viernes, enero 21, 2011

Releyendo con vosotr@s Forastero en Tierra Extraña de Henlein (Cap.3)

3

El capitán Willem van Tromp era una persona humanitaria y con muy buen sentido. En su viaje de vuelta, antes de aterrizar, radió:

—Mi pasajero no debe, repito, no debe ser sometido a la tensión de ninguna recepción pública. Preparen una lanzadera de baja gravedad, una camilla y un servicio de ambulancia, y una guardia armada.

Envió al cirujano de la nave, el doctor Nelson, para que se asegurase de que Valentine Michael Smith era instalado en una suite en el Centro Médico de Bethesda, transferido a una cama hidráulica y protegido de todo contacto con el exterior por una guardia de guardiamarinas. El propio Van Tromp acudió a informar a una sesión extraordinaria del Consejo Supremo de la Federación.

En el mismo momento en que se acomodaba a Valentine Michael Smith en su cama, el ministro para las Ciencias decía, en un tono algo impertinente:

—Admito, capitán, que su autoridad como comandante militar de lo que, pese a todo, era primariamente una expedición científica, le confiere el derecho de ordenar que se prodiguen servicios médicos extraordinarios para proteger a una persona que se halla temporalmente a su cargo, pero no comprendo qué razones puede tener ahora para intervenir en una cuestión que corresponde a mi departamento. ¡Porque Smith constituye el hallazgo de un auténtico tesoro de información científica!

—Sí. Supongo que lo es, señor.

—Entonces, ¿por qué…? —el ministro para las Ciencias se volvió hacia el ministro para la Paz y la Seguridad—. ¿David? Evidentemente, este asunto entra ahora en mi jurisdicción. ¿Dará usted las instrucciones necesarias a su gente? Después de todo, uno no puede esperar que personas del calibre del profesor Kennedy y el doctor Okajima, por citar sólo a dos, estén dispuestos a permanecer cruzados de brazos. No lo aceptarán.

El ministro para la Paz no respondió, pero miró interrogativamente al capitán Van Tromp. El capitán negó con la cabeza.

—¿Por qué no? —insistió el ministro para las Ciencias—. Ha admitido usted que su pasajero no está enfermo.

—Déle al capitán una oportunidad, Pierre —aconsejó el ministro para la Paz—. ¿Y bien, capitán?

—Smith no está enfermo, señor —dijo el capitán Van Tromp al ministro para la Paz—, pero tampoco está bien. Nunca se vio sometido a un campo de una gravedad. Aquí pesa más de dos veces y media lo que está acostumbrado a pesar, y sus músculos no le responden. Tampoco está habituado a la presión atmosférica normal de la Tierra. No está familiarizado con nada, y es probable que la tensión sea excesiva para él. Por las campanas del infierno, caballeros, también yo me siento exhausto por el hecho de hallarme de nuevo a una g…, y eso que nací en este planeta.

El ministro para las Ciencias adoptó una expresión desdeñosa.

—Si la fatiga de la aceleración es todo lo que le preocupa, permítame asegurarle, mi querido capitán que ya hemos anticipado esto. Su respiración y sus funciones cardíacas serán monitorizadas cuidadosamente. Puedo asegurarle que no carecemos por completo de imaginación y previsión. Al fin y al cabo, también yo he salido ahí fuera. Sé lo que se siente. Ese hombre, Smith, debe…

El capitán Van Tromp decidió que había llegado el momento de iniciar su pataleta.

Podía disculparla por el cansancio que le embargaba —un auténtico cansancio, se sentía como si acabara de posarse en Júpiter—, y era muy consciente de que ni siquiera un alto consejero podía permitirse adoptar una actitud demasiado rígida con el comandante de la primera expedición a Marte saldada con éxito.

Así que interrumpió al ministro con un bufido de disgusto.

—¡Ja! «Ese hombre, Smith…» ¡Ese hombre! ¿Acaso no se da cuenta de que no lo es?

—¿Eh?

—Smith… no… es… un… hombre.

—¿Cómo? Explíquese, capitán.

