viernes, septiembre 30, 2011

Habibi



Sabes, cualquier cosa que te dijera o dijese sobre esta obra se quedaría corta, con lo que te lo voy a resumir en una única frase, con todas las implicaciones que esta lleva:

"El mejor cómic que ha publicado Astiberri"

Hay es nada.

Recuerda si quieres el estupendo fondo que tienen estas gentes, con grandes obras de autores consagrados como Roca, Peeters, Tatsumi, Lutes, Badouin, Mizuki, Jason, Jeff Smith y otros, incluyendo al propio Thompson con Blankets.

Recuerda si quieres estas lecturas, con sus ventas, sus premios y reconocimientos y demás, y luego piensa de nuevo en todo lo que implica esta frase:

"El mejor cómic que ha publicado Astiberri"

Hay es nada Habibi.


Y por que creo que es asi...???

Bueno, pues mira, vamos a hacer como que lo leemos, vale?

Primero claro lo compramos, y nos encontramos con un obejeto precioso. Ya se sabe aquello de que para gustos lo colores, pero es que a un servidor esta edición, jo que cosa, a lo libro de los de antes, maravilloso, amenazando con tenerte horas agarrado por las orejas del sillón como cuando los lecturas eran menos y mejores que las montañas de best-sellers que inundan nuestro día a día. Que bonito de verdad.


Luego lo hojeas y entras en un mundo nuevo en cada pagina, que si las viñetas distribuidas así, que si las viñetas distribuidas asá, que si a sangre, que si con arabescos, que si trazo toon, que si esto , que si lo otro, que pasada, no hay dos paginas iguales.

Y luego lo pagas y te lo llevas a casa.

Y aquí chaval o chavala es cuando entras en una historia mágica, preciosa.

Y aquí chaval es cuando te das cuenta de que todo lo que has visto cuando hojeado no es nada comparado con lo que no habías visto, es cuando te das cuenta de que todo tiene sentido, todo tiene un por qué. Es cuando te das cuenta de que el puto Craig Thompson, ese del que ni te acuerdas, autor del Blankets aquel tan famoso del que no recuerdas nada, ese mismo Thompson que lleva desaparecido de tu librería ni sabes los años, ese, ha faltado por algo.

Y ese algo se llama Habibi.


Y no se que mas decirte.

Todo sería poco, asi que acabando ya voy a pegarme una copiada de la pagina de la obra en el sitio de la bilbaina editorial, para que sepas de que va la cosa.....A través de un paisaje de desiertos, harenes y un revoltijo de modernos desechos industriales, Habibi cuenta la historia de Dodola y Zam, una pareja de esclavos refugiados unidos por la casualidad, las circunstancias y el amor que surge entre ellos.

A la vez contemporánea e intemporal, Habibi nos ofrece una historia de amor conmovedora, una parábola sobre nuestra relación con la naturaleza, la división cultural entre el primer y el tercer mundo, la herencia compartida entre cristianismo e islamismo y la magia de contar historias.

Puntuación: 10/10
Y aquí es donde pongo un comentario de cierre, con sus claves, su chistecillo o algo. Pero es que estoy boquiabierto y no se que decir....

American Girl in Italy

Ruth Orkin (Boston, 1921 – Nueva York, 1985) fue una fotógrafa estadounidense que creció en Los Angeles en las décadas de los años 20 y 30. Hija de una actriz de películas mudas y un fabricante de juguetes, recibió su primera cámara a los 10 años. Con 22 años de mudó a Nueva York y allí trabajó para las revistas más importantes de la época, retratando a músicos, actores, así como a personajes famosos de la época. Posteriormente, pasaría un tiempo en Italia, donde conoció a Nina Lee Craig, una estudiante de historia del arte que se convirtió en la protagonista de la foto tomada en 1951 y que hoy os traemos qauí: “American Girl in Italy”.


La imagen –publicada por primera vez en 1952 en la revista Cosmopolitan tras ser rechazada infinidad de veces por otras publicaciones- muestra a Nina Lee paseando por las calles de Florencia mientras es piropeada por un grupo de apuestos italianos.

Fuente:
orgasmatrix.com

Y mientras tanto Snoopy...

De Muerte

Dildo Sport

Sexy Gamer Next Door Jo Garcia: The Evolution of Gaming

Segundalectura.com, un portal de libros de segunda mano


Compra y vende los que te sobren.

Poster y trailer de Lobos de Arga


Gorka Otxoa, Secun De la Rosa y Carlos Areces dirigidos por Juan Martínez Moreno en una comedia terrorriiiifiiicccaaaaa......

Mas y el trailer en el sitio oficial aqui.

jueves, septiembre 29, 2011

Y mientras tanto Homer...

DragonCon 2011

Perspectivas

72 bolsas de coca en la tripa


Un irlandés de 20 años fue arrestado en un aeropuerto de Sao Paulo cuando se aprestaba a tomar un vuelo a Bruselas con 72 cápsulas de cocaína en el vientre, casi un kilo de droga, informó el jueves la policía federal.

El irlandés, de 20 años, se hallaba en el aeropuerto de Congonhas, Sao Paulo, para embarcar en un vuelo a Bruselas con escalas en Rio de Janeiro y Lisboa, pero su nerviosismo llamó la atención de las autoridades, que lo detuvieron para interrogarle.

