sábado, septiembre 17, 2011

El dios manchado de sangre

Reinaba una oscuridad total en la hedionda callejuela por la que avanzaba Conan de Cimmeria en una misión tan oscura e incierta como las tinieblas que lo rodeaban. De haber habido un testigo, habría visto a un hombre muy alto y de constitución hercúlea vestido con una amplia túnica zuagir cubierta con una fina cota de malla de acero, y encima de ésta un grueso manto de piel de camello. Su negra cabellera y su ancho rostro sombrío y juvenil, bronceado por el sol del desierto, se ocultaba bajo una kefia, especie de pañuelo zuagir, que llevaba envuelta alrededor de la cabeza.

En ese momento llegó a sus oídos un agudo grito de dolor.

Semejantes lamentos no eran raros en las tortuosas callejuelas de Arenjun, la Ciudad de los Ladrones, y ningún hombre cauto o tímido hubiera osado intervenir en un asunto que no le concernía. Pero Conan no era cauto ni tímido. Su impenitente curiosidad no le permitía pasar por alto un grito de auxilio; además iba en busca de unos hombres, y aquella situación podría darle una pista.

Obedeciendo a sus rápidos instintos de bárbaro, se volvió hacia un haz de luz que traspasaba la oscuridad muy cerca de allí- Después miró a través de una rendija que había en las persianas herméticamente cerradas de una ventana que se abría en un grueso muro de piedra.

Pudo ser una amplia habitación de cuyas paredes colgaban tapices de terciopelo y cuyo suelo estaba cubierto de costosas alfombras y de lechos. Alrededor de uno de estos lechos se agrupaban varios hombres; se trataba de seis musculosos bravucones zamorios y dos individuos a quienes resultaba difícil identificar. En aquel lecho había un hombre tendido; era un nativo de Kezankia, desnudo de cintura para arriba. Aunque era fuerte, un rufián tan musculoso como él lo tenía sujeto por las muñecas y tobillos. Entre cuatro personas lo mantenían tendido sobre el lecho impidiéndole cualquier movimiento, pero sus músculos se contraían formando grandes nudos en sus extremidades y hombros. Los ojos del hombre acostado centelleaban con un fulgor rojo y su amplio pecho brillaba a causa del sudor que lo cubría. Conan vio que un hombre delgado y ágil, cubierto con un turbante de seda roja, levantaba un carbón ardiente de un brasero con un par de tenazas y lo colocaba sobre el pecho tembloroso del prisionero, en el que se podían apreciar otras marcas de torturas similares.

Otro de los presentes, más alto que el del turbante rojo, preguntó bruscamente algo que Conan no pudo comprender. El kezankiano que estaba tendido en el lecho movió frenéticamente la cabeza negando y luego escupió con violencia hacia el que lo había interrogado. El carbón al rojo vivo se apoyó de lleno sobre su pecho peludo, lo que hizo lanzar un aullido inhumano a la víctima. En ese instante Conan se lanzó con todas sus fuerzas contra las persianas.

La acción del cimmerio no era tan impulsiva como podía parecer a simple vista. Para sus objetivos del momento necesitaba un amigo entre los nativos de los montes de Kezankia, un pueblo conocido por su hostilidad hacia los extranjeros. Y allí se le presentaba la oportunidad de dar con la persona que buscaba. Las persianas saltaron en astillas con un crujido estrepitoso, y el bárbaro cayó de pie sobre el suelo de la habitación, con la cimitarra en una mano y una daga zuagir en la otra. Los torturadores se volvieron en redondo y lanzaron un grito de asombro.

Vieron a un hombre alto y corpulento, vestido con ropas de zuagir y con un pliegue de su kefia envolviéndole el rostro. En su cara centelleaban unos ojos de un azul volcánico. Por un instante la escena se congeló, y luego se fundió en una acción llena de violencia.

El hombre del turbante rojo lanzó una orden imperiosa, y un gigante peludo se adelantó para enfrentarse al intruso. El zamorio empuñaba una espada de casi un metro de largo y lanzó un mandoble hacia arriba con intención de traspasar a su contrincante. Pero la cimitarra encontró en su camino un brazo que se levantaba para detenerlo. La mano del zamorio, así como el sable que aferraba, volaron por los aires en medio de una lluvia de sangre, y luego la estrecha y larga hoja de la cimitarra de Conan atravesó la garganta de su enemigo, que ahogó un grito de agonía.

El cimmerio saltó por encima del cuerpo caído, en dirección al individuo del turbante rojo y a su compañero de elevada estatura. Turbante Rojo sacó un puñal y el hombre alto desenvainó su espada.

-¡Córtalo en dos, Jillad! -gritó Turbante Rojo al tiempo que se retiraba ante el impetuoso ataque del cimmerio-. ¡Zal, ayúdanos!

El hombre llamado Jillad paró el mandoble de Conan y respondió con rapidez. Conan eludió el golpe con un salto de pantera hambrienta, pero ese movimiento lo puso al alcance del puñal de Turbante Rojo. El arma salió disparada y la punta le dio a Conan en un costado, pero no consiguió perforar la negra cota de malla. Turbante Rojo saltó a su vez hacia atrás, escapando por tan poco a la afilada espada de Conan que ésta le hizo un corte en el chaleco de seda y le dejó una marca en la piel. El hombre tropezó con una silla y luego cayó de bruces sobre el suelo, pero antes de que Conan pudiera acabar con él, Jillad lanzó una lluvia de sablazos sobre el cimmerio.

Mientras peleaba con Jillad, Conan advirtió que el hombre llamado Zal avanzaba empuñando una pesada alabarda, al tiempo que Turbante Rojo volvía a ponerse en pie.

