martes, diciembre 09, 2008

Sobre la Final del Cuatro y Medio V


Se discutía estos días en los ambientes pelotazales sobre el carácter de Juan Martínez de Irujo. Había quienes defendían que el pelotari de Ibero se había templado, que en estos dos años de lesiones y sinsabores, alejado de los focos, había ganado en serenidad y aplomo. Nunca dejaría de ser un volcán, reconocían, pero al menos no viviría en una erupción permanente. Enfrente estaban quienes defendían justo lo contrario, que Irujo nunca dejará de ser como es y que al navarro, genio y figura, hay que aceptarlo y disfrutarlo en su versión original. Los años, argumentaban, sólo le hacen a uno más viejo. Vista la final del Cuatro y Medio, habrá que aceptar que la razón asistía a estos últimos. En su regreso ayer a una de las grandes citas de la temporada, Irujo se acabó inmolando ante un rival, Aimar Olaizola, que aparte de un extraordinario campeón, es justo su antítesis. Sólo les une el talento. En todo lo demás son antagónicos. De ahí que sus duelos, los pasados, los presentes y los venideros, tengan el gancho que tienen. Ya forman parte de la historia de la pelota.

En el Atano III se enfrentaron un genio impredecible y un cazador implacable. El calor y el frío. Y ganó el segundo, un Olaizola siempre en su papel, manejando los tiempos del partido y dejando que Irujo se fuera quemando lentamente en los fuegos que él mismo provocaba. El éxito del delantero de Goizueta, la base sobre la que cimentó la conquista de su cuarta 'txapela' en la 'jaula', no fue otro que el saber estar en la cancha poniendo a su rival un listón muy alto de exigencia. Ese era su guión y lo cumplió con la precisión quirúrgica a la que acostumbra. Entregó cuatro saques y sólo cometió un par de errores. Midió a la perfección los descansos y el tiempo entre los tantos y nunca pareció afectado por el ambiente del frontón, una caldera en la que hirvieron pasiones, deseos y hasta añoranzas -en los prolegómenos la grada cantó a coro el 'Txoria Txori' en homenaje a Mikel Laboa- desde antes del saque inicial.

Como otras veces, Juan Martínez de Irujo fue el reverso de Olaizola. Ya en el primer tanto, la pelota se le fue a la raya del cuatro y medio. Sus protestas al juez no sirvieron de nada. Fue el primero de un total de diez errores, a los que hay que sumar cinco saques no restados, cuatro de ellos consecutivos en el arranque del partido. El de Ibero, en fin, volvió a firmar una de esas actuaciones suyas que dejan una sensación muy particular, seguramente sólo al alcance de los genios: la de que todo en la cancha es cosa suya, lo bueno y lo malo, los gritos de ánimo y los juramentos, la alegría y la desolación. Él ponía en pie a sus seguidores con detalles espectaculares y luego los clavaba a la silla con el martillazo de unos fallos incomprensibles. No es de extrañar que Irujo tenga una hinchada fiel, ruidosa e inasequible al desaliento, encabezada por su buen amigo 'El Lagarto'. Y es que, aparte de ser un chaval magnífico que se hace querer, hay muy pocos deportistas que generen la montaña rusa de emociones que provoca el de Ibero en sus partidos.

Quizá ante otro rival, Irujo hubiera llegado al cartón de 22 incluso arrastrando el lastre de errores que encadenó ayer. Contra Olaizola, sin embargo, eso no es posible. Las cuentas no cuadran. Cada fallo que cometes te va acercando a la tumba. El pelotari de Aspe lo sabía. De ahí que le llevaran los demonios cuando, con todo a su favor, se vendió con una dejada horrible en el tanto 13. Fue uno de esos puntos de inflexión, a veces invisibles, que acaban decantando los partidos. Hay que ponerse en situación. Tras ir perdiendo 5-0, Irujo había hecho una tacada de siete tantos y se sentía capitán general. Los gritos de sus partidarios atronaban en el Atano III. Algunos de ellos, los más viscerales, incluso pitaron a Olaizola cuando se retiró a vestuarios por una herida en el dedo meñique de su mano izquierda. Pensaban que estaba perdiendo el tiempo, que había hecho mutis esperando a que escampe. La pifia de Irujo con la dejada tuvo un efecto devastador. Aimar fue al cestaño, cogió su pelota y se fue hasta el 11-7 de una tacada.

A partir de ese instante, el campeón de Goizueta dio una lección de cómo se maneja una renta. Con la brújula en su sitio, sin perder nunca el Norte, fue ganando terreno y minando la moral de su rival, incapaz de remontar y cada vez más ansioso. Jokin Etxaniz poco podía hacer. Ser botillero de Irujo es un trabajo abocado al fracaso, una misión imposible. Uno le da consejos y le razona con serenidad y el pupilo, sin querer, impulsado por una fuerza interior incontrolable, se sale por peteneras y acaba haciendo un saque a dos paredes o buscando la pelota a botepronto cuando podía esperarla sin ningún problema. Uno le dice que aproveche a fondo los descansos, sobre todo los que él mismo solicita, y el tigre de Ibero es el primero en levantarse de la silla y ponerse de nuevo en acción sin recuperar todavía el aliento.

Prisionero de sí mismo, Irujo sólo consiguió acercarse a dos tantos de su paisano. Un soberbio gancho y un resto de Aimar al colchón dejaron el marcador en 19-17. Pese a todo, había partido. No hace falta consignar el estado de euforia de 'El Lagarto' y compañía en ese instante. La final entraba en su momento decisivo. Cada tanto era vital. Era cuestión de saber caminar entre las brasas. Y se repitió la historia. Firme, en su sitio, 'plaza gizon' donde los haya, Aimar engañó a Irujo con un magnífico gancho largo, a la pared. En el siguiente tanto, un gancho sin mayores secretos se le fue al suelo al de Ibero. Era el 21-17. Imposible pensar, sin embargo, en una remontada histórica como la que, en una situación similar, le valió a Julián Retegui ante Titín su cuarta 'txapela', un récord que ayer igualó Olaizola II. Lo hizo a la primera oportunidad, en un nuevo error de Irujo, el pelotari que lo hace todo.

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