Tras confesar que llevaba droga, fue trasladado a un hospital, donde expelió las 72 cápsulas que contenían 830 gramos de cocaína, precisó la policía federal del estado de Sao Paulo.

El joven fue acusado de tráfico internacional de drogas y puede ser condenado a entre cinco y 15 años de cárcel.

Kobe Bryant en Los Simpson


Aqui.

Viennale-Trailer 2011: The 3 Rs (by David Lynch)

miércoles, septiembre 28, 2011

Banderilla

Sobre Dr.Sleep, la secuela de El Resplandor de King


El escritor Stephen King se encuentra trabajando en la secuela literaria de El resplandor.

De forma sorpresiva, en el 2009, King anunció su intención de continuar la historia de El resplandor, que fue adaptada por Stanley Kubrick en 1980 con Jack Nicholson en el papel principal.

El sitio oficial de King anuncia que la secuela se llamará Dr. Sleep y contará la vida de "Danny Torrance", hijo de "Jack" y "Wendy", ahora de cuarenta años, que trabaja en un hospital de enfermos terminales. Otra de los argumentos mencionados es sobre una banda de vampiros psíquicos.

Fuente:
www2.esmas.com

Te quieres morir....

Y mientras tanto en el parque...

160 greatest Arnold Shwarzenegger quotes

Drawing Time Lapse: "Realism Challenge"

Como dibujar una hoja de papel arrugada en un papel liso, a lápiz, y que parezcan iguales...

La biblioteca histórica vasca, a un click de distancia


El nuevo portal Liburuklik pone a disposición de cualquier usuario miles de fondos bibliográficos digitalizados relacionados con Euskadi

Date un paseo por la Universidad del Videojuego (DigiPen Institute of Technology Bilbao)


Nos colamos en las instalaciones sitas en Zierbena unos días antes de su apertura

Poker de quesos


Han triunfado en el World Cheese Awards. Son los Remiro, una dinastía de pastores navarros que hacen de cada queso una obra maestra

Negociación

martes, septiembre 27, 2011

Cosas que ver en los bazares chinos


Un ciento de este pelo aqui.

Una boda la mar de peligrosa


Un grupo de surfistas rescata a una pareja de novios que fue arrastrada por una ola mientras se hacía el reportaje fotográfico en una playa de Zumaia

Leete el primer capitulo de Habibi

La revista El Cultural, que se distribuye los viernes con el diario El Mundo, adelanta en su web el primer capítulo de Habibi que sale a la venta el viernes, día 30, en librerías de toda España, y puede leerse pinchando aquí. Con motivo del avance, la periodista Marta Caballero ha entrevistado a su autor, Craig Thompson, que se encuentra en plena gira de presentación en Estados Unidos.


La periodista califica a Thompson como “uno de los dibujantes más serios, brillantes y a la vez entretenidos de la historieta independiente” y comenta que “ha logrado con este libro sortear el habitual tono autobiográfico de muchos de los novelistas de su generación y de la anterior […] para abrazar una historia poliédrica, original y sorprendente en la que ha explorado con éxito nuevas capacidades de su pluma”. La entrevista completa se puede leer en este enlace.

Fuente:
astiberri.com

El trader sincero (e interesado) en la BBC

Un trader en la City de Londres, Alessio Rastani, se ha sincerado en un programa de la televisión pública británica BBC. Aunque sus palabras son duras, desde luego son sinceras, y ejemplo de la forma de pensar de buena parte del sistema financiero mundial. La sinceridad del especulador asusta, aunque es de agradecer. Estas son sus chocantes declaraciones.

Preguntado sobre los planes de rescate del euro y la situación general, Rastani responde: «a la mayoría de los traders no nos importa realmente que haya una situación sana. Los hedge funds no compran los planes de rescate, saben que el mercado de valores está finiquitado, que el euro está acabado».
«En el próximo año los ahorros de millones de personas se van a esfumar»
El «tiburón» de las finanzas continúa: «Yo soy un trader, no me importa la situación general. Si veo una oportunidad de hacer dinero, voy a ella. Para la mayoría de los traders no nos importa que haya una situación sana o como esté yendo la situación general, lo que nos importa es hacer dinero con ella. Personalmente tengo que decir que he estado soñando con este momento por tres años. Tengo que confesar que cada noche sueño con otra recesión, con otro momento como este. ¿Por qué? La gente no lo recuerda, pero la recesión de los años 30 no fue sólamente un colapso del mercado, había mucha gente que estaba preparada para hacer dinero de ese colapso, y eso lo puede hacer cualquiera. Cualquiera puede hacer dinero con la recesión, es una oportunidad. Cuando el mercado caiga, cuando el euro se hunda, si estás preparado podrás hacer mucho dinero con ello. Por ejemplo, invirtiendo en bonos».

Ante la perplejidad de sus entrevistadores, Rastani prosigue: «Esta crisis económica es como un cáncer. Si tú sólo esperas a que se vaya solo, pues el cáncer crecerá y entonces será demasiado tarde. Pero lo que la gente tiene que darse cuenta es de que los gobiernos no dirigen el mundo, Goldman Sachs dirige el mundo. Y a Goldman Sachs le dan igual los paquetes de rescate y todo lo demás. Yo puedo ayudar a la gente a hacer dinero con estos mercados bajistas. Lo primero que hay que hacer es proteger tus activos. Porque en los próximos doce meses los ahorros de millones de personas van a desaparecer, es mi predicción. Así que mi consejo es: prepárense, porque el mayor riesgo ahora mismo es no hacer nada».


