jueves, julio 10, 2008

Sobre Camille Läckberg

Camille Läckberg tiene que pensar siempre, antes de ponerse a escribir, en los vecinos de su madre. En qué hacen, en qué podrían hacer, en cómo reaccionarán. Y es que la escritora sueca lleva cuatro novelas ambientadas en su pueblo natal, un pequeño núcleo rural de la costa oeste de Suecia, donde aún vive su progenitora. El sitio se llama Fjällbacka, y escuchando a la autora es posible aprender a pronunciarlo como Dios manda, cosa más sencilla de lo que parece: Fialbaca. Y aprender un poco más de esos habitantes del norte de los que siempre oímos maravillas pero que apenas conocemos.


«En Suecia también hay mucha violencia», explica Läckberg (1974), que con su primera novela en castellano, 'La Princesa de hielo' (Maeva), vendió 90.000 ejemplares. Ahora presenta la segunda, 'Los gritos del pasado'. «Allí mataron a un primer ministro en plena calle», recuerda. «Hay jóvenes que son apaleados hasta la muerte, mujeres maltratadas...

Hace poco detuvieron a un hombre por la violación y asesinato de una niña de diez años y se descubrió, por el ADN, que estaba relacionado con crímenes de hace 15 años». La vida real, incluso en la aparentemente tranquila Suecia, «es peor que cualquier historia que los escritores podamos inventar».

Pero ellos lo siguen intentando. A España llegan sobre todo los autores de novela negra -Läckberg ha aprendido a decirlo en castellano y lo repite a lo largo de la entrevista-. Un género que allí se cultiva con ahínco. «Tenemos una gran tradición que empezó en los años 70 con novelas de calidad. Oscurece pronto y tenemos mucho tiempo para leer», sonríe. Ella se confiesa de la escuela de Agatha Christie y posteriormente de los ingleses «que hacen el esfuerzo de crear al detalle hasta el personaje que sólo aparece en dos páginas». Además, existe el rito mundial de «ayudarnos a afrontar los miedos reales con el miedo artificial», sea con asesinatos de ficción o con historietas de fantasmas.

Eso en los países del Primer Mundo. «Una amiga mía estuvo en un país de África, uno de esos de muchas guerras. Y me contó que allí no tienen novela negra porque ya tienen mucho miedo en la vida real», ejemplifica. En esta parte del globo hay muchas otras características que por allí abajo no disfrutan: la pareja con trabajos bien remunerados, las bajas de paternidad, el cuidado de los críos por parte de los hombres mientras las mujeres siguen con sus carreras... «Mi interés es descubrir esas relaciones cotidianas. Me gusta escribir de los problemas locales mientras que otros escritores lo hacen sobre los globales». Cree que ese costumbrismo es otra baza de su éxito: «Son reconocibles en cualquier sitio». Y remata con un «trato más de lo que es similar que de lo que es diferente».

La reina de la novela negra escandinava -«qué gracia, a los hombres nunca los llaman reyes»- vuelve a Fjällbacka en 'Los gritos del pasado' para resolver crímenes antiguos, con fanáticos religiosos de por medio. «Mato a muchas personas, es imposible que mueran tantas en el pueblo real».

Esos 'vecinos víctimas', mientras, buscan sus propios reflejos en cada novela. «Me piden que les ponga un cadáver en el jardín», se ríe. A un amigo de su madre se lo puso en el camión de la basura que conduce y está encantado. «Sólo le preocupa quién le dará vida en la serie que se va a hacer en Suecia y Noruega», continúa la escritora. A ella, de momento, lo único que le quita el sueño es narrar para un lector «que soy yo». «Soy muy egoísta escribiendo y escribo la novela negra que a mí me gustaría leer». Sospecha que esa es la fórmula del éxito que le ha hecho vender dos millones de libros en 18 países.

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