El cimmerio no esperó a que lo rodeasen. Un golpe de su cimitarra hizo retroceder a Jillad. Luego, cuando Zal levantaba la alabarda, Conan le lanzó un sablazo que lo hizo caer revolcándose entre su propia sangre y sus entrañas. Conan saltó enseguida hacia los esbirros que aún retenían al prisionero. Éstos liberaron al hombre al tiempo que lanzaban gritos y desenvainaban sus espadas corvas. Uno lanzó un mandoble contra el hombre de Kezankia, que lo eludió rodando sobre el lecho de madera. Entonces Conan se colocó entre los hombres y su víctima. Mientras se retiraba ante el ataque de aquellos, gritó al prisionero kezankiano:

-¡Sal de aquí! ¡Delante de mí! ¡Rápido!

-¡Perros! -gritó el hombre del turbante rojo-. ¡No los dejéis escapar!

-¡Ven a probar el sabor de la muerte, perro! -exclamó Conan riendo salvajemente, hablando en lengua zamoria con acento bárbaro.

El kezankiano, debilitado por la tortura, corrió un cerrojo y abrió una puerta que daba a un patio pequeño. Atravesó tambaleando el patio, mientras Conan luchaba con sus torturadores en el vano de la puerta, donde el reducido espacio disminuía la ventaja de aquellos. El cimmerio se reía a carcajadas y maldecía a su enemigos mientras paraba sus golpes y les lanzaba estocadas. Turbante Rojo bailaba de ira detrás de los combatientes maldiciendo a gritos. La cimitarra de Conan parecía la lengua de una cobra. Un zamorio lanzó un grito y cayó de rodillas, apretándose el vientre. Jillad atacó en seguida, pero tropezó con el caído y cayó a su vez. Antes de que los furiosos individuos que atestaban la puerta pudieran organizarse, Conan se volvió y corrió a través del patio en dirección a un muro por encima del cual había desaparecido el kezankiano.

Tras envainar sus armas, Conan dio un salto y se aferró al borde de la pared; después de un breve balanceo, tomó impulso y se subió a la parte superior de aquélla. Desde allí echó un vistazo a la oscura y sinuosa callejuela que bordeaba el muro. En ese momento algo le golpeó la cabeza y el cimmerio se cayó del muro y se estrelló contra la sombría calle que había debajo.

El débil fulgor de una vela en su rostro despertó a Conan. Éste se incorporó parpadeando y maldiciendo, al tiempo que tanteaba a su alrededor en busca de su espada. Luego la luz se apagó y una voz le habló en la oscuridad.

-Tranquilízate, Conan de Cimmeria. Soy tu amigo.

-¡Por Crom! ¿Quién diablos eres? -preguntó Conan.

Había encontrado su cimitarra en el suelo, al lado suyo, y rápidamente cerró sus piernas dispuesto a saltar. Estaba en la calle, al pie del muro desde el cual había caído, y el otro hombre no era más que un borroso bulto que se cernía sobre él a la tenue luz de las estrellas.

-Soy tu amigo -repitió el otro, con suave acento iranistano-. Puedes llamarme Sassan.

Conan se puso en pie, con la cimitarra en la mano. El iranistano le acercó algo. Conan percibió el fulgor metálico del acero, pero cuando iba a atacar, advirtió que se trataba de su propia daga, que el otro le alcanzaba cogiéndola por la hoja y presentándole la empuñadura.

-Eres más desconfiado que un lobo hambriento, Conan -dijo Sassan riendo-. Será mejor que guardes las fuerzas para tus enemigos.

-¿Dónde están? -preguntó Conan cogiendo la daga.

-Se-han ido a las montañas, tras el rastro del dios manchado de sangre.

Conan sintió un sobresalto. Cogió la túnica de Sassan con mano férrea y miró intensamente a los ojos oscuros del hombre, que lo observaba con una mirada burlona y misteriosa a la luz de las estrellas.

-Maldito seas, ¿qué sabes tú del dios manchado de sangre? -inquirió Conan apoyando la punta de la daga debajo de las costillas del iranistano. .

-Sé lo siguiente -repuso Sassan-: Has venido a Arenjun siguiendo a unos ladrones que te robaron el mapa de un tesoro más grande que el del rey Yildiz. Yo también venía buscando algo. Estaba escondido cerca, observando a través de un agujero que había en la pared, cuando irrumpiste tú en la habitación en la que estaban torturando al kezankiano. ¿Cómo sabías que eran ellos quienes te habían robado el mapa?

-No lo sabía -musitó Conan-. Oí el grito de un hombre y pensé que sería buena idea intervenir. De haber sabido que eran los hombres que buscaba... Dime, ¿qué más sabes?

-Sé que en las montañas cercanas hay un antiguo templo oculto, en el que tienen miedo de entrar los hombres de la montaña. Se dice que es un edificio construido en la Edad Precataclísmica, si bien no hay acuerdo entre los entendidos acerca de su origen: algunos piensan que es grondario y otros que fue construido por un pueblo antiquísimo y desconocido que dominó a los hirkanios después del Cataclismo.

»Los kezankianos prohíben el acceso de los forasteros a la zona, pero un nemedio llamado Ostprio encontró el templo. Penetró en su interior y descubrió un ídolo de oro incrustado de rubíes, al que llamó «el dios manchado de sangre». No pudo llevárselo consigo, pues era más grande que un hombre, pero dibujó un mapa con la intención de volver. Aunque Ostorio logró salir ileso de la aventura, poco después murió apuñalado por unos rufianes de Shadizar. Antes de morir te entregó el mapa a ti, Conan.

