viernes, enero 07, 2011

Patxutxo

Llevo unos días jodidillo, sobre todo ayer y hoy, con fiebre, tos, dolores y demás, a lo que en lo que va de día de se le están uniendo las visitas rápidas y frecuentes al baño.

Por este cuadro no puse nada ayer en este humilde hueco internauta, y poco o nada pondré en los próximos días,, ya que mejor estoy tirado en el sofá con las botellas de agua, lecturas y mandos a distancia,(enganchado a The Shield), que tecleando.

Eso si, saco unos minutos para recomendar un par de excelentes lecturas que con la enfermedad han de ver, eso si con otras que espero no sean jamás la mía y mas allá de zombies que asolan nuestras librerías, como el gran clásico que es el Diario del año de la peste de Daniel Defoe, que pasó a la historia por su Robinson Crusoe, pero que escribió muchos otros grandes textos como este, ambientado en la Inglaterra de la peste negra, aquella epidemia que tanto mal causó. Recomiendo también para acercarnos mas a nuestra época la mas actual Zona Caliente de Richard Preston con el ébola africano de por medio, presnetado mediante la novelización de un estudio serio de esta lacra de nuestra época.

Y redondeo con un fragmento de un texto magnífico que nadie debería perderse, por ser, como los dos anteriores, literatura que abarca con sus multiples lecturas mucho mas de lo que su premisa incial nos da a entender. Y es que Defoe, Preston y otros muchos como el siguiente invitado disfrazan, o directamente declaran, sus denuncias , hablando en sus textos de mas de una enfermedad que de las que siempre han asolado, asolan y asolaran a los seres humanos.

Vayan unos fragentos de los inicios de un libro que deberías de leer ya mismo si no lo habeis hecho....



Los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se
produjeron en el año 194... en Oran. Para la generalidad resultaron enteramente fuera de lugar y un poco aparte de lo cotidiano. A primera vista Oran es, en efecto, una ciudad como cualquier otra, una prefectura francesa en la costa argelina y nada más.

(...)

Siendo así las cosas, se admitirá fácilmente que no hubiese nada que hiciera esperar a nuestros conciudadanos los acontecimientos que se produjeron a principios de aquel año, y que fueron, después lo comprendimos, como los primeros síntomas de la serie de acontecimientos graves que nos hemos propuesto señalar en esta crónica. Estos hechos parecerán a muchos naturales y a otros, por el contrario, inverosímiles. Pero, después de todo, un cronista no puede tener en cuenta esas contradicciones. Su misión es únicamente decir: "Esto pasó", cuando sabe que pasó en efecto, que interesó la vida de todo un pueblo y que por lo tanto hay miles de testigos que en el fondo de su corazón sabrán estimar la verdad de lo que dice.

(...)

La mañana del 16 de abril, el doctor Bernard Rieux, al salir de su habitación, tropezó con una rata muerta en medio del rellano de la escalera. En el primer momento no hizo más que apartar hacia un lado el animal y bajar sin preocuparse. Pero cuando llegó a la calle, se le
ocurrió la idea de que aquella rata no debía quedar allí y volvió sobre sus pasos para advertir al portero. Ante la reacción del viejo Michel, vio más claro lo que su hallazgo tenía de insólito. La presencia de aquella rata muerta le había parecido únicamente extraña, mientras que para el portero constituía un verdadero escándalo. La posición del portero era
categórica: en la casa no había ratas. El doctor tuvo que afirmarle que había una en el descansillo del primer piso, aparentemente muerta: la convicción de Michel quedó intacta. En la casa no había ratas; por lo tanto, alguien tenía que haberla traído de afuera. Así, pues, se trataba de una broma.

