lunes, enero 28, 2008

Volver a pensar en pesetas


Puede producir mareos, convulsiones, dolores de cabeza, vértigos e incluso episodios de desorientación espacio-temporal. Volver a pensar en pesetas en pleno 2008, sencillamente, puede ser perjudicial para la salud.

La mayor parte de las previsiones pesimistas que se hicieron en el año 2001 sobre la implantación del euro, al menos en lo que al comportamiento de los ciudadanos se refiere, se han cumplido con rotundidad. Una parte de la población, aquellos que en enero de 2002 ya estaban entraditos en años o simplemente en una adolescencia muy avanzada, aún añoran aquellos billetes verdes de 1.000 pesetas y aquellos marrones de 100. Los morados de 5.000 también, aunque eran más difíciles de ver.

Salga usted hoy a la calle y vuelva a vivir en pesetas durante un rato. Dese el gusto, pero adopte precauciones. Piense, de antemano, que es un sueño, quizá un mal sueño pero sólo pasajero. Si hay quien paga dinero por ver una película de terror, ¿por qué no pasar un mal rato, pero gratis, volviendo a pensar en pesetas? Una información previa, para que pueda darle un toque de riguroso explorador a ese viaje en el tiempo de la economía monetaria doméstica: la inflación acumulada desde el año 2001 hasta diciembre de 2007 es el del 25,5%. En síntesis, algo que en aquel año valía 100 pesetas, ahora debería costar en torno a 125,5 pesetas si únicamente se hubiesen aplicado a ese producto los incrementos anuales del IPC.

Comience por lo sencillo, tómese un café con leche en el mismo sitio de siempre. A ser posible, en la cafetería en la que lo solía hacer en el año 2001, cuando la peseta aún era de curso legal. ¿Zas!, primer sopapo. Con lo bueno que estaba, se le acaba de cortar la digestión. Le acaban de cobrar casi 300 pesetas, tres billetes de los marrones, por un simple 'cafelito'. «Cielos, menos mal -pensará usted- si me llego a descuidar y pido una tostada, hago el día. Vamos, que hubiese tenido que pagar con la tarjeta de crédito porque seguro que no llevaba dinero suficiente en el bolsillo».

Pues tranquilo. Aún no ha experimentado alguna de las experiencias más fuertes de la jornada. Después de pasear un rato por el centro de la ciudad, decide mitigar la sed. Como ya se ha pegado un susto con el café, opta por ser prudente. Nada de sofisticaciones, ni bebidas isotónicas o refrescos de moda. A lo tradicional. Agua, que es lo mejor para la sed. Eso sí, un botellín de medio litro para que no quede ni rastro del 'estropajo' que comenzaba a formarse entre el paladar y la lengua. Recurre usted a un lugar de confianza, al que ha ido siempre. No es barato, recuerda usted, pero tampoco desmesuradamente caro. Está céntrico, es cómodo, está limpio y para tomar un agua rápida es más que suficiente. ¿Adiósssss! Le acaban de atizar algo más de 400 pesetas por la botella. Cuatro billetes, cuatro, de los 'castaños', de la reconocida ganadería del Banco de España.

«¿Era agua de Corconte!», se repite usted ya un poco sonado por tanto golpe al bolsillo, descartando cualquier duda que pudiera sobrevenir sobre la posibilidad de que le hubiesen servido una de esas modernas aguas de diseño. Efectivamente, la botella era convencional y no una de esas locuras, sólo aptas para 'snobs', que tienen incrustados cristales de Swarovsky.

Comienza a pensar que va a ser necesaria una visita a la sucursal del banco para pedir un cambio en la tarjeta de crédito y explorar la posibilidad de hacerse con una de 'clase oro'. El mundo se ha debido volver loco.

Punto y final a los paseos, que dan sed y mitigarla sale por un pico. Usted ha decidido sacar el coche del garaje y enfilar camino del centro comercial. Mañana es día de fiesta, es su cumpleaños y ha convocado a sus cuatro hijos, a sus mujeres y a los tres nietos a una multitudinaria comida familiar. Hay en su cara un rictus de preocupación. Tiene razones para ello. Después del café y del agua, no se fía de nada ni de nadie. El pitido del control electrónico de su automóvil le saca de sus pensamientos para volver a la realidad. La imagen iluminada de un surtidor en el salpicadero le pone en guardia. Hay que entrar en la gasolinera a reponer combustible. Antes, usted se limitaba a pronunciar un «¿lleno, por favor!» al 'gasolinero'. Como el oficio ha desaparecido ya de la faz de la tierra, mientras sostiene usted la manguera se distrae mirando los precios. Inevitable, se le ha caído la manguera y se ha rociado el pantalón con una buena 'chorretada' de gasoil. El panel informativo no miente. Lo que usted le pone al coche cuesta ¿173 pesetas el litro! Inmediatamente, maldice usted a ese compañero de trabajo que un buen día le dijo que se comprase un coche diésel, porque así iba a ahorrar mucho dinero...

Siente que si hace la compra completa le va a dar el infarto, así que opta por llamar por teléfono a su mujer y le traspasa el 'marrón'. «Cariño -dice en tono conciliador- yo me encargo del pan, tú compra el resto». A propósito, sólo ha asumido la responsabilidad de comprar lo barato. El ataque de ingenuidad le durará poco. ¿Zis, zas!, otro sopapo. Le acaba de volar del bolsillo del pantalón un billete de los verdes, de los de 1.000 pesetas, por cinco míseras barras de pan. ¿Un billete de esos, de los grandes!, lo que a usted le daban de paga para toda la semana cuando era joven, transformado en cinco barras de pan. ¿Quién lo iba a decir!.

«¿Se acabó, ni un minuto más!», grita en pleno aparcamiento de la zona comercial para despertarse de ese sueño de un día virtual en pesetas. Acaba de descubrir que, a veces, los gobernantes dicen la verdad. Se vive mejor en euros. Tiene razón Pedro Solbes cuando asegura que no tenemos ni idea de lo que vale.Y, la verdad, mejor no enterarse. En la ignorancia, se vive mucho más feliz.

Fuente:
elcorreodigital.com

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