martes, diciembre 06, 2011

Hey Joe: la rocambolesca historia de la canción sin dueño


Pocas canciones en la historia han tenido, antes de llegar al éxito y convertirse en clásico, una historia tan enrevesada como Hey Joe. Es una de las melodías más versionadas de la música moderna, y ha sido interpretada en el escenario, en fiestas o en su propia casa por probablemente decenas o centenares de miles de individuos. Casi cualquier guitarrista del planeta reconoce instantáneamente su inconfundible secuencia de acordes, que probablemente habrá practicado alguna vez. Y es muy difícil pensar en alguien, sea músico o no, que nunca haya escuchado la canción. Supongo que la mayoría de los lectores está más o menos familiarizado con esta grabación, que es la versión más conocida. Jimi Hendrix obtuvo tanto éxito con ella que hoy está indisolublemente asociada a su nombre, e incluso se la usa a menudo para homenajearle, pese a que él no la escribió y tampoco fue el primero —ni mucho menos—en grabarla. Es más, mucha gente sigue pensando equivocadamente que Hendrix es el autor de la canción.

El impacto de la versión de Hendrix —fue su primer single— es comprensible si nos situamos en la Inglaterra de 1966: poca gente conocía Hey Joe en las islas británicas, y además nadie estaba preparado para la aparición de un guitarrista de semejantes características llegado de la orilla opuesta del Atlántico. Pero la canción ya había ido de un intérprete a otro en Estados Unidos, porque muchos músicos habían adivinado que Hey Joe era un diamante en bruto y que podría convertirse no ya en un éxito, sino en un verdadero clásico. Cuando el zurdo de Seattle la transformó en un hit mundial no faltaron quienes quisieron atribuirse el mérito de haber descubierto el tema, de haber inspirado directamente la versión de Hendrix o incluso hubo quien se empeñó en discutir quién era el verdadero autor de la canción, lo cual produjo una total confusión respecto a los orígenes de la “murder ballad” por excelencia.

La historia de Hey Joe es tan curiosa y accidentada que realmente le confiere su propia aura de leyenda. Es una canción que tiene vida propia porque, estudiando sus orígenes, en ocasiones realmente parecía que nadie hubiese sido el verdadero creador y que hubiese surgido de la nada, aunque legalmente sí tiene un autor reconocido.

Hey Joe, ¿a dónde vas con esa pistola en la mano?

—Hey, Joe, ¿a dónde vas con esta pistola en la mano? Te estoy diciendo que a dónde vas con esa pistola en la mano.
—Voy a matar a mi mujer. La he descubierto con otro hombre.
Le dije:
—Joe, he oído que has matado a tu mujer.
Y él dijo:
—Sí, lo he hecho, la he matado porque la pillé con otro hombre.
—Hey, Joe, ¿a dónde irás ahora? Dios mío, ¿a dónde irás ahora?
—Me voy al sur, a México, donde puedo ser libre. Nadie se meterá conmigo allí. Ningún verdugo me pondrá una soga alrededor del cuello. Puedes creerlo.
—Hey Joe, será mejor que huyas.
—Me marcho hacia el sur. Adiós a todos.


Esta es básicamente la letra de la versión más conocida de la canción, la de Jimi Hendrix, resumida y expresada en forma de diálogo. Porque Hey Joe es realmente un diálogo entre el narrador y el ya mítico Joe, el hombre que ha asesinado a su mujer y se propone huir a México para no ser ejecutado por su crimen. Una letra sencilla, pero poderosa, que parece el argumento de algún oscuro western.

