lunes, diciembre 03, 2007

Atasco en la Gran Muralla


Las mareas humanas que visitan el principal monumento de China, proclamado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987, empiezan a tener los días contados. Después de que una comisión independiente alertara del irreparable daño que causan las descontroladas hordas de turistas en los tramos más populares de la 'serpiente' de piedra, el Gobierno chino pretende limitar, a partir de 2008, el número diario de visitantes en la sección de Badaling -la más congestionada-, a 53.300; aún así cerca de 20 millones al año. El 4 de mayo pasado se batió el récord de visitantes, con 72.000 personas, y el lugar quedó convertido en algo parecido a un vertedero.

Las restricciones pueden afectar también a las tumbas de la dinastía Ming, que suelen formar parte del 'paquete' turístico del día en el que se viaja a la muralla. Las voces en contra de estas limitaciones ya se han hecho oír, y muchos 'touroperadores' han puesto en duda la viabilidad del proyecto de las autoridades.

El 'boom' del turismo doméstico, combinado con la concentración de las vacaciones en torno a fechas señaladas -como el uno de mayo, el día nacional o el año nuevo chino-, y la escasa concienciación conservadora de la población china, tiene un impacto muy negativo en los monumentos del país, cuyo deterioro es patente.

El proyecto de la mayor barrera construida por el ser humano nació en el 224 A.C. para evitar el ataque de las etnias bárbaras de lo que ahora es Mongolia. Dinastías siguientes contribuyeron con secciones nuevas en los confines del país, hasta alcanzar su máxima longitud: 6.700 kilómetros. Ahora, la mayor parte de su recorrido ha desaparecido o se encuentra en ruinas, salvo algunos kilómetros al norte de la capital, Pekín, que el Gobierno ha restaurado a modo de parque temático, eliminando el encanto de lo antiguo.

Esto es Badaling, la sección más visitada. Hasta el punto de que recorrerla puede resultar tan interesante y relajante como un viaje al centro comercial en sábado. Miles de turistas sudorosos suben y bajan, tratan en vano de hacerse fotografías sin sufrir codazos, y, más que un vestigio histórico, la muralla parece un bazar en el que se pueden adquirir el Libro Rojo de Mao y las orejas de Mickey Mouse.

Afortunadamente, todavía se puede disfrutar de la soledad en lugares más alejados, como Jinshaling, Mutianyu o Simatai, donde la Historia asalta al viajero. Ni siquiera este monumento histórico escapa al tirón comercial de la China del siglo XXI.

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