sábado, enero 22, 2011

Releyendo con vosotr@s Forastero en Tierra Extraña de Henlein (Cap.4)

4

Gillian Boardman estaba considerada una enfermera profesionalmente competente; era juzgada competente en muchos y muy amplios campos por los internos solteros, y era juzgada con dureza por algunas otras mujeres. Esto no la preocupaba en absoluto, pues su pasatiempo eran los hombres. Cuando le llegaron los rumores de que había un paciente en la suite especial K-12 que no había visto una mujer en su vida, se negó a creerlo. Cuando una detallada explicación la convenció, decidió remediarlo. Aquel día consiguió hacer el turno de guardia como supervisora de planta en el ala donde se alojaba Smith. Tan pronto como le resultó posible, fue a echar un vistazo al extraño paciente.

Conocía la regla de «Prohibidas las visitas femeninas», y aunque ella no se consideraba visitante, pasó de largo junto a los guardiamarinas sin tratar de hacer uso de la puerta que custodiaban: había descubierto que los soldados tenían la enojosa costumbre de interpretar las órdenes al pie de la letra. Así que entró en la habitación de guardia contigua. El doctor Thaddeus estaba allí de guardia, solo.

El doctor alzó la cabeza.

—¡Vaya, pero si tenemos a Hoyuelos! Hey, corazón, ¿qué te trae por aquí?

Ella se sentó en la esquina del escritorio y tendió la mano hacia el paquete de
cigarrillos.

—Señorita Hoyuelos para ti, compañero; estoy de guardia. Esta visita forma parte de mi ronda. ¿Qué me dices de tu paciente?

—No te calientes la cabeza con él, chile dulce; no está bajo tu responsabilidad. Mira tu libro de órdenes.

—Ya lo he leído. Quiero echarle una ojeada.

—En una sola palabra: no.

—Oh, Tad, no te ciñas tan estrictamente a las reglas conmigo. Te conozco.

Él se miró pensativo las uñas.

—¿Has trabajado alguna vez para el doctor Nelson?

—No. ¿Por qué?

—Si yo te dejase poner un pie al otro lado de esa puerta, me vería en la Antártida mañana por la mañana a primera hora, recetándoles curas para los sabañones a los pingüinos. Así que quita el culo de aquí y ve a molestar a tus propios pacientes. Ni siquiera me gustaría que el doctor Nelson te sorprendiese en este cuarto de guardia.

Ella se puso en pie.

—¿Hay muchas posibilidades de que el doctor Nelson aparezca de forma inesperada?

—No es probable, a menos que yo le avise. Todavía está durmiendo para recuperarse del cansancio de la baja gravedad.

—Entonces, ¿a qué viene toda esta rigidez?

—Eso es todo, enfermera.

—¡Muy bien, doctor! —y añadió—. Asqueroso.

―¡Jill!

—Y presuntuoso, además.

El hombre suspiró.

—¿Sigue en pie lo del sábado por la noche?

Ella se encogió de hombros.

—Supongo que sí. En estos días, una chica no puede ser demasiado exigente.

Volvió a su puesto, comprobó que sus servicios no eran requeridos de inmediato y tomó una llave maestra. Había perdido el primer round pero no había sido vencida, puesto que recordó que la suite K-12 tenía una puerta interior que la comunicaba con la habitación adyacente, una habitación que era utilizada a veces como sala de espera cuando la suite era ocupada por alguna Persona Muy Importante. La habitación no estaba ocupada en aquellos momentos, ni como parte de la suite ni separadamente. Se metió en ella. Los guardias en la puerta de más allá no le prestaron la menor atención, ajenos al hecho de que habían sido burlados.

Titubeó ante la puerta que conectaba las dos habitaciones, al tiempo que experimentaba la misma excitación que había sentido de estudiante cuando se escapaba subrepticiamente del alojamiento de enfermeras. Pero, se dijo, el doctor Nelson estaba dormido y Tad no la denunciaría si la atrapaba. No le culparía si le pedía lo que imaginaba a cambio… pero no la denunciaría. Abrió la puerta y miró dentro.

El paciente estaba en la cama, y le devolvió la mirada cuando se abrió la puerta. Su primera impresión fue de que había allí un paciente que había ido mucho más allá de todos los cuidados que pudieran administrársele. Su falta de expresión parecía señalar la apatía absoluta del caso desesperado.

Entonces observó que sus ojos brillaban con interés; se preguntó si su rostro estaría paralizado. No, decidió; faltaban los típicos descolgamientos.

Adoptó su actitud más profesional.

—Bien, ¿cómo nos encontramos hoy? ¿Se siente mejor?

Smith tradujo y examinó las preguntas. La inclusión del plural en la primera le confundió, pero decidió que muy bien podía simbolizar un deseo de aprecio y de acercamiento. La segunda parte estaba en consonancia con la forma de expresarse de Nelson.

—Sí —respondió.

—¡Estupendo! —aparte su curiosa falta de expresión, no vio nada extraño en él… y, si las mujeres le eran desconocidas, ciertamente se las arreglaba muy bien para disimularlo—. ¿Puedo hacer algo por usted? —miró a su alrededor, observó que no había vaso en la mesilla de noche—. ¿Quiere un poco de agua?

Smith se había dado cuenta enseguida de que aquella criatura era distinta de las demás que habían acudido a verle. Con la misma rapidez comparó lo que estaba viendo con las fotografías que Nelson le había mostrado en el viaje desde su hogar hasta aquí… fotografías que trataban de explicar una particularmente difícil y desconcertante configuración de aquel grupo de personas. Entonces comprendió que lo que tenía delante era una «mujer».

