martes, febrero 01, 2011

La sociedad intoxicada

Cuenta una leyenda etíope que el café se descubrió gracias a un pastor que veía cómo sus cabras se volvían más eufóricas después de comer los granos de esa planta. La costumbre de consumir drogas y alterar nuestra capacidad psíquica es universal en las sociedades humanas y común en algunos animales. La exposición que tiene lugar estos días en la Wellcome Trust de Londres explora el uso de las drogas en diversas culturas y la importancia que han adquirido en los dos últimos siglos en la medicina occidental.


Desde los tubos para esnifar que usaban los pueblos precolombinos a las pastillas de opio que se vendían en las farmacias de principios del siglo XX, las drogas han evolucionado en forma y potencia. Sin embargo, siguen siendo un elemento básico de relación social entre individuos. Las fiestas o raves basadas en el consumo del éxtasis, los rituales chamánicos de algunas tribus de Latinoamérica o la costumbre de salir de copas son formas colectivas de intoxicación.

Estudios demuestran que incluso en aquellas sociedades donde no existen plantas con sustancias psicotrópicas, como es el caso de los esquimales, el hombre ha inventado métodos para conseguir efectos similares como la privación del sueño o el ayuno.

El consumo de drogas sin fines curativos no solo lo practican los humanos. Los gatos se restriegan y mastican hojas y flores de la nepeta cataria sin ningún propósito aparente además de estimularse, los osos siberianos y algunos renos ingieren hongos alucinógenos como la Amanita muscaria y los babuinos mascan tabaco en estado salvaje. Por lo tanto, parece que el placer que causa el incremento de agentes como la dopamina o la serotonina no es exclusivo del hombre.

Lo que sí es característico de nuestra especie es la creación artificial de sustancias mucho más puras y potentes de las que están disponibles en la naturaleza. También las connotaciones culturales que atribuimos a las drogas, siendo el ejemplo más cercano la clasificación que hemos hecho entre “médicas” y “recreativas” en la época moderna.

La mayoría de las drogas que consumimos hoy en día son compuestos de sustancias sintetizadas por el hombre, sin embargo, en la mayoría de las culturas las drogas provienen directamente de la naturaleza con expertos dedicados a reconocerlas y prepararlas para el resto de la comunidad.

El cambio que ha producido los descubrimientos en la farmacología moderna conforman gran parte del desarrollo de la medicina occidental si bien al mismo tiempo ha producido un tipo de consumo hasta hace poco desconocido. La potencia de drogas como la cocaína o la heroína y sobre todo la facilidad para adquirirlas y administrarlas ha creado un nuevo tipo de dependencia que se criminalizó con la prohibición a principios del siglo XX.

Pero el mismo espíritu de experimentación que estimuló a los científicos del siglo XVII y XVIII a investigar el potencial de las sustancias químicas para tratar las enfermedades estuvo muchas veces detrás del consumo recreativo. Cuando Thomas de Quince o los escritores del Club de Hashischins crearon la figura romántica del opiómano y el fumador de hachís, el espíritu de aventura precedía a los horrores de la adición. Sus escritos fueron de los primeros que confesaron el efecto secundario de las exploraciones.

Aún así la mayoría de los médicos de la época siguieron utilizando ampliamente estas sustancias, sobre todo para las enfermedades nerviosas que estaban surgiendo con la industrialización. La multitud de botellas y etiquetas que se muestran en el museo de la Wellcome Trust son solo un pequeño ejemplo. Hasta 1890 la adicción no empezó a plantearse como problema y no fue hasta mucho más tarde cuando se convirtió en uno de los monstruos incomprensibles de la sociedad.

Por supuesto, el uso de drogas como actividad recreativa no es exclusivo de la cultura occidental. En China, el consumo del opio como excitante sexual era común entre la clase alta, los incas ya usaban la hoja de coca como complemento nutritivo y estimulante, y el kawa-kawa se lleva utilizando durante siglos en las culturas del Sur del pacífico como relajante que favorece las relaciones amistosas.


