martes, junio 17, 2008

Los del siglo XX pusieron de vuelta y media a los del XIX con una lista de 'pecados', entre los que figuraban el academicismo en paisajes, retratos y bodegones, y el costumbrismo conservador en los temas y figuras. Las vanguardias, desde el impresionismo, se ensañaron con todo ello para encumbrar la voluntad libre del artista en las formas y los colores. Pero ahora se ha templado aquel ardor y los ojos se vuelven hacia los cuadros de hace casi doscientos años, para descubrir su maestría.

Esta es la relectura del XIX que propone el Museo de Bellas Artes de Bilbao en el año que celebra los cien años de su fundación, con la muestra de 'De Goya a Gauguin', patrocinada por la BBK y que reúne una selección de 117 obras de sus fondos que ha pasado ya por Salamanca, Valencia y Sevilla antes de llegar de nuevo a su casa.

Entre las 'estrellas' de la muestra, el retrato del poeta Moratín firmado por Goya, que después de haberse restaurado luce con todo su esplendor; también brilla 'De promesa', la obra de Adolfo Guiard adquirida la semana pasada por 240.000 euros, que se expone al público por primera vez. Javier Viar, director de la pinacoteca, explicó que el XIX es muy largo y variado, ya que en él caben el genio pionero de Goya, que vivió 26 años en ese siglo y ejemplificó el paso del clasicismo al romanticismo, el costumbrismo andaluz y las propuestas ya rupturistas como las de Gauguin y Darío de Regoyos. «El museo tiene uno de sus puntos fuertes en ese siglo, en el que además nace la pintura vasca, de la que tenemos la mejor colección que existe», recalcó.

La muestra se abre con la estampa de Moratín pintada por Goya en 1824, ejemplo de su sensibilidad madura y de su afecto por el escritor, exiliado como él en Burdeos. Sigue con un retrato del bilbaíno cardenal Gardoqui, de José Madrazo, y con obras de Vicente López, el sustituto de Goya en la corte, que junto con sus hijos satisfizo los gustos de aristócratas, militares y clero.

Las escenas de Leonardo Alenza, con una mujer o 'maja' asomada al balcón con un abanico, y vigilada por su fea celestina, llevan el sello goyesco, mientras que la vista de Toledo de Jenaro Pérez Villaamil marca una de las cumbres de la «fantasía romántica», como la definió Viar.

Como reacción o «contrapeso» al romanticismo surge el realismo de Carlos de Haes, con sus fieles pinturas de los Picos Europa, así como los paisajes de Aureliano de Beruete y Jaime Morera, camino ya del impresionismo.

La pintura vasca reflejó las tendencias que se producían en el ámbito nacional. El bilbaíno Francisco 'Pancho' Bringas, nacido accidentalmente en México, se acercó a las estampas folclóricas muy del gusto romántico, en este caso relacionadas con los toros, o con las aldeanas vascas que venían a la ciudad para vender los productos del caserío, un tema que trató con asiduidad el guipuzcoano Antonio María Lecuona.
Con Eduardo Zamacois comenzaron los viajes de los pintores a París, generalmente gracias a las becas que concedía entonces, mitad del siglo XIX, la Diputación de Vizcaya. De él se exhiben cuadros expuestos con asiduidad en el museo, como 'La visita inoportuna', y otros como 'Los bufones jugando al cochonnet', que el museo compró en Sotheby's de Nueva York en 2003.

Adolfo Guiard también viajó a París, la ciudad en la que encontró con la eclosión del impresionismo, que él llevó a las escenas vascas con cierta timidez pero con un audaz uso del color, sobre todo de los grises y azules. De él se incluyen su clásica obra 'La aldeanita del clavel rojo' y el reciente ingreso en la colección, 'De promesa'.

Anselmo de Guinea trató asimismo de dar el paso a la modernidad en la pintura vasca, más decidido en el caso de Darío de Regoyos, cuyo puntillismo está bien representado en la colección del museo y en esta muestra, que recoge 'Toros en Pasajes' y 'El baño en Rentería', así como 'Viernes Santo en Castilla', un símbolo de la generación del 98.

Las 'Lavanderas de Arles', la obra de Paul Gauguin comprada por la Diputación vizcaína en 1919, por 10.000 pesetas, aparece cerca del final del recorrido, marcado por las esculturas de Durrio, y en el que también se contemplan obras de Sorolla, Zuloaga e Iturrino, reflejo de los cambios que se produjeron entre el final del XIX y el comienzo de la modernidad en el XX, el siglo que a los ocho años de que empezara vio nacer al museo de Bilbao.


Fuente:
elcorreodigital.com

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