jueves, diciembre 15, 2011

Plop de Rafael Pinedo

De un tirón me he leido esta dura novela que en su día se llevara el Premio Casa de las Americas.

Dura, ya que el argentino Rafael Pinedo no presenta un futuro para la raza humana en el que desolador es la primera palabra que se me viene a la cabeza. Y se me queda corta, cortísima.

Del mismo modo tras sus lectura me llegan recuerdos de La Carretera de Cormac McArthy, e incluso del Mundo Mutante y otros lugares comunes en los cómics de Richard Corben.

Como creo en aquello de que para muestra un botón seguiremos hablando tras un fragmento, en este caso parte del segundo capítulo, cuando nace nuestro prota, Plop:

(...) Dicen que nació mientras llegaban a un nuevo Asentamiento.

Que su madre, La Cantora, lo parió caminando, atada al borde de un carro, medio colgada, medio arrastrada.

La caravana estaba formada por un par de carros, arrastrados por los de la Brigada de Servicios Dos, un burro y un caballo. Viejos y flacos.

Entre todos ellos iba la gente del Grupo.

No pudo averiguar cuántos eran en el momento en que él nació, pero el Grupo no podía pasar de cien.

Cuentan que avistaron una fortaleza, un Lugar de Cambio, un círculo de estacas de cemento, hierro y madera, cubiertos casi totalmente por pedazos de vidrio y clavos.

La caravana se detuvo a la distancia aceptada. Hacía días que no comían.

Cuando salió el Dueño del Lugar intercambiaron los saludos. Las manos en el pecho del otro, los labios, cerrados, en los labios del otro, y la fórmula:

-Acá se sobrevive

-Acá se sobrevive

-¿Qué hay?

-Ganas de truequear

-Adelante, adelante, hasta la puerta.

Cuentan que allí comenzó el trabajo de parto.

Por la comida les pidieron los dos animales, seis vírgenes púberes, por lo menos dos de cada sexo y dos trabajadores.

No tenían tantas vírgenes.

Empezó el regateo. Se discutió, se gritó, se lloró miseria por ambas partes. Se ofrecieron cuchillos y una balanza.

Se transó al revés. Recibieron una ración para cada uno, dos chanchos machos y una hembra,

Entregaron el burro y el caballo, diez cuchillos sin óxido, un fierro aguzado como lanza, tres piedras de pedernal, dos vírgenes hembras y una hora con una mujer y un hombre para el Dueño del Lugar.

No había pasado medio día, desde el momento de la llegada, cuando se dio la orden de partida.

Su madre era de la Brigada de Recreación Uno. Era La Cantora. Siempre había cantado. En las comidas nocturnas se contaba que nadie había entrado tan joven a Recreación Uno. Que no tenía una voz tan perfecta, pero que su alegría era contagiosa.

En el momento en que el Comisario General dio la señal de partida, su madre estaba retorciéndose por las contracciones, amordazada, para no interrumpir el sueño del resto.

Sus vecinos la levantaron, le ataron las manos al más alto de los carros y le dieron un fustazo en las nalgas cuando comenzó la caminata. Le sacaron la venda de la boca.

Cuentan que ahí iba, medio caminando, medio colgada, emitiendo un sonido indistinguible, entre lamento y letanía.

Llovía desde hacía una semana. El agua lavó la mugre que corría por sus piernas cuando rompió bolsa. Nadie se enteró.

Iba desnuda de la cintura para abajo. Detrás suyo iba la vieja Goro, mirando al suelo. Como siempre.

Recuerda la vieja que en un momento le pareció ver un bulto entre las piernas de La Cantora. Que no prestó atención porque en la parada le había tocado Brigada de Servicios Dos, y hacía una semana que no se sentaba.
La hizo reaccionar un berrido, un ruido sordo, amargo, en el charco de barro que tenía adelante.

Se agachó y lo levantó. Su madre no reaccionó: solo caminaba.

La vieja cortó el cordón sin dejar de caminar. Le hizo un nudo a cada parte.

Lo metió en su morral. Sabía que habría una breve parada cuando se perdiera de vista el Lugar para que los Secretarios discutieran el resultado del trueque.

Cuenta la vieja que se prendió a la teta de su madre con las manos, como un mono. Que así, por la vieja y por sus manos, se salvó.

Su madre lo miró, balbuceó algo, y no habló más, ni cantó, ni le dirigió otra mirada. Nunca más. (...)

Dicho esto creo que no he de decir nada mas, aprovechad la reciente reedicion.

Puntuación: Me llamo Plop. Y pertenezco a Servicios Dos.

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