Aquella misma tarde Bernard Rieux estaba en el pasillo del inmueble, buscando sus llaves antes de subir a su piso, cuando vio surgir del fondo oscuro del corredor una rata de gran tamaño con el pelaje mojado, que andaba torpemente. El animal se detuvo, pareció buscar el
equilibrio, echó a correr hacia el doctor, se detuvo otra vez, dio una vuelta sobre sí mismo lanzando un pequeño grito y cayó al fin, echando sangre por el hocico entreabierto. El doctor lo contempló un momento y subió a su casa.

No era en la rata en lo que pensaba. Aquella sangre arrojada le llevaba de nuevo a su preocupación. Su mujer, enferma desde hacía un año, iba a partir al día siguiente para un lugar de montaña. La encontró acostada en su cuarto, como le tenía mandado. Así se preparaba para el esfuerzo del viaje. Le sonrió.

- Me siento muy bien -le dijo.

El doctor miró aquel rostro vuelto hacia él a la luz de la lámpara de cabecera. Para Rieux, esa cara, a pesar de sus treinta años y del sello de la enfermedad, era siempre la de la juventud; a causa, posiblemente, de la sonrisa que disipaba todo el resto.

- Duerme, si puedes -le dijo-. La enfermera vendrá a las once y os llevaré al tren a las doce.

La besó en la frente ligeramente húmeda. La sonrisa le acompañó hasta la puerta.

Al día siguiente, 17 de abril, a las ocho, el portero detuvo al doctor cuando salía, para decirle que algún bromista de mal género había puesto tres ratas muertas en medio del corredor. Debían haberlas cogido con trampas muy fuertes, porque estaban llenas de sangre. El
portero había permanecido largo rato a la puerta, con las ratas colgando por las patas, a la espera de que los culpables se delatasen con alguna burla. Pero no pasó nada.

Rieux, intrigado, se decidió a comenzar sus visitas por los barrios extremos, donde habitaban sus clientes más pobres. Las basuras se recogían por allí tarde y el auto, a lo largo de las calles rectas y polvorientas de aquel barrio, rozaba las latas de detritos dejadas al borde de las aceras. En una calle llegó a contar una docena de ratas tiradas sobre los restos de las legumbres y trapos sucios.

Encontró a su primer enfermo en la cama, en una habitación que daba a la calle y que le servía al mismo tiempo de alcoba y de comedor. Era un viejo español de rostro duro y estragado. Tenía junto a él, sobre la colcha, dos cazuelas llenas de garbanzos. En el momento en que llegaba el doctor, el enfermo, medio incorporado en su lecho, se echaba hacia atrás esforzándose en su respiración pedregosa de viejo asmático.

Su mujer trajo una palangana.

- Doctor -dijo, mientras le ponían la inyección-, ¿ha visto usted cómo salen?

- Sí -dijo la mujer-, el vecino ha recogido tres.

- Salen muchas, se las ve en todos los basureros, ¡es el hambre!

Rieux comprobó en seguida que todo el barrio hablaba de las ratas.

(...)

Los vendedores de periódicos voceaban que la invasión de ratas había sido detenida. Pero Rieux encontró a su enfermo medio colgando de la cama, con una mano en el vientre y otra en el suelo, vomitando con gran desgarramiento una bilis rojiza en un cubo. Después de grandes
esfuerzos, ya sin aliento, el portero volvió a echarse. La temperatura llegaba a treinta y nueve con cinco, los ganglios del cuello y de los miembros se habían hinchado, dos manchas negruzcas se extendían en un costado. Se quejaba de un dolor interior.

-Me quema -decía-, este cochino me quema.

La boca pegajosa le obligaba a masticar las palabras y volvía hacia el doctor sus ojos desorbitados, que el dolor de cabeza llenaba de lágrimas. La mujer miraba con ansiedad a Rieux, que permanecía mudo.

-Doctor -decía la mujer-, ¿qué puede ser esto?

-Puede ser cualquier cosa, pero todavía no hay nada seguro. Hasta esta noche, dieta y depurativo. Que beba mucho.

Justamente, el portero estaba devorado por la sed.

Ya en su casa, Rieux telefoneó a su colega Richard, uno de los médicos más importantes de la ciudad.

