lunes, junio 04, 2007

Su terrorífica majestad


Copio este interesante articulo sobre el Maestro del correodigital.com, nada nuevo pero si bien contado...

Nació el 21 de septiembre de 1947. Cuando tenía dos años, su padre se fue de casa. Creció con su madre y su hermano mayor.

Se licenció en lengua inglesa en la Universidad de Maine. Durante un tiempo trabajó como profesor.

Es autor de novelas como 'La zona muerta', 'Cementerio de animales', 'It' y 'Misery'. Sus textos han dado origen a películas como 'El resplandor', 'Carrie' y 'La milla verde'.

En 1996 ganó el premio 'O' Henry' por su relato 'El hombre del traje negro'.

Está casado desde 1971 con Tabitha Spruce. Tienen tres hijos, el menor de ellos, Owen Philip, ha publicado dos libros de terror.

En junio publicará en EE UU 'Blaze', una novela de 1973 que permanecía inédita. En 2008 aparecerá 'Duma Key', la historia de un hombre que, tras sufrir un accidente, es capaz de hacer aparecer las cosas que dibuja.

Su nuevo trabajo se titula 'La historia de Lisey' y reúne los ingredientes necesarios para propagar escalofríos entre la población: un escritor de éxito asesinado, una devota esposa que empieza a descubrir cosas extrañas, algunos fans de talante psicótico En fin, lo habitual, el toque King. Porque, a día de hoy, más de cuarenta novelas y más de doscientos relatos después, Stephen King no es un autor, es un estilo. Y también una siniestra pedagogía: él ha modelado la manera de sentir miedo de al menos dos generaciones. Quienes llegaron tarde a las películas de Hitchcock, aquellos que nacieron en la época del VHS y las pizzas a domicilio, han aprendido en sus libros las reglas del terror contemporáneo.

La primera de esas reglas dice que el espanto ha cambiado los castillos góticos por los barrios residenciales. En la era King, un coche puede ser un asesino en serie, un payaso de feria la encarnación del demonio y un teléfono móvil una máquina de fabricar zombis. El gran mérito de este prototipo de chico raro de instituto, con sus pies planos y sus cientos de dioptrías, con su aspecto inquietante y quebradizo, ha sido llenar nuestras vidas de nuevas amenazas. Después de 'El resplandor' ningún pasillo de hotel es un lugar seguro para nosotros.

Stephen King parece estar predestinado para lo tenebroso, no en vano es el único hombre del planeta cuyo rostro parece siempre iluminado por una linterna que le enfoca la barbilla. Creció devorando cómics y novelas fantásticas, y siendo niño no toleraba una película que no tuviese suficientes monstruos y extraterrestres. En el colegio les vendía cuentos de miedo a sus compañeros y en la Universidad vendió su primer relato a una revista. Diez años después, Brian de Palma llevaba al cine 'Carrie', su primera novela, su primer éxito.

Hoy, a los sesenta, Stephen King reina sobre la literatura de terror desde su mansión, una antigua casa señorial custodiada por dos murciélagos de hierro forjado situada en Bangor, a cuatro horas de Boston. Todo el mundo le aprecia en la pequeña ciudad, es un vecino que colabora en causas benéficas, da charlas en la Universidad e incluso ha pagado la construcción de un nuevo campo de béisbol. Uno no se imagina a Lovecraft haciendo esas cosas, pero King es un individuo extraño, al tiempo truculento y anodino, un padre de familia americano que ha prosperado inmiscuyéndose en las pesadillas de los demás.

Hace cuatro años recibió una medalla de oro de la Nacional Book Fundation, un reconocimiento cuyos anteriores destinatarios habían sido Arthur Miller y Philip Roth, y que le franqueaba el acceso a los salones nobles de las letras de su país. Entonces quizá pensó en todas las horas que había pasado sentado frente a una mesa, escribiendo como si le fuese la vida en ello. Porque, antes que cualquier otra cosa, Stephen King ha sido un estajanovista del terror. Ni siquiera en la peor época de su vida, cuando consumía grandes cantidades de alcohol y drogas, dejó de trabajar. Al contrario, algunos de sus mejores libros fueron escritos «en sesiones que solían prolongarse hasta la medianoche, con el corazón a 130 pulsaciones por minuto y las orejas tapadas con algodón para cortar la hemorragia debida al consumo de coca».

Entre cuatro y seis horas diarias de lectura y otras tantas de escritura. Ése es el consejo que les ofrece a quienes le dicen que quieren ser escritores. A él le ha servido durante tres décadas para publicar cada año un par de novelas y seis o siete buenos relatos. Añádanle a eso la promoción de sus libros, las conferencias, la supervisión de las adaptaciones cinematográficas y televisivas, y verán que estamos ante alguien que sabe cómo aprovechar su tiempo.

Ahora afirma haber bajado el ritmo. Tras el atropello que sufrió en 1999 y que le tuvo tres semanas hospitalizado, se toma la vida con más calma. Repite que quiere disfrutar de sus nietos. Pobres niños: imaginen la clase de cuentos que les estará contando el abuelo Stevie.

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