sábado, octubre 08, 2011

Aquí, con Capote

Una doncella trajo el té, dejando la bandeja sobre la cama ya abarrotada de gatos soñolientos y cartas, libros y revistas, y diversos objetos de adorno, sobre todo un montón de antiguos pisapapeles franceses de cristal. Muchos de estos objetos preciosos aparecían expuestos sobre las mesas y en la repisa de la chimenea. Era la primera vez que veía uno. Al darse cuenta de mi interés, Colette tomó un espécimen y lo hizo brillar a la luz amarilla de una lámpara:

-A éste lo llaman La Rosa Blanca. Como puede ver, en el centro de este cristal purísimo hay una rosa blanca. Procede de la fábrica de Clichy y es de 1850. Todos los grandes pisapapeles fueron creados entre 1840 y 1900 por sólo tres casas, Clichy, Baccarat y St. Louis. Cuando empecé a comprarlos en los rastros y otros sitios por el estilo no eran excesivamente caros, pero en las últimas décadas se ha puesto de moda coleccionarlos, una auténtica manía, y los precios son ahora desorbitados. Pero a mí -Colette lanzó una mirada rápida a una esfera que contenía un lagarto verde, y a otra en cuyo interior había una cesta de cerezas rojas- me producen mayor satisfacción que las joyas, o que las esculturas. Estos universos de cristal son como música silenciosa. y ahora -dijo Colette, volviendo de pronto al asunto- dígame, ¿qué espera usted de la vida? Aparte de fama y dinero; eso ya lo doy por supuesto.

-No sé lo que espero -le dije-o Sé lo que me gustaría; me gustaría ser un adulto.
Colette levantó y bajó sus pintados párpados con el lento movimiento de alas de un águila azul:

-Ah, pero eso -dijo- es lo único que ninguno de nosotros podremos ser nunca, personas adultas. A menos que entienda usted por adulto un alma envuelta en el sayal y las cenizas de la sabiduría solitaria. Libre de malignidades, envidia, malicia, codicia y culpabilidad. Imposible. Voltaire, incluso Voltaire, llevó un niño dentro de sí toda la vida, un niño envidioso y con mal genio, un muchachito obsceno, que siempre se olía los dedos; y Voltaire llevó ese niño hasta su sepultura, como haremos todos nosotros hasta la nuestra. El Papa en su balcón... soñando con una bonita cara de un guardia suizo. Y el juez británico bajo su exquisita peluca, ¿en qué piensa cuando envía a un hombre a la horca? ¿En la justicia, en la eternidad y en cosas serias? ¿O acaso se pregunta cómo se las podrá arreglar para que lo elijan miembro del Jockey Club? Por supuesto, los seres humanos tiene momentos adultos, unos cuantos momentos magnánimos esparcidos aquí y allá y, como es obvio, la muerte es el más importante de todos ellos. La muerte expulsa a ese muchachito obsceno y nos deja con lo que queda de nosotros, simplemente un objeto, sin vida pero puro, como La Rosa Blanca. Tome -acercó hacia mí el cristal en flor-, guárdese esto en el bolsillo. Consérvelo como un recuerdo de que ser duradero y perfecto, ser de hecho un adulto, es ser un objeto, un altar, una figura en una vidriera de colores: una cosa apreciable. Sin embargo, es mucho mejor estornudar y sentirse humano.

En una ocasión le enseñé este regalo a Kate McCloud, y Kate, que podría haber trabajado de tasadora en Sotheby's, dijo:

-Debía de estar delirando. Quiero decir, ¿cómo pudo darte eso, a ti? Un pisapapeles de Clichy de esa calidad vale... ¡uau!, sin exagerar cinco mil dólares.

Me habría dado igual no saber su valor, dado que mi intención no era considerarlo como una reserva para los días de borrasca. Sin embargo, nunca lo vendería, y me-, nos ahora que soy un pobre diablo que anda de culo, ya que, en fin, lo valoro como un amuleto bendecido por algo así como un santo, y hay al menos dos ocasiones en que una persona no sacrifica un amuleto: cuando no tiene nada y cuando lo tiene todo; ambas son un abismo. En todos mis viajes, en momentos de hambre y desesperación suicida, un año en que padecí de hepatitis en un hospital deformado por el calor y zumbante de moscas en Calcuta, siempre me he aferrado a La Rosa Blanca. Aquí, en la YMCA, lo tengo escondido debajo de mi catre, está oculto en una de las viejas medias amarillas de esquiar de Kate McCloud, la cual a su vez está guardada en el Único equipaje que tengo, un bolso de viaje de Air France (cuando me escapé de Southampton, me fui pitando, y dudo de que vuelva a ver las maletas Vuitton, las camisas Battistoni, los trajes Lanvin, los zapatos Peal, aunque no me importa, ya que sólo vedas haría que me ahogase en mi propio vómito).

Hace poco saqué La Rosa Blanca, y en sus caras centelleantes vi los campos nevados de Sto Moritz bajo el cielo azul, y vi a Kate McCloud, un fantasma escarlata a horcajadas sobre sus rubios esquís Kneissl, de perfil, ve¬loz como un rayo, en ángulo con la espalda inclinada, en una pose tan elegante y precisa como el mismo gélido cristal de Clichy.

Fragmento de Monstruos Perfectos de Truman Capote

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