miércoles, junio 25, 2008

Sobre el nuevo Guggenheim en Urdaibai VI

Dice que se enamoró nada más verla. «Me cautivó. Todavía me acuerdo del fin de semana que pasé con mi mujer en el hotel Atalaya, de Mundaka», confesaba Frank Gehry hace apenas unos meses.


La Reserva de la Biosfera de Urdaibai dejó huella en la memoria de Gehry, un hombre con salitre en las venas y los pies en tierra: tiene un barco de vela de 13,5 metros y se gana la vida poniendo los cimientos de un edificio tras otro, a cual más abracadabrante. «Y eso que yo no busco sorprender, soy una persona muy tranquila», reconocía sentado en la sala de reuniones del Guggenheim.

Allí estaba con motivo de un viaje relámpago, acompañado de la familia y un buen puñado de amigos. Entre ellos, destacaba Juan Ignacio Vidarte, director general del museo y un 'cicerone' de primera. «Me lleva y me trae a todas partes. Y yo, encantado. ¡Me fío totalmente de su criterio!». No había vuelta de hoja: estaba cantado que Gehry acabaría a orillas del Cantábrico y con el cabo Ogoño, imponente y eterno, grabado en la retina. Y es que apenas empieza el buen tiempo, Vidarte es uno más en el chiringuito de Laga, en pantalón corto y camiseta, con un refresco en la mano y la frente despejada. «A Gehry le sedujo nuestra forma de vivir. Eso está claro», suele repetir el director general del Guggenheim.

El 'padre' del coloso de titanio llegó a barajar la posibilidad de abrir un estudio en la zona de la ría de Mundaka. Todavía se le iluminan los ojos cuando lo cuenta: «Quería tener una razón para volver a menudo, algo que me atara al País Vasco; también me planteé montar una escuela de arquitectura en Vizcaya». Al final, esas ilusiones no cuajaron porque «me di cuenta de que no tardaría en convertirme en la 'suegra', un incordio para toda la gente implicada en el proceso de transformación de Bilbao». Así que ahora se conforma con volver de Pascuas a Ramos y evocar los viejos tiempos, allá a principios de los años 90. Ha llovido mucho desde entonces, pero aún conserva frescos «unos cuantos recuerdos».

Pedernales, Busturia, Forua, Elantxobe... eran parada obligada en esas excursiones. Un 'tour' que le quitaba el estrés de un plumazo y le ayudaba a reponer fuerzas: los pimientos de Gernika, el bacalao al pil-pil y la merluza frita desaparecían por arte de birlibirloque apenas tocaban la mesa. «Gané unos cuantos kilos», confesaba Gehry entre risas. Ahora, con 79 años, ya no puede permitirse demasiados excesos: «Me quedo con el pescado a la brasa y las ensaladas, nada más». Y en cuanto al alcohol, más de lo mismo: «Poquito y con cuidado».

Lejos quedan aquellos años cuando abarrotaba la despensa con el pacharán que preparaba la esposa de César Caicoya, director corporativo del grupo de ingeniería IDOM. Eso sí, no se hace mala sangre. «Me pasa lo mismo con el hockey sobre hielo. Ya no puedo jugar y todo lo demás también me lo tomo con calma. Nada, es la vida», admitía con una sonrisa de oreja a oreja, antes de irse a comer con la cuadrilla. ¿Adónde pensaban ir? «Ah, eso lo dejo en manos de Juan Ignacio (Vidarte). Es un hombre con buen gusto».

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