Lo escabroso de la temática, lo muy apropiado y ajustado de la melodía y el formato musical típicamente folk han hecho que mucha gente sospechara que podría tratarse de una canción tradicional. Es tan buena y su nada complicada letra tiene tal expresividad que, sólo escuchándola, podría decirse que se trata de la típica canción perfilada a lo largo de siglos por incontables intérpretes anónimos, gente del pueblo que va mejorándola mientras pasa de boca en boca, como Amazing Grace, por citar algún ejemplo notorio. Además, dado que la letra habla de la pena de ahorcamiento y de una huida a Mexico, parece evidente que está ambientada en la Norteamérica del siglo XIX. Algunas de sus versiones hablan incluso de un revólver Colt 44, de uso común en los años del “Salvaje Oeste”. No es extraño que muchos sostuviesen en su día —y algunos incluso lo siguen sosteniendo hoy— que Hey Joe podría tratarse de una canción contemporánea a la historia que cuenta, es decir, escrita en el entorno de finales del siglo XIX. Una balada sobre un crimen, que podría haber ido de guitarra en guitarra o de violín en violín por las aldeas perdidas de los Apalaches.

Pero no. Lo cierto es que la primera noticia documentada de la existencia de Hey Joe no se remonta a ningún pueblucho polvoriento del Far West ni a ninguna goleta de traficantes de esclavos. La prueba tangible más antigua de la existencia de Hey Joe está en el registro de propiedad intelectual de 1962. Esto es, sólo cuatro años y pico antes de que Hendrix la grabara… pero pueden pasar muchas cosas con una canción en sólo cuatro años.

Un cantante folk de origen sureño,(arriba en imagen) aunque afincado en California, llamado Billy Roberts —quien, por cierto, todavía está vivo— se certificó en el registro como único autor del tema. Es, como digo, el primer indicio fehaciente de la aparición de la canción en su versión completa y con el título de Hey Joe. Billy Roberts ya la interpretaba en directo en aquel 1962, pero no la plasmó en vinilo. Un productor, antiguo amigo de Roberts, aseguraba que existe una grabación en directo del cantante tocando Hey Joe en algún bar durante 1961, pero nunca nadie más ha escuchado esa grabación ni ha tenido otra noticia de su existencia. Por lo que parece, esa cinta o bien no existió, o bien se ha perdido irremediablemente. De todos modos, lo que sí consta y resulta innegable como documento es esa entrada en el registro de propiedad intelectual que citábamos. “Ah, bueno, entonces la autoría de la canción está clara”, podríamos decir. Pero no, no está tan clara. Aunque desde un punto de vista legal Roberts es efectivamente el autor, la historia de la canción fue bastante más complicada que eso y hay mucha tela que cortar. Sorpresas incluidas, aunque las dejaré para el final del articulo.

A principios de los 60, Roberts era un cantante más bien poco conocido —en realidad siguió siéndolo siempre: haber escrito Hey Joe es lo único que le ha dado cierto renombre— que actuaba en bares y pequeños garitos de California. Uno de tantos músicos que pisaba el escenario a cambio de unos pocos dólares o, con suerte, para telonear a alguna banda algo más conocida. En la efervescente escena musical californiana, no había nada especial que distinguiese a Roberts de tantos otros músicos. No era alguien destinado a destacar, como Bob Dylan.

Pero Billy Roberts tenía “esa” canción. Y esa canción tenía “algo”.

The Leaves: la primera grabación de un clásico

En una de tantas actuaciones de Roberts ante un puñado de público, un tal David Crosby escuchó por primera vez Hey Joe y se quedó inmediatamente prendado de la canción. Crosby aún no era una estrella, pero hoy le conocemos bien por haber formado parte de The Byrds y de Crosby, Stills & Nash (aquel fabuloso trío de voces al que a veces se unía Neil Young) y en la actualidad es un personaje verdaderamente famoso en Estados Unidos, al que hemos visto aparecer hasta en The Simpsons, en el mismo episodio, por cierto, en que también salía George Harrison. Aunque a menudo se ha hablado más de él por sus problemas de alcoholismo y el estilo de vida más bien caótico que protagonizó durante bastantes años, David Crosby puede presumir de haber sido el primer individuo que pensó que Hey Joe era un éxito en potencia.

