jueves, marzo 03, 2011

Vaqueros que matan

Cada día, medio millón de pantalones vaqueros son tratados industrialmente en Estambul. Quizás no es la actividad más sugerente que se puede realizar en esa exótica megaurbe, pero, posiblemente, se encuentre entre las más rentables. Turquía, gran productor de algodón, es uno de los principales abastecedores de prendas confeccionadas con tela vaquera o 'denim'. Pero esta fuente de divisas presenta una funesta contrapartida social. Ayer, las ONG integradas en la Campaña Ropa Limpia denunciaron en quince países europeos, incluida España, el uso en su fabricación de una técnica muy nociva que ya ha causado cuarenta y seis muertes en el país euroasiático.

El uso del chorro directo de una mezcla de agua y arena a presión, método conocido como 'sandblasting', confiere al tejido esa habitual apariencia de ropa usada que, por veleidades de la moda, resulta especialmente atractivo. Por una vez, los usuarios más clásicos, los 'fashionistas' furibundos e, incluso, los 'hipsters' o alternativos, parecen converger en esa predilección por el 'look' de lo artificialmente envejecido. Posiblemente, ninguno de ellos sabe que en ese determinado proceso se genera una nube de sílice que envenena los pulmones del operario en cuestión.


Las organizaciones convocantes de la iniciativa 'No al sandblasting' aseguran que 46 trabajadores han fallecido ya, víctimas de la fatal silicosis, y los afectados, probablemente, alcancen los 3.500 en un colectivo que ronda los 10.000 empleados. El reverso inhumano de la deslocalización industrial parece ejemplificarse en este caso. El empleo de arena había sido prohibido en Europa en 1966, pero siguió practicándose en los centros de producción que sustituyeron a las fábricas del Viejo Continente, favorecidos por una legislación más laxa al respecto.

La dificultad para relacionar la patología presentada por los enfermos y su origen real parece ser la causa de que en el país otomano el problema sanitario no se haya atajado a tiempo. En una primera fase, los bajones físicos se achacaban a una hipotética tuberculosis, hasta que se comprobó que el efecto de seis meses de exposición a la tóxica técnica podía equipararse a veinte años de trabajo en una mina, según han afirmado los portavoces de la denuncia.

Varios trabajadores han dado a conocer su situación, también reveladora de las peores lacras del sector textil. Procedentes del medio rural, muchos han llevado a cabo su labor durante seis días a la semana en turnos de doce horas sin ningún tipo de protección o amparados con máscaras de papel que se han revelado completamente ineficaces. La inexistencia de un seguro médico e, incluso, la falta de identidad jurídica de los presuntos culpables complican aún más el futuro de los implicados.

La prohibición del procedimiento por el Ministerio de Salud turco, medida tomada en 2009, ha mitigado su impacto, pero no completamente, ya que se ha mantenido su ejercicio en talleres clandestinos de efímera vida y gran movilidad física. Además, la deslocalización es un fenómeno gradual que muta en función de intereses económicos y obstáculos normativos. En los últimos años, la industria textil turca ha primado la confección de prendas sobre la producción de tejido en aras de obtener mayor valor añadido, lo que la ha convertido en exportadora e importadora de 'denim' elaborado en India, Pakistán y Bangladesh. La Campaña Ropa Limpia apela a las firmas que se favorecen de esta cadena de subcontratas con escalas en medio mundo, y a los consumidores para evitar que, una vez más, el 'sandblasting' siga diseminando su polvo letal. Según sus promotores, su idoneidad radica en el bajo coste que precisa frente a otras técnicas que demandan mayores inversiones. Un camión de arena, el compresor y la manguera son los sencillos requisitos necesarios para ponerla en marcha en cualquier modesta factoría.