Se sintió a la vez extrañamente emocionado y decepcionado. Reprimió ambas sensaciones a fin de poder asimilar, con tal éxito que el doctor Thaddeus no observó cambio alguno en las lecturas de los diales de la habitación contigua. Pero, cuando tradujo la última pregunta, sintió una oleada tan aguda de emoción que casi estuvo a punto de dejar que los latidos de su corazón se acelerasen. Se reprimió a tiempo y se reprendió por aquel acceso de indisciplina. Luego revisó su traducción. No, no se había equivocado. Aquella criatura mujer le había ofrecido el ritual del agua. Deseaba acercarse más. Con gran esfuerzo, luchando por encontrar los significados adecuados en su lamentablemente pobre lista de palabras humanas, intentó responder con la debida ceremonia.

—Le agradezco el agua. Que siempre pueda beber profundamente.

La enfermera Boardman pareció sorprendida.

—¡Hey, qué considerado! —buscó un vaso, lo llenó y se lo tendió.

—Beba usted —dijo él.

«¿Creerá que trato de envenenarle?», se preguntó ella… Pero en la petición había cierta cualidad autoritaria. Dio un sorbo, tras lo cual él tomó el vaso de su mano e hizo lo mismo, para después dar la impresión de que se contentaba con hundirse de nuevo en la cama, como si hubiese realizado algo importante. Jill se dijo a sí misma que, como aventura, aquello era más bien un fracaso.

Murmuró:

—Bueno, si no necesita nada más, debo volver a mi trabajo.

Se dirigió hacia la puerta. Él exclamó:

―¡No!

Ella se detuvo.

—¿Eh? ¿Qué desea?

—No se vaya.

—Bueno… tendré que hacerlo enseguida… —pero volvió al lado de la cama—.
¿Desea algo?

Él la miró de arriba abajo.

—¿Es usted una… «mujer»?

La pregunta sorprendió a Jill Boardman. Desde hacía años su sexo no había sido puesto en duda ni siquiera por el más casual de los observadores. Su primer impulso fue responder con una impertinencia. Pero el semblante grave de Smith y sus ojos extrañamente turbadores la contuvieron. Empezó a darse cuenta emocionalmente de que aquel hecho imposible respecto al enfermo era cierto: ignoraba qué era una mujer. Respondió con cautela:

—Sí, soy una mujer.

Smith siguió mirándola sin ninguna expresión. Jill empezó a sentirse azarada. Ser observada apreciativamente por los hombres era algo que siempre esperaba y con lo que a veces disfrutaba, pero esto resultaba más bien como ser examinada a través de un microscopio. Se agitó, inquieta.

—¿Y bien? Parezco una mujer, ¿no?

—No lo sé —respondió Smith con voz lenta—. ¿Qué aspecto tiene una mujer? ¿Qué es lo que la hace a usted mujer?

—¡Oh, por el amor de Dios! —Jill se dio cuenta de forma confusa que aquella
conversación se le escapaba de las manos, y esto no le había ocurrido con ningún hombre desde que cumpliera los doce años—. ¡No esperará que me desnude y se lo enseñe!

Smith se tomó algún tiempo para examinar aquellos símbolos verbales e intentar traducirlos. No podía asimilar en absoluto el primer grupo. Podía ser de uno de esos grupos de sonidos formales que esa gente utilizaba tan a menudo… pero había sido pronunciado con sorprendente fuerza, como si fuese una última comunicación antes de un retraimiento. Quizá había equivocado tan por completo la conducta correcta con la que tratar con una criatura mujer que la criatura estaba dispuesta a descorporizarse de inmediato. Sabía vagamente que no deseaba que la enfermera muriese en aquel momento, ni siquiera aunque fuese su derecho y, posiblemente, su obligación. El brusco cambio de la relación del ritual del agua a una situación en la que el recién conseguido hermano de agua podía considerarse retraído o descorporizado estuvo a punto de sumirle en el pánico, pero consiguió suprimir conscientemente esa alteración. Sin embargo, decidió que, si ella tenía que morir ahora, él debería seguirla de inmediato… No le era posible asimilarlo de otro modo, no después de la cesión del agua.

La segunda mitad de la comunicación contenía sólo símbolos que ya había encontrado antes. Asimiló de forma imperfecta la intención, pero parecía haber allí una manera implícita de evitar la crisis… accediendo al deseo sugerido. Tal vez, si la mujer se desnudaba, ninguno de los dos necesitara descorporizarse. Sonrió feliz.

—Por favor.

Jill abrió la boca, la cerró al instante. Volvió a abrirla.

—¿Eh? ¡Bueno, que me aspen!

Smith pudo asimilar la violencia emocional y supo que, de algún modo, había ofrecido la respuesta equivocada. Empezó a preparar su mente para la descorporización, saboreando y acariciando todo lo que había sido y visto, con especial atención a aquella criatura mujer. Entonces se dio cuenta de que la mujer se inclinaba sobre él, y supo de algún modo que no iba a morir. La criatura le miró directamente al rostro.

—Corríjame si me equivoco —dijo—, pero, ¿me está pidiendo que me desnude?

Las inversiones y abstracciones requerían una cuidadosa traducción, pero Smith consiguió realizarla.

—Sí —respondió, y confió en que aquello no produjera una nueva crisis.

—Eso es lo que creí que había dicho. Hermano, usted no está enfermo.

Smith consideró primero la palabra «hermano»: la mujer le recordaba que se habían unido en el ritual del agua. Pidió la ayuda de sus compañeros de nido para medir lo que deseaba su nueva hermana.