Fuentes:
abc.es
google.com

The Twilight Zone: El testamento púrpura (Temp.1 - Cap.19)


William Reynolds es William Fitzgerald, un soldado en la Segunda Guerra Mundial que tiene la habilidad de saber quien va a morir a través de un brillo que ve en sus caras. Le acompaña entre otros el gran Warren Oates.

Parte I

Parte II

Parte III

Sobre la misteriosa explosión en Argentina


Se rumorea que incluso de satelites va la cosa...

Una mujer muerta y nueve personas heridas fue el saldo de un trágico evento que derrumbó dos casas y un almacén, destruyó un comedor infantil y un centro de asistencia integral, afectó a otras quince viviendas, y sobre el cual en un principio se dijo que había sido un meteorito

Y mientras tanto en Dragon Ball...

5 errores tipográficos que fueron desastrosos para la ciencia

1. El desastre del Mariner 1. Un fallo en la transcripción de las ecuaciones de guiado de la pizarra al programa y, hale, desastre al canto. En el año 1962 se iba a lanzar la sonda Mariner 1 para un viaje a Venus. El cohete que portaba la sonda despego y, al poco, empezó a desviarse de la trayectoria. Como el sistema de correccion manual falló, al final optaron por destruir el cohete y con el la sonda, lo cual equivalia a una despilfarro económico mayúsculo.

La investigación del accidente determinó que el problema estaba en una fórmula escrita a lápiz que luego fue “inadecuadamente” trasladada al lenguaje informático, lo que hizo que el cohete calculara mal la trayectoria que debía seguir. El codigo era FORTRAN y el error fue este:

IF (TVAL .LT. 0.2E-2) GOTO 40

DO 40 M = 1, 3

W0 = (M-1)*0.5

X = H*1.74533E-2*W0

DO 20 N0 = 1, 8

EPS = 5.0*10.0**(N0-7)

CALL EPS, IER”>BESJ

IF (IER .EQ. 0) GOTO 10

20 CONTINUE

DO 5 K = 1. 3 (cuando tenia que haber escrito: DO 5 K = 1, 3 ; una coma por un punto)

...

Si se tiene en cuenta que puede haber fallos de orden la la diezmilésima, en un viaje al espacio puede acabar en el planeta vecino porque el error se multiplicaría. Así pues, está considerado uno de los 10 fallos informaticos mas graves de la historia.


2. Misiles Patriot. En 1991, una batería de misiles Patriot no consiguió dar en el blanco: el resultado fue la muerte de 28 personas. El culpable, otra vez, un bug en el programa. Básicamente, el error en la posición de un objeto en el radar tenía un error acumulativo. A las 100 horas de operación del sistema el error era tan grande que aunque se detectaba un objeto en el radar, no se sabía dónde tenía que ser interceptado.

3. Mars Climate Orbiter. En 1998, el Mars Climate Orbiter es lanzado a Marte, pero se desintegró en la entrada en la atmósfera: la sonda pasó sobre Marte a sólo 57 km de altura, en lugar de los 140-150 previstos, quedando destruida por la fricción con la atmósfera del planeta.. Se rumorea que fue un fallo de conversión de millas inglesas a kilómetros.

4. El hierro de las espinacas. En los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial, se detectó en los Estados Unidos un alarmante incremento de anemias ferropénicas entre los niños. Las autoridades encargaron a un presunto experto la búsqueda de un alimento rico en hierro para introducirlo en la dieta infantil. El comisionado leyó en un texto científico alemán que las espinacas contenían mucho hierro, sin fijarse en que se trataba de una errata de imprenta del siglo XIX, seguido de una de las mayores conspiraciones en la historia de la agricultura. Pero el mal ya estaba hecho.

Una gran campaña gubernamental ya se había desatado, y para apoyarla se mandó crear un personaje de ficción: Popeye. Un marino de brazos deformes que nació en 1929 de la pluma de Elzie Crisler Segar.

Pero la triste (para los niños) realidad era que las espinacas sólo contienen 17 miligramos de hierro por cada kilo de verdura. Las judías cocidas, por citar un ejemplo, llegan a los 76. Además de poco hierro, las espinacas contienen fitatos, calcio y fosfatos, que insolubilizan casi todo el hierro, que no se absorbe y se incorpora a las heces.

5. DORD. En el Diccionario Internacional Webster ponía que “dord” era un término de la física y la química relativo a la densidad. Hasta que un editor notó, el 28 de febrero de 1939, que el término carecía de raíz etimológica.

Tras una amplia investigación, se reveló que “dord” fue presentado originalmente el 31 de julio de 1931 por Austin M. Patterson, para que se leyera “D o D”, una forma abreviada de la densidad.

Estos errores pudieron tener consecuencias más o menos graves, pero no eran intencionados. Otra clase de errores son los deliberados. Pero ¿cómo es posible que alguien decida poner un error intencionado en un texto científico? Por ejemplo, para atrapar a un violador del copyright: si comete el mismo error, es que ha copiado tal cual el texto.