—Smith no es un hombre. Es una criatura inteligente, con los genes y los antepasados de un hombre, pero no es un hombre. Es más un marciano que un hombre. Hasta que llegamos nosotros, nunca había posado los ojos en un ser humano. Piensa como un marciano, siente como un marciano. Ha sido criado y educado por una raza que no tiene nada en común con nosotros. Una raza que ni siquiera tiene sexo. Smith nunca ha puesto los ojos en una mujer… ni siquiera ahora, si mis órdenes han sido cumplidas. Es un hombre por ascendencia, pero un marciano por medio ambiente. Ahora, si quieren ustedes volverle loco y estropear ese «hallazgo de un tesoro de información científica», llamen a sus profesores de cabeza cuadrada y déjenles que lo sacudan de un lado para otro. No le concedan ni la más re mota posibilidad de recuperarse y fortalecer su cuerpo y acostumbrarse al manicomio que es este planeta. Simplemente sigan adelante y estrújenlo como una naranja. La responsabilidad no será mía: ¡yo ya he cumplido con mi trabajo!

El silencio que siguió fue roto en voz baja por el propio secretario general Douglas.

—Y hay que reconocer que ha sido un buen trabajo, capitán. Su consejo será sopesado, y nos aseguraremos de no hacer nada de una forma demasiado precipitada. Si ese… hombre-marciano, Smith, necesita unos cuantos días para adaptarse, estoy seguro de que la ciencia podrá esperar… así que tómeselo con calma, Pete. El capitán Van Tromp está cansado.

—Hay algo que no puede esperar —intervino el ministro para la Información Pública.

—¿Eh, Jock?

—Si no mostramos dentro de poco a ese Hombre de Marte en los estéreos, va a encontrarse usted con un montón de desórdenes entre las manos, señor secretario.

—Hum… Exagera usted, Jock. Hablaremos mucho de Marte en las noticias, por supuesto. Yo condecorando al capitán y a su valiente tripulación… Mañana, creo que será el mejor momento. El capitán Van Tromp relatando sus experiencias…, evidentemente después de una noche de descanso, capitán.

El ministro negó con la cabeza.

—¿Eso no sirve, Jock?

—El público esperaba que la expedición regresara con un marciano auténtico y vivo al que poder hincarle el diente. Puesto que no lo han hecho, necesitamos a Smith, y lo necesitamos desesperadamente.

—¿Marcianos vivos? —el secretario general Douglas se volvió para mirar a Van Tromp—. Tomó usted películas de los marcianos, ¿verdad?

—Miles de metros.

—Ahí tiene su respuesta, Jock. Cuando empiece a flaquear nuestra reserva de noticias en directo, pasaremos las películas de los marcianos. A la gente le encantarán. Y ahora, capitán, respecto a esta posibilidad de extraterritorialidad: ¿Dice usted que los marcianos no se oponen a ello?

—Bueno, no, señor… Pero tampoco se manifiestan a favor.

—No le sigo.

El capitán Van Tromp se mordió el labio.

—Señor, no sé exactamente cómo explicarlo. Conversar con un marciano es como hablar con un eco. Uno no se enzarza en ninguna discusión, pero tampoco obtiene ningún resultado.

—¿Dificultades semánticas? Quizá debió venir usted acompañado de su… ¿cómo se llama?, experto en semántica. ¿O acaso está aguardando fuera?

—Mahmoud, señor. No, el doctor Mahmoud no se encuentra bien. Una… ligera
indisposición nerviosa, señor —Van Tromp reflexionó que el estar borracho como una cuba era más o menos el equivalente moral.

—¿Mareo espacial?

—Un poco, tal vez. —¡Aquellos malditos marmotas!

—Bien, tráigale aquí en cuanto se sienta mejor. Y supongo que ese joven Smith también nos servirá de ayuda como intérprete.

—Quizá —dijo Van Tromp, dubitativo.

El joven Smith estaba atareadísimo en aquellos momentos tratando tan sólo de seguir con vida. Su cuerpo, insoportablemente comprimido y debilitado por la extraña forma del espacio existente en aquel increíble lugar, logró al fin un cierto alivio gracias a la suavidad del nido donde le habían colocado aquellos otros individuos. Renunció al esfuerzo de resistir y aplicó el tercer nivel a su respiración y palpitaciones cardíacas.

Comprendió de inmediato que estaba a punto de consumirse. Sus pulmones funcionaban casi con la misma intensidad con que lo hacían en su hogar, el corazón aceleraba su ritmo para distribuir la afluencia, todo ello en un intento de contrarrestar los efectos opresores de aquel espacio… y todo ello en una situación en la que se veía asfixiado por una atmósfera venenosamente intensa y peligrosamente cálida. Tomó de inmediato precauciones.