—No estoy enfermo —admitió.

—Pero que me aspen si comprendo qué es lo que no funciona en usted. No pienso ponerme en pelota. Y tengo que marcharme ya —se enderezó y se dirigió hacia la puerta lateral; luego se detuvo y miró hacia atrás con una sonrisa irónica—. Puede pedírmelo en otra ocasión; será realmente agradable, bajo otras circunstancias. Siento curiosidad por ver lo que es usted capaz de hacer.

La mujer se fue. Smith se relajó en la cama de agua y dejó que la estancia se difuminara a su alrededor. Experimentó una sensación de sereno triunfo por haberse confortado de tal modo que no fue necesario que ninguno de los dos muriera… Pero todavía quedaba mucho por asimilar. Las últimas palabras de la mujer habían contenido muchos símbolos nuevos para él, y aquellos que no lo eran habían sido expresados de tal forma que no resultaban fácilmente comprensibles. Pero se sentía feliz de que su aroma emocional hubiera sido el adecuado para la comunicación entre dos hermanos de agua… aunque teñido por algo a la vez turbador y terriblemente agradable. Pensó en su nuevo hermano, la criatura mujer, y eso hizo que un extraño hormigueo recorriera todo su cuerpo. Esa sensación le recordó lo que había experimentado la primera vez que le fue permitido presenciar una descorporización, y se sintió feliz sin saber por qué. Deseó que su hermano, el doctor Mahmoud, estuviese allí. Tenía tanto que asimilar, y tan poco de donde hacerlo.

Jill Boardman se pasó el resto de su turno de guardia medio adormilada. Consiguió no cometer errores en la administración de las medicaciones y respondió por reflejo a las insinuaciones verbales de costumbre que le formularon. Pero el rostro del Hombre de Marte permaneció fijo en su mente, y no dejó de darle vueltas en la cabeza a las cosas extrañas que había dicho. No, no extrañas, se corrigió; había hecho sus prácticas en las salas de psiquiatría, y estaba segura de que las observaciones del hombre no habían sido psicopáticas. Decidió que inocentes era el término adecuado. Luego decidió que la palabra tampoco era correcta. Su expresión era inocente, pero sus ojos no. ¿Qué clase de criatura podía tener un rostro así?

En una ocasión había trabajado en un hospital católico; de pronto vio el rostro del Hombre de Marte rodeado por la cofia de una hermana enfermera, una monja. La idea la inquietó, porque no había nada femenino en el semblante de Smith. Se estaba poniendo su ropa de calle cuando otra enfermera asomó la cabeza por la puerta de los vestuarios.

—Teléfono, Jill. Para ti.

Jill aceptó la llamada, sonido sin visión, mientras seguía vistiéndose.

—¿Florence Nightingale? —inquirió una voz de barítono.

—Al habla. ¿Eres tú, Ben?

—El fiel paladín de la libertad de prensa en persona. ¿Tienes mucho trabajo,
pequeña?

—¿Qué es lo que ronda por tu mente?

—Ronda por mi mente la idea de salir contigo, invitarte a un bistec saignant, seducirte a base de licor y formularte una pregunta.

—La respuesta sigue siendo no.

—No esa pregunta. Otra.

—Oh, ¿así que sabes otra? Si es así, dímela.

—Luego. Primero quiero ablandarte un poco.

—¿Un bistec auténtico? ¿No sintético?

—Garantizado. Cuando le claves el tenedor, volverá hacia ti unos ojos implorantes.

—Debes de estar trabajando con cuenta de gastos, ¿eh, Ben?

—Eso es irrelevante e innoble. ¿Qué respondes?

—Me has convencido.

—En la azotea del centro médico. Tienes diez minutos.

Volvió a guardar el traje de calle que se había puesto en su armario y lo cambió por otro más elegante que guardaba allí para casos de emergencia. Era serio, apenas traslúcido, con polisones y pectorales tan tenues que se limitaban a recrear el efecto que hubiera producido si no llevara nada. El vestido le había costado la paga de un mes y no lo parecía, puesto que su sutil poder se hallaba oculto, como el alcohol que te tumba en una bebida. Jill contempló con satisfacción su imagen en el espejo y tomó el tubo impulsor para subir a la azotea. Allá se envolvió en la capa para protegerse del viento, y estaba buscando con la mirada a Ben Caxton cuando el ordenanza de la terraza tocó su brazo.

—Hay un taxi esperándola, señorita Boardman… Ese Talbot de lujo.

—Gracias, Jack.

Vio el taxi, preparado ya para despegar y con la portezuela abierta. Se metió en él, y se disponía a dirigir a Ben un cumplido irónico cuando se dio cuenta de que él no había subido. El taxi estaba en piloto automático; la portezuela se cerró y el aparato despegó, trazó el reglamentario círculo de salida y se deslizó hacia la otra orilla del Potomac. Jill se echó hacia atrás en su asiento y esperó. El taxi se posó en una zona de aterrizaje pública próxima a Alexandria, y allí subió Ben Caxton; volvió a despegar de inmediato. Jill le miró hoscamente.

—¡Vaya! Te vuelves importante, ¿eh? ¿Desde cuándo tu tiempo es tan valioso que delegas en un robot la misión de ir a recoger a tus mujeres?

Ben se inclinó hacia ella, le dio unas palmaditas en la rodilla y dijo con voz gentil:

—Tengo mis razones, pequeña, tengo mis razones. No puedo permitirme que me vean recogerte…

—¡Vaya!

