sábado, diciembre 22, 2007

Santo Tomas bilbaino

A Santo Tomás le pasa lo que a Marijaia, que cuando le da por estirarse se desahoga con tal entusiasmo y devoción que hace hueco incluso a los que no se les espera. El tradicional mercado navideño inundó desde primeras horas de la mañana infinidad de rincones de la ciudad. En la boca del metro de Gran Vía, en la calle Buenos Aires, en la Plaza Circular... Todos los caminos conducían ayer a El Arenal y la Plaza Nueva. Sin riesgo de pérdida. Lorea Mediavilla formó parte de un ejército de jóvenes que indicaba la dirección correcta, por si a alguien le quedara alguna duda, y ofrecía pañuelos verdes con los que la Diputación se sumó a la feria. Una marea verde. «'¿Qué valen? ¿Nada? Entonces, deme unos cuantos», solicitó más de uno.

Anudados al cuello, cientos de ciudadanos iniciaron un peregrinaje en el que lo más importante fue no quedarse descolgado de partida. Por eso el puente de El Arenal guía de faro y ejerce de especie de punto de avituallamiento donde se pasa revista. «Faltan Iratxe y Carmen», comentó a bote pronto una joven con madera de líder. Junto a la churrería Iker-Irune, muchas cuadrillas dieron el pistoletazo de salida. Adonde uno fuera o lo que ya hiciera, esa es harina de otra costal.

Espacio había ayer de sobra. Que los 5.300 metros cuadrados ganados en el Muelle de El Arenal dan para mucho. Clara Gutiérrez los empleó como viene haciendo desde hace treinta años; para ofrecer lo mejor que dice tener: sus caracoles. Llegó de Lantueno, un pueblecito cercano a Reinosa, con sus preciosas cestitas de mimbre. «Son pequeñitos, pero de aquí. Esos tan negros y grandotes -refiriéndose a moluscos «procedentes de Bulgaria o Rumanía, a sabeeeer...», señaló- ¿como que no encajan».

Junto a la ribera de la ría, la familia Erreketa de Mendeta no se anduvo con chiquitas. Ofrecía queso de cabra. Pero no cualquier queso. «El mejor del planeta», rezaba su publicidad. Y en un plis-plas la gente se multiplicó en torno a su caseta. El quesero vociferó: «¿Bajo en grasa!»; y la peña, irónica, saludó: «¿Esto es la hostia, ahora no da colesterol!». Y el cabrero insistió: «La leche de cabra no engorda porque la grasa no se deposita». Y la concurrencia, ya más tranquila con las cuestiones de la salud, se apuntó al ejercicio. Al de masticar. «Yo voy contigo, que mi médico es el mismo. Carlos, ¿una hogaza de pan y tacataca!».



Tacataca o lo que terciera. Como confiar en la buena suerte del muérdago. Curiosa la atracción que ejerce esta planta, por muy parásita que sea, entre la parroquia bilbaína. «Trae la buena fortuna y la salud», exclamaron Adela Mugaguren, de Igorre, y Carmen Goikoetxea, de Zeanuri. Ellas se trabajan la suerte colocando los ramos en las lámparas y detrás de las puertas. Cierto o no, cientos de personas siguieron sus pasos y guardaron fila.

Pagaron hasta dos euros por unas hojas. Otros se saltaron las colas. «Eh, ¿habéis sacado el ticket como en la Seguridad Social? Detrás de esa voy yo», se quejó Alberto Goikoetxea a un grupo de mujeres. Todo por un pedazo de panceta o papada curada de los Lombera de Carranza. La sangre no llegó a la ría. Ni mucho menos. Porque los devotos de Santo Tomás respondieron ayer con estusiasmo y civismo.

Que la fiesta es la fiesta y ayer se apuntó la de siempre. ¿Quién si no! Vestida de lunares y con los brazos levantados, una gran Marijaia de papel y cartón se asombraba, a las puertas de la iglesia de San Nicolás, viendo a los fieles de la Komparsa Bilbao escanciando con clase y empinando con gusto. Algunos andaban que lo tiraban. «¿Venga, os invito a todos!». «¿Que estás en Bilbao, gilipollas, cállate!», le susurraron los colegas al oído. Que con las cosas del comer y el beber no se juega. Aunque Asier Ukar, Igor Landaluze, Alberto Sierra y su hija Maider, de Mungia, tiraran de... ¿cuerno de buey! Sí, sí. Lo utilizaron de cuenco. Como «vikingos», proclamaron orgullosos. «Hay que tener cuidado y es algo incómodo al beber porque el líquido te viene de golpe, pero se conserva muy fresco. Aquí todo es ecológico», ironizó esta gente. Surrealista pero divertido.

Cerca de ellos, Tara María, de año y medio, les miraba con perplejidad y bailaba. Esta pequeña irlandesa, nieta de bilbaínos, iba de neska. Su padre, Derek O' Bryan, de Dublín, flipaba: «Este ambiente tan sanote no lo tenemos allí», confesó su mujer, la guipuzcona Inés Sanz. A la pequeña Kara le salieron rivales. Es lo que tiene la feria, que crea adicción desde la base. Algunos podrán contar algún día a sus nietos que echaron los dientes un buen día de Santo Tomás. Concretamente, en su sexagésima edición. Ibon, de sólo dos meses, el nieto de Nieves, fue, posiblemente, el visitante más benjamín. Ajeno a las miradas, mamaba de la teta de su madre. Mientras, el aitite, Eduardo, se encargaba de casi todo lo demás: «De pedir, pagar y traer el talo con chorizo», confesó.

Porque hay cosas que no cambian. Esta es la feria del talo, chorizo y txakoli. Lideran el 'top-ten' de las txosnas. Así que, a medida que fue avanzando la mañana, comenzaron a hacer mella. Al escucharse por los altavoces del kiosko de la Plaza Nueva el ruego 'Si alguien ha perdido unas gafas, están aquí', la muchedumbre reaccionó con celeridad: «¿Son las míaaaaas!», se oyó con intensidad.

Síntoma de que la gente iba cargada... de muy buen rollo. Incluso los que no vivieron el mercado se contagiaron del ambiente. Txema Osante y José Luis Gutiérrez, del servicio municipal de limpieza, mostraron su admiración por el civismo de la gente depositando vidrios y todo tipo de envases en los 300 contenedores repartidos por el recinto, que convocó a lo largo del día a algo más de 100.000 almas, según los cálculos municipales. Incluido el alcalde. Iñaki Azkuna la vivió con «cuidado» y alertó sobre los carteristas, que tampoco faltaron a la cita de Santo Tomás. Una feria del «copón», para muchos, y con muchos capones. Ya sólo falta que hoy toque 'El Gordo'. Por muérdago no será.

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