Por ejemplo, un libro de Arquímedes (287-212 a de C.) contiene errores intencionados para confundir a sus competidores y atrapar a los que quisieran hacer pasar como suyos sus postulados matemáticos. El libro es un tratado titulado De Sphaera et cylindro (De la esfera y el cilindro). Y en Astonishing Animals (Animales alucinantes) del arqueólogo australiano Tim Flannery, escrito en colaboración con el pintor Peter Schouten, donde se demuestra lo extraña que puede a llegar a ser la biología de algunos animales, se avisa que uno de los animales señalados es producto de su imaginación.

El caso más delicado de libros tramposos tal vez sea el de The Anarchist Cookbook (El recetario anarquista), publicado en 1971 por un tal William Powell, aunque todavía hoy no se sabe con seguridad si se trata de un libro real o un engaño urdido por la CIA o el FBI. Básicamente, el contenido del libro consta de una primera parte, en la que se expone simplificadamente la filosofía anarquista, y una segunda parte más amplia en la que un tal profesor Bergman describe cómo fabricar drogas o explosivos para abrir las mentes más aburguesadas. Y aquí está la supuesta trampa (o error, en el caso de que el libro sea real): entre los ingredientes que enumera el profesor Bergman hay productos o instrucciones señuelo. En primer lugar, porque algunos de estos ingredientes son difíciles de conseguir y pueden llamar la atención del responsable de la droguería en la que el presunto anarquista acudirá con la lista de la compra. En segundo lugar, algunas recetas para explosivos son tan peligrosas que parecen concebidas ex profeso para que sea el propio anarquista el que vuele por los aires.

Por ejemplo, en el capítulo cómo fabricar TNT se indica que debe mezclarse ácido sulfúrico con ácido nítrico, cuyo resultado es un humo rojo altamente tóxico.

Fuente:
xatakaciencia.com

Mas aqui, aqui o aqui.

Sobre la guerra de las patas de pollo


Dos empresas , una vasca y una gallega, litigan por el mercado de las patas de pollo.

Un artista canadiense construye un Ford Mustang de 1969 a tamaño real sólo con papel


Jonathan Brand ha reproducido pieza a pieza uno de los coches más legendarios que han recorrido las carreteras estadounidenses. Ahora expone su deportivo, desmontado, en una galería de arte neoyorquina.

Trailer de Metamaus de Art Spiegelman


Making off, como fue la historia real y demás familia, es lo que viene a ser Metamaus con respecto al cómic.

En dvd yankilandes para Octubre.

lunes, septiembre 26, 2011

Anonymous hackea las webs del gobierno sirio mostrando los datos de 2.316 ciudadanos asesinados


El colectivo había anunciado durante la semana pasada la conocida como Operación Siria (#OpSyria) donde avisaban que mostrarían la situación que se vive actualmente en el país. Desde hace unas horas, las webs de los gobiernos de las principales siete ciudades de Siria han sido hackeadas. En su lugar se muestra un mapa interactivo del país con los nombres, edades y fecha de muerte de 2.316 ciudadanos asesinados desde que comenzara las protestas en marzo.

El 30 de agosto Anonymous informaba en un vídeo en YouTube de las próximas acciones que iban a tomar contra el gobierno Sirio. En el largo comunicado exponían la opresión que a su juicio vivía el pueblo sirio criticando duramente al presidente Bashar al-Assad y la guerra sangrienta que se estaba viviendo con “censura en la red, asesinatos y torturas para prohibir la crítica en el país“…



El Estado es dueño del monopolio de los medios de comunicación, prohíbe la crítica, la libertad de los periodistas y bloggers arrestándolos. La vigilancia digital es común y tras las detenciones muchos ciudadanos son detenidos y torturados para que revelen sus cuentas en la red. Estos intentos de represión no pueden ocultar la sangre del pueblo sirio. Durante meses las fuerzas de seguridad han colaborado en asesinatos, palizas, torturas, desapariciones, detenciones y otros actos inhumanos para detener la libertad y la democracia…

Anonymous no se queda de brazos cruzados mientras ve como se degrada a los ciudadanos con violencia y represión. Trabajamos para desafiar a los gobiernos que se dedican a la censura y a las guerras sangrientas. Defenderemos al pueblo sirio. Nos aseguraremos de que todo el mundo sepa de la brutalidad y sufrimiento del pueblo. Vamos hacer todo lo posible por derrocar el poder…

Finalmente y tras varias semanas, parece que Anonymous se ha tomado la “venganza” sobre el gobierno. El hack ha tenido lugar hace unas horas durante gran parte del domingo. Tildados bajo el título de “Mártires de la Libertad”, las webs de los siete gobiernos principales fueron modificadas por una serie de mapas donde se mostraba la información de estos 2.316 ciudadanos junto a la información y datos sobre su muerte.

http://tartous-city.gov.sy/
http://deirezzor-city.gov.sy/
http://palmyra-city.gov.sy/
http://homs-city.gov.sy/
http://aleppo-city.gov.sy/
http://latakia-city.gov.sy/
http://old-damascus.gov.sy/

Las webs modificadas pertenecen a las ciudades de Homs, Aleppo, Latakia, Damasco, Tartous, Deir Ezzor y Palmira. La mayoría se encuentran actualmente caídas o en una versión genérica, seguramente en el intento de los gobiernos de restablecerlas tras el ataque. Además de estas webs, Anonymous entró las páginas del ministerio de Transportes y el Departamento de Antigüedades y Museos modificando e incluyendo un enlace a un sitio que asesoraba a los activistas dentro de Siria sobre la manera de mantener el anonimato en la red con el fin de evadir el seguimiento del gobierno.