—… y tú no puedes permitirte el lujo de que te vean mientras te recojo. Así que
tranquilízate. Te pido disculpas. Me humillo en el polvo. Beso tus delicados piececitos.

Pero era necesario.

—Hum… ¿Quién de nosotros tiene la lepra?

—Los dos, aunque de un modo distinto, Jill. Yo soy periodista.

—Empezaba a creer que eras otra cosa.

—Y tú una enfermera del hospital donde retienen al Hombre de Marte —abrió las manos en un gesto expresivo y se encogió de hombros.

—Sigue hablando. ¿Eso me incapacita para que me presentes a tu madre?

—¿Necesitas un mapa, Jill? Hay más de mil periodistas rondando la zona, sin contar los agentes de prensa, locutores de radio, presentadores de televisión, técnicos y expertos en grabaciones magnetofónicas, y esa estampida se inició apenas la Champion tomó tierra. Cada uno de ellos ha estado intentando entrevistar al Hombre de Marte, incluido yo. Por todo lo que sé, hasta ahora nadie lo ha conseguido. ¿Crees que hubiera sido inteligente por nuestra parte que nos viesen abandonar juntos el hospital?

—Hum, quizá no. Pero no comprendo qué tiene eso que ver. Yo no soy el Hombre de Marte.

Él la miró fijamente.

—No, realmente no lo eres. Pero quizá puedas ayudarme a verle… Por eso
precisamente no quería que me vieran acudiendo a recogerte.

—¿Eh? Ben, me parece que has estado demasiado tiempo al sol sin sombrero. Tienen todo un pelotón de guardiamarinas a su alrededor. Pensó en el hecho de que a ella no le había costado mucho eludir esa guardia, pero decidió no mencionarlo.

—De modo que así están las cosas. Charlemos un poco de ello.

—No veo de qué hay que hablar.

—Luego lo verás. No tengo intención de volver a tocar el tema hasta que te haya ablandado un poco con proteínas animales y etanol. Vayamos a cenar.

—Ahora pareces más razonable. ¿Resistirá tu cuenta de gastos el que vayamos al Nuevo Mayflower? Porque supongo que trabajas con cuenta de gastos, ¿verdad?

Caxton frunció el entrecejo.

—Jill, si comemos en un restaurante, no puedo arriesgarme a uno que esté más acá de Louisville. Y este trasto tardará más de dos horas en llevarnos hasta allá. ¿Qué opinas de una buena cena en mi apartamento?

—…«dijo la araña a la mosca». Ben, recuerdo la última vez. Estoy demasiado cansada para resistirme.

—Nadie te pide que lo hagas. Se trata estrictamente de negocios. Te lo juro, que una espada atraviese mi corazón y me mate aquí mismo.

—No creo que esto me guste mucho más. Si estoy a salvo a solas contigo, debo estar desvariando. En fin, está bien, caballero de la espada.

Caxton se inclinó hacia delante y pulsó unos botones; el taxi, que había estado
trazando círculos bajo la instrucción de «esperar», despertó, miró a su alrededor, y se orientó hacia el apart hotel donde vivía Ben. Éste marcó un número telefónico y preguntó a Jill:

—¿Cuánto tiempo necesitas para emborracharte, pie de azúcar? Le diré a la cocina cuándo debe tener los bistecs a punto.

Jill meditó unos instantes.

—Ben, tu ratonera tiene cocina particular.

—En cierto modo. Puedo asar un bistec, si es eso lo que quieres decir.

—Yo asaré el bistec. Pásame el teléfono —dio una serie de órdenes, tras detenerse un momento para asegurarse de si a Ben le gustaban las endibias.

El taxi les dejó en la azotea, y bajaron hasta el piso de Caxton. Era un poco anticuado y falto de estilo; su único lujo era un césped natural en la sala de estar. Jill se detuvo en el vestíbulo, se quitó los zapatos, luego entró descalza en la sala de estar y frotó los dedos contra las frescas hojitas verdes. Dejó escapar un suspiro.

—Oh, qué bien le sienta esto a mis pies. Me duelen desde que ingresé en la escuela de enfermeras.

—Siéntate.

—No, quiero que mis pies recuerden esto mañana, cuando entre de turno de nuevo.

—Como quieras —Caxton fue a la despensa y mezcló unas bebidas.

Jill fue tras él y empezó a sentirse hogareña. Los bistecs aguardaban en el montacargas; junto a ellos había unas raciones de patatas precocinadas listas para ser metidas en el microondas. Preparó la ensalada, la metió en el refrigerador y ajustó los mandos del horno de forma que asase los filetes y calentara al mismo tiempo las patatas, pero no puso el ciclo en marcha.

—Ben, ¿tiene control remoto este horno?

—Por supuesto.

—Bueno, pues no puedo encontrarlo.

Caxton estudió los mandos y luego accionó un interruptor no identificado.

—Jill, ¿cómo te las arreglarías si tuvieses que guisar en una fogata?

—Apuesto a que lo haría bien. Fui muchacha exploradora, y de las buenas. ¿Qué me dices de ti, chico listo?

Él la ignoró, tomó una bandeja y regresó a la sala de estar; ella le siguió y se sentó a sus pies, tras abrirse la falda para no mancharla con la hierba. Se dedicaron seriamente a los martinis. Frente a la silla de él había un tanque estereovisor camuflado como un acuario; lo conectó desde la silla. Parásitos y zumbidos dieron paso al rostro del conocido locutor August Greaves.

