sábado, enero 19, 2008

A la caza del ballenero


Prosigue la caza al ballenero en aguas antárticas. «Continuaremos acosando a la flota japonesa», anunciaba ayer la organización ecologista Sea Shepherd, poco después de recuperar a los dos activistas que permanecían retenidos desde el martes en el barco nipón, al que habían subido para protestar por la matanza. Acción, reacción. Para hacer frente a la nueva ofensiva, los japoneses han optado por la estrategia del desgaste; se dedican a dejarse perseguir para agotar las reservas de combustible de los navíos ecologistas y obligarles así a desistir. Pero tampoco esto ha servido para callar a Sea Shepherd, que cuenta con el apoyo de Greenpeace: «Nos quedaremos aquí todo el tiempo que podamos y volveremos a puerto con los últimos vapores de combustible».

Giles Lane, británico de 35 años, y Benjamin Potts, australiano de 28, fueron recogidos por la mañana por un barco del departamento de aduanas australiano, el 'Oceanic Viking', después de tres días en el ballenero. Ya libre, Potts acusó a los japoneses de usar «tácticas extremas» en las aguas heladas, donde una persona puede morir en cuestión de minutos: «Intentaron arrojarme por la borda. Dos tipos me levantaron por los hombros y el cazador, el tipo que dispara a las ballenas, me levantó las piernas e intentaron darme la vuelta. Me agarré a la barandilla y me separaron las manos de un golpe. Con un pie apoyado en la barandilla, yo les daba patadas con el otro y no pudieron tirarme».

El martes, un juez australiano prohibía cazar cetáceos en la Antártida, a lo que Japón contestaba asegurando que sus barcos faenan en aguas internacionales. Ese mismo día, los activistas subían al ballenero. Las versiones son contradictorias: Sea Shepherd dice que la tripulación retuvo a sus hombres, mientras que los japoneses insisten en que el navío de los ecologistas, el 'Steve Irwin', les dejó allí tras el abordaje y se negó a recogerlos.

El Gobierno de Tokio accedió entonces a liberarlos si desistían de su empeño, pero el Ejecutivo australiano insistía en que no hubiera condiciones. Las cosas estaban «a punto de salirse de madre», según los ecologistas, con acusaciones de «actos terroristas» por ambas partes, cuando, finalmente, llegó la liberación.

Japón aprovecha el verano antártico para matar 835 ballenas mink -ha cazado 7.000 en los últimos 20 años-, y 500 de aleta dentro de un programa científico permitido porque es una «tradición cultural». Pensaban capturar también 50 ballenas jorobadas, pero abandonaron su pretensión por la presión internacional.

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