Fuente:
alt1040.com

Teaser de la 2ª Temporada de Juego de Tronos

Que debería de llamarse Choque de Reyes, vamos digo yo...

Poquita cosa se ve por cierto.

Y mientras tanto en Hogwarts...

Ladrón de guante negro

Draw a stickman


http://www.drawastickman.com/

Gato intenta reanimar a gato amigo muerto

Sin palabras.

Extremoduro: So payaso

Lendakaris Muertos : Esto No Es Punki

Novedades y reediciones de Astiberri para Octubre


Un adiós especial, de Joyce Farmer, será la primera de las tres novedades que trae el próximo mes, con su salida a la venta el 14 de octubre. Obra realizada durante una década y finalizada a los 72 años por una de las pioneras del cómic underground de los EE.UU, cuenta el final de las vidas del padre de la autora y de su madrastra tanto en sus detalles más conmovedores como en los más patéticos y dolorosos. Juan Díaz Canales, guionista de Blacksad, y Munuera, dibujante de El juego de la luna, unen sus talentos para la creación de Fraternity, una “aventura ideológica” que navega entre lo fantástico y la utopía política, que estará disponible en librerías el 28 de octubre.


También a la venta el 28, con ¡A todo volumen, Bruno!, Baru apuesta por la novela negra social, en la que rinde homenaje a los relatos de Donald Westlake y al cine del mejor Georges Lautner, enfrentando dos mundos en principio aliados, el de unos atracadores de gatillo fácil y unos bandidos a la antigua. El día 5 estarán en distribución tanto la reimpresión de Dublinés, de Alfonso Zapico, así como la de El amanecer de los conejitos suicidas, de Andy Riley.


Fuente:
astiberri.com

Un segundo gran satélite caerá en octubre


Las probabilidades de que hiera a alguien son mayores que las del 'artefacto suicida' que caerá este fin de semana.

La foto no es de la noticia, pero me mola por representativa.

El mundo de "Avatar" cobrará vida en los parques Disney

El mundo creado por el cineasta James Cameron en la película "Avatar" (2009), el filme más taquillero de todos los tiempos, cobrará vida en los parques temáticos de los estudios Disney, según informó el diario Los Angeles Times.

La primera de las atracciones basadas en ese largometraje será construida en el parque Animal Kingdom de Orlando, en Florida, y abrirá sus puertas en 2016 justo después de que la planeada trilogía de "Avatar" termine de llegar a las pantallas.

Está previsto que la segunda parte del filme se estrene en 2014 y la tercera entrega en 2015.


Los ingenieros de Disney trabajan ya con el equipo de James Cameron para recrear los escenarios del planeta Pandora, en el que transcurre la acción de las películas, así como las experiencias de sus habitantes, los Na'vi.

"Definitivamente quiero hacer una atracción de volar de algún tipo", dijo Cameron quien precisó que "volar forma parte importante en la película" y aseguró que las escenas aéreas fueron una de las cosas que más gustaron a los espectadores.

Otro de los planes del realizador es reproducir la cultura de los Na'vi.

"Siempre que sea consistente con la temática y que parezca y huela de la forma que te lo imaginas, entonces habremos tenido éxito", señaló Cameron.

Fuente:
agenciaefe e imagen pescada en google

Trailer de La chispa de la vida

Lo nuevo del bilbaino Alex de la Iglesia con José Mota, Salma Hayek, Fernando Tejero, Santiago Segura, Blanca Portillo, Carolina Bang, Guillermo Toledo, Juanjo Puigcorbé, Juan Luis Galiardo y Nacho Vigalondo.

Poster de The Human Centipede II


Segunda entrega de una de las cosas mas chungas que he visto...

Mogollón de imagenes de la peli de Tintin


El resto aqui.

Poster y trailer largo de The Girl with the Dragon Tattoo


O lo que por acá se conoce como la Trilogia Millenium, Parte I: Los hombres que no amaban a las mujeres, en este caso adaptado a Yankilandia por el enorme David Fincher, lo que me hace decir, pese a leer y verme todo lo anterior, ggggggggggaaaaaaaaaaaaaaaaaaaannnnnnnnnnnnnnaaaaaaaaaaasssss..........¡¡¡¡¡¡¡¡¡

domingo, septiembre 25, 2011

sábado, septiembre 24, 2011

El asombroso (ciertamente) Cabeza de Tornillo


Este comentario respecto a este tebeo es principalmente para todos aquellos que no se lo vayan a comprar, ya que los fans que son legión de Mignola y su Hellboy, o de AIDP, probablemente pasen por caja de todas todas y lo descubriran.

Vosotros, los que no mirareis este tebeo, cogedlo en vuestra drogueria habitual o donde os dejen y por favor, por favor, leeros a primera historia, la que da titulo al tomo.

Imposiblemente mala, marcianamente imprescindible.

Delirantemente fresca, genialmente divertida.