-¿Y bien? -preguntó Conan hoscamente, echando una mirada a la casa oscura y silenciosa que había detrás.

-Te robaron el mapa -dijo Sassan-. Y tú sabes quién fue.

-No lo sabía entonces -repuso Conan con brusquedad-. Después supe que los ladrones eran Zyras, un corinthio, y Arshak, un príncipe turanio desheredado. Uno de sus criados espió a Ostorio cuando agonizaba y se lo dijo a su amo. Aunque no los conocía, seguí su rastro hasta aquí. Esta noche me enteré que se ocultaban en una casa de este callejón. Yo iba preocupado en busca de una pista cuando me vi envuelto en aquella gresca.

-¡De modo que luchaste contra ellos sin saber quiénes eran! -dijo Sassan asombrado-. El nativo de Kezankia era Rustum, un espía de Keraspa, el jefecillo kezankiano. Lo atrajeron hacia la casa y lo estaban torturando para hacerle revelar los caminos que conducen a través de la montaña. Ya conoces el resto de la historia.

-La conozco, con excepción de lo que sucedió cuando me encontraba encima del muro.

-Alguien te arrojó una silla que te golpeó en la cabeza. Cuando te caíste del muro no te prestaron más atención, tal vez porque creían que estabas muerto, o quizá porque no te habían reconocido bajo la kefia que envolvía tu cabeza. Persiguieron al kezankiano, pero no sé si lo capturaron. Luego volvieron, ensillaron sus caballos y galoparon como locos hacia el oeste, dejando a los muertos donde habían caído. Yo me acerqué para ver quién eras, y te reconocí.

-De modo que el hombre del turbante rojo era Arshak -murmuró Conan-. Pero ¿dónde estaba Zyras?

-Iba disfrazado de turanio; era el hombre al que llamaban Jillad.

-Ah. ¿Y entonces...?

-Al igual que tú, yo deseaba apoderarme del dios rojo, a pesar de que de todos los hombres que lo han buscado a lo largo de los siglos, sólo Ostorio escapó con vida. Se dice que una misteriosa maldición recae sobre quienes pretenden robar el ídolo...

-¿Qué más sabes tú acerca de ello? -preguntó Conan bruscamente.

-No sé mucho más -contestó Sassan encogiéndose de hombros-. Las gentes de Kezankia hablan de un sortilegio mortal con que el dios castiga a todos aquellos que alzan sus codiciosas manos sobre él. Pero yo no soy un necio supersticioso. Y tú no tienes miedo, ¿verdad?

-¡Claro que no! -respondió rápidamente el cimmerio.

Lo cierto es que Conan si temía. Si bien no le tenía miedo a ningún hombre o animal viviente, lo sobrenatural llenaba su mente bárbara de terrores atávicos, aunque se negaba a reconocerlo.

-¿En qué piensas? -preguntó Conan.

-Pues creo que ninguno de los dos puede luchar solo contra la banda de Zyras. Unidos, podremos seguirlos y arrebatarles el ídolo. ¿Qué dices a esto?

-Estoy de acuerdo. ¡Pero te mataré como a un perro si intentas alguna treta!

Sassan rió y dijo:

-Sé muy bien que lo harías, de modo que puedes confiar en mí. Ven, tengo los caballos esperando.

El iranistano guió a Conan a través de las sinuosas y malolientes callejuelas en las que resaltaban las rejas de los balcones, hasta que se detuvieron ante un portal iluminado por un farol. Sassan golpeó en la puerta y en seguida apareció un rostro cubierto de barba en el portillo. Después de intercambiar algunas palabras en voz baja, se abrió el portal. Sassan entró y Conan lo siguió con recelo. Pero los caballos estaban allí y, ante una orden del hombre de la barba, unos somnolientos criados ensillaron los animales y llenaron las alforjas de alimentos.

Poco después, Conan y Sassan cabalgaban juntos y cruzaban la puerta occidental de la ciudad, donde un centinela somnoliento los detuvo un momento por simple rutina. Sassan era un hombre gordo pero musculoso, con una cara redonda y astuta en la que destacaban unos ojos oscuros y vivaces. Llevaba una lanza de caballería sobre el hombro y manejaba sus armas con la pericia que da la práctica. Conan no dudó de que si se presentaba la ocasión, Sassan sería capaz de luchar con destreza y valor. Tampoco dudaba de que podía confiar en Sassan mientras aquella alianza le resultara beneficiosa, pero pensaba que sería capaz de asesinarlo en cuanto le conviniese, con el fin de quedarse con todo el tesoro para él solo.

El alba los sorprendió cabalgando a través de los abruptos desfiladeros que cruzaban las inhóspitas montañas rocosas de Kezankia, que separaban las zonas limítrofes del este de Koth y Zamora, de las estepas turanias. Aunque tanto Koth como Zamora reclamaban esta región para sí, ninguna de las dos había logrado conquistarla, y la ciudad de Arenjun, situada en la cima de una colina de escarpadas laderas, había resistido con éxito dos asedios de las hordas turanias procedentes del este. El camino se bifurcó y se hizo cada vez más confuso, hasta que Sassan confesó que se había perdido y que no sabía dónde estaban.

-Yo todavía puedo seguir el rastro dejado por ellos -dijo Conan con un gruñido-. Aunque tú no seas capaz de verlo, yo sí puedo.

Varias horas después divisaron con claridad unas señales que indicaban el paso reciente de caballos por aquel lugar. Entonces Conan dijo:

-Nos estamos acercando a ellos, pero todavía nos superan en número. Quedémonos fuera de su alcance hasta que tengan el ídolo; entonces les tenderemos una emboscada y se lo arrebataremos.

