viernes, abril 23, 2010

El golfista honesto

Brian Lester Davis (Londres, 1974) se despertó ayer un poco angustiado. Todo el mundo hablaba de él. Las televisiones glosaban su figura, los periódicos le solicitaban entrevistas, las radios repetían con asombro su nombre. El contestador de su teléfono móvil yacía exhausto, saturado de mensajes cariñosos. Brian, un tipo gris, número 98 del golf mundial, acababa de perder el Verizon Heritage, uno de los torneos más importantes del circuito americano; pero había hecho algo mucho más difícil que ganar. Había sido honesto. Terriblemente honesto.


El golfista londinense se vio el pasado domingo ante la gran ocasión de su vida. Podía estrenar su palmarés en Estados Unidos, algo con lo que soñaba desde hacía cinco años, cuando se afincó en Orlando (Florida), unos metros más abajo de la residencia del fabuloso Tiger Woods. Brian se jugaba el título del Verizon Heritage contra otro de los grandes, Jim Furyk, actual número cinco del mundo. Tras un espléndido fin de semana en el campo de Hilton Head, el deportista británico había alcanzado la muerte súbita y había llegado a tener un golpe de ventaja sobre Furyk. Pero, en el hoyo 18, mandó la bola a la playa de arena que se abría frente al 'green'. Lo tenía difícil, aunque Brian no se descompuso. Requirió el palo adecuado, contuvo la respiración, golpeó con precisión y colocó la pelotita de nuevo en la pradera. Aún tenía opciones de victoria.

De pronto, cuando todo el mundo giraba la vista para contemplar el turno de Furyk, Brian Davis llamó al árbitro, Slugger White. Entre los murmullos de los asistentes, que no comprendían bien qué estaba pasando, el golfista cruzó unas palabras con el juez del torneo. Al tocar la bola, le explicó, había notado como si algo se hubiera movido por detrás. Según la norma 13.4 del reglamento del golf, el jugador, en su maniobra de golpeo, no puede mover ningún objeto suelto que exista en las trampas. Nadie lo había notado. Ni los árbitros, ni el público, ni el rival, ni los comentaristas. Sólo al contemplar por segunda vez, y en cámara lenta, las imágenes de televisión, se comprobó que el palo de Brian Davis había rozado levemente un junco que, en efecto, estaba suelto. White, el juez, torció el gesto, miró a Davis, consultó con dos colegas y cumplió con su deber: le impuso dos golpes de penalización. El modesto golfista inglés había perdido el torneo de su vida, el faro que iba a iluminar todo su palmarés. Jim Furyk, el vencedor final, embocó su bola, se quitó la visera y estrechó la mano de su oponente. «No me gusta ganar así -dijo-. Le respeto y le admiro por lo que ha hecho».

Para Brian Davis la cosa no fue para tanto. Con flema británica, recibió a los ansiosos reporteros sin darse importancia: «Bueno, es una de esas cosas que hay que hacer. Así que la hice. Supongo que eso es lo que hace tan especial a nuestro deporte». Sin mencionarlo, Davis comparaba el golf con otras disciplinas de moral infinitamente más laxa, como el fútbol. Yerno del legendario guardameta inglés Ray Clemence, Davis no quiere para su deporte imágenes como aquella 'mano de dios' con la que Maradona tumbó a Inglaterra en México'86 o como la trampa de Henry que coló a Francia en el Mundial de Sudáfrica.

Su mánager, Gary Evans, más atento a los números, no sabía bien si maldecirle o abrazarle: «Si Brian no hubiera avisado al árbitro, nadie lo habría visto. La victoria le habría reportado un millón de dólares y, además, habría tenido plaza segura para el próximo Masters. Por eso estoy tan disgustado. Pero -recapacitó-, también estoy muy, muy orgulloso. Él cree que en este juego».

Brian Lester Davis perdió un torneo y bastante dinero (recibió los 600.000 dólares del segundo clasificado), pero se ganó el respeto universal. Algo que todavía busca su vecino, el fabuloso Tiger Woods.

Fuente:
ideal.es

Gracias David por el chivatazo...¡¡

1 comentario:

David dijo...

No hay de qué...

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