Crosby se obsesionó con la canción. Cuando en 1964 entró a formar parte como guitarrista en el nuevo grupo The Byrds, liderado por Roger McGuinn, Crosby se empeñó en que tenían que grabar Hey Joe cuanto antes. Pero ni McGuinn ni el resto de miembros del grupo estaban muy entusiasmados con la idea. No le veían nada especial a la melodía y se negaron a editarla en disco (hay que tener en cuenta que por entonces una grabación era algo que precisaba de bastante dinero y recursos, no era como hoy, donde cualquiera puede grabar una maqueta en su casa). Pero, dado que Crosby seguía poniéndose pesado con la dichosa cancioncita, The Byrds la incorporaron a su repertorio de directo, donde era Crosby, y no McGuinn, quien la cantaba.


Así, The Byrds empezaron a interpretar la canción sobre los escenarios, ante un público formado por la incipiente escena hippie de Los Angeles. La popularidad de la banda iba creciendo y tenían más audiencia que Billy Roberts, así que dieron a conocer Hey Joe a muchos otros músicos de la ciudad (mientras Roberts seguía interpretándola a su vez en sus propias actuaciones). Pero como decíamos, ni los Byrds ni el propio autor de la canción la editaron en disco por entonces, así que Hey Joe era una canción comercialmente virgen. O sea, una mina por explotar. Tampoco existen grabaciones en directo de aquellos días, por lo que no sabemos a ciencia cierta qué tipo de versión hacía cada uno de ellos. Pero, por lo que se pudo escuchar más adelante, cabe suponer que los Byrds hacían una versión rápida, más pop-rock, y que Roberts hacía una versión más lenta y melancólica, más folk.

Al año siguiente, 1965, miembros de uno de tantos grupos locales —The Leaves— asistieron a un concierto de The Byrds y también descubrieron Hey Joe. Como le había pasado a Crosby un par de años atrás, se enamoraron de la canción y se convencieron de que aquello tenía un gran potencial comercial. Sin pensárselo demasiado, hicieron lo que Roberts y The Byrds no habían hecho: se decidieron a grabarla en un estudio y lanzarla como single. The Leaves fue, de hecho, el primer grupo que plasmó el hoy clásico inmortal en un disco. El lanzamiento no tuvo éxito —por falta de una buena promoción o por los motivos que fuese— pero, además de ser la primera grabación de que tenemos noticia, justo ahí empezó el festival de carambolas sobre la autoría de Hey Joe. En el single de The Leaves se atribuía Hey Joe no a Billy Roberts, sino a un tal Dino Valenti. Cabe suponer el asombro del propio Roberts cuando se enteró.

Dino Valenti era otro músico de la escena de Los Angeles, que en el futuro formaría parte de uno de los buques insignia de la movida hippie, Quicksilver Messenger Service. Por aquel entonces también había estado interpretando Hey Joe en sus conciertos, y cuando The Leaves se disponían a grabarla, aseguró que los derechos de autor le correspondían a él y se las arregló para que lo creyesen. Así que cuando The Leaves publicaron su single la etiqueta del disco rezaba así: “Hey Joe (Dino Valenti)”. Billy Roberts, preocupado, consultó a un abogado y empezaron a tomar medidas al respecto. Eso sí, pese a que los tribunales le terminaron dando la razón a Roberts, se produjo un periodo de confusión legal en el que, para terminar de embrollarlo todo, la canción llegó a aparecer acreditada al nombre de John Beck, uno de los miembros de The Leaves. Hey Joe estaba apenas naciendo y el asunto de su autoría ya se estaba transformando en un verdadero caos. Finalmente Roberts recuperó legalmente la paternidad de Hey Joe, y en versiones futuras aparecería siempre como el autor, aunque aún circulan —como piezas de coleccionista— ejemplares del single con la firma de Dino Valenti o incluso de John Beck.