-¡Muy bien! -exclamó Sassan con ojos brillantes-. Pero tengamos cuidado; éstas son las tierras de Keraspa, que roba a todo el que pasa por aquí.

Al promediar la tarde, los dos hombres todavía seguían el rastro por el antiguo y olvidado camino. Cuando avanzaban hacia un estrecho desfiladero, Sassan dijo:

-Si aquel kezankiano al que torturaban ha conseguido regresar junto a Keraspa, éste y sus compatriotas se pondrán sobre aviso respecto a la llegada de forasteros...

Ambos tiraron de las riendas cuando un kezankiano delgado y de rostro de halcón salió a caballo del desfiladero con una mano en alto.

-¡Alto! -gritó-. ¿Con qué permiso cabalgáis por las tierras de Keraspa?

-Cuidado -murmuró Conan-. Puede haber otros hombres rodeándonos.

-Keraspa exige el pago de peaje a todos los viajeros -dijo Sassan en voz muy baja-. Quizá eso sea lo único que quiere ese individuo.

Echando una mano a su cinto, Sassan le dijo al kezankiano:

-No somos más que unos pobres viajeros, pero pagaremos con gusto el peaje que impone tu valiente jefe. Estamos solos, como puedes ver.

-Entonces, ¿quién es ese que viene detrás de vosotros? -preguntó el kezankiano señalando con la cabeza hacia el lugar por el que habían venido.

Sassan volvió la cabeza a medias y en ese instante el kezankiano le arrojó una daga que había extraído de su cinto.

Aunque el otro fue rápido, Conan lo fue mucho más. Cuando el puñal iba a atravesar la garganta de Sassan, la cimitarra de Conan brilló como un relámpago y emitió un sonido metálico. La daga saltó hacia un lado y, al tiempo que lanzaba un gruñido, el kezankiano echó mano de su espada. Pero antes de que pudiera desenvainarla, Conan lo volvió a atacar, cortándole el turbante y partiéndole el cráneo. El caballo del kezankiano relinchó y retrocedió, arrojando al suelo el cadáver del hombre. Conan hizo girar en redondo a su propio corcel y gritó:

-¡Corre hacia el desfiladero! ¡Es una emboscada!

En cuanto el kezankiano hubo caído al suelo, se oyó el seco chasquido de los arcos y el silbido de las flechas. El caballo de Sassan dio un salto al recibir una flecha que se le clavó en el cuello, y luego corrió sin control hacia la boca del desfiladero. Conan sintió que otra flecha le agujereaba la manga cuando apretó las espuelas y corrió detrás de Sassan, que no podía dominar a su animal.

Mientras avanzaban hacia la entrada del desfiladero, tres jinetes salieron de éste blandiendo unas cimitarras de hoja ancha. Sassan cejó en su intento de dominar a su caballo enloquecido y apuntó su lanza contra el más próximo de sus enemigos. La punta traspasó al hombre y lo hizo caer de la silla.

Un segundo después, Conan se libraba de otro enemigo, que ya levantaba su pesada cimitarra. El cimmerio alzó el sable y las dos hojas se encontraron con un estrépito metálico, mientras los pechos de los dos caballos chocaban con fuerza. Apoyándose sobre los estribos, Conan empujó hacia abajo con todas sus fuerzas, hasta que hizo caer el arma del enemigo y le partió el cráneo en dos. En seguida corrió al galope hacia el desfiladero, entre una lluvia de flechas que silbaban a su alrededor. El caballo herido de Sassan tropezó y cayó pesadamente al suelo. Al ver que el animal se desplomaba, el iranistano se bajó de un salto.

Conan se le acercó y le dijo a gritos:

-¡Sube detrás de mí!

Lanza en mano, Sassan montó detrás del bárbaro. Después de sentir las espuelas, el sobrecargado animal avanzó por la garganta del desfiladero, mientras unos gritos que llegaban de atrás indicaban que los nativos se dispersaban para montar en sus caballos, que habían ocultado detrás de las rocas. Un recodo del desfiladero amortiguaba sus voces.

-El espía kezankiano sin duda logró regresar junto a Keraspa -dijo Sassan jadeando-. Lo que quieren es sangre, y no oro. ¿Crees que habrán eliminado a Zyras?

-Es posible que haya pasado antes de que tendieran la emboscada, o quizá lo estaban siguiendo cuando aparecimos nosotros. Creo que todavía nos lleva bastante ventaja.

Una media legua más adelante oyeron un débil rumor que parecía indicar que los estaban siguiendo. Entonces llegaron a un amplio valle rodeado de escarpados peñascos. En el centro de ese valle había una ladera que conducía hacia una estrecha garganta situada en el extremo opuesto. Cuando se aproximaron a este paso, Conan vio que estaba obstruido por un pequeño parapeto hecho de piedras. Sassan lanzó un grito al tiempo que saltó del caballo cuando vio que caía sobre ellos una lluvia de flechas. Uno de los dardos le dio al caballo en el pecho.

El animal se tambaleó y cayó estrepitosamente al suelo; Conan saltó del caballo y se acercó rodando hacia un montículo de piedras detrás del cual ya se había puesto a cubierto Sassan. Cayeron más flechas, cuyas puntas se rompían contra las rocas o se clavaban en la tierra cimbreando en el aire. Los dos hombres se miraron con gesto irónico.

-¡Hemos encontrado a Zyras, por fin! -exclamó Sassan.

-Dentro de un momento -dijo Conan riéndose- se echarán sobre nosotros, y luego vendrá Keraspa por detrás para cerrar la trampa definitivamente.

