viernes, junio 22, 2007

¿Quién es Caparrós?


¿Quién es Caparrós?

¿Es tan bueno como creen Ercoreca y García Macua?

¿Qué puede aportar al equipo si se consuma su contratación?

Estas son las preguntas que se hace el sufrido aficionado rojiblanco, que a estas alturas ya sólo suspira por que su equipo no vuelva a repetir una temporada como la que terminó el pasado domingo.

Para saber quién es Joaquín Caparrós como entrenador hay que remontarse a sus orígenes.

El sevillano fue un futbolista del montón que, tras forjarse en las categorías inferiores del Real Madrid, militó en equipos como el Pegaso y el Leganés hasta acabar recalando en el Conquense, de Tercera División. Un compañero suyo de aquella época y todavía buen amigo, Francisco Martínez Arguizuelas, desvela un secreto: el Caparrós entrenador hubiera renegado del Caparrós jugador. En realidad, le hubiera corrido a gorrazos. «Era un medio centro técnico, pero un poco gandul», afirma, antes de incidir en un aspecto fundamental de la personalidad del sevillano: su pasión por el fútbol. «Lo ha vivido siempre con una intensidad increíble. El fútbol es su vida. Piensa que, en aquella época, él tenía que compatibilizar su trabajo en la Escuela Municipal de Deportes de Cuenca con los entrenamientos y eso a veces no era fácil. Cuando dirigió al Moralo, por ejemplo, tenía casi cuatro horas de viaje para ir hasta Navalmoral de la Mata y otras tantas para volver. Pero nunca se quejaba», dice.

Caparrós comenzó su carrera en los banquillos en 1981, cuando tomó las riendas del modesto San José Obrero de Cuenca. Tenía entonces 26 años. Durante los quince siguientes, se fue forjando poco a poco en equipos humildes y campos perdidos de la llanura manchega, en eso que, en su tierra, llaman «el fútbol de 'polvarea'». Dirigió al Campillo, al Motilla, al Gimnástico de Alcázar de San Juan, al Conquense, al Manzanares, al Moralo y al Recreativo, con el que ascendió a Segunda en 1999 y dio el primer salto hacia la élite.

En todos esos equipos modestos, Caparrós maduró una ética del esfuerzo que le acompaña desde entonces como un precepto sagrado -no soporta a los vagos y mucho menos a los escaqueadores- y dejó siempre el mismo sello: trabajo a destajo y el colectivo por encima de todo. Currelo y compromiso. El Milan de Sacchi era su espejo y referencia, pero su voluntad de aprender y mejorar le llevaba muchas semanas a la capital a ver los entrenamientos del Real Madrid o del Atlético. Siempre había algo que aprender. «Se lo tomaba como un profesional. Nos metía mucha caña. Todavía recuerdo una pretemporada en la que nos llevó a hacer el trabajo físico a un circuito de motocross. ¿Bufff! Todavía tengo agujetas. La verdad es que estaba pendiente de todo. Al día siguiente del partido te soltaba una charla de media hora y te dabas cuenta de que no se le había escapado nada», recuerda Paco López, antiguo pupilo de Caparrós en el Motilla del Palancar, con el que ascendió a Tercera.

Así las cosas, hay algo incontestable: podrá caer mejor o peor -algunos jugadores que ha tenido bajo su mando no hablan de él precisamente maravillas-, y su vehemencia andaluza en el área técnica podrá gustar más o menos, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que el hasta ayer técnico del Deportivo es una garantía de laboriosidad y entrega, un profesional casi obsesivo que nunca deja nada al azar. «En el fútbol nunca se sabe y no te puedo decir qué resultado daría Caparrós en el Athletic. Lo que te puedo asegurar es que metería un montón de horas en Lezama, que prepararía bien los partidos porque hace buenos 'scoutings' de los rivales, que se conocería hasta al último cadete de la cantera y que, al salir de las instalaciones, no dejaría de ir a ningún acto que organicen el club o las peñas», comenta un periodista coruñés.

Tras triunfar en el Recreativo y sufrir un leve tropezón en el Villarreal, donde apenas duró un par de meses, Joaquín Caparrós se hizo un nombre en el Sevilla, el club de su vida. Estuvo cinco temporadas y, aparte de ascender al equipo a Primera y de realizar un gran trabajo con la cantera dando la alternativa a jugadores como Reyes, Sergio Ramos, Navas y Puerta, sentó las bases del soberbio grupo que ahora triunfa con Juande Ramos.

