domingo, julio 26, 2009

Sobre Bolero de amor compartido

¡Frijoles! Siguiendo el rastro del olor de ellos, Rita, una exuberante muchacha, mulata de labios carnosos, entra en la cocina de un lujoso ático neoyorquino. "¡Hummm! ¡Qué maravilla!", dice mientras se lanza sobre la cazuela. En la mesa, Chico, un apuesto joven de piel oscura, la mira con hostilidad.

- Chico. "¿Ya te has cansado de hacer el papel de señorita encantadora?".

- Rita. "¿No te gusta que esté sentada aquí a tu lado? ¿Comiendo frijoles?".

Fernando Trueba (Madrid, 1955) contempla esta escena en un ordenador del estudio de Javier Mariscal (Valencia, 1950) en Barcelona. Sonríe ante los seductores contoneos de Rita, ante la tristeza de Chico, dos personajes de animación creados por Mariscal, protagonistas del primer trabajo cinematográfico que firman conjuntamente el realizador y el dibujante.

Y la escena continúa en la pantalla:

- Chico. "Me gusta tanto que me da miedo".

- Rita. "¿Miedo de qué?".

- Chico. "De lo mismo que tú".

- Rita. "¿Y yo de que iba a tener miedo?".

- Chico. "¿A hacerle caso a tu corazón por una vez? ¿A salir de tu jaula de cristal y no encontrar el camino de vuelta?".

- Rita. "¿De verdad crees eso? Ven conmigo".

Definitivamente, no eran los frijoles los que habían llevado a Rita a la cocina. "Es la pasión la que ha llevado a Rita a entrar en esa cocina en busca de Chico", apunta Trueba.


La misma pasión de la que nace Chico y Rita. Ese amor compartido por Trueba y Mariscal por la música y la cultura cubana. Una amistad genial y un trabajo de años. De la unión de dos artistas diferentes pero complementarios, del caos visceral y creativo de Mariscal y de la coherencia reflexiva de Trueba, tal y como los ha visto Tono Errando, el tercero en discordia, hermano del dibujante, que firma con ellos la dirección de este filme, que supone una novedosa experiencia en sus vidas y que tiene un objetivo claro: dar lo mejor al público, ofrecer la máxima calidad en un producto muy cuidado.

Chico y Rita, escrito por Trueba junto a Ignacio Martínez de Pisón, es ante todo un guión realista, que habla de sentimientos y emociones. Una tierna historia de amor entre un pianista cubano que sueña con hacerse un hueco en el mundo del jazz y una cantante de voz fascinante. Un bolero de amor que recorre las calles de La Habana y Nueva York de los años cuarenta y cincuenta, en un viaje que va desde la sensualidad cubana hasta la ebullición musical de los clubes neoyorquinos de los grandes intérpretes y orquestas del momento, de Charlie Parker, Chano Pozo o Dizzy Gillespie. Fue hace más de cuatro años cuando Mariscal le comentó a Trueba que no quería dejar de cumplir su sueño de realizar una película de animación con un buen guión y una historia potente.

Las cifras alrededor de este "trabajo de chinos", en palabras de Angélica Huete, directora de producción, son apabullantes. Para 90 minutos de metraje se van a utilizar 129.600 fotogramas en 146 escenas, basados todos en los dibujos originales de Mariscal. En el proyecto, que esperan tener listo para la primavera de 2010, trabajan 50 personas en el área de creación y preproducción y 220 más en la producción, además de contar con la participación de 70 músicos. Hay cuatro estudios de animación repartidos por el mundo entero, cada uno con su especialidad -Budapest, São Paulo, Madrid y la isla de Mann-, además del de Barcelona, que trabajan a destajo para sacar adelante este proyecto de casi 10 millones de euros, del que ya están rodados los diálogos y grabada la música.

El estudio de Mariscal bulle de actividad. Nada, sin embargo, se acerca a la explosión de su titular, que deja una estela de energía allí por donde pasa. Miles de dibujos y bocetos descansan en las mesas, con los detalles más realistas de cada uno de los elementos que salen en cada fotograma. Dibujos de coches, autobuses, neones, calles, enchufes, muebles, instrumentos musicales, de todos los cachivaches imaginables, invaden los rincones y estallan en las paredes. Una estantería llena de libros y fotos de La Habana y Nueva York de los años cuarenta y cincuenta, que han sido manoseados a conciencia por Mariscal, sirven de referencia para esta historia anclada en esas dos ciudades míticas. Se asemeja a un taller de alta costura, donde cada pieza se realiza de manera artesanal.

"Es un bolero de amor", explica Mariscal, ese creador que ha ido guardando dibujos de sus viajes a La Habana en cuadernillos de apuntes que luego regala, el que dice de sí mismo que "ha aprendido dibujando". "Es una historia romántica que tiene mucho de homenaje a Bebo Valdés, al gran amigo, al ser maravilloso, pero también a toda esa generación. Es una mezcla de historias de músicos, a los que conoces y a los que no. Es una película que ha salido sola", añade Trueba. En la ajetreada cocina del estudio parecen la pareja perfecta. Hay mucha complicidad. Se admiran, se ríen.

En Chico y Rita se han mezclado las pasiones de Trueba: el cine, la música y la pintura. Si algo tenía claro este realizador, que se dispara en continuos proyectos -prepara estos días en Madrid un nuevo disco de Josele Santiago que ha grabado en parte en Nueva York, mientras ultima los detalles para presentar El baile de la victoria en el Festival de San Sebastián- es que este proyecto de animación tenía que tener una estructura narrativa clásica, como si de una película de la Warner de los años cuarenta se tratara, unido al toque sensual, colorido y moderno de los dibujos de Mariscal. "Son trazos limpios, en una línea heredada del dibujo más clásico de Tintín", explica el dibujante sobre su trabajo.


El filme ha sido rodado en su totalidad en locales de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba, con personajes reales. "Era la manera de que los animadores tuvieran la información dramática, de darle una carga más humana y profunda. Un material de una riqueza enorme para que el animador pueda trabajar. También para controlar los movimientos, la puesta en escena, la cámara y que todo estuviera como yo quiero", explica el realizador, quien ha introducido en la parte musical un elemento innovador. Ha invitado a músicos a trabajar como si fueran actores para conseguir una banda sonora original y no una simple compilación. Así Mike Mossman ha tocado como si fuera Dizzy Gillespie, Jimmy Heath ha imitado el estilo de Ben Webster y la música de Chano Pozo la ha interpretado Yaroldi Abreu. Finalmente, el piano prodigioso de Bebo Valdés es el que suena en el instrumento que toca Chico. "He ido eligiendo los músicos que podían hacer esas interpretaciones, los que estuvieran más cerca de su estilo, lo conociera o lo entendiera".

Nieve, una persecución, que hubiera cafeterías, cabarets. Ésas fueron algunas de las peticiones que Mariscal hizo a Trueba para que las incluyera en el guión. Y así lo hizo, entre otras cosas, para disfrutar con las creaciones de su amigo. "Siempre he estado enamorado de la libertad que tiene al trabajar, de su trazo, de su línea, el color y la vitalidad, la alegría y la sensualidad que tiene. Mariscal es el Mediterráneo, pero también es un hijo de Picasso, como lo son David Hockney y otros artistas. Las calles de La Habana que ha dibujado son más bonitas que las de verdad".

Mariscal no quiere parar. "Chico y Rita tendrá continuación", asegura. "Fernando es un regalo, y haremos otros proyectos de animación. Esto no ha hecho más que empezar. Sueño con un producto estable, y que el público se enamore de esta película, que lloren emocionados".

Fuente:
elpais.com

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