En ese instante se oyó una voz provocativa.

-¡Salid de ahí de una vez, canallas! ¡Eh, Sassan!, ¿quién es el zuagiro que está contigo? ¡Creí que le había roto la cabeza anoche!

-¡Me llamo Conan! -respondió el cimmerio gritando. Después de un momento de silencio, Zyras exclamó:

-¡Debí de haberlo imaginado! ¡Bueno, ahora os tenemos acorralados!

-¡Vosotros estáis en la misma trampa! -vociferó Conan-. ¿No escuchasteis ruido de pelea allí abajo, en la entrada del desfiladero?

-Sí, lo hemos oído cuando nos detuvimos a dar de beber a los caballos. ¿Quién os persigue?

-¡Keraspa y unos cien kezankianos! Cuando estemos muertos, ¿tú crees que os dejarán marchar sabiendo que torturasteis a uno de sus hombres?

-¡Será mejor que dejes que nos unamos a vosotros! -agregó Sassan.

-¿Es verdad eso? -preguntó Zyras, que asomó su cabeza con el turbante por encima del montículo de piedras.

-¿Acaso estás sordo? -repuso Conan.

El desfiladero retumbó bajo el estrépito de los gritos y el galope de caballos.

-¡Venid aquí, rápido! -gritó Zyras-. Habrá suficiente tiempo para repartirnos el dinero del ídolo, si salimos vivos de aquí.

Conan y Sassan dieron un salto y corrieron cuesta arriba, hasta el parapeto, donde unos brazos peludos los ayudaron a saltar al otro lado. Conan observó a sus nuevos aliados: Zyras, hombre de gesto hosco y mirada dura, que vestía al uso turanio; Arshak, que todavía venía atildado y pulcro después de un larguísimo viaje a caballo, y tres zamorios morenos que los saludaron con una amplia sonrisa. Tanto Zyras como Arshak llevaban puesta una cota de malla similar a las de Conan y Sassan.

Los kezankianos, que eran unos veinte aproximadamente, tiraron de las riendas de sus caballos cuando fueron recibidos con una lluvia de flechas por parte de Arshak y de los zamorios. Algunos kezankianos atacaron a su vez con flechas y otros giraron en redondo y retrocedieron hasta encontrarse fuera del alcance de los dardos, y una vez allí desmontaron, pues se habían dado cuenta de que el parapeto era demasiado alto como para que pudiera ser destruido por un caballo. Por un lado se veía una montura vacía, y por otro un corcel herido que retrocedía hacia el desfiladero con su jinete.

-Deben de habernos seguido -dijo Zyras furioso-. ¡Conan, nos has mentido! ¡No son cien hombres, como nos has dicho!

-Son suficientes como para cortarnos el pescuezo -dijo Conan palpando su espada-. Además, Keraspa puede enviar refuerzos cuando lo crea conveniente.

-Podemos ocultarnos detrás de ese muro -dijo Zyras con un gruñido-. Creo que ha sido construido por gentes de la misma raza que erigió el templo del dios rojo. ¡Ahorrad flechas para la huida!

Cubiertos por una continua descarga de flechas que lanzaban cuatro kezankianos desde los lados, sus compañeros ascendieron por la pendiente. Los que iban delante llevaban unos escudos ligeros. Conan vio detrás de ellos la rojiza barba de Keraspa, que exhortaba a sus hombres que avanzaran.

-¡Disparad! -gritó Zyras.

Las flechas cortaron el aire y cayeron sobre el compacto grupo de hombres; tres de ellos quedaron retorciéndose en la ladera, pero los demás siguieron avanzando, con los ojos centelleantes y las espadas brillando en sus peludos puños.

Los defensores lanzaron las últimas flechas contra sus enemigos y luego se levantaron detrás del parapeto empuñando sus espadas. Los hombres de Kezankia corrieron hacia la pared de piedra. Algunos trataron de empujar a sus compañeros por encima del parapeto, mientras que otros arrimaban pedruscos contra el muro para formar escalones. A lo largo de la barrera se oyó el ruido de huesos rotos, el rechinar del acero y los juramentos entrecortados de los moribundos. Conan cortó la cabeza de un kezankiano y vio que a su lado Sassan arrojaba su lanza a la boca abierta de otro atacante que gritaba, traspasándolo y haciéndole salir la punta por la nuca. Uno de los hombres de Kezankia de aspecto salvaje abrió de un corte el vientre de un zamorio. Por el sitio que dejó el hombre al caer, se lanzó aullando el feroz kezankiano, antes de que Conan pudiera detenerlo. El cimmerio recibió un tajo en el brazo izquierdo, pero de un mandoble le cortó un hombro al atacante.

Después de saltar por encima del cuerpo caído, el bárbaro se abalanzó sobre los hombres que saltaban sobre el muro, sin tiempo para ver cómo se iba desarrollando la lucha para cada bando. Zyras lanzaba juramentos en lengua corinthia y Arshak

en hirkanio. Alguien exhaló un grito de agonía. Un kezankiano aferró a Conan por el grueso cuello con sus manos de gorila, pero el cimmerio puso en tensión todos sus músculos y asestó una serie de puñaladas a su contrincante, hasta que el montañés lanzó un quejido y lo soltó, desplomándose luego desde lo alto del parapeto.

Conan miró a su alrededor jadeando y se dio cuenta de que la intensidad del ataque había disminuido. Los pocos kezankianos que quedaban en pie se alejaban trastabillando pendiente abajo; todos sangraban profusamente. Los cadáveres estaban apilados al pie del muro de piedra. Los tres zamorios estaban muertos o moribundos, y Conan vio a Arshak sentado con la espalda contra el parapeto, apretándose una herida con las manos empapadas de sangre. Los labios del príncipe estaban azules, pero a pesar de ello Arshak logró esbozar una sonrisa triste.

