martes, octubre 12, 2010

Día de la Hispanidad IV

“¿Será acaso esta aurora que su rosada claridad ya ex­tiende, oh intrépido Colón, la aurora bella de tu glo­ria inmortal? Veloz con ella la fresca brisa sobre el mar se tiende y allí murmuradora aguarda, pues, con impa­ciencia el hora que su soplo fugaz hinche las velas, y lance a las llanuras inmensas de la mar las carabelas”. (Ángel Lasso de la Vega, poeta español del siglo XVIII)


Cada año, cuando se avecina la presencia del “Día de la Hispa­ni­dad” o “Día de la Raza” o del “Descubrimiento de América”, se abren escandalosos contextos que angustian a ciertos sectores de los pue­blos hispanoamericanos. Se escuchan frases altisonantes como va­cías, con las que se pretenden drogar y anestesiar nuestra verdadera historia.

Al rememorar un nuevo aniversario de la Conquista y la Evange­li­zación de América -epopeya considerada como la más importante de la historia humana-, como pueblo reconocido juzgamos la necesidad de dar gracias al Señor por esa hazaña que dio vida a un nuevo mundo con mu­chas luces y muchas sombras, aciertos y errores, ventajas y deficiencias. Estimo ser deshonesto omitir que en esta heroicidad no hubo iniquidades, atrocidades, malos tratos por parte de algunos con­quistadores y, al mismo tiempo, no puntualizar que se efectuaron actos de humanidad, grandeza, hidalguía y abnegaciones los que nunca fue­ron adecuada­mente señalados.

Para Juzgar El Antes Y Después De La Lle­gada De Los Españoles Al Continente Consi­dero, Que Para Mayor Comprensión De Los Sucesos, Debemos Ubicarnos En El Tiempo Y En La Cultura De La Epoca. ¿La Conducta De Los Personajes Y De Los Epi­sodios Del Siglo Xv Difieren Al Quehacer Del Hombre Actual? ¿En El Siglo Xxi No Existe Acaso La Explota­cion Del Hombre Por El Hombre, Las Guerras, Falta De Tra­bajo, Las Desigualdades Y La Muerte De Un Sinnúmero De Hombres, Muje­res Y Niños De Hambre O Por La Falta De Se­guridad So­cial?

El poeta y ensayista cubano Eliseo Diego al sostener que los fran­ceses e ingleses le han indagado a España una leyenda negra en un re­portaje que se reprodujo en la revista “Revolución y Cultura” dice que los españoles realmente hicieron atrocidades con los indios, pero las hicieron en una época en que lo atroz era la manera natural de ac­tuar. Nadie recuerda que en Inglaterra si se robaba una hogaza de pan se le cortaba las manos al ladrón. Y nadie recuerda que Benito Juárez era un indio que presidió México. ¿En que colonia inglesa o francesa hubo un indio presidente? los españoles dejaron tras de sí naciones, los ingleses, factorías.

Hay voces que repudian y acusan a los españoles de ser cau­santes de la matanza indiscriminada que despobló a los indios de América. Tal aseveración falaz se encuentra orquestada por quienes se identifican en contra España y con principios filosóficos anticristianos. Desde la lle­gada de Cristóbal Colón a América las autoridades espa­ñolas y eclesiás­ticas dictaron normas protegiendo al indio. Tal el testa­mento de Isabel la Católica, las bulas de Alejandro VI y el monumento jurídico conocido como Leyes de Indias. Con respecto a la disminución de la población aborigen obedeció a:

1) Las constantes guerras entre las tribus beligerantes, tales como los aztecas e incas, que buscaban el sometimiento de las pobla­ciones in­defensas y tranquilas;


2) La lucha entre conquistadores y los indios. Los primeros usa­ban como armas las espadas, puñal, lanzas, mosquetes, escopetas, arca­buces y hasta perros debidamente adiestrados. Por su parte, los nativos, combatían con arcos y flechas, en muchos casos con puntas envenenadas, lanzas, macanas o mazas de palo con incrustaciones de vidrio volcánico, hondas, porras y gases, obtenidos estos últimos por el sahumerio de ají molido, de pimienta y de otras materias;


3) la práctica de la antropofagia y los sacrificios humanos;


4) las pestes como: la viruela, la escarlatina, el tifus, el saram­pión o el paludismo, algunas de estas enfermedades traídas por el eu­ropeo;

5) el mestizaje;

6) la transmisión por parte de los españoles de enfermedades a los naturales, como la sífilis; y de otras afecciones del intercambio de sangre entre ambas razas.

Lo que se trata de ocultar o considerar muy al pasar es el mag­ná­nimo espíritu de Isabel la Católica –actualmente en proceso de bea­tifica­ción- cuando ordena que


“los indios sean libres y no sujetos a servidumbre, y nadie sea osado de cautivar indios aún en guerra aunque sea justa y hayan dado y den causa de ella”.