—…puede afirmarse sin lugar a dudas —dijo la imagen estéreo— que el Hombre de Marte está siendo sometido a un tratamiento constante de drogas hipnóticas para impedir que descubra estos hechos. A la Administración le resultaría extremadamente embarazoso si… Caxton desconectó el aparato.

—El viejo Gus —dijo con un tono relajado— sabe tanto del asunto como yo —frunció el ceño—. Aunque es posible que tenga razón en eso de que el Gobierno lo mantiene drogado.

—No, no lo hace —dijo Jill de pronto.

—¿Eh? ¿Y cómo es eso, pequeña?

—El Hombre de Marte no es mantenido bajo hipnóticos —al comprender que había dicho más de lo que pretendía, añadió cautelosamente—. Está bajo vigilancia constante de un médico y un enfermero, pero no hay ninguna orden de mantenerlo bajo sedación.

—¿Estás segura? No serás una de sus enfermeras… ¿o sí?

—No. Todos los enfermeros son hombres. Hum… de hecho, hay una orden estricta de mantener a las mujeres completamente lejos de él, y un par de fornidos guardiamarinas se ocupan de que la orden se cumpla a rajatabla.

Caxton asintió.

—Algo de eso había oído. El hecho es que tú no sabes si le drogan o no, ¿verdad? Jill miró su vaso vacío. Le irritaba que dudaran de su palabra, pero se dio cuenta de que tenía que respaldar de alguna forma lo que había dicho.

—Ben… no me traicionarías, ¿verdad?

—¿Traicionarte? ¿En qué sentido?

—En todos.

—Hum… Eso abarca mucho terreno, pero de acuerdo.

—Conforme. Pero primero sírveme otra copa —Caxton lo hizo, y Jill prosiguió—. Sé que no han drogado al Hombre de Marte… porque hablé con él.

Caxton dejó escapar un lento silbido.

—Lo sabía. Cuando me levanté esta mañana me dije: «Ve a ver a Jill. Ella es tu as en la manga». Corderita, tómate otra copa. Tómate seis. Aquí tienes la coctelera.

—No tan aprisa, gracias.

—Como quieras. ¿Puedo darles un masaje a tus pobres y cansados pies? Mi dama, estás a punto de ser entrevistada. Tu público aguarda con temblorosa impaciencia. Así que empecemos por el principio. ¿Cómo…?

—¡No, Ben! Me lo prometiste… ¿recuerdas? Si citas mis palabras aunque sólo sea como una remota referencia, perderé mi empleo.

—Hum… es probable. ¿Qué te parece lo de «fuentes generalmente dignas de
crédito»?

—Seguiría estando asustada.

—¿Y bien? ¿Vas a decírselo al tío Ben? ¿O vas a dejarme morir de frustración y luego te comerás tú sola los dos bistecs?

—Oh, te lo diré… ahora que ya te he dicho demasiado. Pero no puedes utilizarlo.

Ben guardó silencio y no forzó su suerte; Jill le describió cómo había dado esquinazo a los guardias.

—¡Espera! ¿Serías capaz de repetir eso? —interrumpió él.

—¿Eh? Supongo que sí, pero no pienso hacerlo. Es arriesgado.

—Bueno, ¿no podrías meterme a mí del mismo modo? ¡Claro que podrías! Mira, me disfrazaré de electricista: mono grasiento, distintivo del sindicato, caja de herramientas. Tú simplemente me pasas la llave y…

—¡No!

—¿Eh? Vamos, cariño, sé razonable. Te apuesto cuatro a uno a que al menos la mitad del personal del hospital es ahora gente de la prensa, metida allí por uno u otro servicio de noticias. Ésta es la historia de mayor interés humano desde que Colón convenció a Isabel de que vendiera sus joyas. Lo único que me preocupa es la posibilidad de tropezarme con otro falso electricista…

—Lo único que me preocupa a mí es mi persona —interrumpió Jill—. Para ti es sólo una historia; para mí es mi carrera. Me quitarán la cofia, el distintivo, y me expulsarán de la ciudad, me meterán en un tren. Mi carrera de enfermera habrá acabado.

—Hum… es posible.

—Es seguro.

—Mi dama, estás a punto de recibir una oferta de soborno.

—¿De qué importe? Tendría que ser lo suficiente como para permitirme llevar una existencia a lo grande en Río durante el resto de mi vida.

—Bueno… la historia vale su dinero, por supuesto, pero no esperarás que mi oferta sea superior a la que pueda hacerte la Associated Press, o la Reuters. ¿Qué te parecen cien?

—¿Por quién me tomas?

—Ya hablamos de eso, así que sigamos discutiendo el precio. ¿Ciento cincuenta?

—Ponme otra copa y dame el número de la Associated Press; tu oferta es de timo.

—Es Capitol 10-9000. Jill, ¿quieres casarte conmigo? Es lo más lejos que puedo ir.

Ella le miró, sorprendida.

—¿Qué has dicho?

—Que si quieres casarte conmigo. Luego, cuando te echen de la ciudad en un tren, yo te estaré esperando en la estación y te arrancaré de esa sórdida existencia. Volverás aquí y te refrescarás la punta de los pies en mi césped, en nuestro césped, y olvidaremos tu ignominia. Pero primero tienes que conseguir que me introduzca en esa habitación del hospital.

—Ben, casi parece como si hablaras en serio. Si telefoneo a un testigo honesto, ¿repetirás tu oferta?

Caxton suspiró.

—Jill, eres una mujer dura. Llama a ese testigo.

Ella se puso en pie.

—Ben —dijo en voz baja—, no deseo obligarte a una cosa así —le revolvió el pelo y le besó—. Pero no bromees con el matrimonio delante de una solterona.