En Nervión, el técnico de Utrera impuso pronto su estilo, resultadista y sin concesiones de cara a la galería. «A divertirse, al circo», ha dicho más de una vez, cada vez que alguien le ha recriminado el juego aburrido y pedregoso de su equipo. Su Sevilla tenía reminiscencias, aunque sea morales, del Sevilla de decuriones que armó Bilardo. Se movía en torno a un clásico 4-4-2, su dibujo preferido, pero el esquema no tenía apenas trascendencia si se comparaba con el enorme peso que la actitud adquiría en aquel bloque, un escuadrón duro hasta el límite del reglamento, concienzudo, perfectamente trabajado en cuestiones de estrategia, entregado y listo. Muy listo.

Esto último -la listeza- es una obsesión para Caparrós, que adora la pillería, las artes arteras del juego, la atención extrema a los pequeños detalles, la inteligencia táctica, todo ese caudal de picaresca y conocimientos fuleros que él llama «el otro fútbol». Un cronista de Sevilla cuenta una anécdota ilustrativa a este respecto. «Caparrós es de los que disfruta viendo cómo uno de esos jugadores pierde bien el tiempo, por ejemplo. Recuerdo que una vez le vi parar un entrenamiento después de una falta bastante fuerte. Pues bien, en lugar de echar una bronca al que había pegado la patada se dirigió al que estaba en el suelo y le dio un consejo: 'con dos revolcones más hubiese sacado usted una tarjeta', le espetó. Así es Caparrós», comenta.

De este modo, es casi seguro que la sensación profesional más gratificante que ha tenido Joaquín Caparrós esta temporada fue la que vivió en Mestalla cuando su equipo, que acabaría perdiendo, logró el gol que suponía el empate a uno. Sucedió que el árbitro, Álvarez Izquierdo, señaló una falta a favor del Deportivo cerca del córner de la portería que defendía Cañizares. Era el minuto 68. El uruguayo Taborda se disponía a saltar al campo en lugar de Duscher, pero el colegiado no se dio por enterado. De hecho, ordenó a Sergio que sacara la falta. Caparrós, sin embargo, no se lo permitió. La baza de Taborda, un jugador de gran envergadura, era valiosísima en las jugadas de estrategia, todas ellas perfectamente ensayadas en Abegondo durante la semana. Así las cosas, el utrerano, frenético, no dudó en meterse en el campo y alzar los brazos para llamar la atención del trencilla, que no se dio por enterado. Entonces agarró del brazo al delegado de su equipo y se lo llevó hasta el cuarto árbitro para que le exigiese que levantara el cartel electrónico con el dorsal de Duscher. Álvarez Izquierdo, sin embargo, seguía en Babia y Caparrós no lo soportó más. Corriendo la banda llegó hasta la posición del linier y le hizo ver, entre grandes gestos y aspavientos, que el cambio estaba preparado. El árbitro reaccionó por fin. Tras echar una buena reprimenda a Caparrós, permitió el relevo. Sergio sacó la falta, Capdevila peinó y Taborda marcó el 1-1.

Parece claro, por tanto, que con el fichaje de Caparrós tanto García Macua como Ercoreca buscan dos objetivos fundamentales. En primer lugar, una suerte de terapia de choque para un equipo traumatizado. Trabajo, tensión y mala uva para salvar el pellejo. Y por otro lado, un compromiso con la cantera de Lezama similar al que el técnico andaluz tuvo con la del Sevilla. Con la del Deportivo, sin embargo, su apuesta no duró mucho. Apretado por las circunstancias, Caparrós terminó jugando con la vieja guardia y ninguno de los chavales de Abegondo acabó consolidándose.

A la espera de que la llegada del técnico andaluz se confirme o se frustre se hace casi inevitable un ejercicio de imaginación. Y lo cierto es que no resulta difícil pensar en un Athletic que se anime camino del estadio escuchando en el autobús a todo volumen música de Bruce Springsteen, como le gusta a Caparrós. Ni tampoco es complicado imaginar que las paredes del vestuario se empapelen algunos días con mensajes de ánimo o críticas despiadadas, de esas que enervan el amor propio de los futbolistas. Las dificultades, la verdad, surgen al intentar imaginar un Athletic rocoso, implacable en las jugadas de estrategia, duro, impermeable y listo, un bloque artimañero y con oficio, de esos que saca chispas a cualquiera de las muchas nimiedades que se producen en los partidos. Prueben a imaginarlo con la actual plantilla rojiblanca y comprobarán las dificultades que le esperan a Caparrós para hacer del Athletic un equipo de los que a él le gustan.

Fuente:
elcorreodigital.com

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