-¡Nacer en un palacio -musitó- para venir a morir detrás de un montón de piedras...! No importa..., es el destino. Es la maldición que pesa sobre el tesoro..., todos los hombres que siguieron el rastro del dios manchado de sangre han muerto...

Y después de pronunciar estas palabras, murió.

Zyras, Conan y Sassan se miraron en silencio; eran tres figuras lúgubres, harapientas y cubiertas de sangre. Los tres tenían cortes poco profundos en las extremidades, pero sus cotas de malla los habían salvado de la muerte que arrebató a sus compañeros.

-¡Vi que Keraspa salía corriendo! -exclamó Zyras con un gruñido-. Seguramente volverá a su aldea y pondrá en pie de guerra a toda su tribu, para perseguirnos. Debemos hacer de esto una carrera contra el tiempo; tenemos que apoderarnos del ídolo y salir de estas montañas antes de que regresen con todos sus efectivos. El tesoro será suficiente para los tres.

-Es verdad -dijo Conan con gesto hosco-, pero devuélveme mi mapa antes de que nos pongamos en marcha.

Zyras abrió la boca para decir algo, pero vio que Sassan recogía el arco de uno de los zamorios y colocaba una flecha en él.

-Haz lo que te dice Conan -ordenó el iranistano con tono amenazador.

Zyras se encogió de hombros y le entregó un trozo de pergamino arrugado.

-Malditos seáis -dijo-. ¡De todos modos me corresponde un tercio del tesoro!

Conan echó un vistazo al mapa, lo colocó en la bolsa que colgaba de su cinto y dijo:

-Está bien; no voy a ser rencoroso. Eres un cerdo, pero si juegas limpio, nosotros actuaremos de la misma forma, ¿eh, Sassan?

El aludido asintió con la cabeza y recogió un puñado de flechas del suelo.

Los caballos de los hombres de Zyras estaban atados en el paso que se hallaba detrás del parapeto. Los tres guerreros montaron los mejores corceles y se llevaron los otros tres, ascendiendo por el desfiladero situado detrás del paso. Había caído la noche, pero la certeza de que Keraspa iba a volver tras ellos les impedía descansar.

Conan observó a sus compañeros con mirada de halcón. Se dijo que el momento más peligroso llegaría cuando se hubiesen apoderado de la estatua de oro y ya no necesitaran ayudarse unos a otros. Entonces Zyras y Sassan podrían conspirar para asesinarlo, o quizá uno de ellos le propusiera a Conan un plan para matar al tercero. Por duro e implacable que fuera el cimmerio, su código de honor bárbaro le impedía ser el primero en traicionar.

También se preguntó lo que habría querido decirle el hombre que dibujó el mapa, poco antes de morir. La muerte se llevó a Ostorio cuando estaba describiendo el templo, entre vómitos de sangre. El nemedio estaba a punto de advertirle que tuviera cuidado con algo, según parecía. Pero... ¿de qué?

El alba los sorprendió cuando salían de la estrecha garganta y entraban en un valle de paredes escarpadas. El desfiladero por el que habían pasado era el único camino de entrada hacia aquel lugar. Se vieron en una plataforma rocosa de unos treinta pasos de ancho, con un talud que se alzaba a gran altura, por un lado, y otro que se precipitaba hacia un profundo abismo, por el lado opuesto. No parecía que hubiese un camino de descenso hacia el fondo del valle, que se encontraba velado por la neblina. Los hombres echaron un vistazo a su alrededor; lo que vieron delante de ellos les quitó el ansia de llegar a destino.

Divisaron el templo, que se encontraba hacia un lado de la plataforma rocosa y relucía bajo la luz del sol naciente. Estaba tallado en la misma roca que el talud, y su enorme pórtico se hallaba frente a ellos. En su fachada destacaba una puerta de bronce muy grande, que el tiempo había teñido de color verde.

Conan ni siquiera se preocupó por saber a qué raza o cultura representaba aquel notable monumento. Desplegó el mapa y analizó las notas que aparecían al margen, tratando de descubrir si en éstas se indicaba algún método de abrir la puerta.

Pero Sassan bajó de su caballo y corrió hacia allí, enloquecido por la codicia.

-¡Necio! -dijo Zyras con un gruñido y bajando a su vez del caballo-. Ostorio dejó una nota de advertencia en el margen del mapa; era algo relacionado con lo que se cobra el dios de los imprudentes.

Sassan pasaba la mano por todos los adornos y relieves que había en el portal. Le oyeron lanzar un grito de triunfo cuando algo se movió bajo sus manos. Pero su exclamación se convirtió en un grito de horror cuando la enorme puerta de bronce macizo giró hacia fuera y cayó aplastando al iranistano como si fuera un insecto. Su cuerpo quedó completamente oculto por la gran plancha metálica, por debajo de la cual asomaban unas manchas de color carmesí.

Zyras se encogió de hombros y comentó:

-Ya dije que era un necio. Ostorio debió de haber encontrado algún método para abrir la puerta sin que se desprendiese de sus goznes.

Conan pensó que así tendría un cuchillo menos que vigilar a sus espaldas.

-Esas bisagras son falsas -dijo el cimmerio en voz alta mientras las examinaba de cerca-. ¡Oh! ¡La puerta se está levantando de nuevo!