—No bromeaba.

—Lo dudo. Límpiate el carmín y te contaré todo lo que sé; luego estudiaremos la forma de utilizarlo sin tener que verme metida en ese tren. ¿Te parece justo?

—Completamente justo.

Jill le hizo un relato detallado.

—Estoy segura de que no estaba drogado. Y estoy igualmente segura de que era racional… aunque no sé por qué estoy segura, puesto que hablaba de la manera más extraña y me hizo las preguntas más extravagantes. Pero estoy segura. No es un psicópata.

—Sonaría aún más raro si no hablase de una manera extraña.

—¿Por qué?

—Utiliza la cabeza, Jill. No sabemos mucho sobre Marte, pero sabemos que Marte es muy distinto de la Tierra y que los marcianos, sean lo que sean, no son ciertamente humanos. Supongamos que de pronto te hallaras en medio de una tribu tan metida en lo más profundo de la jungla que sus miembros jamás hubieran puesto sus ojos en una mujer blanca. ¿Crees que conocerían toda esa sofisticada charla que deriva de toda una vida inmersa en una cultura? ¿O más bien tu conversación les sonaría extraña? Es una analogía muy pobre; la realidad en este caso es que esa criatura se halla alejada de nosotros al menos sesenta millones de kilómetros.

Jill asintió.

—Eso imaginé… y por eso no hice caso de sus extrañas observaciones. No soy tonta, ¿sabes?

—No; para ser mujer, eres extraordinariamente brillante.

—¿Quieres que vierta este martini sobre tu cada vez más escaso pelo?

—Te pido disculpas. Las mujeres son mucho más listas que los hombres; ha quedado demostrado en todo nuestro sistema social. Dame el vaso, te lo llenaré otra vez.

Ella aceptó la oferta de paz y siguió:

—Ben, esa orden que no le deja ver mujeres es una estupidez. No se trata de ningún maníaco sexual.

—Sin duda no desean que sufra demasiados shocks a la vez.

—No estaba asustado. Sólo… interesado. No era en absoluto como si me mirara un hombre.

—Si hubieses accedido a su deseo de echar una mirada a tu precioso cuerpo, quizá te hubieras visto en dificultades. Probablemente tiene todos los instintos y ninguna inhibición.

—¿Eh? No lo creo. Supongo que le han explicado algo acerca de los hombres y las mujeres; sólo deseaba ver exactamente en qué se diferencian las mujeres.

—Vive la difference! —respondió Caxton con entusiasmo.

—No seas más vulgar de lo necesario.

—¿Yo? No estaba siendo vulgar. Me mostraba reverente. Estaba dando las gracias a todos los dioses por haber nacido humano y no marciano.

—Sé serio.

—Nunca he sido más serio que ahora.

—Entonces cállate. Smith no me habría causado ningún problema. Tú no viste su rostro… yo sí.

—¿Qué pasa con su rostro?

Jill pareció confusa.

—No sé cómo expresarlo… ¡Sí, ya lo tengo! Ben, ¿has visto alguna vez un ángel?

—A ti, querubín. A ningún otro.

—Bueno, yo tampoco… pero ése era exactamente su aspecto. Era viejo, con unos ojos sabios en un rostro completamente plácido, un rostro de inocencia ultraterrena —se estremeció.

—«Ultraterrena», ésa es seguramente la palabra correcta —murmuró Ben con voz lenta—. Me gustaría verle.

—Me gustaría que lo hicieras. Ben, ¿por qué le obligan a guardar silencio? No haría daño a una mosca. Estoy segura de ello.

Caxton unió las yemas de sus dedos.

—Bueno, en primer lugar desean protegerle. Creció en la gravedad de Marte;
probablemente aquí se siente tan débil como un gatito.

—Sí, por supuesto. Basta mirarle para verlo. Pero la debilidad muscular no es
peligrosa; la miastenia gravis es mucho peor, y nosotros nos las arreglamos bastante bien con ella.

—También es posible que quieran evitar que contraiga alguna enfermedad terrestre. Es como esos animales de experimentación de Notre-Dame; nunca ha estado expuesto.

—Sí, claro… carece de anticuerpos. Pero, por lo que he oído en el comedor, el doctor Nelson, es el médico de a bordo de la Champion, ¿sabes?, se ocupó de él durante el viaje de regreso. Repetidas transfusiones mutuas hasta que hubo reemplazado la mitad de su tejido sanguíneo.

—¿De veras? ¿Puedo utilizar eso, Jill? Es una noticia.

—Está bien, pero no cites mi nombre. Le han puesto inyecciones para inmunizarlo contra todo menos la bursitis de la rótula… ya sabes, la rodilla de fregona. Pero para protegerle contra cualquier infección no hacen falta guardias armados delante de su puerta.

—Hum… Jill, he captado por ahí algunos rumores que es posible que no conozcas. No puedo usarlos porque he de proteger a mis fuentes de información. Pero te los contaré; te lo has merecido… lo único que te pido es que no los divulgues.

—Oh, no lo haré.

—Es una larga historia. ¿Otra copa?

—No, empecemos con los bistecs. ¿Dónde está el botón?

—Aquí.

—Bueno, púlsalo.

—¿Yo? Te ofreciste a cocinar tú la cena. ¿Dónde está ese espíritu de muchacha exploradora del que tanto alardeabas?

—Ben Caxton, me quedaré aquí en la hierba y moriré de inanición antes que
levantarme y pulsar un botón que está a quince centímetros de tu dedo índice derecho.

