sábado, octubre 20, 2007

¡Salve, Guggenheim!


El nuevo Bilbao tiene desde ayer un luminoso aliado en la instalación de arcadas rojas que revisten los mástiles del funcional Puente de la Salve, un viaducto de los años 70, obra del ingeniero Juan Batanero, pionero en España en el uso de cables portantes. El puente que supuso la primera entrada moderna a la villa -más propio de autopista que de ciudad- ha pasado a ser también, por obra y gracia de Daniel Buren, una puerta urbana «como las de la Edad Media, pero abierta de par en par». Así lo define el artista francés, autor de obras como la polémica 'columnata' del patio de honor del Palais Royal de París y un sinfín de señaladas intervenciones artísticas en todo el mundo.

Una fiesta que aunó música contemporánea con juegos de luces y selectos fuegos de artificio a media altura, concebida por Martin Arnaud, saludó a primeras horas de la noche al nuevo hito de la escultura contemporánea. El espectáculo fue seguido por miles de personas, que buscaron las mejores posiciones -sobre todo en la avenida de las Universidades- para disfrutar del acontecimiento. Se remataba así la jornada en que el centro de arte contemporáneo que ha cambiado el curso de la historia de Bilbao cumplía sus primeros diez años de existencia.

La obra, que ha sido denominada oficialmente 'Arcos rojos', supone una contribución del centro de arte internacional a la ciudad que lo acoge, siendo además una pieza de su colección.

El proyecto de Buren resultó elegido a través de un concurso internacional al que concurrieron también el diseñador británico Liam Gillick y la artista norteamericana Jenny Holzer, por un jurado del que formaban parte Norman Rosenthal, conservador de la Royal Academy de Londres; Juan Ignacio Vidarte, director General del Guggenheim Bilbao, y Thomas Krens, director de la Solomon R. Guggenheim Foundation. También fue la idea preferida de los visitantes del museo, que por un tiempo pudieron emitir su opinión sobre los proyectos presentados.

«O trabajo de una manera muy discreta, o todo lo contrario; hago cosas que llaman mucho la atención y de las que la gente no puede escapar, como en este caso», se explicó ayer el artista a pie de obra.

Buren ha aprovechado la forma en 'H' de los pilares portantes de los cables del puente para colgarle un armazón en una formica especial, que crea un juego espacial a base de tres formas semicirculares de 12 metros de radio, que sugieren el círculo completo y su multiplicación sinfín. La pulcra instalación logra así que los gruesos cables se aprecien mejor.

La simbólica forma geométrica aparece de forma virtual, al completarse el semicírculo bajo el puente con su reflejo en el agua de la ría cada vez que hay marea negra, circunstancia que se dio anoche coincidiendo con el festejo multicolor, que acabó fundiendo el tono del titanio con el rojo del arco. El doble sistema de luces, uno autoportante y dinámico a base de leds que recorre el perfil de la escultura, remató una noche mágica.

La idea de mejorar la estética del puente construido por el Estado rondaba ya la cabeza de Krens desde el principio. Incluso había pedido a Buren un esbozo ya entonces de lo que él haría en el viaducto, cuando la inauguración del centro, hace diez años, reveló ayer al artista. Y ello, pese a que a Gehry se le había pedido que redujera el impacto visual del mastodóntico puente; lo que el arquitecto del Guggenheim logró extendiendo la gran galería alargada bajo el viaducto y levantando al otro lado la curiosa torre con la estructura a la vista, apenas tapada por un recubrimiento de losas de piedra como las del museo.

El arquitecto, no obstante, se ha mostrado conforme con la obra del artista francés. Su torre, que desde el Campo Volantín sugiere la forma de un torso masculino, ya no está sola y, depende desde dónde se mire, se solapa con el arco organizándose un verdadero pastiche visual, aunque su interrelación funciona bien desde casi todos los ángulos.

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