Cuando el ritmo cardíaco descendió a veinte latidos por minuto y la respiración fue casi imperceptible, lo mantuvo todo así y se observó a sí mismo durante el tiempo suficiente como para asegurarse de que no se descorporizaría inadvertidamente mientras su atención estaba en otro lado. Cuando se sintió satisfecho de que todo funcionaba correctamente, dejó alerta una pequeña porción de su segundo nivel y retiró el resto de sí mismo. Era necesario revisar las configuraciones de aquel cúmulo de nuevos acontecimientos a fin de asimilarlos, estudiarlos y evaluarlos… no fuera caso que le engulleran.

¿Por dónde debía empezar? ¿Por cuando abandonó su hogar, con aquellos que eran ahora sus nuevos compañeros de nido? ¿O por su llegada a este aplastante espacio?

Se vio bruscamente asaltado por las luces y los sonidos de esa llegada, sintió de nuevo el lacerante dolor que sacudía su cerebro. No, todavía no estaba preparado para recibir esa configuración… ¡atrás!, ¡atrás!, más atrás de la primera vez que vio a esos otros que eran ahora los suyos. Más atrás incluso de la curación que siguió a su primera abrumadora comprensión del hecho de que no era como sus propios hermanos de nido… allá en el mismo nido.

Ninguno de sus pensamientos se desarrollaba de acuerdo con los símbolos de la Tierra. Recientemente había aprendido a pronunciar unas pocas y sencillas palabras en inglés, pero le resultaban menos fáciles que los términos que usaría un hindú para comerciar con un turco. Smith utilizaba el inglés como quien emplea un diccionario, a través de una tediosa e imperfecta traducción para cada símbolo. Ahora sus pensamientos, puras abstracciones marcianas procedentes de medio millón de años de cultura alocadamente alienígena, viajaban tan alejados de cualquier experiencia humana que resultaban absolutamente intraducibies.

En la sala contigua, un interno, el doctor «Tad» Thaddeus, jugaba al cribbage con Tom Meechum, el enfermero especial de Smith. Thaddeus no apartaba un ojo de los diales y medidores y el otro de sus cartas; sin embargo, captaba cada latido del corazón de su paciente. Cuando una de las parpadeantes luces descendió de noventa y dos pulsaciones por minuto a menos de veinte, echó las cartas a un lado, se puso en pie de un salto y se precipitó a la habitación donde estaba Smith, con Meechum pisándole los talones.

El paciente flotaba en la piel flexible de la cama hidráulica. Parecía estar muerto. Thaddeus maldijo brevemente y restalló:

—¡Llame al doctor Nelson!

—¡Sí, señor! —dijo Meechum, y añadió—. ¿Y si le aplicáramos un electrochoque, doc? Parece que lo hemos perdido.

—¡Llame al doctor Nelson!

El enfermero se alejó a la carrera. El interno examinó al paciente desde tan cerca como le era posible, pero sin atreverse a tocarlo. Todavía lo estaba haciendo cuando entró un médico ya mayor, que caminaba con la cuidadosa torpeza propia de un hombre que ha permanecido largo tiempo en el espacio y aún no se ha ajustado de nuevo a la alta gravedad.

—¿Y bien, doctor?

—La respiración, la temperatura y el pulso del paciente descendieron de pronto hará unos, esto, dos minutos, señor.

—¿Qué ha hecho usted?

—Nada, señor. Sus instrucciones…

—Bien —Nelson examinó brevemente a Smith, luego estudió los instrumentos a la cabecera de la cama, idénticos a los de la sala de observación - Infórmeme si se produce algún cambio —y se dispuso a marcharse.

Thaddeus pareció desconcertado.

—Pero, doctor… —se interrumpió.

—Adelante, doctor —dijo Nelson hoscamente—. ¿Cuál es su diagnóstico?

—Hum… No quisiera entrometerme con su paciente, señor.

—No importa. Le he pedido su diagnóstico.

—Muy bien, señor. Shock… atípico, quizá —dio un rodeo—, pero un shock terminal.

Nelson asintió.

—Razonable. Pero éste no es un caso razonable. Relájese, hijo. He visto a este paciente en estas mismas condiciones una docena de veces durante el viaje de vuelta. Mire… —levantó el brazo derecho del paciente y lo soltó. El brazo se quedó inmóvil allá donde lo había dejado.

