lunes, marzo 15, 2010

Un frontón en el centro de Roma

La iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane, tan pequeñita que le llaman San Carlino, es una de esas joyas medio escondidas de Roma. Una virguería barroca de Borromini, llena de curvas y contorsiones prodigiosas, comprimida en pleno centro de la ciudad. Pero oculta otro secreto más en su interior y, en cambio, muy cuadriculado: un frontón de pelota. Aunque suene raro, en realidad tiene su explicación porque este lugar es un minúsculo rincón vasco de la capital italiana. La iglesia y el convento es de los padres trinitarios españoles, y muchos de ellos eran vascos, sobre todo vizcaínos, pues esta orden tiene una gran tradición en esta tierra y tenía su seminario en Algorta. Además, el beato Domingo Iturrate era de Dima. Esta localidad ha enviado muchos monjes a Roma, como tantas otras de Vizcaya. Y todos ellos han tenido en San Carlino su frontón, en casa y a dos pasos del Quirinale y de Via Veneto.

El frontón es pequeño, no tiene las medidas reglamentarias, y podría ser más bien de trinquete, pero aquí han echado la tarde varias generaciones de curas y seminaristas. Surgió en los años cuarenta cuando el Gobierno italiano derribó el convento contiguo, de San Dionisio, para construir la Oficina de Cambios. Quedó un trozo de terreno en un espacio sobrante y fue cedido a los trinitarios, a quienes levantar un frontón les pareció la mejor idea. El campo fue un éxito, pues en la Universidad Gregoriana, que está muy cerca y es el gran vivero de formación de sacerdotes de Roma, había decenas de vascos, muchos de ellos jesuitas. Se hacía un torneo de pala entre abril y mayo, con premio para el campeón en la final que se jugaba el 11 de mayo, día del beato Domingo Iturrate.


Sin embargo, hace tiempo que el eco compacto de la pelota no restalla en San Carlino. Lo habrán agradecido en el colegio belga de al lado, donde Karol Wojtyla, que allí vivía, se quejaba a menudo del ruido que metían en el frontón cuando tenía que estudiar, según cuentan los frailes. El último campeonato fue hace catorce años, por falta de vocaciones. Tras algunos años con tan solo diez religiosos alojados, ahora hay en la casa 17, aunque varios son estudiantes que llegan de distintos países, como Polonia, Brasil o Congo. El padre Juan Pijana, de Otxandiano, el último que le daba todavía a la pelota, se fue en 2003. Era también el último vasco. «Es la primera vez que aquí no hay vascos en siglo y medio», comentaba hasta hace nada con nostalgia el padre Pedro Aliaga, superior del convento. Ahora acaba de llegar uno de Busturia.

El declive de vocaciones hace languidecer los monasterios y, como un medidor implacable, el frontón está lleno de grietas, humedad y hierbajos. Da un poco de pena. Ahora es uno de esos ocultos y solitarios rincones romanos, con escenas fellinianas: sólo se pasean por ahí los tres gatos de la Principessa de Drago, que vive enfrente y manda el mayordomo a darles de comer.

Los frailes hablaron una vez con el Gobierno vasco a ver si podían acceder a una subvención para repararlo, pero se la negaron porque el frontón no es reglamentario. Curiosamente, 'La Gazzetta dello Sport' descubrió en 2001 que hay otro frontón olvidado en Roma: está en el barrio del EUR, dentro de la casa generalicia de los maristas y fue construido en los sesenta por iniciativa de estudiantes españoles y sudamericanos.

El padre Aliaga, andaluz, muestra el escudo de Vizcaya, pintado en el techo de una de las dependencias, junto a la Iglesia, antes de enseñar el flamante blasón del suelo del templo que recuerda a Doña Casilda Iturrizar. La benefectora bilbaína, viuda del banquero Epalza, donó el dinero para embellecer el pavimento de la iglesia, pues el original era de ladrillo. Como testimonio ha quedado este recuerdo. Es un lugar privilegiado, bajo la famosa cúpula de Borromoni que todos los días entran a admirar los turistas. La inscripción en latín recuerda su aportación y cita a Bilbao: Flaviobrigensis, según el nombre de la diócesis en latín. «Cuando viene gente de Bilbao siempre se fijan, y dicen: 'Mira Doña Casilda, la del parque'», apunta Aliaga.

Esta hermosa iglesia se construyó a golpe de donaciones y el propio Borromini trabajó gratis, pues este fue su primer trabajo importante. Entonces era un artista desconocido e incomprendido que se moría de hambre. Los frailes, más pobres que él, le contrataron encantados y gracias a aquella intuición hoy pueden presumir de iglesia. También de ser el primer lugar de Roma donde se plantó apio, traído por un mercader griego en el siglo XVIII y ahora muy utilizado en la cocina romana. Pero lo que les gustaría a los frailes es volver a presumir de frontón.

Fuente:
elcorreodigital.com

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