—Como quieras… —pulsó el botón que le diría al horno que ejecutara las órdenes preprogramadas—. Pero no olvides quién hizo la cena. Sigamos ahora con Valentine Michael Smith. En primer lugar, hay graves dudas acerca de su derecho a utilizar el apellido Smith.

—Repite eso, por favor.

—Cariño, parece que tu amigo es el primer bastardo interplanetario de los anales de la humanidad. Quiero decir el primer «hijo del amor».

—¡Y un cuerno!

—Por favor, habla como una dama. ¿Recuerdas algo de la tripulación de la Envoy? Noimporta, te señalaré lo más importante. Ocho personas, cuatro matrimonios. Dos de esas parejas eran el capitán y la señora Brant y el doctor y la señora Smith. Tu amigo de la cara de ángel es hijo de la señora Smith y del capitán Brant.

—¿Cómo lo saben? Y, de todos modos, ¿a quién le importa? —dijo Jill, y se sentó, indignada—. Es verdaderamente asqueroso que saquen a relucir un escándalo así después de todo este tiempo. Están todos muertos… ¡yo digo que los dejemos tranquilos!

—En cuanto al modo en que lo han averiguado, ya puedes imaginarlo. Análisis sanguíneo, factor Rh, color del pelo y de los ojos, todos esos detalles genéticos… probablemente tú sabes más de eso que yo. De todos modos, es una certeza matemática que Mary Jane Lyle Smith fue su madre y el capitán Michael Brant su padre. Todos esos factores se hallan convenientemente registrados para toda la tripulación de la Envoy; posiblemente nunca hubo ocho personas más minuciosamente examinadas y controladas. Y eso proporciona a Smith una herencia espléndida; su padre tenía un CI de 163, su madre de 170, y ambos eran los primeros en sus respectivas especialidades. »En cuanto a lo de a quién le importa —prosiguió Ben—, hay un montón de gente a la que le importa mucho… y todavía habrá más cuando todo este cuadro tome forma. ¿Has oído hablar alguna vez del impulsor Lyle?

—Por supuesto. Es el que utilizó la Champion.

—Y el que utilizan todas las naves espaciales hoy en día. ¿Quién lo inventó?

—No sé… ¡Un momento! ¿Quieres decir que ella…?

—¡La pequeña dama acaba de ganar el puro! La doctora Mary Jane Lyle Smith. Sabía que tenía algo importante allí, aunque su desarrollo quedó pendiente cuando se marchó. Sin embargo, antes de partir con la expedición, solicitó una docena de patentes básicas sobre el proceso y las dejó en depósito, no a una sociedad filantrópica, tenlo en cuenta… y asignó el control y los beneficios interinos a la Fundación para la Ciencia. Así que finalmente el Gobierno se hizo cargo de todo ello… Pero tu amigo cara de ángel es el dueño de todo el asunto. No hay la menor duda al respecto. Es algo que vale muchos millones, tal vez cientos de millones; no estoy en situación de calcularlo.

Llevaron la cena a la sala. Caxton usaba mesas suspendidas para proteger su césped; bajó una hasta el nivel adecuado para su silla, y otra a una altura estilo japonés para que Jill pudiera seguir sentada en el suelo.

—¿Tierno? —preguntó.

—¡Estupendo! —respondió ella, con la boca llena.

—Gracias. Recuerda que lo cociné yo.

—Ben —dijo Jill, tras engullir un bocado—, ¿qué pasará si Smith es… ilegítimo? ¿Podrá heredar?

—No es ilegítimo. La doctora Mary Jane era de Berkeley; las leyes de California no reconocen el concepto de bastardía. Lo mismo ocurre con el capitán Brant, puesto que Nueva Zelanda tiene también leyes civilizadas a este respecto. Mientras que, según las leyes del estado natal del doctor Ward Smith, el esposo de Mary Jane, un niño nacido en el hogar conyugal es legítimo, tanto si viene del infierno como si cae de las nubes. Así pues, Jill, tenemos a un hombre que es el más puro hijo legítimo de tres padres.

—¿Eh? Espera un poco, Ben; esto no puede ser así. Puede serlo uno u otro, pero no los dos. No sé nada de leyes, pero…

—Claro que no sabes nada de leyes. Todas esas ficciones legales no preocuparían en absoluto a un abogado. Smith es hijo legítimo de muy distintas formas en diferentes jurisdicciones, todas ellas irrefutables y todas ellas fácilmente defendibles… incluso aunque de hecho sea un bastardo según sus antepasados físicos. Así que hereda. Además, dejando a un lado la fortuna de su madre, sus dos padres no estaban en la pobreza precisamente. Brant era soltero hasta inmediatamente antes de la expedición; había invertido la mayor parte de su escandaloso sueldo como piloto a la Luna en la Lunar Enterprises. Ya sabes cómo han subido esas acciones; acaban de declarar otro suculento dividendo activo. Brant tenía un vicio, el juego… pero ganaba regularmente, e invertía también sus ganancias. En cuanto a Ward Smith, pertenecía a una familia rica; se había dedicado a la medicina y a la ciencia por vocación. Smith es el heredero de ambos.

―¡Vaya!

—Y eso no es ni la mitad, cariño. Smith es igualmente el heredero de toda la
tripulación.

—No entiendo.