Como bien decía Conan, los goznes eran falsos. La puerta estaba montada en el borde inferior sobre dos cabezas giratorias, de modo que caía hacia fuera como un puente levadizo. Desde cada una de las esquinas superiores subía una cadena en diagonal que se introducía por un orificio cercano al ángulo superior de la puerta. Se oyó un chirrido distante, al tiempo que las cadenas se tensaban y comenzaban a levantar la pesada puerta para volverla a su posición anterior.

Conan cogió la lanza que Sassan había dejado caer. Mientras apoyaba un extremo en un agujero de los relieves tallados de la cara interior de la puerta, calzó la punta en un ángulo del marco de la puerta. El chirrido cesó y la puerta dejó de moverse, quedando casi abierta.

-Buen trabajo, Conan -dijo Zyras-. Puesto que el dios ya se ha cobrado su víctima, el camino ha de estar libre.

A continuación saltó hasta la superficie interior de la puerta entró en el templo. Ambos se detuvieron en el umbral y echaron una mirada hacia el oscuro interior con la misma desconfianza con que habrían observado la guarida de una serpiente. El silencio era absoluto en aquel antiguo templo, y sólo se rompió con el rumor de sus botas sobre las losas de piedra.

Entraron con mucha cautela, parpadeando en la penumbra. Hacia el fondo, donde estaba más oscuro, un fulgor carmesí como el resplandor de una puesta de sol, hirió sus ojos. Vieron al dios, un ídolo de oro incrustado de rubíes incandescentes.

La estatua, un poco más grande que un ser humano, tenía la forma de una especie de enano monstruoso erguido, con unos pies enormes apoyados en un bloque de basalto. El ídolo estaba de cara a la puerta de entrada, encima de un bloque de basalto y a cada lado se veía un enorme trono de ébano tallado con incrustaciones de piedras preciosas y madreperlas, en un estilo completamente diferente al empleado por cualquier artesano de aquellos tiempos.

A la izquierda de la estatua, y a unos pocos metros del pedestal, el suelo del templo tenía una grieta de pared a pared de unos cinco metros de ancho. En alguna época remota, probablemente antes de que el templo hubiera sido construido, un terremoto debió de fragmentar la roca. Parecía indudable que en aquel negro abismo habían sido arrojadas hace mucho tiempo las aterradas víctimas como ofrenda de los terribles sacerdotes a su dios. Las paredes eran muy altas y estaban fantásticamente trabajadas; el techo era oscuro y sombrío.

Pero la atención de los dos hombres se había fijado exclusivamente en el ídolo. Aunque era la representación de un monstruo repelente, debía de valer tanto que Conan sintió vértigo.

-¡Por Crom y por Ymir! -dijo el cimmerio casi sin respiración-. ¡Es posible comprar todo un reino con semejantes rubíes!

-Demasiada riqueza para compartirla con un bárbaro -dijo Zyras.

Estas palabras, dichas casi inconscientemente por el corinthio entre dientes, pusieron sobre aviso a Conan, que se echó a un lado justamente cuando la espada de Zyras silbaba

por el aire en dirección a su cuello. La hoja le cortó un trozo del gorro. Al tiempo que maldecía su descuido, Conan retrocedió y desenvainó su cimitarra.

Zyras atacó con ímpetu y Conan se enfrentó con él. Lucharon y forcejearon de un lado a otro delante del ídolo, arrastrando los pies por toda la habitación, mientras las hojas chocaban con un chirriante sonido metálico. Conan era más alto que el corinthio, pero éste era fuerte, ágil y experto, y conocía muchas estratagemas. Una y otra vez Conan eludió la muerte por un pelo.

En determinado momento el cimmerio resbaló por el pulido suelo y su espada vaciló. Zyras reunió todas sus fuerzas para asestar un golpe que habría acabado con Conan, pero éste no había perdido del todo el equilibrio. Con agilidad de pantera hizo girar su poderoso cuerpo echándose a un lado, de modo que la hoja de su enemigo sólo le atravesó las ropas a la altura del hombro derecho. Por un momento, la hoja del corinthio quedó enganchada en la tela y entonces Zyras lanzó un mandoble con la daga que empuñaba en su mano izquierda. Esta vez el acero se hundió en el brazo derecho de Conan, pero al mismo tiempo el puñal que aferraba el cimmerio con la izquierda atravesó la cota de malla de Zyras y se introdujo entre las costillas del corinthio. Éste lanzó un grito, emitió un borboteo, retrocedió unos pasos y se desplomó sobre el suelo.

Conan dejó caer sus armas, se arrodilló y rasgó su túnica, improvisando así una venda, que añadiría a las que ya llevaba. Cubrió la herida y la vendó, atando los nudos como pudo con una mano y ayudándose con los dientes. Luego echó un vistazo al ídolo manchado de sangre, que lo miraba con expresión burlona. Su rostro de gárgola parecía sonreír. Conan sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, provocado por el temor supersticioso que había heredado de sus antepasados bárbaros.

El cimmerio consiguió serenarse. El dios rojo era suyo, pero el problema estaba en llevárselo de allí. Si era una estatua maciza, sería demasiado pesada para moverla. No obstante, algunos golpes que dio con la daga le indicaron que era hueca. El cimmerio comenzó a dar vueltas alrededor del ídolo, con la cabeza llena de proyectos. Pensó en hacer una especie de rústico trineo con uno de los tronos de madera; entonces, una vez desmontada la estatua de su peana, la sacaría del templo con la ayuda de los caballos y de las cadenas que movían la puerta levadiza delantera. De repente oyó una voz que lo hizo girar en redondo.

-¡Quédate donde estás!

Era un grito de triunfo expresado en el dialecto kezankiano de Zamora.

