jueves, diciembre 09, 2010

Adiós, Deeneim

Asi fue como llegaron a a su fin el asedio y la batalla de Deeneim.

Así fue, así sucedió. Estos fueron los hechos que las crónicas inmortalizaron, engalanandolos de metáforas, y que nosotros vivimos, sufrimos. Así fue como lo que nadie osara imaginar ocurrió.

Así fue derrotado el invasor asesino en el último momento, cuando ya la muerte alargaba su mano fría y ávida hacia nuestros corazones detenidos por el pánico. Así fue como la horda de hierro negro de los tártaros, el mayor ejercito que vieran los siglos fue vencido por completo, en la última jornada de su tenaz y penoso avance, cuando ya la presa estaba dispuesta y desarmada.

Diezmada, aturdida por el golpe, la marea asiática huía, esparciendose por la llanura, como el agua de una inundación que tras alcanzar su apogeo se filtra, buscando las grietas y deniveles del terreno, y regresa a sus fuentes mas hondas, a sus bocas secretas, a la raiz del mal. Así el ejercito del Gran Khan se perdió de vista por los valles y los caminos enlodados, se desmenbró, desapareció, dejó de existir.

¿Quién hubiera podido creerlo? Nadie, y sin embargo allí estabamos, viendolo con nuestro propios ojos, temerosos, paralizados todavía por la angustia, torpes de mente y entumecidos aún los miembros pero maravillados por lo que, según todos decían, no podía ser sino un milagro.

Huyeron todos, dejando atrás a sus muertos , y hasta la mayor parte de la gran flota de los levantinos, los marinos mercenarios del Khan, que quedó aislada, atrapada en el curso alto del río, a la espera de una campaña ya olvidada, extraño botín de los sitiados hambrientos, los supervivientes de la masacre no ultimada.

Durante seis días aún el humo de los incendios pudo verse desde las cuatro esquinas del mundo, como un recordatorio de lo que allí había sucedido. El séptimo día, por fin, los últimos restos del granero dejaron de arder, y velas amigas aparecieron en el horizonte, provenientes del sur.

Una flota aliada llegaba a la ciudad tantas veces abandonada a su suerte, cargada con todos los víveres, vituallas y tropas de refuerzo de las ciudades del Delta, con una generosidad que trataba de hacer olvidar su anterior defección, habían embarcado a toda prisa nada mas saber de la insólita derrota de Hideyoshi.

No hubo reproches. Nuestras fuerzas no alcanzaban para el resentimiento. Habiamos visto demasiados horrores como para sorprendernos de la mezquindad ajena. Ni siquiera de la de aquellos que habían huido cobardemente en el último momento y regresaban ahora, proclamando a los cuatro vientos el éxito de su misión desesperada en busca de ayuda.

Tras la carestía, y como si todo lo sucedido pudiera olvidarse lo mismo que un mal sueño, una pesadilla extrañmente vívida de dolor y privación, los ánimos constreñidos de los habitantes de la ciudad sentenciada y absuelta estallaron con un júbilo desenfrenado.
Las calles bullían de una alegría apresurada, ansiosa. Los discursos se propagaron como una epidemía contagiosa.

Allí estaban todos, reunidos en el dudoso festín de la Resurrección de los Vivos: los soldados derrotados, el clero medroso, extático aún de lo que consideraba sin duda una intervención divina en favor de su ciudad , y las pobres gentes abandonadas a su suerte y, por una vez, socorridas por un hado compasivo.

Allí estaba el senil Padre de la Iglesia, convaleciente aún de su mal y herido a última hora por los escombros caidos en el Templo. Allí estaba la Curia, firme en su inutilidad; los generales, cargados de medallas ajenas. Y hasta aquellos que, en lo mas duro de la prueba se hurtaron al dolor y ahora regresaban para compartir los laureles a la mesa de los elegidos.

La hogueras del banquete de la Victoria se apagaron, como antes se apagaron las de la ciudad humeante o las de las piras funerarias. Bajo sus cenizas quedarían solo, ardientes, los verdaderos héroes del día: Murat, Fatalissta...Yetchem, el extranjero de la Marca Oriental que luchó por una patria ajena. Y, por encima de todos, el misterioso Coronel Torrezno, el aútentico artífice de la victoria, el salvador de Deeneim.

Ya sus nombres corrían de boca en boca , ya sus hechos y hazañas se relataban, tomando caracteres legendarios, revistiendose de irrealidad. ¡ Y cuanto habrían de resonar aún! Sí, allí surgía ya el mito, aquilatándose despacio; los simples y terribles hechos reposarían aletargados, cargandose de significados insondables, a la espera del poeta que los acuñase en hexámetros. Un poeta que, ocioso es decirlo, no seré yo.

Sí, así fue como terminó la batalla de Deeneim, su penoso e interminable asedio, entre risas y cánticos y el ruido de los trabajos de reconstrucción, pues la ciudad surgía una vez mas de sus cenizas, renacería de nuevo tras su sangrienta ordalía, tal vez en pos de un esplendor aún mayor, convencida como nunca de su oscuro designio divino. Esta vez, sin embargo, no estariamos allí para verlo. Nos ibamos.

Asolada nuestra casa, muertos nuestros amigos, nada teníamos que celebrar, no podiamos participar de la alegría amnésica, del entusiasmo mesiánico que barría las calles. Corrían rumores, los predicadores volvían a las andadas. Se hablaba de nuevo de la Hora de Dios. Pero también de Destino Manifiesto y del Pueblo Elegido, de la Cruzada, de marchar hacia el Norte, de devolver el golpe. Al parecer no habían tenido bastante. Nosotros sí.

Adiós, pues. Adiós a la ciudad que fue nuestra y a la que no volveríamos jamás. Adiós a sus calles estrechas y malolientes, a sus casas señoriales, sólidas y requintadas como estirpes sin tacha, a sus plazas abarrotadas, donde el vino y la sangre corren parejos. Adiós a su abigarramiento de piedras memorables, que el Tiempo nivelará con mano invisible. Adiós a tu templo de ominosa y alargada sombra, por el tantos murieron o mataron.

Adiós Deeneim.








Puntuación: Este lo tiene todo, si diera onces...

"-...todo el Sur era nuestro Tsen-Sei."

Y en breves momentos....hola Plaza Elíptica...¡¡¡

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