—¿Catalepsia? —preguntó Thaddeus.

—Llámelo como quiera. Pero llamar a una pierna cola no la convierte en tal. No se preocupe por eso, doctor. Nada es típico en este caso. Usted tan sólo limítese a evitar que le molesten y avíseme si se produce algún cambio —y volvió a depositar sobre la cama el brazo de Smith.

Cuando Nelson hubo salido, Thaddeus echó otra mirada al enfermo, agitó la cabeza y se reunió con Meechum en la sala de guardia. Meechum recogió sus cartas y dijo:

—¿Seguimos?

—No.

Meechum aguardó unos instantes, luego añadió:

—Doc, si me lo pregunta, diría que es un caso para el ataúd antes de mañana.

—Nadie se lo ha preguntado.

—Lo siento.

—Vaya a fumar un cigarrillo con los guardias. Quiero meditar.

Meechum se encogió de hombros y salió. Thaddeus abrió un cajón del fondo, sacó una botella y se sirvió una dosis calculada para ayudarle a meditar. Meechum se reunió con los guardias en el pasillo; éstos se envararon por un momento, pero al ver quién era se relajaron de nuevo. El guardiamarina más alto dijo:

—Hola, colega. ¿A qué vino tanta conmoción?

—Nada importante. El paciente acaba de tener quintillizos, y discutimos un poco acerca de qué nombres ponerles. ¿Quién de vosotros, gorilas, tiene un cigarrillo? ¿Y lumbre?

El otro guardiamarina sacó un paquete de cigarrillos de su bolsillo.

—¿Cómo te las has arreglado para darles de mamar? —preguntó con aire sombrío.

—Como he podido. Gracias —Meechum se metió el cigarrillo entre los labios y habló alrededor de él—. Sinceramente, caballeros, Dios es testigo de que no sé absolutamente nada acerca de ese paciente. Me gustaría saberlo.

—¿Qué es lo que hay detrás de esa orden de «Prohibida la entrada al personal
femenino»? ¿Es algún tipo de maníaco sexual?

—No que yo sepa. Todo lo que sé es que lo trajeron de la Champion y dijeron que debía guardar reposo absoluto.

—¡La Champion! —exclamó el primer guardiamarina—. ¡Eso lo explica todo!

—¿Explica el qué?

—Es algo lógico. No ha estado con ninguna mujer, no ha visto ninguna, no ha tocado ninguna… desde hace meses. Y además está enfermo, ¿entiendes? Temen que, si echa mano a alguna, sea capaz de matarse… —parpadeó y dejó escapar un largo suspiro—. Apuesto a que a mí me ocurriría eso, bajo circunstancias similares. No es extraño que no deseen tetas a su alrededor.

Smith se había dado cuenta de la visita de los médicos, pero de inmediato captó que sus intenciones eran buenas; no era necesario que la mayor parte de su organismo regresara de allá donde estaba.

Por la mañana, a la hora en que los enfermeros humanos abofeteaban a los pacientes con paños fríos y mojados con la pretensión de lavarles, Smith volvió de su viaje. Aceleró su ritmo cardíaco, incrementó la respiración y tomó nota de nuevo de lo que le rodeaba, examinándolo todo con serenidad. Echó un vistazo a la habitación, y observó sin discriminación y admirativamente todos los detalles, tanto importantes como sin importancia. De hecho, veía las cosas por primera vez, ya que había sido incapaz de asimilarlas cuando le llevaron allí el día antes. Aquel cuarto de apariencia común no le resultaba en absoluto común; no había nada ni remotamente parecido en todo Marte, ni se parecía a los compartimientos metálicos en forma de cuña de la Champion. Pero, tras revivir los sucesos que ligaban su nido a aquel lugar, estuvo preparado para aceptarlos, evaluarlos y, hasta cierto punto, apreciarlos.

Se dio cuenta de que había otra criatura viva con él en la habitación. Una abuelita patas largas estaba efectuando un fútil viaje hacia abajo desde el techo, tejiendo su hilo de seda mientras lo hacía. Smith la observó con deleite y se preguntó si no sería una compañera de nido del hombre.

El doctor Archer Frame, el interno que había relevado a Thaddeus, entró en aquel instante.

—Buenos días —saludó—. ¿Cómo se encuentra?