Sin embargo, la resolución judicial no apagó otra de las fuentes de confusión, que son los eternos rumores que siempre han rodeado la historia de Hey Joe. Ya entonces circulaba la historia de que Billy Roberts y Dino Valenti habían sido amigos. Dino solía tener problemas con la ley bastante a menudo, y se comentaba que Roberts le habría cedido voluntariamente —aunque sólo de palabra— los derechos de la canción a Valenti cuando éste ingresó en prisión, como una manera de que pudiese recibir entre rejas un posible dinero en forma de royalties. Algo similar a lo que hicieron más adelante Quicksilver Messenger Service durante otra de las estancias carcelarias de Valenti, grabando una canción titulada Dino’s song que teóricamente había sido compuesta por él y cuyos derechos de autor estarían destinados a su bolsillo. De todas maneras, fuera cierto o inventado aquel supuesto acuerdo entre Billy Roberts y Dino Valenti, no existía prueba documental alguna y Roberts siempre siguió siendo el único autor reconocido por la ley.

De músico en músico

Aunque The Leaves no obtuvieron ninguna repercusión con el single que contenía la primera versión y que fue ignorado por el público, decidieron no darse por vencidos. Sabían que muchos músicos de Los Angeles notaban algo especial en la canción, y varios de ellos la habían agregado también a su repertorio de directo: Hey Joe era ya como la hija predilecta de la escena musical angelina. Así que The Leaves decidieron volver a intentarlo. Una segunda vez acudieron al estudio para regrabarla y editarla como single… y una segunda vez fracasaron comercialmente. Parecía pesar un maleficio sobre el tema.


Mientras, otra banda de la ciudad, The Surfaris (un combo de surf que había obtenido ya un resonante éxito con el célebre instrumental Wipe out, una canción que sin duda todos los lectores han escuchado, aun sin saberlo) vieron a The Leaves tocando Hey Joe en un concierto. Por su parte, decidieron grabarla también en un estilo parecido al de los propios Leaves. Los Surfaris la editaron sólo como cara B de un single, no como lanzamiento principal. Además, le cambiaron el título, llamándola Hey Joe, where are you going? Dada la escasa repercusión de los anteriores singles de The Leaves y la confusión de fechas de lanzamiento propia de aquellos años, mucha gente creyó (y algunos han seguido creyendo) que los Surfaris habían sido los primeros en grabar Hey Joe. Pero no sólo no fueron los primeros, sino que su versión casi coincidió en el tiempo con —una vez más— una nueva versión de The Leaves. Pese a que las dos anteriores tentativas de The Leaves habían caído en saco roto, es de admirar la fe que aquella banda tenía en la canción y la cabezonería con que insistieron en darla a conocer, en unas circunstancias en que muchos otros grupos lo hubiesen dejado por imposible. A mediados de 1966 acudieron al estudio por tercera vez, la grabaron por tercera vez y la editaron por tercera vez. Y dicha fe fue recompensada cuando aquel su tercer lanzamiento de Hey Joe se convirtió (¡por fin!) en un éxito a nivel nacional durante el verano de 1966. The Leaves lo habían conseguido.

Cuando David Crosby,(en imagen arriba) que había pasado mucho tiempo presionando a The Byrds para que la grabasen, vio cómo The Leaves triunfaban con la que él casi consideraba “su” canción —no la había escrito él pero sí la había descubierto y había sido el primero en pensar que debía explotarse comercialmente— se enfureció con sus compañeros de grupo, que le habían estado impidiendo editarla en vinilo desde hacía tres años. Y sus compañeros, viendo su enfado, accedieron finalmente a grabar una versión titulada Hey Joe (Where you gonna go), de ritmo rápido como se estilaba entonces y cantada (muy bien cantada añadiría, aunque sus compañeros no opinaron lo mismo) por el propio David Crosby. La versión de The Byrds no triunfó lo esperado, lo cual sólo consiguió agravar el cabreo de Crosby, que no dejaba de pensar que ellos podrían haber sido los primeros.

