miércoles, julio 29, 2009

La última leyenda del Oeste

Miles de lectores recordarán tardes enteras entregadas a los libros de Marcial Lafuente Estefanía, cambiados en las tiendas de chucherías y llenos de tipos duros del Oeste, de 'sheriffs' impasibles que recibían su 'ración de plomo' de algún desalmado forajido.

Aquel mundo que ocupó tantas horas de ocio en los años cincuenta y sesenta aún vive en lectores como Casto de Castro, que devora veinte libros de vaqueros a la semana; en escritores como el hijo de Lafuente Estefanía, Federico, que continúa escribiendo en su Olivetti historias inspiradas en la obra de su padre; o de amigos del legendario autor como Manuel Cerdán, que organizó una muestra y unas conferencias para recordar su figura hace dos años.

De Castro, portero de una conocida marisquería de Bilbao, acude cada semana a un estrecho establecimiento de su barrio de Santutxu en el que se venden golosinas y revistas, y en el que se cambian novelas de Estefanía a diez céntimos el ejemplar. Cogió la afición en los catorce meses que pasó de mili en Burgos. «Para matar el rato empecé a leer estas novelas y a jugar al mus. Ya no lo dejé. Hoy leo dos o tres al día y cada una me dura entre treinta o cuarenta minutos», relata De Castro, de 57 años.

Cuando él estaba en el servicio militar, en 1973, Marcial Lafuente Estefanía ya se había convertido ya en una marca o factoría en la que trabajaban sus dos hijos, Francisco y Federico. «Yo no soy médico porque en segundo lo dejé y me dediqué a escribir novelas. Empecé por una apuesta con uno de los amigos de mi padre, que me retó a que le copiara. Mi padre leyó lo que había escrito. Pasaban los días y no me decía nada, hasta que me la dio ya en forma de libro con el título de 'Diez muertos por un rancho'», recuerda Federico, el único de los hermanos que aún sigue escribiendo y editando las novelas con el nombre de Marcial Lafuente Estefanía.
El más famoso de los escritores a destajo hizo de las aventuras del Oeste «el modo de ganarse la vida», recuerda su hijo, en parte porque su pasado le cerró muchas puertas y le dejó aquella que estaba abierta para todos, la de la 'pulp fiction', la literatura de kiosco. Su participación en la Guerra Civil como coronel artillero en el Ejército republicano, y su posterior encarcelamiento, le marcaron como un apestado que no podía ejercer su profesión de ingeniero industrial. En una situación parecida se hallaba Silver Kane, seudónimo de Francisco González Ledesma, hoy un escritor de éxito, que al empezar en los años cuarenta con las novelas de vaqueros arrastraba el peso de pertenecer a una familia republicana.


Estefanía se convirtió en el autor más popular de la España franquista. Sólo Corín Tellado le hacía sombra. En los años sesenta, la edición de cada uno de sus títulos, de cáracter semanal, llegaba a los cien mil ejemplares. En total, el autor vendió más de 50 millones de libros. «La editorial Bruguera ganó mucho dinero con mi padre. Nosotros vivíamos bien y pudimos tener más ingresos, pero entonces no se conocía lo que eran los derechos de autor y te daban cuatro duros como si fuera una limosna. Cuando hablo de eso me pongo malo», recalca Federico Lafuente.
Sin alardes

Estefanía no sólo escribía por dinero. «Se sentía orgulloso por haber enseñado a leer a mucha gente», apunta Manuel Cerdán, de 77 años, que conoció al escritor en los años setenta, cuando ambos coincidían en la localidad abulense de Arenas de San Pedro. «Pensaba que estaba haciendo un tipo de literatura para el que no tuviera mucha formación, pero también para los más cultos con ganas de evadirse».
Los lectores querían a Estefanía, aunque hubiera una parte de la intelectualidad que entonces despreciaba las novelas baratas. Su amigo Cerdán le ayudaba con las pequeñas gestiones en el pueblo de Ávila, e iba a diario a cogerle la correspondencia a Correos. El autor recibía de quince a veinte cartas cada día. «No hacía alardes, pero sí estuvo volcado en su literatura, y además decía con mucha naturalidad que las novelas le habían llevado a la fama y le habían dado de comer, así que tenía que seguir haciéndolas aunque hubiera gente que le criticara», recuerda.

Para Casto de Castro, la lectura de estas novelas trasciende la pura diversión, pero reconoce que el entretenimiento es el atractivo básico de estos libros. «No es que sean muy instructivas aunque siempre se aprende algo. Te ayuda a no cometer faltas de ortografía, a saber si vaca es con 'v' o con 'b'. Leer siempre enseña. Si en el libro se nombra un pueblo que no conoces, vas a la enciclopedia y buscas dónde está».

Federico Lafuente sostiene que su padre careció de pretensiones literarias, aunque no se privó de dar cierto «colorido» a sus narraciones. Su fuerte fue la facilidad en la escritura, que su hijo ha heredado, como muestra los «tres o cuatro días» que emplea en escribir un libro.
-¿Primero el título?
-Siempre. De ahí nace la novela, y es lo que más cuesta porque después de tantos libros la pelea está en no repetirse.

Según el hijo del escritor, «Bruguera quiso hacer todo lo posible por encumbrar a Silver Kane, pero tiró la toalla». De Castro explica el porqué: «Silver Kane es más pesado que Estefanía, que va directo tema, mientras que el otro te cuenta la vida del padre, del hijo y del abuelo, y te aburre. Es verdad que Estefanía se repite y que el caballo del bueno siempre llega primero. Pero es más ágil que los otros».
La vida continúa en el planeta Estefanía. Su hijo sigue escribiendo novelas del Oeste en un máquina antigua, porque le inspira el «ruidito» de las teclas. «Escribo unas ocho horas diarias, siempre de madrugada. Me levanto a las tres y trabajo hasta las once o las doce. La tarde la dedico a la lectura y a otras cosas».

Como en los últimos 35 años, De Castro prefiere acudir a la tienda de chucherías, y cambiar las novelas a diez céntimos el ejemplar, que comprarlas nuevas. De vez en cuando, lleva unas cuantas al hogar del jubilado próximo a su casa, donde vuelven a pasar de mano en mano.

En Internet se mueven los coleccionistas y los que aún están enganchados a las novelas del Oeste, no sólo de Estefanía, sino también de Zane Grey, El Coyote y Silver Kane. Algunos se acercan hasta la casa de Federico Lafuente para pedirle más. «Hoy precisamente he recibido a una persona de Murcia que venía a por los títulos que le faltaban, y que me dijo: 'Mire usted, yo no leo otra cosa. Si no tengo, no leo'».

La saga de los forajidos y de los hombres justos continúa.

Fuente:
elcorreodigital.com

La imagen es de Google.

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