martes, abril 15, 2008

El blues del autobus

Amanece en Bilbao. Un lunes más, hay que volver al tajo. Suena el despertador. No para todos. Mientras los electrodomésticos nos ponen en marcha (radios, cafeteras, qué sería de nosotros sin ellos a esas intempestivas horas) un grupo de valientes llega con las primeras luces del alba. 644 kilómetros y más de ocho horas de viaje quedan atrás. Tienen el tiempo justo para dejar los bártulos y pegarse una ducha. Cambiar la bufanda rojiblanca por la corbata, el mono, los libros o el delantal y ponerle el pecho a otro día en la jungla de asfalto. Horas antes, su equipo (el tuyo, el mío) ha caído derrotado en Riazor. Una decepción más. Pero ellos seguirán estando ahí la próxima semana. Su fidelidad no viaja en business. El pasado mes de octubre, 5.000 almas unidas por un sentimiento común habían invadido pacíficamente Valladolid en un partido de los del montón, disputado por dos equipos que entonces luchaban en la parte menos noble de la tabla.


Dos años atrás, el escenario de la peregrinación fue Santander. Como si de un moderno Ejército de Salvación se tratara, la afición del Athletic se había juramentado para rescatar a su equipo de las miserias que lo afligían. La rojiblanca no era una caravana de mujeres como la que inmortalizara William Wellman en la pantalla grande. Pero su determinación provocaba en los jugadores el mismo efecto que en aquellos simpáticos y solitarios solteros de Plán. Les recordaba que las penas, en compañía, se afrontan mejor.

Esa misma temporada, por estas fechas, el Athletic selló su salvación con un agónico triunfo precisamente en Riazor. Casas y Orbaiz rompieron entonces los grilletes de un equipo que estuvo demasiado tiempo preso de sus demonios internos. Sentimos entonces una felicidad irracional, probablemente porque es cierto que el júbilo verdadero sólo se adquiere a costa del dolor vencido. Coruña, como Santander o Valladolid, había sido pacíficamente invadida por la marea rojiblanca. Nuestra afición no viajaba, peregrinaba en busca del milagro de la resurrección por esos campos de Dios.

Entonces les dábamos las gracias desde estas páginas. A los jóvenes de los fondos que animaban sin cesar. A los veteranos forofogoitias que aguantaban estoicamente en sus asientos con el rostro velado por la palidez del sufrimiento. Sin exteriorizar sus sentimientos, porque no siempre ama más al Athletic el que más grita. Gracias a los que hicieron de tripas corazón mientras estaba encendido el piloto rojo. Ellos, sólo ellos, merecen nuestro reconocimiento en estas horas de liberación.

Nick Hornby, en su impagable 'Fiebre en las gradas', retrato de las rocambolescas vivencias de un fanático seguidor del Arsenal, afirma en un pasaje de su novela que el sentimiento de pertenencia e identidad es crucial a la hora de entender por qué viaja alguien de Londres a Plymouth un miércoles por la tarde para asistir a la vuelta de una eliminatoria cuyo resultado había quedado visto para sentencia en el partido de ida. Tengo claro, como Hornby, que no se trata de un placer vicario. El fútbol es un contexto en el que ver se convierte en hacer. Y más si hablamos del Athletic, amigo Nick. Un club singular en el que la afición ha alterado las relaciones de representación. Los verdaderos propietarios de este sentimiento no están ni en el palco ni en el césped. Sois vosotros.

Fuente:
elcorreodigital.com

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