El éxito de The Leaves dio a conocer Hey Joe en todo el país, y se convirtió en una de las canciones más interpretadas de 1966 tanto por bandas conocidas como por grupos anónimos perdidos en algún garaje. En Los Angeles, de hecho, Hey Joe era un auténtico “standard” para casi cualquier banda que pisara los escenarios locales, como si fuese un éxito de The Beatles o de The Kinks. Aparecieron además nuevas grabaciones por parte de diversos artistas. The Standells editaron una versión en la misma onda que la de The Leaves, The Music Machine cambiaron el registro usual y grabaron una interpretación lenta, con una voz lacrimógena y un sonido etéreo y reverberante, en la antesala de lo psicodélico. También el grupo Love hizo su propia versión: el guitarrista Bryan MacLean había trabajado como “pipa” de The Byrds un par de años atrás, y había conocido la canción por mediación de David Crosby. Para terminar de enredar todo el asunto, había quien aseguraba que había sido el propio Bryan MacLean quien había presentado la canción a The Leaves y que se estos se le habían adelantado con la idea de grabarla. De repente, todo parecía una competición por comprobar quién se había subido antes al caballo del amigo Joe.

¿Una canción tradicional?

Por si en 1966 no había habido ya suficiente galimatías en torno a la paternidad de una canción que no tenía ni media década de existencia, otro par de versiones discográficas ayudaron a embrollar más todavía el asunto de la verdadera identidad del autor. Aunque Billy Roberts podía estar contento por la repentina repercusión de la canción de la cual figuraba como autor y de cuyos derechos era propietario legal, dicha repercusión le trajo bastantes dolores de cabeza inesperados. Por un lado apareció de la nada un músico de folk británico llamado Len Partridge, quien aseguraba haber actuado junto a Billy Roberts en diversos bares de Escocia. Partridge afirmaba haber ayudado a Roberts a escribir la canción, por lo cual debería ser reconocido como coautor. Su reclamación, sin embargo, no llegó finalmente a ninguna parte dado que carecía de pruebas.


Más surrealista fue el caso de Tim Rose, que grabó su propia interpretación, pausada, con aires folk y un muy logrado tono dramático, la cual evidentemente sirvió de inspiración directa para lo que después hizo Hendrix con la canción. La versión de Rose era muy buena, pero eso quedó en su segundo plano cuando el cantautor se empeñó en que la canción no era de Billy Roberts, sino una balada tradicional que el propio Rose había escuchado durante su infancia. Según él, un tipo desconocido la había cantado en una feria rural y siendoun niño había quedado impactado desde entonces por la fuerza del tema. Emperrado en no pagar derechos de autor por lo que —juraba a diestro y siniestro— era realmente una tonada del pueblo llano (aunque no lo fuese, desde luego la canción lo parecía), Tim Rose se resistió a admitir que Billy Roberts fuese el autor. Una vez más, el asunto llegó incluso a los tribunales. Pero Tim Rose no pudo demostrar de ninguna manera que Hey Joe fuese una melodía tradicional. No se encontró ni rastro de posibles versiones anteriores a 1962, fecha en que Billy Roberts la había registrado. En Estados Unidos existen algunos organismos oficiales que ya por entonces llevaban décadas preocupándose por salvaguardar la riquísima tradición musical popular del país, la mayoría de cuyas canciones nunca fueron pasadas a soporte físico, ya fuese grabación o partitura, y siempre han corrido un enorme riesgo de perderse. La Biblioteca del Congreso, una de esas instituciones, había hecho una gran labor recopilando muchas de estas canciones —fueron, por citar un ejemplo, los primeros en registrar la voz del joven Muddy Waters— pero no tenían noticia alguna de la existencia de aquella canción, ni de ninguna otra lo bastante parecida como para ser considerada una versión primitiva, en el repertorio folklórico. En otros organismos y archivos del mismo tipo tampoco se encontró el más mínimo indicio. Así que Tim Rose tuvo que pagar derechos de autor, claro, pero jamás se bajó del burro en cuanto a su afirmación de que Hey Joe era realmente una canción tradicional descubierta durante su infancia. Es más, ya en los años 90, como para reafirmarse en su teoría, la volvió a grabar aunque con un título totalmente distinto, Blue Steel 44, con el que evidentemente quería desmarcarse una vez más de la idea aceptada de que se trata de una melodía compuesta en los años 60.