Veintipico paginillas, unos breves minutos que deberias robarte y que a un humilde servidor le han hecho reir y sorprenderme como pocas veces.

Cuando crees que has visto todo va Mignola y nos invita a tripis de regusto pulp.

Puntuación: Define friki.

Luces del sabado noche

SGAE: Pinchazos en la oficina de los horrores


El sumario destapa la miseria cotidiana en la entidad.

Neri, ante el juez: "Yo por 40.000 euros en la SDAE no trabajo"


El ex director de SDAE, filial digital de la SGAE, José Luis Rodríguez Neri, ha reconocido en su declaración ante la Audiencia Nacional que recibía "desde hace muchos años" salarios anuales por un total de 220.000 euros netos (313.000 euros brutos) y presumió ante el juez de que él por 40.000 euros no trabajaba.

Se sale hoy el doodle de Google


Celebrando el 75 aniversario del nacimiento de Jim Henson.

Id al link y picar encima de ellos y ojito que el rojo de la derecha....

http://www.google.es/

Un buen bistec

Tom King rebañó el plato con el último trozo de pan para recoger la última partícula de gachas, y masticó aquel bocado final lentamente y con semblante pensativo. Cuando se levantó de la mesa, le embargaba una inconfundible sensación de hambre. Él era el único que había cenado. Los dos niños estaban acostados en la habitación contigua. Los habían llevado a la cama antes que otros días para que el sueño no les dejara pensar en que se habían ido a dormir sin probar bocado.

La esposa de Tom King no había cenado tampoco. Se había sentado frente a él y lo observaba en silencio, con mirada solícita. Era una mujer de clase humilde, flaca y agotada por el trabajo, pero cuyas facciones conservaban restos de una antigua belleza. La vecina del piso de enfrente le había prestado la harina para las gachas. Los dos medio peniques que le quedaban los había invertido en pan.

Tom King se sentó junto a la ventana, en una silla desvencijada que crujió al recibir su peso. Con un movimiento maquinal, se llevó la pipa a la boca e introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta. Al no encontrar tabaco, se dio cuenta de su distracción y, lanzando un gruñido de contrariedad, se guardó la pipa. Sus movimientos eran lentos y premiosos, como si el extraordinario volumen de sus músculos le abrumara. Era un hombre macizo, de rostro impasible y aspecto nada simpático. Llevaba un traje viejo y lleno de arrugas, y sus destrozados zapatos eran demasiado endebles para soportar el peso de las gruesas suelas que les había puesto él mismo hacía ya bastante tiempo. Su camisa de algodón (un modelo de no más de dos chelines) tenía el cuello deshilachado y unas manchas de pintura que no se quitaban con nada.

Bastaba verle la cara a Tom King para comprender cuál era su profesión. Aquel rostro era el típico del boxeador, del hombre que ha pasado muchos años en el cuadrilátero y que, a causa de ello, ha desarrollado y subrayado en sus facciones los rasgos característicos del animal de lucha. Era una fisonomía que intimidaba, y para que ninguno de aquellos rasgos pasara inadvertido iba perfectamente rasurado. Sus labios informes, de expresión extremadamente dura, daban la impresión de una cuchillada que atravesara su rostro. Su mandíbula inferior era maciza, agresiva, brutal. Sus ojos, de perezosos movimientos y dotados de gruesos párpados, apenas tenían expresión bajo sus tupidas y aplastadas cejas. Estos ojos, lo más bestial de su semblante, realzaban el aspecto de brutalidad del conjunto. Parecían los ojos soñolientos de un león o de cualquier otro animal de presa. La frente hundida y angosta lindaba con un cabello que, cortado al cero, mostraba todas las protuberancias de aquella cabeza monstruosa. Una nariz rota por dos partes y aplastada a fuerza de golpes, y una oreja deforme, que había crecido hasta adquirir el doble de su tamaño y que hacía pensar en una coliflor, completaban el cuadro. Y en cuanto a su barba, aunque recién afeitada, apuntaba bajo la piel, dando a su tez un tono azulado negruzco.

Si bien aquella fisonomía era la de uno de esos hombres con los que no deseamos encontrarnos a solas en un callejón oscuro o en un lugar apartado, Tom King no era un criminal ni había cometido nunca una mala acción. Dejando aparte las reyertas en que se había visto mezclado y que eran cosa corriente en los medios que frecuentaba, no había hecho daño a nadie. No se le consideraba un pendenciero. Era un profesional de la contienda y reservaba toda su combatividad para sus apariciones en el ring. Fuera del tablado, era un hombre bonachón, de movimientos tardos, y en su juventud, cuando ganaba el dinero a espuertas, había sido, no ya generoso, sino despilfarrador. Para él el boxeo era un negocio. Cuando estaba en el cuadrilátero, pegaba con intención de hacer daño, de lesionar, de destruir; pero no había animosidad en sus golpes: era una simple cuestión de intereses. El público acudía y pagaba para ver cómo dos hombres se vapuleaban hasta que uno de ellos quedaba inconsciente. El vencedor se quedaba con la parte del león de la bolsa. Hacía veinte años, cuando Tom King se enfrentó con el «Salta Ojos», de Woolloomoolloo, sabía que la mandíbula de su contrincante sólo estaba firme desde hacía cuatro meses, pues anteriormente se la habían partido en un combate celebrado en Newcastle. Por eso dirigió todos sus golpes contra ella, y consiguió fracturarla nuevamente en el noveno asalto. No lo movía ningún resentimiento contra su adversario: procedió así porque era el medio más seguro de dejar fuera de combate a aquel hombre y, de este modo, ganar la mayor parte de la bolsa ofrecida. En cuanto al «Salta Ojos», no le guardó rencor alguno. Ambos sabían que así era el boxeo, y había que atenerse a sus reglas.