Sin embargo, no ha sido hasta los últimos dos siglos que la droga se ha convertido en un problema social. El caso de China es ilustrativo ya que, a pesar de haber usado el opio durante siglos, fue la exportación masiva del Imperio Británico con su compañía de East India en el siglo XIX lo que incrementó el fenómeno de la adición. La falta de conocimiento general sobre sus consecuencias más perversas, la nueva forma más fácil de consumirlo fumándolo y la venta de la droga con fines económicos tuvieron relación con este cambio. O al menos eso parece si se tiene en cuenta que a finales del siglo XIX ocurrió algo parecido con la aparición de múltiples compuestos de drogas sintéticas en las farmacias europeas y de Estados Unidos.

A pesar de que hoy nos parece impensable una medicina sin sustancias químicas o medicamentos, en realidad, las drogas estuvieron relegadas a una función menor en la medicina occidental durante mucho tiempo. Por supuesto, los remedios basados en algunos alimentos o vegetales se utilizaban, como en todas las culturas, pero el estudio de las plantas medicinales se despreció en la tradición hipocrática que se consolidó en Grecia, ya que consideraba que sus efectos eran distintos para cada paciente.

Hasta en la edad moderna, los farmacopola y los boticarios eran algo así como curanderos a los que los médicos acudían como último recurso. De ahí que el estudio de las plantas medicinales en Europa se paralizara durante casi 1500 años y De Materia Medica del griego Pedanio Dioscórides fuera casi el único libro de referencia.

Sin embargo, en los últimos tres siglos parece que la farmacopea ha decidido recuperar el tiempo perdido. Desde que el médico y alquimista suizo Paracelso revolucionara la medicina reivindicando la importancia de las sustancias químicas para curar y creara la tintura alcohólica del opio más popular en la Historia, el laúdano, la creación de nuevas drogas ha sido imparable.

El laúdano, que se convirtió en la reina de las medicinas con aplicaciones para aliviar el dolor, calmar la tos, y curar la disentería y el insomnio, supuso el comienzo del concepto de las drogas modernas producidas por el hombre y comercializadas a gran escala. Se trataba solo del principio.

Dos siglos más tarde, el descubrimiento del farmacéutico alemán Friedrich Sertürner, del componente activo de la planta del opio, la morfina, lo aceleró. Al contrario que el laúdano u otras esencias, la morfina era una sustancia química pura. Sertürner había descubierto la mejor manera de aislar los componentes activos de las plantas: la cristalización.

La creación de compuestos de alcaloides se disparó. En 1820 se aisló el alcaloide de la cafeína; en 1832, se extrajo la codeína o metilmorfina de la planta del opio; en 1860 la hoja de coca dio lugar a uno de los estimulantes más poderosos hasta el momento: la cocaína. La heroína o di-acetil-morfina, otro opiáceo que se sintetizó por primera vez en 1874 y se vendió como no adictivo, se convirtió junto con la aspirina en el producto estrella de la farmacéutica alemana Bayer.


Ahora resulta extraño ver la botella de heroína con el logo de Bayer como si fuera un jarabe para la tos pero a finales del siglo XIX las farmacias ofrecían cientos de pastillas y tónicos de drogas nuevas que prometían curar todos los males físicos y del alma.

La prohibición de estos productos no empezó hasta 1914 cuando en Estados Unidos se aprobó la Harrison Narcotics Tax Act. La retirada de estas drogas de las farmacias y su restricción para uso médico generó en pocas semanas la desesperación de miles de adictos que acudían a los hospitales y las enfermerías en busca de estas sustancias. Sin embargo, la legislación prohibía a los médicos proveer la droga a quienes no demostraran una enfermedad por lo que enseguida empezó a surgir un mercado negro de narcóticos muchas veces más potentes y lucrativos que los tradicionales.

¿Esto empieza a sonar familiar? Para burlar la ley se empezaron a vender sustitutivos de la heroína como la dibenzoilmorfina y la acetilpropionilmorfina, que básicamente tenían los mismos efectos, y el éter etílico se recuperó como alternativa con la prohibición del alcohol.

Aunque el concepto de drogas de diseño es bastante reciente, en realidad, fue en estos días cuando surgió. La prohibición, que empezó como un impuesto para regular el comercio, había creado una distinción en el consumo que generó una nueva forma de entender las drogas. Los siguientes años nuevas drogas siguieron apareciendo y en los 60 el movimiento contra-cultural las empezó a reivindicar como parte de una forma de vida válida.