Billy Roberts debía sin duda debatirse en un mar de sentimientos contradictorios: por un lado, su canción estaba adquiriendo un prestigio enorme, pero por otro le salían padres, padrastros y padrinos por todos lados, en cuanto giraba la cabeza, y constantemente planeaba sobre él la amenaza de que alguno de ellos se la arrebatase para siempre. Y eso terminó sucediendo, no en términos legales ni de derechos de autor, pero sí en términos de memoria colectiva. En aquel mismo 1966, otro músico estaba a punto de arrebatarle el caramelo.

La versión de The Jimi Hendrix Experience

A pesar de tanto revuelo legal, y de que la canción se había diseminado por los repertorios de músicos del todo el país, la única versión exitosa seguía siendo la de The Leaves —grupo que podemos consensuar no dejó una estela como la de los Beatles— y la canción podría haber quedado como una oscura rareza de los 60 si no hubiese saltado el charco y se hubiese hecho popular en Europa.


En aquel mismo 1966, el inglés Chas Chandler —antiguo bajista de los británicos The Animals— estaba de viaje por Estados Unidos, más concretamente en Nueva York. Después de la separación de su grupo, Chandler quería convertirse en productor y estaba buscando algún artista desconocido y prometedor del que hacerse cargo. Como le había sucedido a otros muchos músicos antes que a él, se obsesionó con Hey Joe en cuanto la escuchó. Chandler descubrió la canción asistiendo a un concierto en uno de los garitos más “hipster” de la ciudad, el Cafe Wha, que estaba muy de moda entre los modernos neoyorquinos y donde actuaron muchos importantes nombres de la “movida” de segunda mitad de la década. El inglés estaba contemplando una actuación de Tim Rose y cuando este cantó Hey Joe, inmediatamente captó el enorme potencial comercial de la canción. Como buscaba un nuevo grupo al que apadrinar, pensó que —cuando lo encontrase— podría utilizar Hey Joe como tarjeta de presentación en Inglaterra, dado que la tonada aún no era muy conocida en las Islas Británicas. A Chandler le encantó la música y la letra de Hey Joe, era una canción muy genuinamente americana, algo que no hubiese podido salir de la imaginación de los Beatles, y ni siquiera de la de los Rolling Stones, que se pasaban el día imitando el folklore norteamericano. Así que empezó a buscar algún grupo o artista con el que grabar una nueva versión y darla a conocer en el Reino Unido.

