viernes, diciembre 28, 2007

La vida en torno a las catedrales


Gente muy parecida a los personajes de Ken Follet vivió en la Edad Media inglesa.

Los maestros constructores de sus novelas, los campesinos y los niños buscavidas, se inspiran en los seres anónimos que ayudaron a construir las catedrales o que merodeaban alrededor de ellas entre los siglos XII y XIV. Los hombres se bañaban dos veces al año, por Navidad y Pentecostés en el caso de los monjes, y en Pascua de Resurrección y San Miguel todos los demás. Las mujeres hacían lo propio la mañana del día de la boda y una vez por mes.

Todos estos detalles se encuentran en 'Los pilares de la Tierra. La historia detrás de la novela' (Plaza y Janés), una entretenida explicación del fondo histórico de la obra de Follet firmada por Isabel Belmonte, y que cuenta con el aval del escritor inglés. 'Los pilares de la Tierra' se desarrolla en el siglo XII. Su continuación, 'Un mundo sin fin', cuya edición en español se pone hoy a la venta en las librerías, avanza doscientos años hasta alcanzar la epidemia de la peste negra. Los dos siglos de diferencia apenas cambiaron las costumbres diarias de los ingleses, sus problemas de salud y su alimentación.

Todo ello confluye en esta nueva obra de Follet, inspirada en el proceso de rehabilitación de la catedral de Santa María de Vitoria, de la que se ha publicado una tirada inicial para los países de habla española de 550.000 ejemplares. Algunas librerías, como la FNAC de Bilbao, abrieron sus puertas justo cuando el reloj cruzó la medianoche, para que los más ansiosos tuvieran su volumen del 'Un mundo sin fin', que el autor británico presentará en la capital alavesa el próximo 10 de enero.

Entre 1086 y 1300, el periodo que trascurre entre las dos novelas de Follet, la población de Inglaterra pasó de los 1.100.000 habitantes a los 3.700.000, una cifra que mermó en un 30% con la peste de mediados del siglo XIV. Las familias solían tener entre cinco y seis hijos, de los que sólo el 70% lograba pasar de los dos años. La esperanza de vida estaba entre 29 y 32 años.

Las enfermedades y trastornos más frecuentes eran la tuberculosis, la lepra, la disentería, la diarrea, la cirrosis, los males nerviosos, el herpes, la epilepsia y la muerte por parto.

La niña Caris, en 'El mundo sin fin', sueña con ejercer de médico aun cuando la práctica de la medicina estaba prohibida a las mujeres. Las población en general no esperaba mucho de los galenos. Preferían confiar en Dios. Y no siempre les salía bien. Las fracturas de huesos eran muy frecuentes, y entre las penas judiciales muy extendidas se encontraba la mutilación de pies y manos, como bien sabe el padre ladrón de Gwenda, la niña que se casará con un campesino apuesto y con buena situación económica. Al quedarse inválidos, y no poder trabajar, no les quedaba más remedio que recurrir a la mendicidad.

Los pobres -es decir, casi todos- se alimentaban de pan de harina integral de cebada, trigo y centeno, así como de cerveza de baja graduación. En menor proporción, también comían verduras y hortalizas, y cantidades aún más pequeñas de carne, queso, leche y mantequilla.

En la mesa de los ricos abundaba el ave de caza, mucho pan, pescado y dulces. Todo ello se aderezaba con dos especias -pimienta y jengibre-, ambas muy caras.

A la sombra de la construcción de las catedrales nacieron poblaciones como Kingsbridge, en la que se desarrollan tanto 'Los pilares de la Tierra' como 'Un mundo sin fin'. La calles eran espacios insalubres donde se arrojaban los desechos de las casas, que recogían los perros, las gallinas y sobre todo los cerdos. A las mismas callejuelas también iban a parar los excrementos, cuyo olor se confundía con el de las pieles secándose, la carne de la carnicería y el horno de pan.

Las casas, tanto las modestas como las más acaudaladas, poseían tres espacios diferenciados. En un nivel inferior se situaban el taller, el establo, el almacén, etc., así como la cocina y el comedor. En la planta superior se hallaba el dormitorio, único para toda la familia. En las hospederías, hospitales, albergues de las catedrales y castillos lo más normal era compartir habitación y cama.

Las velas y los braseros iluminaban las instancias y constituían la fuente más habitual de incendios.

Antes de la peste, por cada 100 mujeres había 140 hombres. El elemento femenino era un bien escaso, pero dependía del masculino y no tenía ningún reconocimiento jurídico. Las mujeres no iban a la escuela, a pesar de que a partir del siglo XII florecen los centros escolares impulsados por la Iglesia. Si llegaban a tener conocimientos, los aprendían en casa, aunque paradójicamente se valoraba mucho la cultura de princesas y damas.

El marido de los estamentos altos solía estar ocupado en guerras, torneos y cruzadas. Entonces, las mujeres asumían la administración de las casas y castillos, lo que les daba cierto poder. Follet ha expresado su admiración por las mujeres fuertes. La mayor parte de las protagonistas de 'Un mundo sin fin' lo son, desde Gwenda, capaz de salir de la miseria de su familia, hasta Caris, que lucha sin tregua por desarrollar su vocación.

Fuente:
elcorreodigital.com

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