdas tiras para el pecho.
La espada rota era la única arma que quedaba entre los supervivientes de la cima de la montaña, la única arma, quizá, en toda esa simulación y, por descontado, una herramienta muy valiosa que no podían dejar atrás. Renie habría preferido llevarla ella, confiando en que su propia cautela evitaría que cayera en manos de Malabar, pero la patética alegría de Sam por conservar un recuerdo de Orlando era tan grande que no tuvo valor para discutírselo; ahora, Sam la llevaba sujeta en la cintura, encajada en el taparrabos. No era gran cosa, apenas un palmo de hoja, pero a Renie le había hecho un buen arañazo en la pierna mientras peleaba con Sam. De todos modos, tenía que reconocer que, en las austeras circunstancias en que se encontraban, la hoja destrozada había adquirido dimensiones de objeto legendario.
Renie sacudió la cabeza, irritada consigo misma por ponerse tan mística. Tanto si el cuerpo se deterioraba como si no, Orlando estaba muerto. Aunque la espada hubiera sido alguna vez el azote de un mundo imaginario de juegos, ahora serviría para cavar o cortar leña... si es que la encontraban. En cuanto a la tela milagrosa, se había convertido en un par de bikinis primitivos, propios de una mala película de cavernícolas. !Xabbu no quiso aceptar ningún trozo de tela para cubrir su desnudez y, cuando Renie se la ofreció a Malabar, más por proteger la sensibilidad de Sam y la suya propia que por amabilidad, Malabar respondió con una carcajada.
«Bien –pensó–, ahora empezarán a descender por aquí tres hombres desnudos y dos mujeres que parecen un anuncio de ropa interior de la época de Neandertal. Y, que sepamos, somos los únicos seres vivos de todo este universo virtual..., a excepción de Miedo. ¡Ah, sí! ¡Una situación inmejorable...!»
!Xabbu empezó a disponer las piedras que acababan de recoger, pero parecía distraído. Antes de preguntarle por qué, Renie se aseguró de que Malabar no la oía. El señor de la Hermandad del Grial se había alejado un poco y contemplaba el extraño cielo sin profundidad desde el borde del risco. Renie no pudo evitar pensar otra vez en lo mucho que le gustaría empujarlo al precipicio.
–¿Estás preocupado? –preguntó a !Xabbu, que seguía colocando piedras en el muro que rodeaba a Orlando–. Por cierto, ¿cómo vamos a cubrir esto? –Estoy preocupado porque no nos va a dar tiempo. Creo que debemos dejar la tumba de Orlando como está y reemprender el viaje enseguida. Lo siento... me habría gustado hacerlo mejor.
–¿A qué te refieres?
–Todos hemos visto lo que le ha pasado a este sitio desde que llegamos hasta ahora: todas las cosas pierden los contornos y el color. Cuando andaba por ahí en busca de piedras, vi algo que me inquietó. El camino también empieza a perder realidad.
–¿Qué quieres decir? –preguntó sin comprender.
–A lo mejor me he equivocado de palabra. Me refiero al camino por el que subimos hasta aquí, con Martine, Paul Jonas y los demás, antes de que todo se hiciera tan extraño: el camino que subía por la montaña. Se está transformando al mismo tiempo que cambia todo lo demás, Renie, pero no tenía mucho... ¿cómo decirlo? No era muy de verdad, muy... real. Y ahora parece más gastado y borroso.
A pesar de que la temperatura ambiente era invariable, Renie sintió un escalofrío. Si el camino desaparecía, se quedarían atrapados en la cima de una montaña de kilómetros de altura que iba perdiendo cohesión con rapidez. ¿Y si la gravedad era lo último en desaparecer?
–Tienes razón. Tenemos que marcharnos enseguida. –Se volvió a Sam, que velaba el simuloide vacío de Orlando–. ¿Lo has oído? Se nos acaba el tiempo.