No tuvo que ir demasiado lejos. Poco tiempo más tarde, en ese mismo Cafe Wha, Chas Chandler entró en estado de shock al contemplar la actuación de un guitarrista completamente desconocido, un tal Jimi Hendrix. No solamente le dejó atónito —como a todos los demás músicos—lo que Hendrix podía hacer con su instrumento y la espectacularidad de su puesta en escena, sino el hecho de que el guitarrista comenzó su actuación tocando, precisamente, Hey Joe. Chandler vio inmediatamente el filón: convenció a Hendrix para que le acompañase a Inglaterra, allí le presentó a dos músicos británicos con los que formaron el trío The Jimi Hendrix Experience —para hacerle la competencia a los Cream del entonces reinante Eric Clapton— y rápidamente grabaron y editaron Hey Joe como primer single. El lanzamiento, ayudado por la creciente fama de Hendrix como fuerza de la naturaleza en el escenario, se convirtió en un gran éxito en las Islas Británicas. Su versión de Hey Joe tuvo también inmediata repercusión en buena parte del resto de Europa. Cuando en 1967 Jimi Hendrix volvió a su país para tocar en el festival de Monterey —al que pudo acudir gracias a la intervención de sus famosos colegas británicos y donde se convirtió en una estrella en su propio país— Hey Joe era una parte fundamental de su repertorio de directo, y su forma de interpretarla hizo que la gente olvidase rápidamente las versiones anteriores, algunas de las cuales podían ser mejores en uno u otro aspecto, pero cuyo trabajo de guitarra no podía competir con el de Hendrix. La interpretación de la Experience no era especialmente novedosa —de hecho se parecía mucho a la de Tim Rose— excepto en lo referente a la instrumentación: desde el fraseo inicial de guitarra (basado en el blues, y esto sí, aportación genuina de Hendrix) que servía como presentación y hacía el tema instantáneamente reconocible, hasta el solo en mitad de la canción, o los contratiempos de la batería jazzística de Mitch Mitchell. Casi tres años después de que Hey Joe hubiese conocido su primera versión en disco, un par o tres de éxitos moderados y cientos de artistas tocando el tema por todo Estados Unidos, finalmente la muy americana Hey Joe se convirtió en un clásico… y tuvo que hacerlo en Inglaterra, en el exilio, como el propio —y también muy americano— Jimi Hendrix.

A partir de ese momento, muchas más bandas grabaron Hey Joe, aunque por lo general ya se basaban en lo que Hendrix había hecho. Durante décadas, decenas de artistas (o miles, si contamos a los anónimos) han rescatado la canción, aunque no siempre con el mismo éxito: algunas versiones comercialmente célebres y conocidas de todo el mundo fueron, por citar dos ejemplos separados en el tiempo, la de Deep Purple o la que Willy DeVille hizo en plan mariachi. Pero ponerse a enumerar todas las versiones que se han editado en disco (y no digamos todas las veces que ha sido interpretada en directo) sería una tarea de locos. Sólo cabe repetir lo que decíamos al principio del artículo: en el imaginario popular, Hey Joe ha pasado a pertenecer a Jimi Hendrix y su grabación es la base de casi todas las revisiones posteriores. ¿Es esto una injusticia para el pobre Billy Roberts? Lo parece, ¿verdad?

Pero…¿…a quién debemos agradecerle la canción?

Supongo que Roberts ha estado gozando de los royalties durante todos estos años, pero nunca ha conseguido ser un músico de éxito por sí mismo. Grabó su propia versión de Hey Joe —que pasó comercialmente desapercibida— y tuvo que lidiar durante mucho tiempo con la habladuría de que podría tratarse de una canción tradicional (aunque, repito, nunca existió la más mínima prueba de ello) además de contemplar cómo la leyenda de Hendrix lo devoraba por completo.

Pero una historia tan rocambolesca como la de Hey Joe no podía terminar así, sin más. El tiempo y la curiosidad de la gente acerca de este tipo de historias terminan sacando a la luz sorpresas inesperadas.

Durante años se habían barajado muchas posibilidades sobre qué podría haber inspirado a Billy Roberts para escribir su gran obra. Por ejemplo, teníamos un éxito country de los cincuenta llamado precisamente Hey Joe, cuya letra también está estructurada en forma de diálogo y que quizá en ese sentido podría haber sido una influencia… aunque ni la temática ni sobre todo la música tienen nada que ver con la Hey Joe de Billy Roberts, por lo que no podemos considerarla un verdadero antecedente. También se la ha comparado con la famosa Cocaine Blues, que fue hecha famosa por Johnny Cash, y que no es más que la revisión con otro título de Little Sadie, una canción tradicional —esta vez sí— que hablaba de un hombre que huye tras haber asesinado a su esposa por haber descubierto que le era infiel. Aunque, nuevamente, la melodía no se parece en nada a la de Hey Joe y, más allá de la historia que cuenta, no podría ser considerada una inspiración muy directa en lo musical. Ninguna de estas canciones, ni otras que se hubiesen podido barajar, constituían una raíz demasiado firme como para darla por buena, y ante las dudas que siguió despertando el posible origen de Hey Joe, algunos no han cejado en su afán detectivesco… y sus hallazgos no pudieron revelarse más sorprendentes.