-No -decía Richard-, yo no he visto todavía nada extraordinario.

-¿Ninguna fiebre con inflamaciones locales?

-¡Ah!, sí por cierto, dos casos con ganglios muy inflamados.

-¿Anormalmente?

-Bueno -dijo Richard-, lo normal, ya sabe usted...

Por la noche el portero deliraba, con cuarenta grados, quejándose de las ratas. Rieux ensayó un absceso de fijación. Abrasado por la trementina, el portero gritaba: "¡Ah!, ¡cochinos!"

Los ganglios seguían hinchándose, duros y nudosos al tacto. La mujer estaba enloquecida.

-Vélele usted -le dijo el médico- y llámeme si fuese preciso.

(...)

Al día siguiente, 30 de abril, una brisa ligera soplaba bajo un cielo azul y húmedo. Traía un olor a flores que llegaba de los arrabales más lejanos. Los ruidos de la mañana en las calles parecían más vivos, más alegres que de ordinario. En toda nuestra ciudad, desembarazada de la sorda aprensión en que había vivido durante una semana, ese día era, al fin, el día de la primavera. Rieux mismo, animado por una carta tranquilizadora de su mujer, bajaba a casa del portero con ligereza. Y, en efecto, por la mañana la fiebre había descendido a treinta y ocho grados; el enfermo sonreía en su cama.

-¿Va mejor, no es cierto, doctor? -dijo la mujer.

-Hay que esperar un poco todavía.

Pero al mediodía la fiebre subió de golpe a cuarenta. El enfermo deliraba sin parar y los vómitos recomenzaron. Los ganglios del cuello estaban doloridos y el portero quería tener la cabeza lo más lejos posible del cuerpo. La mujer estaba sentada a los pies de la cama y por
encima de la colcha sujetaba con sus manos los pies del enfermo. Miraba a Rieux.

-Escúcheme -le dijo él-, es necesario aislarse y proceder a un tratamiento de excepción. Voy a telefonear al hospital y lo transportaremos en una ambulancia.

Dos horas después, en la ambulancia, el doctor y la mujer se inclinaban sobre el enfermo. De su boca tapizada de fungosidades, se escapaban fragmentos de palabras: "¡Las ratas!", decía. Verdoso, los labios cerúleos, los párpados caídos, el aliento irregular y débil, todo él como
claveteado por los ganglios, hecho un rebujón en el fondo de la camilla, como si quisiera que se cerrase sobre él o como si algo le llamase sin tregua desde el fondo de la tierra, el portero se ahogaba bajo una presión invisible. La mujer lloraba. -¿No hay esperanza doctor? -Ha muerto -dijo Rieux.

(...)

Fragmentos de La peste de Albert Camus

5 comentarios:

Anele dijo...

La peste.
Lo empecé a leer hace años y no lo acabé.
Me pareció del todo soporífero. Supongo que algún día volveré a hacer el amago.

La enfermedad si no nos mata nos catapulta, por lo menos a mí.

;)

Anónimo dijo...

has de hacer una crítica sobre THE SHIELD y el gran Vic Mckey

David dijo...

Que pase pronto y ponte bueno.

Unfhy dijo...

"Que pase pronto y ponte bueno"

Exasto, primero lo primero. Y yo que pensaba que el silencio del blog era debido al naufragio de la piraguabarra, again. Debí suponer que a uno de Bilbao eso le resbala.

lokodatar dijo...

Anele: Pues es cojonudo, dale otra oportunidad.

Anonimo: Con todas sus fantasmadas la serie entretiene. Vic es un asesino, fascista, traidor, mal amigo, mal padre y mal esposo.

David: Gracias.

Unfhy: Gracias también. Y si, jode pero menos, aver quein ha parado al Barsa por ahí, y de esta manera, mas allá de que algun gilipollas le tirara algo al buen Abidal. Mucho Barse si, pero muchísimo Athletic.

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