miércoles, marzo 24, 2010

Nuevos iconos en viejos mundos

Desde que los futuristas declararon que había más belleza en un bólido que en la Victoria de Samotracia, artistas de todos los pelajes se han embarcado en la tarea de convertir en arte lo feo, lo insignificante, lo cotidiano, lo siderúrgico. Lelhel Kovacs, un ilustrador húngaro que trabaja regularmente para The New York Times o The Guardian, recibió un día el encargo de ilustrar una serie de ciudades a través de su iconografía más universal. Se compró guías, navegó por la Red e incluso buceó en su archivo personal, pero no encontró ninguna imagen que le inspirara. Hasta que un día entró en el Google street view, ese servicio del buscador que muestra imágenes de cada esquina de prácticamente cada ciudad.

Finalizó el encargo y arrancó uno de sus más ambiciosos proyectos personales. Descubrió que encontraba más belleza en una esquina de un barrio de Ostrava que en cualquier catedral. De cualquier modo, ahí empiezan y terminan sus similitudes con Marinetti y los suyos. "Quería que este proyecto tuviera un marco, por eso decidí seguir el alfabeto. La idea es dibujar una ciudad por cada letra visitando el máximo de países. Cuando hago turismo trato de evitar los lugares más obvios, así que los rincones escogidos están compuestos por edificios anónimos. Eso sí, no he podido evitar incluir un par de iglesias en la selección", confiesa este húngaro de 28 años que fue escaparatista y diseñador gráfico. Con el fin de enfatizar que el proyecto es manual, Kovacs presenta cada ilustración en el marco de una libreta Moleskine, otorgándole así al cuerpo del trabajo un entrañable halo vintage que contrasta con el hecho de que las ilustraciones surgen de Internet y se pueden sólo ver a través de la pantalla de un ordenador.


"Mi trabajo sigue siendo mi hobby. Tal vez por eso, las diferencias entre los trabajos que surgen de un encargo y mis proyectos más personales sean menores de las que puedan hallarse en otros dibujantes". Y es que una de sus mayores virtudes tal vez sea la de haber publicado en grandes medios sin comprometer su visión y su estilo. Si puedes convencer al editor gráfico de The New York Times, qué sentido tiene luego cuestionarte cuando estás solo. Al final, la única diferencia entre un encargo y un proyecto personal es que lo primero siempre lo entregas tarde.

Fuente:
elpais.com

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