Tom King no era nada hablador. En aquel momento en que permanecía sentado junto a la ventana, se hallaba sumido en un huraño silencio, mientras se miraba las manos. En el dorso de ellas se destacaban las venas gruesas e hinchadas. El aspecto de los nudillos, aplastados, estropeados, deformes, atestiguaba el empleo que había hecho de ellos. Tom no había oído decir nunca que la vida de un hombre dependía de sus arterias, pero sabía muy bien lo que significaban aquellas venas prominentes, dilatadas. Su corazón había hecho correr demasiada sangre por ellas a una presión excesiva. Ya no funcionaban bien. Habían perdido la elasticidad, y su distensión había acabado con su antigua resistencia. Ahora se fatigaba fácilmente. Ya no podía resistir un combate a veinte asaltos con el ritmo acelerado de antes, con fuerza y violencia sostenidas, luchando infatigablemente desde que sonaba el gong, acosando sin cesar a su adversario, retrocediendo hasta las cuerdas o llevando a su oponente hacia ellas, recibiendo golpes y devolviéndolos. Ya no multiplicaba su acometividad y la rapidez de sus golpes en el vigésimo y último asalto, levantando al público de sus asientos y provocando sus aclamaciones, cuando él acometía, pegaba, esquivaba, hacía caer una lluvia de golpes sobre su adversario y recibía otra igual mientras su corazón no dejaba de enviar, con impetuosa fidelidad, sangre a sus venas jóvenes y elásticas. Sus arterias, dilatadas durante el combate, se encogían de nuevo, pero no del todo; al principio, esta diferencia era imperceptible, pero cada vez quedaban un poco más distendidas que la anterior. Se contempló las venas y los estropeados nudillos. Por un momento le pareció ver los magníficos puños que tenía en su juventud, antes de romperse el primer nudillo contra la cabeza de Benny Jones, apodado el «Terror de Gales».

Experimentó de nuevo la sensación de hambre.

-¡Lo que daría yo por un buen bistec! -murmuró, cerrando sus enormes puños y lanzando un juramento en voz baja.

-He ido a la carnicería de Burke y luego a la de Sawley -dijo la mujer en son de disculpa.

-¿Y no te quisieron fiar?

-Ni medio penique. Burke me dijo que...

Vacilaba, no se atrevía a seguir.

-¡Vamos! ¿Qué dijo?

-Que como esta noche Sandel te zurraría de lo lindo, no quería aumentar tu cuenta, ya es bastante crecida.

Tom King lanzó un gruñido por toda respuesta. Se acordaba del bulldog que tuvo en su juventud, al que echaba continuamente bistecs crudos. En aquella época, Burke le habría concedido crédito para mil bistecs. Pero los tiempos cambian. Tom King estaba envejecido, y un viejo que tenía que enfrentarse con un boxeador joven en un club de segunda categoría, no podía esperar que ningún comerciante le fiase.

Aquella mañana se había levantado con el deseo de comer un bistec, y aquel deseo no lo había abandonado. No había podido entrenarse debidamente para aquel combate. En Australia el año había sido de sequía y los tiempos eran difíciles. Había dificultades para encontrar trabajo, fuera de la índole que fuere. No había tenido sparring, no siempre había comido los alimentos debidos y en la cantidad necesaria. Había trabajado varios días como peón en una obra, y algunas mañanas había corrido para hacer piernas. Pero era difícil entrenarse sin compañero y teniendo que atender a las necesidades de una esposa y dos hijos. Cuando se anunció su combate con Sandel, los tenderos apenas le concedieron un poco más de crédito. El secretario del Gayety Club le adelantó tres libras -la cantidad que percibiría si perdía el combate-, y se negó a darle un céntimo más. De vez en cuando consiguió que sus antiguos compañeros le prestasen unos centavos, pero no pudieron prestarle más, porque corrían malos tiempos y ellos también pasaban sus apuros. En resumen, que era inútil tratar de ocultarse que no estaba debidamente preparado para la pelea. Le había faltado comida y le habían sobrado preocupaciones. Además, ponerse «en forma» no es tan fácil para un hombre de cuarenta años como para otro de veinte.

-¿Qué hora es, Lizzie? - preguntó.

Su mujer fue a preguntarlo a la vecina y, al regresar, le dio la respuesta.

-Las ocho menos cuarto.

-El primer match empezará dentro de unos minutos -observó Tom-. No es más que un combate de prueba. Después hay un encuentro a cuatro asaltos entre Dealer Wells y Gridley, y luego uno a diez asaltos entre Starlight y un marinero. Yo aún tengo para una hora.

Otros diez minutos de silencio y Tom se puso en pie.

-La verdad es, Lizzie, que no me he entrenado todo lo que debía.