La chica tenía los ojos secos, pero no parecía dueña de sí misma. A Renie todavía se le hacía muy raro verla con su verdadero rostro, y más raro aún que su padre fuera negro y que ella tuviera rasgos tan marcadamente negroafricanos, a pesar de su cabello rubio oscuro. Hablaba de una forma tan típica de los adolescentes estadounidenses de clase media que, inconscientemente, Renie se había hecho la idea de que era blanca (incluso cuando todos creían que era un chico).
–Todavía está tan perfecto... –dijo Sam en voz baja–. ¿Qué le ocurrirá si este sitio desaparece?
–No lo sé –contestó Renie–. Pero no olvides que no es él, Sam. Ese cuerpo ni siquiera es suyo. Esté donde esté, seguro que se encuentra en un lugar mejor.
–Tenemos que descansar un poco antes de emprender la marcha a donde sea –afirmó !Xabbu–. No hemos dormido desde la noche anterior a la destrucción de Troya, y parece como si eso hubiera sucedido hace mucho tiempo. No nos servirá de nada echar a correr montaña abajo si no tomamos las decisiones correctas, si, por culpa del cansancio, tropezamos y nos caemos.
Renie iba a protestar pero, naturalmente, !Xabbu tenía razón: estaban exhaustos; en realidad, era !Xabbu quien siempre dormía menos e insistía en asumir las tareas más arduas. Aunque sólo fuera un simuloide y el cuerpo no fuera suyo, los estragos del cansancio eran visibles. Hasta la inestabilidad emocional de Sam, comprensible después de todo lo que habían pasado, se suavizaría con un descanso reparador.
–De acuerdo –dijo–. Dormiremos unas horas, pero sólo si empiezas tú.
–Estoy acostumbrado a no dormir, Renie...
–No me importa. Te toca descansar. Yo haré la primera guardia, después despertaré a Sam para que haga la segunda. Haz el favor de acostarte, ¿de acuerdo?
–Si tú lo dices, mi amada Puercoespín... –respondió !Xabbu con una sonrisa.
–¡Basta! –Renie miró a su alrededor–. Estaría bien que, de vez en cuando, oscureciera aquí. –De pronto se acordó de lo horrible que era la súbita caída de la noche en el primer mundo inacabado–. Bueno, en realidad, es mejor así. Da lo mismo, cierra los ojos y duérmete.
–Tú también podrías dormir, Renie.
–¿Sin que nadie vigile a Malabar? ¡Lo tienes claro!, como dicen los jóvenes de hoy.
!Xabbu se ovilló en el suelo. Acostumbrado a aprovechar la oportunidad siempre que se presentaba, según las costumbres de su pueblo nómada, al cabo de unos momentos su respiración se hizo más lenta y se relajó por completo.
Renie le pasó la mano por el pelo una sola vez, asombrada todavía de haber recuperado al !Xabbu de siempre, aunque fuera una versión virtual. Miró a Félix Malabar, que seguía contemplando el cielo como un capitán de barco observa el tiempo, y después a Sam, acurrucada en silencio junto al túmulo de Orlando. Aunque le tocaba una pierna con la rodilla, la chica parecía estar mucho más lejos que Malabar.
–Duerme un poco, tú también –le dijo–. Sam, ¿me oyes?
–Tú no eres mi madre, ¿vale? –replicó mirándola con saña.
–No, claro –contestó Renie con un suspiro–, pero soy una mujer adulta y sólo quiero ayudarte. Si quieres volver a ver a tu madre alguna vez, tienes que estar despierta y sentirte fuerte.
–Perdona –le dijo, apaciguada–. Lo siento, me estoy portando como una imbécil, pero es que... quiero que todo esto termine. Quiero volver a casa.
–Todos hacemos cuanto podemos. Échate un rato, aunque no te duermas.
–Guay.
Se tumbó al lado del cadáver de Orlando tocando el bajo muro con una mano y cerró los ojos. Renie sintió un escalofrío supersticioso al verlo.
«Ni siquiera recuerdo cómo era todo en la vida normal», pensó.

Fuente:
fantasymundo.com

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