Smith analizó la pregunta. Reconoció en la primera frase un sonido formal, que no requería respuesta pero que podía ser repetida… o no. La segunda frase estaba archivada en su mente con varias traducciones posibles. Si la usaba el doctor Nelson, significaba una cosa; si la empleaba el capitán Van Tromp, era otro sonido formal que no requería respuesta.

Experimentó ese desaliento que tan a menudo le dominaba cuando intentaba comunicarse con aquellas criaturas… una sensación aterradora, desconocida para él antes de conocer a los hombres. Pero obligó a su cuerpo a permanecer tranquilo y aventuró una respuesta.

—Me encuentro bien.

—¡Bien! —hizo eco la criatura—. El doctor Nelson estará aquí dentro de un minuto. ¿Se siente con ánimos para desayunar?

Todos los seis símbolos de la pregunta figuraban en el vocabulario de Smith, pero tuvo problemas en creer que había oído bien. Sabía lo que era la comida; sin embargo, ignoraba el significado de «sentirse con ánimos» para comer. Ni había recibido aviso alguno en el sentido de que pudiera ser seleccionado para tal honor. No sabía que la provisión de comida fuera tal que resultara necesario reducir el grupo corporativo. Se sintió lleno de un leve pesar, puesto que aún le quedaba tanto por asimilar de los nuevos acontecimientos, aunque no sentía reluctancia hacia ellos.

Pero la entrada del doctor Nelson le ahorró el esfuerzo de traducir una respuesta. El médico de la nave había descansado poco y dormido menos; no perdió tiempo en charlas, sino que inspeccionó a Smith y revisó el conjunto de diales en silencio. Después se volvió hacia él.

—¿Ha evacuado? —preguntó.

Smith entendió la pregunta; Nelson siempre la formulaba.

—No, todavía no.

—Nos ocuparemos de eso. Pero primero coma. Enfermero, traiga esa bandeja.

Nelson le dio dos o tres cucharadas, luego le pidió que cogiera la cuchara e intentase comer solo. Era una actividad cansadora, pero le proporcionó una sensación de alegre triunfo, puesto que era el primer acto que realizaba sin ayuda desde que había llegado a aquel espacio extrañamente distorsionado.

Acabó el plato y se acordó de preguntar «¿Quién es esto?», a fin de poder alabar a su benefactor.

—Qué es esto, querrá decir —respondió Nelson—. Es una gelatina sintética
alimenticia… y ahora sabe usted tanto como antes. ¿Ha terminado? Muy bien, baje de la cama.

—¿Perdón? —era un símbolo de atención que había aprendido, que resultaba muy útil cuando fallaba la comunicación.

—He dicho que salga de ahí. Siéntese. Póngase en pie. Pasee un poco. Puede
hacerlo. De acuerdo, está tan débil como un gatito, pero nunca tonificará sus músculos si sigue flotando en esa cama.

Nelson abrió una válvula en la cabecera de la cama; el agua empezó a vaciarse. Smith reprimió una sensación de inseguridad, puesto que sabía que Nelson le apreciaba. No tardó en hallarse tendido en el piso del lecho, con la cubierta hermética arrugada a su alrededor. Nelson añadió:

―Doctor Frame, sosténgale por el otro codo. Lo ayudaremos a levantarse.

Con Nelson animándole y la ayuda de los dos médicos, Smith se puso en pie y franqueó el borde de la cama.

—Manténgase firme. Ahora intente sostenerse usted solo —dirigió Nelson—. No tenga miedo. Le sujetaremos si es necesario.

Realizó el esfuerzo y se quedó de pie, solo… un joven esbefto con músculos subdesarrollados y tórax superdesarrollado. Le habían cortado el pelo en la Champion, donde también le habían afeitado la barba e inhibido su crecimiento. Su rasgo más notable era un semblante blando, inexpresivo y casi infantil… con un par de ojos que hubieran sido mucho más adecuados en un muchacho de diecinueve años.

Permaneció de pie por un momento, sin que nadie le sostuviera, temblando ligeramente; luego trató de andar. Consiguió dar tres pasos arrastrando los pies, y esbozó una sonrisa luminosa e infantil.

—¡Buen chico! —aplaudió Nelson.

Intentó dar otro paso, empezó a temblar violentamente y, de pronto, se derrumbó. A duras penas consiguieron frenar su caída.