La anfetamina, un compuesto de la planta de la efedrina, se volvió a sintetizar a finales de los años 20 y a distribuirse en su forma volátil en forma de inhalador. Durante la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial, los soldados recibían dosis de este activo para permanecer despiertos y combatir mejor. Tras los conflictos, las anfetaminas se usaron para tratar la obesidad y mejorar el rendimiento hasta que se prohibieron como drogas de clase II en los años 70.

De los hongos alucinógenos también se había conseguido a finales del siglo XIX el alcaloide del la planta del peyote: la mescalina. Sin embargo, al no conocerse aplicaciones terapéuticas obvias no fue comercializado como otras sustancias. La mescalina se redujo, en gran parte, a un círculo de psicólogos y artistas que la usaron para explorar la mente hasta que en 1954 Aldoux Huxley publicó sus observaciones sobre su consumo en el ensayo “Las puertas de las percepción”.

El libro salió unos años después de que otro químico suizo descubriera un alucinógeno aún más potente que el que producía el cáctus del peyote. Estudiando un estimulante respiratorio, Albert Hoffman absorbió por casualidad parte del compuesto que había quedado en la punta de sus dedos. El científico, asombrado por los efectos que acababa de experimentar, entendió que aquello tenía que ver con la sustancia que estaba investigando. Tres días después, decidió probarlo por segunda vez, y de vuelta a casa en bicicleta la sensación de terror que notó al principio empezó a transformarse en un “kaledoiscopio de imágenes fantásticas”. Hoffman siguió explorando el LSD (dietilamida de ácido lisérgico) durante muchos años, optimista de su empleo en la psiquiatría.

El último padre de las drogas de diseño que empezaron a surgir con la farmacología moderna fue Alexander Shulgin. El descubrimiento del químico estadounidense sobre las feniletilaminas, que forman un continuum con las anfetaminas, le condujo a la creación de compuestos psicoactivos que combinaban los efectos alucinógenos con los de la euforia y los estimulantes. El más famoso es el MDMA (3,4-metilendioximetanfetamina) o Éxtasis que empezó a producir en los años 70. Desde entonces, Shulgin ha compuesto más de 230 psicoactivos y aunque las autoridades han intentado cerrar su laboratorio varias veces no han conseguido frenar su investigación sobre nuevas drogas.

La búsqueda de sustancias que alteren nuestro estado mental continúa legal e ilegalmente, posiblemente a una escala hasta ahora desconocida. Drogas como la ketamina o la mefedrona han surgido en el siglo XXI y para algunos el futuro promete otras drogas inteligentes o nootrópicos que mejorarán nuestra capacidad de creatividad y bienestar.

La distinción según el uso, médico o recreativo, que surgió en el siglo XX para combatir la adicción no parece haber contribuido a reducir nuestro consumo. Hoy en día, el mercado de drogas ilegales es uno de los tres más grandes del mundo, junto con el petróleo y las armas, y la medicina basa gran parte de su práctica en el uso de estas sustancias químicas.

Por eso no parece plausible pensar que las leyes vayan a conseguir frenar esta tendencia. Quizá el descubrimiento de drogas humanas más potentes haya generado problemas nuevos pero parece que los remedios ya se descubrieron mucho más atrás. Como Dioscórides afirmaba en su estudio sobre las plantas hace 2000 años es probable que la diferencia entre el veneno y la medicina sea solo una cuestión de dosis.

Referencias:
- High Society Exhibition Wellcome Trust, Londres (11 noviembre 2010-27 febrero 2011)
- High Society: Mind-altering drugs in history and culture. Mike Jay. Blackwell
- Drugs: A very short introduction. Leslie Iversen. Blackwell
- Neuroscience: Opiates for the people. W. F. Bynum.Nature
- Volume: 468, Page: 896, December 2010, doi:10.1038/468896a

Este artículo lo remite a mi fuente amazing.es Laura Rodríguez, editora del centro de noticias de investigación AlphaGalileo con sede en Londres, redactora en diversas publicaciones de divulgación y editora de la revista digital El Colectivo.

1 comentario:

Anele dijo...

Contigo es difícil aburrirse. Con tu blog quidicir, qué no es lo mismo.

;)

El corto. Otakus...jajajaja, qué bueno, a ver si visiono todos.

;)

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