miércoles, enero 16, 2008

Vero baila en casa


La vida de los bailarines, que parece a simple vista suave y etérea como algunas coreografías, está hecha de cambios bruscos y decisiones arriesgadas. La de Verónica Villar, nacida en Sondika hace 33 años, es de esas. De pequeña bailaba en casa, en la calle; «cuando cruzaba de acera lo hacía dando saltos y piruetas», recuerda. «Lo necesitaba, era una necesidad», razona sobre aquella niña que poco a poco fue sustituyendo los estudios por la danza... «Hasta que decidí decir adiós al colegio, ya no tenía tiempo». Lo de empollarse los libros mientras el autobús la traía y la llevaba a la academia de baile no podía ser.

Fue una de sus primeras decisiones valientes. Sus padres de vez en cuando volvían a preguntarle si estaba segura, y ella repetía que por supuesto. «Pero es normal que no vieran nada al final del camino. En Alemania, donde llevo desde 1994, hay un gran ballet en cada ciudad y la gente va al teatro a menudo; cada uno tiene su abono. Allí se ve como una profesión; aquí es como si siempre fueras amateur», explica Villar, que está de vuelta en su tierra para bailar con el Ballet del Teatro Nacional de Wiesbaden en el Arriaga. Será la cuarta vez que actúe en casa tras catorce años fuera. «Se hace raro, da pena que sea tan poco, pero al mismo tiempo la sensación es muy especial», señala.

Su primera actuación en este escenario fue a los 16 años, dando vida a la clásica 'Giselle'. «Fue impresionante», dice sonriendo. Se formó junto a Igor Yebra -con quien bailó hace un par de años en el Euskalduna de la mano de la Asociación Bilbao Ballet; entidad «de la que soy miembro, ¿eh!», advierte. Pasó por el Joven Ballet de Bilbao, más tarde llamado de Euskadi. Y a los 20 tuvo que decidir de nuevo. «Es muy duro verte con una maletita en cada mano y yéndote fuera, pero tienes que atreverte», anima la bailarina: «Yo lo he hecho todo por la danza».

Tras un mes en Londres, recaló en Wiesbaden. Idioma, costumbres, horarios, creencias, comidas: «¿Todo tan diferente!». Eso fue en 1994 y ya podría ser alemana. «¿Cómo? No, no -sostiene-. Lo que soy es... europea; con la mente abierta, aprendiendo de todo, no sólo danza».

Aprendiendo a convivir cada día con las cientos de personas que trabajan en el Ballet de Wiesbaden, una «fábrica de arte» que ofrece espectáculos a diario. Hasta ahora. Porque la llegada del nuevo director, Stephan Thoss, ha sacado del repertorio todos los programas anteriores y están inmersos en una remodelación a todos los niveles. «Antes estrenábamos cada año dos piezas y este año serán cinco», explica Villar.

La primera obra de esta nueva etapa es 'Blanco como la Luna', que hasta ahora sólo ha podido verse en Alemania y que en el Teatro Arriaga estará hoy y mañana. Los ensayos comenzaron en agosto, tras un proceso de selección dentro del propio ballet que acabó con un nuevo cuerpo de baile. Muchos de los anteriores bailarines vieron rescindido su contrato. «Yo tuve tres audiciones de una hora cada una con Thoss y me quedé», sonríe Verónica. «Era decisión suya, pero también mía», comenta, en alusión a que a ella también podía no haberle gustado el nuevo director.

Y es que Thoss ha revolucionado la compañía. Además del cambio de bailarines, ha transformado el estilo. Frente al repertorio clásico tradicional del Ballet de Wiesbaden, apuesta por la danza más moderna y expresionista. Para hacerse una idea, basta una descripción escueta: «Antes todo eran puntas y tutús, y ahora siempre a pie plano». Según Villar, la diferencia estriba también en «su gran sentido de la musicalidad: los movimientos son más dinámicos, extremos, flexibles, para acompañar a la música. Yo creo que ahora los músicos ven sus notas convertidas en pasos de baile».

Para demostrarlo, el programa recurre a músicas muy distintas: «'Musikalisches Opfer', sobre la vida de la familia Bach, es más tranquila. 'Visiones' es libre, imaginativa, sugerente. Y 'No Cha-Cha-Cha' lleva al extremo a los bailarines de salón, hasta quedar extenuados».

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