Conan vio a dos hombres en la puerta, que le apuntaban con sus pesados arcos de tipo hirkanio. Uno de los hombres era alto, delgado y de barba rojiza.

-¡Keraspa! -exclamó Conan inclinándose hacia la espada y la daga que había dejado caer.

-¡Quieto! -dijo el jefe kezankiano-. Creíste que había huido a mi aldea, ¿verdad? Pues no; te he seguido toda la noche con el único de mis guerreros que no estaba herido.

Keraspa echó una mirada al ídolo y dijo:

-De haber sabido que el templo contenía semejante tesoro, hace tiempo que lo habría saqueado, a pesar de las supersticiones de mi pueblo. Rustum, recoge esa espada y la daga.

El hombre obedeció, y cuando las tuvo en su mano miró detenidamente la empuñadura en forma de cabeza de halcón de la cimitarra de Conan.

-¡Espera! -gritó el kezankiano-. ¡Conozco esta arma! ¡Éste es el hombre que me salvó la vida cuando me torturaban en Arenjun!

-¡Calla! -le ordenó Keraspa-. ¡Ese ladrón debe morir!

-¡No! ¡Me ha salvado la vida! ¿Qué he obtenido de ti salvo duras empresas y escasa paga? ¡Renuncio ahora mismo a la obediencia a la que estoy sometido, perro!

Rastum dio un paso hacia adelante levantando la espada de Conan, pero Keraspa se volvió hacia él y disparó la flecha. Ésta se clavó en el cuerpo del kezankiano, que lanzó un grito y retrocedió tambaleando por el efecto del poderoso impacto hasta que llegó sin darse cuenta al borde de la grieta y se precipitó por ella hacia el abismo. Sus alaridos llegaban a la superficie cada vez más débiles a medida que caía, hasta que dejaron de oírse.

Rápido como una serpiente, y antes de que el inerme Conan pudiera saltar sobre él, Keraspa colocó otro flecha en el arco. El Cimmerio había dado un paso con gesto felino para abalanzarse sobre Keraspa cuando, sin la menor advertencia, el ídolo incrustado de rubíes descendió de su pedestal con un fuerte estrépito metálico y dio un paso hacia Keraspa.

Al tiempo que lanzaba un grito de horror, el jefe kezankiano disparó la flecha contra la animada estatua. El dardo fue a dar en el hombro del ídolo y rebotó hacia arriba, describiendo una parábola. Los largos brazos del dios se extendieron hacia Keraspa y lo aferraron por una pierna y por un brazo.

Los labios del kezankiano llenos de espuma lanzaron un grito tras otro mientras el dios se acercaba con pasos pesados a la enorme brecha. La escena había paralizado a Conan de horror, y ahora el ídolo le estaba bloqueando la salida. Tanto hacia la derecha como hacia la izquierda, su camino quedaba al alcance de aquellos brazos largos como los de un mono. Y el dios, a pesar de su gran tamaño, se movía tan rápidamente como un hombre.

El dios rojo se acercó a la grieta y levantó a Keraspa en el aire, dispuesto a arrojarlo a la insondable profundidad. Conan miró al kezankiano antes de que desapareciera; tenía la boca abierta y la barba manchada de espuma y gritaba como un loco. Después de que Keraspa fuera eliminado, no cabía duda de que la estatua se ocuparía de él. Los sacerdotes de la antigüedad no habían tenido que tomarse el trabajo de lanzar a las víctimas al abismo; aparentemente el ídolo mismo se ocupaba de ese detalle.

Mientras el dios se balanceaba sobre sus dorados talones para arrojar al kezankiano, Conan tanteó detrás de él y sintió en su mano la madera de uno de los tronos. Éstos sin duda habían sido ocupados por los sumos sacerdotes del culto en el pasado. Él cimmerio se volvió, cogió el pesado sitial por el respaldo y lo levantó. Con los músculos crujiendo a causa del esfuerzo, Conan arrojó el trono sobre el ídolo, al que le dio en la espalda dorada en el preciso instante en que el cuerpo de Keraspa, que todavía seguía gritando y dando alaridos de horror, desaparecía en el fondo del abismo.

La madera del trono se hizo pedazos bajo el impacto contra la masa de oro. El golpe le dio al dios en el momento en que se inclinaba hacia adelante por el impulso que tomó para lanzar a Keraspa, y por ello se hallaba en un equilibrio precario. Durante una fracción de segundo, el monstruo se tambaleó sobre el borde del precipicio, con los largos brazos dorados azotando el aire, y luego cayó también en el abismo.

Conan tiró los restos del trono y miró por el borde del abismo. Los gritos de Keraspa habían cesado. Conan creyó haber

oído un sonido distante similar al que podía haber producido el ídolo al golpear en una de las paredes del abismo y rebotar luego pero no estaba seguro. No hubo un ruido ni un golpe estrepitoso final, sino un silencio absoluto.

Conan se secó el sudor de la frente con el musculoso antebrazo y sonrió con gesto hosco. La maldición del dios manchado de sangre se había acabado y el dios desaparecía con ella. A pesar de la enorme fortuna que se había ido por la grieta, junto con el ídolo, el cimmerio no lo lamentaba, pues había comprado su vida a semejante precio. Además, en el mundo debían de quedar aún otros tesoros.

El cimmerio recogió su espada y el arco de Rustum y salió al exterior, donde brillaba el sol de la mañana. Después eligió un caballo y emprendió el regreso.

El dios manchado de sangre, relato de Conan el Cimmerio de Robert E. Howard

2 comentarios:

Mikel dijo...

"En su cara centelleaban unos ojos de un azul volcánico". Ay, este Howard...

lokodatar dijo...

Howard el bárbaro

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