—¡Maldita sea! —bufó Nelson—. Ya ha vuelto a ocurrirle. Vamos, ayúdenme a alzarlo a la cama. No… llénenla primero.

Frame cortó el chorro de entrada cuando la piel de la cubierta flotaba a quince centímetros del tope. Lo trasladaron a ella, torpemente porque se había quedado paralizado en posición fetal.

—Coloquen una almohada cervical debajo del cuello —indicó Nelson—, y avísenme cuando salga de esto. No… mejor déjenme dormir. Lo necesito. A menos que ocurra algo que les preocupe. Esta tarde le haremos andar de nuevo y mañana iniciaremos los ejercicios sistemáticos. En tres meses lo tendremos columpiándose entre los árboles como un mono. A su organismo no le ocurre nada malo.

—Sí, doctor —respondió Frame dubitativamente.

—Ah, otra cosa: cuando salga de esto, enséñele a utilizar el cuarto de baño. Pida al enfermero que le ayude; no deseo que se caiga.

—Sí, señor. Esto, ¿algún método en particular? Me refiero a cómo…

—¿Eh? ¡Muéstreselo, por supuesto! Hágale una demostración. Probablemente no entenderá gran cosa de lo que usted le diga, pero capta como un látigo las cosas que ve. Se estará bañando sin ayuda antes de que termine la semana.

Smith almorzó sin ayuda. Al cabo de un rato un enfermero entró a llevarse la bandeja. El hombre miró a su alrededor, luego se acercó a la cama y se inclinó sobre él.

—Escuche —dijo en voz baja—. Tengo una buena proposición para usted.

—¿Perdón?

—Un trato, un negocio, una forma para que usted haga un montón de dinero de una forma rápida y fácil.

—¿«Dinero»? ¿Qué es «dinero»?

—Dejemos a un lado la filosofía; todo el mundo necesita dinero. Ahora escuche. Tendré que hablar deprisa porque no puedo permanecer aquí mucho tiempo… me ha costado horrores arreglar las cosas para conseguir llegar a esta habitación. Represento a la Peerless Features. Le pagaremos sesenta mil por la exclusiva de su historia y no le causaremos ninguna molestia… Tenemos los mejores «negros» de todo el negocio editorial. Usted no tendrá que hacer más que hablar y responder a las preguntas, y ellos se encargarán de escribir el libro —sacó un documento—. Lo único que tiene que hacer es leer esto y firmar aquí. Llevo conmigo el dinero del pago.

Smith aceptó el papel y lo miró pensativo, sujetándolo del revés. El hombre le miró de reojo y ahogó una exclamación.

—¡Buen Dios! ¿No lee inglés?

Smith comprendió aquello lo suficiente como para poder responder.

—No.

—Bueno… Mire, se lo leeré yo, y luego usted sólo tiene que apoyar el dedo pulgar en este pequeño recuadro y yo firmaré como testigo. «Yo, el abajo firmante, Valentine Michael Smith, conocido también a veces como el Hombre de Marte, concedo y transfiero a la sociedad Peerless Features, Limited los derechos exclusivos de mi historia verídica, que se titulará Yo fui prisionero en Marte, a cambio de…»

—¡Enfermero!

El doctor Frame estaba de pie en el umbral; el papel desapareció entre las ropas del hombre.

—Ya voy, señor. Sólo estaba recogiendo esta bandeja.

—¿Qué leía?

—Nada.

—Le vi. No importa, salga de aquí rápido. Este paciente no puede ser molestado bajo ningún concepto.

El hombre obedeció; el doctor Frame cerró la puerta tras de sí.

Smith permaneció tendido, inmóvil, durante la siguiente media hora; pero, por más que se esforzó, no pudo asimilar nada de aquello.


Capítulo 3 de la Primera Parte : Su maculado origen. Fragmento de Forastero en tierra extraña de Robert A. Heinlein, que tal y como dije ayer aqui es uno de los textos de mi vida, que me marcó, acertadamente considerado diferente con respecto a la obra de este grande. Novela comunmente llamada la biblia hippie, que colgaré entera a mas o menos capítulo por día para que tod@s aquellos que quieran y no lo hayan leido puedan conocerlo. (Vuelvo a dejar los links de Wikipedia para que los interesados podais saber donde os meteis)

A ver si a alguien le gusta como me gustó a mi.(Y a más)

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