sábado, noviembre 03, 2007

Ladridos desde el cielo


El clamoroso éxito que supuso la puesta en órbita del primer satélite artificial, el 'Sputnik-1', lanzado el 4 de octubre de 1957, animó a Nikita Kruschev, el jerarca comunista de entonces, a seguir impresionando a los americanos. ¿Y qué mejor forma de celebrar el 40 aniversario de la revolución bolchevique que siendo el primero en lanzar un ser vivo al espacio? Así que, el 3 noviembre de aquel mismo año, un cohete R-7 catapultó para siempre a las estrellas a la infeliz perrita Laika a bordo del 'Sputnik-2'. Fue inmolada para preparar el primer vuelo del hombre al cosmos.

Serguéi Koroliov, el padre de la cosmonáutica rusa, recibió con preocupación la orden de Kruschev. La idea de poner en órbita un animal no era nueva; se llevaba ensayando en ello desde 1951. Pero, por imperativos propagandísticos, el Partido Comunista exigía premura. Iván Kasián, responsable del equipo médico que participó en preparación de los primeros vuelos espaciales, cuenta en su libro 'Los primeros pasos hacia el cosmos', que la tarea no fue fácil. «No estaba claro cómo se conseguiría que funcionase sin fallos el suministro de oxígeno y el sistema para alimentar a la perra durante siete días», reconocía.

Se decidió utilizar perros callejeros, no monos como en el caso de los estadounidenses, porque los chuchos, explica Kasián, «tienen más aguante, mayor capacidad de adaptación y se acostumbran rápidamente a cualquier dueño». Se requerían hembras, porque facilitaba la colocación de sondas para hacer sus necesidades durante la travesía, y menudas, para que el habitáculo no fuese muy grande.

Fueron seleccionadas cuatro perritas: Laika (ladradora), Albina, Muja (mosca) y Úmnitsa (listilla). Para habituarlas a las condiciones de un vuelo espacial se las mantenía durante días metidas en una reducida cabina con la escafandra puesta y alimentadas por un sistema automático que, cada ciertas horas, dejaba salir una pasta compuesta de vitaminas, proteínas, grasas, hidratos de carbono y agua.

La más paciente y tranquila resultó ser Laika. Tenía dos años y, pese a no ser de raza, era la más fotogénica, cuestión importante teniendo en cuenta que su imagen aparecería en todos los periódicos del mundo. Su cohete partió a las cinco y media de la mañana, hace hoy justo 50 años, desde el cosmódromo de Baikonur (Kazajstán). En el momento del lanzamiento, su ritmo cardiaco se elevó hasta las 260 pulsaciones por minuto, tres veces más de lo normal. Alcanzó la órbita terrestre a casi 1.000 kilómetros de altura y sintió en su propia carne lo que es la ingravidez. Comió un poco e incluso ladró varias veces.

Todo el mundo sabía que Laika no regresaría a la Tierra. El nivel técnico y científico no lo permitían todavía. Oficialmente se dijo que la comida incluía veneno y sedantes para procurarla una muerte exenta de sufrimientos al cabo de unos días. Hace sólo cinco años se supo que todo sucedió de otra manera. La última sección del cohete no se desprendió y transmitió su enorme temperatura a la cápsula. El enorme estrés y el calor acabaron con la vida de Laika seis horas después del lanzamiento. El satélite, junto con su cadáver, se desintegró al reentrar en la atmósfera el 4 de abril de 1958.

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