Resulta —redoble de tambores— que Billy Roberts había tenido una novia a principios de los sesenta. Como todo el mundo, nada de particular hay en ello. Pero dicha novia, llamada Niela Miller, era una cantante folk. No puede decirse que tuviera una garganta privilegiada —será cuestión de gustos, pero a mí me recuerda a Joan Baez tras haberse bebido doce cafés— aunque sus canciones no estaban mal. O al menos una de ellas. Niela Miller tenía un mérito oculto por el que ahora, probablemente, sí pasará a la historia aunque sea como digna nota a pie de página. Sus olvidadísimas grabaciones estuvieron acumulando polvo en baúles y sótanos durante mucho tiempo, y seguramente no hubiesen merecido mayor atención si no fuese porque un buen día alguien descubrió algo llamativo en ellas. Y, claro, observando la biografía de la señorita Miller y viendo que había sido novia de Billy Roberts, ese alguien empezó a atar cabos. La pobre Niela no grabó una canción sobre un hombre que mata a su mujer, pero sí una tonada llamada Baby don’t go downtown, en la que no hay crímenes pasionales ni amenazas de ahorcamiento, pero… ¡voilà! Si uno escucha los primeros acordes y el arranque de la melodía, ¿qué es lo que escucha? Pues muy sencillo: ¡escucha Hey Joe! Obviamente las dos canciones no son idénticas, pero habría que ser muy torpe para no captar al instante que Billy Roberts le robó la frase melódica principal a su antigua novia y la convirtió en una nueva canción, con una letra y temática diferentes. Algo que ella, por otra parte, siempre había dicho cuando alguien se molestó en prestarle algo de atención.

No, Billy Roberts no mató a su chica como el Joe de la canción… sólo se limitó a fusilar impunemente su trabajo. Un plagio no demasiado romántico del que nació uno de los mayores clásicos del siglo XX, que al menos debería figurar en los discos como “Hey Joe (Roberts/Miller)”, ya que en toda justicia se puede considerar que es una obra conjunta y no sólo de Billy Roberts. Quizá sea la propia justicia poética de la que tanto se habla la que haya hecho que Jimi Hendrix, sin pretenderlo, se haya convertido casi en el “autor oficioso” de la canción, en detrimento de Roberts, quien a su vez se la había robado a su ex-pareja. No hay pena de horca para Roberts, pero así son las cosas: se le ha negado la inmortalidad.

Este podría ser el final de la historia; sólo nos queda saber qué ocurre con Joe, el protagonista de la canción. ¿Consigue llegar a México? ¿Es capturado justo antes de atravesar la frontera y despide sus días en el cadalso, pendiendo de una soga? ¿Abre una taberna en algún pueblo perdido en el desierto y pasa el resto de su vida ahogando sus remordimientos en alcohol? ¿Se convierte en mercenario y termina ante el paredón durante alguna revolución mexicana? ¿Le encuentran sus antiguos cuñados y en venganza por la muerte de su hermana le abaten a tiros en algún callejón polvoriento?

No se sabe ni se sabrá nunca. Pero yo, por mi parte, espero ansioso el próximo capítulo del culebrón: que aparezca un viejo bluesman ciego de ciento cinco años, que tras haber pasado su vida cargando carbón en la cuenca del Mississipi, decida reivindicar también su pequeña parcela de gloria y salga a la luz diciendo “Niela Miller me robó mi canción”. Por qué no. Cosas más raras se han visto.


Fuente:
jotdown.es

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