sábado, julio 30, 2011

¡Et tu, Brute!

SCENA PRIMA. Roma. El Capitolio. El Senado en sesión

En la calle contigua al Capitolio, muchedumbre de gente; entre ella, ARTEMIDORO y el ADIVINO. Trompetería. Entran CÉSAR, BRUTO, CASIO, CASCA, DECIO, METELO, TREBONIO, CINA, ANTONIO, LÉPIDO, POPILIO, PUBUO y otros

CESAR. — (Al ADIVINO.) ¡Ya han llegado loa idus de marzo!

ADIVINO. — Sí, César; pero no han pasado aún.

ARTEMIDORO. — ¡Salve, César! Lee este escrito.

DECIO. — Trebonio desea que echéis una ojeada, en un momento libre, sobre esta humilde petición suya.

ARTEMIDORO. — ¡Oh César! Lee primero la mía, que toca más cerca a César. ¡Léela, gran César!

CÉSAR. — Lo que no atañe más que a nuestra persona, será examinado lo último.

ARTEMIDORO. — ¡No lo difieras, César! ¡Léela en seguida!

CÉSAR. — ¡Pero qué! ¿Está loco ese mozo?

PUBLIO. — ¡Deja paso, tunante!

CASIO. — ¿Qué es eso? ¿Insistís en vuestras peticiones en la calle? Venid al Capitolio.

CÉSAR entra al Capitolio. Los demás le siguen. Todos los senadores se levantan

POPILIO. — Deseo que vuestra empresa pueda hoy triunfar.

CASIO. — ¿Qué empresa, Popilio?

POPILIO. — ¡Que lo paséis bien!

(Se adelanta hacia CÉSAR.)

BRUTO. — ¿Qué dice Popilio Lena?

CASIO. — Que desea que nuestra empresa pueda triunfar. ¡Temo que se hayan descubierto nuestros planes!

BRUTO. — ¡Mira cómo se aproxima a César! ¡Obsérvale!

CASIO. — ¡Sé rápido, Casca, pues tememos que se prevenga! ¿Qué debemos hacer, Bruto? ¡Si esto se descubre, ni Casio ni César volverán jamás vivos, pues me daré la muerte!

BRUTO. — ¡Firmeza, Casio! ¡No es de nuestro proyecto de lo que habla Popilio Lena, pues, mirad, se sonríe y César no cambia!

CASIO. — ¡Trebonio aprovecha su tiempo, pues ved, Bruto, cómo se lleva afuera a Marco Antonio!

Salen ANTONIO y TBEBONIO. CÉSAR y los senadores ocupan sus asientos

DECIO. — ¿Dónde está Metelo Címber? Que se adelante y presente ahora su solicitud a César.

BRUTO. — ¡Está preparado! ¡Poneos junto a él y secundadle!

CINA. — ¡Casca, vos sois el primero que ha de levantar la mano!

CÉSAR. — ¿Estamos todos dispuestos? ¡A ver ahora! ¿Qué cosa hay mal hecha que deben rectificar César y su Senado?

METELO. —¡Muy alto, muy grande y muy poderoso César! Metelo Címber depone ante tus plantas un humilde corazón...

(Arrodillándose.)

CÉSAR. — ¡Debo advertirte, Címber, que estas genuflexiones y rastreras cortesías pueden conmover a un hombre vulgar y transformar las sentencias y decretos primordiales en juego de niños! No te ilusiones pensando que César lleva una sangre tan rebelde que pueda cambiar su verdadera calidad con lo que hace palpitar al necio, es decir, con dulces palabras, con humillantes y encorvadas reverencias y bajas adulaciones serviles. ¡Tu hermano está desterrado, por un decreto! ¡Si te postras y ruegas y adulas por él te aparto de mi camino como a un perro! ¡Sabe .que César no es injusto, ni sin causa se dará por satisfecho!

METELO. — ¿No hay ninguna voz más digna que la mía que suene más grata a los oídos del gran César, para pedirle el retorno de mi expatriado hermano?

BRUTO. — Te beso la mano, César, pero sin adulación, suplicándote que otorgues a Publio Címber un regreso inmediato y sin condiciones.

CÉSAR. — ¡Cómo! ¡Bruto!

BRUTO. — ¡Perdón, César; César, perdón! Casio se postra igualmente a tus pies para implorar la libertad de Publio Címber.

CÉSAR. — ¡Podría ablandarme si fuera como vosotros! Si pudiera rebajarme a suplicar, los ruegos me conmoverían, pero soy constante como la estrella polar, que por su fijeza e inmovilidad no tiene semejanza con ninguna otra del firmamento. ¡Esmaltados están los cielos con innumerables chispas, todas de fuego y todas resplandecientes, pero entre ellas sólo una mantiene su lugar! Así ocurre en el mundo: poblado está de hombres, y los hombres se componen de carne y sangre y disfrutan de inteligencia. Y sin embargo, sólo conozco uno entre todos que permanezca en su puesto, inquebrantable a la presión. ¡Y que ése soy yo lo probaré de la siguiente manera: firme he sido en que se desterrase a Címber, y firme soy en mantenerlo así!

CINA. — ¡Oh César!...

CÉSAR. — ¡Fuera! ¿Pretendes elevar el Olimpo?

DECIO. — ¡Gran Cesar!...

CÉSAR. — ¿No está Bruto arrodillado en vano?

CASCA. — Hablen mis manos por mí.

(CASCA hiere primero a CÉSAR, después los demás conspiradores, y finalmente BRUTO.)

CÉSAR. — ¡Et tu, Brute! ¡Muere entonces, César!

(Muere. Los senadores y el pueblo huyen en tropel.)

Fragmento de la Scena Prima del Actus Tertius del Julio Cesar de William Shakespeare

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