jueves, septiembre 16, 2010

El ladrón de nombres

El Chievo Verona, un humilde equipo de barrio, sacudió los cimientos del fútbol italiano a comienzos del tercer milenio. Ascendió a Primera División en el año 2001 y aterrizó en la élite dispuesto a meter mucho ruido: durante la siguiente temporada, engarzó victoria tras victoria, tuteó a los grandes de Italia, saboreó la sensación de verse líder y acabó el curso en quinta posición, sólo un punto por debajo del todopoderoso AC Milan. Una de las estrellas de aquel equipo inesperado y chispeante era un joven brasileño de velocidad endiablada: Eriberto Conceiçao da Silva, nacido en Río de Janeiro el 21 de enero de 1979.

Ocho años después de aquella mágica temporada, y tras haber probado las hieles del descenso, el Chievo Verona vuelve a destacar. Con sólo dos jornadas disputadas y gracias a su último triunfo ante el Genoa (1-3), los humildes veroneses encabezan de nuevo y en solitario la clasificación de la Serie A, la Primera División italiana. Su figura más querida es hoy un veterano brasileño de pulmones insondables: Luciano Siqueira de Oliveira, nacido en Río de Janeiro el 3 de diciembre de 1975.
Pero Eriberto Conceiçao da Silva y Luciano Siqueira de Oliveira son, en realidad, la misma persona.


Eriberto Conceiçao, un joven y prometedor mediocampista del Palmeiras brasileño, llegó a la liga italiana en 1998, cuando fichó por el Bolonia. Cuajó dos temporadas grises, aunque los técnicos del Chievo Verona se fijaron en su entusiasmo, le vieron aptitudes y quisieron ficharlo. Llegó al modesto club del barrio veronés en el año 2000 y pronto encajó con las ideas ofensivas de su técnico, Luigi Delneri. Vivió dos años mágicos: consiguió el ascenso y la posterior consagración del Chievo entre la crema del 'calcio'. Todo parecía perfecto para el brasileño, que se había convertido en el ídolo de la afición. Hasta que el 20 de agosto del año 2002, cuando el Lazio estaba a punto de ficharle, Eriberto desapareció.

Durante dos días, nadie supo dónde se había metido. Su agente sólo acertaba a explicar que había marchado a Brasil para resolver «graves problemas personales». El 22 de agosto, por teléfono y con la voz entrecortada por la congoja, el jugador relataba su historia a la prensa italiana: «He mentido. Mi nombre verdadero es Luciano, no Eriberto. Y no tengo 23 años, sino 26. Quiero partir de cero. Voy a renunciar al contrato que he firmado con el Lazio. Primero debo encontrarme a mí mismo».

La asombrosa aventura de Luciano Siqueira había comenzado a escribirse seis años antes, cuando, como tantos otros jóvenes brasileños, trataba de escapar de la pobreza con un balón en los pies. Encontró su ansiada oportunidad cuando supo que el equipo juvenil del Palmeiras quería ficharlo, pero había un problema irresoluble: su edad. Luciano tenía más de 19 años y no podía militar en aquella categoría. Desesperado, creyó que se le escapaba el tren de su vida y prestó oídos a un agente de jugadores que le propuso falsificar su documentación. Luciano, que acababa de quedarse huérfano, fue un poco más allá. Usurpó la personalidad de un vecino poco futbolero, Eriberto Conceiçao da Silva, tres años más joven que él. Con ese nombre y esa fecha de nacimiento jugó en el Palmeiras, se hizo el pasaporte, fichó por el Bolonia, entró en Italia y acabó en el Chievo. Hasta que no pudo más, se derrumbó y confesó la verdad.

¿Por qué descubrió el engaño? Al comienzo se sospechó que una mafia brasileña le estaba haciendo chantaje y amenazaba con truncar su traspaso al Lazio. Luego se pensó que el verdadero Eriberto le había exigido mucho dinero para seguir con el juego. Pero, por una vez, la realidad acabó siendo menos truculenta: Luciano había sido padre y no quería legar a sus hijos, Gabriel y Victoria, una personalidad equivocada, una familia ficticia, unas raíces impostadas. Por eso dijo la verdad y por eso volvió a ser Luciano.

La historia conmocionó a Italia, un país acostumbrado a los escándalos surrealistas, y en seguida se levantó una ola de simpatía hacia el futbolista. Pero la Justicia, ciega a las pasiones, aplicó la ley y lo condenó a ocho meses de cárcel. No tuvo que visitar la prisión, pero tampoco fue al Lazio. Pasó una temporada en blanco y debió pagar una multa de 150.000 euros. El precio de su identidad.


Ahora Luciano lleva su nombre impreso en la camiseta del Chievo y luce con orgullo sus 35 años. «A veces me acuerdo de cuando era Eriberto», confiesa a 'La gazzetta dello sport'. «Todavía alguno me llama así por la calle. Guardo una camiseta con ese nombre. La sacaré cuando mis hijos sean mayores y pueda explicarles qué le ocurrió a su padre».

Fuente:
ideal.es

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