La labor coordinada en quince países europeos ha permitido acceder a las grandes firmas, aquellas que, en última instancia, reciben la mercancía generada por esta gigantesca pirámide sustentada en las subcontratas. Hoy, apenas quedan factorías en Occidente que fabriquen ropa vaquera. Levi Strauss, que ha fomentado la identidad estadounidense, ampliamente sustentada en los jeans vendidos por la mítica firma, cerró en 2004 sus últimas naves y las trasladó a emplazamientos sudamericanos y asiáticos donde la producción resulta mucho más asequible. Los pantalones de la española Lois, entidad no menos característica del vaquero patrio, se dejaron de fabricar en 2008 y la guipuzcoana Tavex, instalada en Marruecos, anunció el pasado mes de noviembre la clausura de su planta en Bergara.

Según explican, algunas de las empresas interpeladas han sido remisas a proporcionar su relación completa de proveedores, aduciendo el riesgo de ser captados por empresas rivales, aunque la mayoría ha colaborado en este intento de erradicar definitivamente este proceso de fabricación. Los convocantes han explicado que compañías como H&M o C&A han reconocido haberse beneficiado del chorro de arena en alguna de las fases de la cadena, pero han manifestado públicamente su rechazo y la prohibición expresa de su ejercicio, una voluntad a la que también se ha adherido el grupo Inditex, poseedor de formatos comerciales como Zara o Bershka. Ahora, la intención de la campaña Ropa Limpia, coordinada en España por la ONG Setem, es poner en marcha mecanismos que comprueben la veracidad de estas declaraciones de intenciones.

La negativa de Armani, Pepe Jeans y Diesel a reunirse con las organizaciones convocantes ha llevado a la plataforma a denunciar su connivencia con quienes aún la mantienen en activo. A su juicio, la convocatoria de un concierto con el grupo turco Bandista, comprometido en esta causa, y el anuncio de un envío masivo de cartas y correos electrónicos a sus responsables aparecen como un mecanismo de presión al que, necesariamente, se ha de sumar la sensibilización del comprador final. «No podemos poner la fidelidad a la moda sobre la salud de los trabajadores», aducen.

Curiosamente, pocos problemas del mundo cuentan con una responsabilidad tan compartida. Los cinco mil millones de vaqueros, chaquetas y demás productos que se adquieren anualmente evidencian que, siquiera por una vez, la solución depende de ricos, pobres, tradicionales y modernos, tipos solitarios y fieles miembros de tribus urbanas, en suma, de individuos que viven tanto al norte como al sur de un planeta que se mueve embutido en tejanos.

Fuente:
elcorreodigital.com

EN SU CONTEXTO

5.000 millones de prendas vaqueras se venden cada año en el mundo sin distinción de ricos y pobres, modernos o tradicionales.

El 'sandblasting', una mezcla muy abrasiva Esta técnica busca el desgaste de la prenda vaquera mediante la aplicación de un chorro de arena y agua, mezcla muy abrasiva y potencialmente peligrosa ya que genera nubes muy tóxicas de polvo de sílice. La Campaña Ropa Limpia también denuncia su práctica en el subcontinente indio y China dentro de la cadena de montaje de la ropa vaquera

El lavado a la piedra, el cepillado y el láser El 'denim abraded' o desgastado se obtiene también mediante el uso del 'stonewashed' o lavado a la piedra, y el cepillado, método para envejecer e introducir puntos de envejecimiento prematuro. Su costosa aplicación manual está siendo sustituida por herramientas robóticas. La empresa española Jeanologia presentó en el 2008 una técnica de envejecimiento basada en el láser. Los riesgos de la industria textil, uno de los sectores más influidos por el proceso de deslocalización, no se limitan a las condiciones técnicas de fabricación. La situación de seguridad también es muy precaria. Desde el año 2000, tan sólo en Bangladesh han muerto 273 personas por fuego en instalaciones carentes de medidas contra incendios.

Una de cada cinco piezas está falsificada La falsificación de productos derivados del 'denim' o de la tela vaquera también evidencia la existencia de un submundo completamente ajeno a toda norma. Se calcula que un 20% del mercado está falsificado.

Seis meses de exposición a esta tóxica técnica se equipara a 20 años en una mina.

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