—Los ocho tripulantes firmaron un contrato de «Caballeros Aventureros», por el que se nombraban herederos recíprocos unos de otros… todos ellos y su descendencia. Lo redactaron meticulosamente, utilizando como modelos contratos similares de los siglos XVI y XVII que habían resistido con éxito todo intento de impugnación. Y todos ellos eran gente de alto poder económico; en conjunto acumulaban una inmensa fortuna. Entre sus bienes se incluye una considerable cantidad de acciones de la Lunar Enterprises, aparte las que poseía Brant. Puede que Smith se encuentre ahora con un paquete mayoritario de acciones, lo cual le conferiría el dominio de la sociedad o, al menos, le situaría en una posición clave.

Jill pensó en la criatura de expresión infantil que había convertido en una ceremonia conmovedora el simple hecho de beber un vaso de agua y sintió pena por ella. Pero Caxton prosiguió:

—Me gustaría poder echar un vistazo al diario de a bordo de la Envoy. Sé que lo recuperaron… pero dudo que llegue a ser dado a la luz pública.

—¿Por qué no, Ben?

—Es una turbia historia. Logré sacarle lo suficiente a mi informante como para estar seguro de ello antes de que se serenara de los efectos del alcohol y se cerrara como una ostra. El doctor Ward Smith entregó a su esposa para que se le practicase la cesárea… y la mujer falleció en la mesa de operaciones. Parece que el hombre llevó de forma complaciente sus cuernos hasta entonces. Lo que hizo a continuación demuestra que estaba al corriente de todo: con el mismo escalpelo degolló al capitán Brant… y luego se cortó el cuello. Lo siento, cariño.

Jill se estremeció.

—Soy enfermera. Estoy inmunizada a estas cosas.

—Eres una mentirosa y te quiero por eso. Estuve tres años en batidas policiales, Jill; nunca conseguí acostumbrarme.

—¿Qué ocurrió con los otros?

—Me gustaría saberlo. Si no conseguimos que los burócratas y los peces gordos suelten ese diario de a bordo, jamás lo averiguaremos… y yo soy un chico de la prensa aún con estrellitas en los ojos que piensa que todos deberíamos enterarnos de todo. Guardar secretos conduce a la tiranía.

—Ben, quizá fuera mejor que le desposeyeran de su herencia. Él está muy en… más allá de este mundo.

—Estoy seguro de que ésta es la definición exacta. La verdad es que no necesita todo ese dinero; al Hombre de Marte nunca le faltará un plato en la mesa. Cualquier gobierno y millares de universidades e instituciones científicas se sentirían encantadísimos de tenerle en calidad de invitado perpetuo y privilegiado.

—Lo mejor que puede hacer es firmar su renuncia y olvidarlo todo.

—No es tan fácil, Jill. ¿Recuerdas el famoso caso de la General Atomics contra
Larkin?

—Bueno, no realmente. Supongo que te refieres a la Resolución Larkin. Tuve que estudiarlo en la escuela, como todo el mundo. Pero, ¿qué tiene que ver con Smith?

—Haz memoria. Los rusos enviaron el primer cohete a la Luna. Se estrelló. Estados Unidos y Canadá combinaron sus recursos para lanzar otro; regresó, pero no dejó a nadie en la Luna. De modo que, mientras Estados Unidos y la Commonwealth se preparaban para enviar una fuerza colonizadora conjunta bajo el patrocinio de la Federación, y Rusia montaba el mismo tinglado por su cuenta, la General Atomics se les adelantó y envió su propia nave desde una isla alquilada a Ecuador… y sus hombres estaban aún en el satélite, tranquilos y con expresión relamida, cuando la nave de la Federación se presentó… seguida por la rusa. »Y ya sabes lo que ocurrió. La General Atomics, una sociedad suiza controlada por norteamericanos, reclamó para ella la Luna. La Federación no podía simplemente expulsarlos; eso hubiera sido demasiado violento, y además los rusos no se hubieran quedado cruzados de brazos. Así que el Tribunal Supremo dictó una resolución por la que una razón social, una mera ficción legal, no podía poseer un planeta; en consecuencia, los propietarios auténticos eran los hombres de carne y hueso que mantenían la ocupación… Larkin y sus compañeros. De modo que fueron reconocidos como nación soberana e integrados en la Federación… dejando unas cuantas rajas de melón para aquellos que estaban dentro y tenían concesiones de la General Atomics y de su filial, la Lunar Enterprises. Esto no satisfizo por entero a nadie, y por aquel entonces el Tribunal Supremo de la Federación no era aún todopoderoso… pero fue un compromiso que todos pudieron engullir. De ello se derivaron algunas normas más bien estrictas para la colonización de planetas, todas ellas basadas en la Resolución Larkin y destinadas a evitar el derramamiento de sangre. Dieron resultado… la historia ha demostrado que la Tercera Guerra Mundial no fue consecuencia de los viajes espaciales y todo eso. Por lo tanto, la Resolución Larkin es una parte fundamental de nuestras leyes planetarias y se aplica a Smith.

Jill agitó la cabeza.

—No veo la relación. Los martinis…

—Piensa, Jill. Según nuestras leyes, Smith es en sí mismo una nación soberana… y el único propietario del planeta Marte.


Capítulo 4 de la Primera Parte : Su maculado origen. Fragmento de Forastero en tierra extraña de Robert A. Heinlein, que tal y como dije aqui es uno de los textos de mi vida, que me marcó, acertadamente considerado diferente con respecto a la obra de este grande. Novela comunmente llamada la biblia hippie, que colgaré entera a mas o menos capítulo por día para que tod@s aquellos que quieran y no lo hayan leido puedan conocerlo. (Como siempre vuelvo a dejar los links de Wikipedia para que los interesados podais saber donde os meteis)

A ver si a alguien le gusta como me gustó a mi.(Y a más)

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