A este generoso reconocimiento de libertad e igualdad indíge­nas, no se llegó sin lucha contra los intereses mercantiles. La reina Isabel no descuidó en bien de los aborígenes que se lo tratara como hombre y no como cosa tal como ocurrió con otras conquistas y coloni­zaciones y donde la presencia de Dios estaba ausente en sus ejecuto­res. Asimismo, se autorizó el casamiento entre indígenas y españoles. Como testimonio de lo expresado precedentemente es loable leer lo dispuesto por Isabel la Católica dictado tres días antes de morir, en noviembre de 1504, y que dice así:

“Concedidas nos fueron por la Santa Sede Apostólica las islas y la tierra firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue la de tratar de inducir a sus pueblos que abrazaran nuestra santa fe ca­tó­lica y enviar a aquellas tierras religiosos y otras perso­nas doctas y temerosas de Dios para instruir a los habi­tantes en la fe y dotarlos de buenas costumbres poniendo en ello el celo debido; por ello suplico al Rey mi señor, muy afec­tuosamente, y recomiendo y ordeno a mi hija la princesa y a su marido, el Príncipe, que así lo hagan y cumplan y que sea su fin principal y que en él empleen mucha diligencia y que no consientan que los nativos y habitantes de dichas tierras conquistadas y por conquistar sufran daño alguno en sus personas o bienes, sino que hagan lo necesario para que sean tratados con justicia y humanidad y que si sufrie­ren algún daño, lo repararen”.

En materia laboral creó las “encomiendas”, tratamiento que fue mejorado en beneficio del encomendado con las Leyes de Burgos que estaba dirigida al buen trato que debía ser objeto el aborigen, su for­ma­ción religiosa, su instrucción, su vestimenta, su descanso, su sala­rio, más la prohibición de castigos. También se preocupó en la protec­ción de mu­jeres y niños, la veda del trabajo a menores de catorce años y, como así, de las mujeres embarazadas con más de cuatro meses de gravidez. Lo que reglamentó España en 1512 para nosotros son con­quistas de este si­glo.

La Corona, siempre persuadida por principios de respeto al de­re­cho natural y divino; estableció el trabajo de ocho horas diarias a quienes trabajaban en la construcción de fortalezas y obras militares; de seis horas los operarios en las minas; el descanso dominical, puesto en prác­tica en nuestro país con la ley sancionada en 1905; el pago en moneda corriente, que en la Argentina entró en vigencia durante la pre­sidencia de Marcelo T. de Alvear, y el salario móvil, la última palabra del derecho del trabajo contemporáneo. Las mujeres solteras debían trabajar con sus padres; las casadas no podían ser obligadas a efec­tuar trabajos mineros, no pagar tributos y amamantar niños blancos cuando lo estaba haciendo con los suyos.

De las mitas estaban exceptuados niños, mujeres, enfermos y an­cianos; se prohibía que los padres regalacen a sus hijas o que las tuvieran encerradas en su casa; que las solteras sirviesen a los caci­ques y que an­duvieses solas pastoreando ganado.

Con la llegada de los españoles al Nuevo Continente figura tam­bién la inspiración divina que tuvo Alejandro VI con sus bulas que for­jaron una corriente histórica espiritual, por haber enviado a hombres –algunos santos y otros pecadores- pero en su mayoría portadores de una religión, una ética y una legislación para salvaguardar las almas y la in­teligencia de los nuevos súbditos.


Basta con mencionar la creación también de las universidades de Santo Tomás de Aquino en Santo Domingo, la de México o la de San Marcos de la ciudad de Lima, fundadas por Carlos V, para que los natu­rales pudieran estudiar de acuerdo con los planes y títulos que otorgaban las ya famosas universidades de Salamanca y la de Alcalá de Henares. En la primera casa de estudios establecida en América, a sólo 46 años de la llegada de Colón, se enseñaba en el nuevo conti­nente lengua castellana y la de los aborígenes y se desenvolvían con recursos propios. ¡Qué dis­tinta situación a la fundada en Cambridge, en 1630, sólo para la ense­ñanza del inglés y para que los colonos pudie­ran seguir el rito protes­tante!


Estos beneficios destinados a los indígenas son muchos más. Pero, en esos tiempos, como los actuales hubo transgresores. Allá y aquí hay quienes, mediante la explotación del hombre, buscaron exclu­sivamente riquezas, gloria y poder, inclusive usando medios nada re­comendables. Debemos condenar cuantos excesos que hubo y que hay. Lo que sí cabe agregar es que sin duda alguna América se benefi­ció con la incorpora­ción a la civilización cristiana occidental y ello fue gracias a España.

Fuente:
Texto Una historia con tinieblas, pero con inagotables luces de Andrés Mendieta en La Historia Paralela

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