Cogió el sombrero y se dirigió a la puerta. No le pasó por la mente besar a su mujer -nunca la besaba al marcharse-, pero aquella noche ella lo hizo por su cuenta y riesgo: le echó los brazos al cuello y lo obligó a inclinarse hacia su rostro. Se veía menudita y frágil junto al macizo corpachón de su marido.

-Buena suerte, Tom -le dijo-. Tienes que ganar.

-Sí, tengo que ganar -repitió él-. Ni más ni menos.

Se echó a reír, tratando de mostrarse despreocupado, mientras ella se apretaba más contra él. Tom contempló la desnuda estancia por encima del hombro de su esposa. Aquel cuartucho, del que debía varios meses de alquiler, era, con Lizzie y los niños, cuanto tenía en el mundo. Y aquella noche salía en busca de comida para su hembra y sus cachorros, no como el obrero de hoy que va a la fábrica, sino al estilo antiguo, primitivo, arrogante y animal de las bestias de presa.

-Tengo que ganar -volvió a decir a su esposa, esta vez con un rictus de desesperación-. Si gano, son treinta libras, con lo que podré pagar todas las deudas y, además, verme un buen sobrante en el bolsillo. Si pierdo, no me darán nada, ni un penique para tomar el tranvía de vuelta, pues el secretario ya me ha dado todo lo que me correspondería en caso de perder. Adiós, mujercita. Si gano, volveré inmediatamente.

-Te espero -dijo ella cuando Tom estaba ya en el rellano.

Había más de tres kilómetros hasta el Gayety y, mientras los recorría, recordó sus días de triunfo, cuando era el campeón de pesos pesados de Nueva Gales del Sur. Entonces habría tomado un coche de punto para ir al combate, y con toda seguridad alguno de sus admiradores se habría empeñado en pagar el coche para tener el privilegio de acompañarlo. Entre estos admiradores se contaban Tommy Burns y el yanqui Jack Johnson, que poseían automóvil propio. ¡Y ahora tenía que ir a pie! Como todo el mundo sabe, una marcha de tres kilómetros no es la mejor preparación para un combate. Él era un viejo para el pugilismo, y el mundo no trata bien a los viejos. Él sólo servía ya para picar piedra, e incluso para esto era un obstáculo su nariz rota y su oreja hinchada. Ojalá hubiera aprendido un oficio. A la larga, habría sido mejor. Pero nadie se lo había enseñado. Por otra parte, una voz interior le decía que él no habría prestado atención si alguien hubiera tratado de enseñárselo. Su vida fue demasiado fácil. Ganó mucho dinero. Tuvo combates duros y magníficos, separados por períodos de descanso y holgazanería. Estuvo rodeado de aduladores que se desvivían por acompañarle, por darle palmadas en la espalda, por estrecharle la mano; de petimetres que lo invitaban a beber para tener el privilegio de charlar con él cinco minutos. Además, ¡aquellos magníficos combates ante un público delirante de entusiasmo! ¡Y aquel último asalto en que se lanzaba a fondo como un torbellino y el árbitro lo proclamaba vencedor! ¡Y leer su nombre en las secciones deportivas de todos los periódicos al día siguiente...!

¡Ah, qué tiempos aquéllos! Pero, de pronto, su mente tarda y premiosa comprendió que en aquellos lejanos días él dejaba fuera de combate a los viejos. Él era entonces la juventud que despuntaba, y sus adversarios la vejez que decaía. Era natural que resultara fácil para él: ellos tenían las venas hinchadas, los nudillos rotos y los huesos desvencijados por una larga serie de combates. Recordaba el día en que «noqueó» al maduro Stowsher Bill en Rush-Cutters Bay al decimoctavo asalto y luego lo vio llorando en los vestuarios, llorando como un niño. Acaso el viejo Bill debía también varios meses de alquiler, y acaso lo esperaban en su casa su mujer y sus hijos. ¡Y quién sabe si aquel mismo día, el del combate, había sentido el deseo de comerse un buen bistec! Bill combatió valientemente, recibiendo a pie firme una soberana paliza. Ahora que él pasaba el mismo calvario, comprendía que aquella noche de hacía veinte años Bill luchó por algo más importante que su adversario, el joven Tom King, que sólo trataba de ganar dinero y gloria fácilmente. No era extraño que Stowsher Bill hubiese llorado en los vestuarios amargamente después del combate.

No cabía duda de que cada púgil podía soportar un número limitado de combates. Era una ley inflexible del boxeo. Unos podían librar cien encuentros durísimos, otros sólo veinte. Cada cual, según sus dotes físicas, podía subir al ring tantas o cuantas veces. Después, quedaba al margen.

Él se había pasado de la raya, había librado más combates encarnizados de los que debía, encuentros en que el corazón y los pulmones parecía que iban a estallar; contiendas que hacían perder elasticidad a las arterias y convertían un cuerpo esbelto y juvenil en un montón de músculos nudosos; combates que desgastaban los nervios y los músculos, el cerebro y los huesos, por obra del esfuerzo. Sí, él había resistido más que nadie. No quedaba ya ni uno solo de sus antiguos compañeros. Él era el último de la vieja guardia. Había visto cómo iban cayendo todos y había contribuido a poner punto final a la carrera de algunos de ellos.

Lo opusieron a los boxeadores ya viejos y él los fue liquidando uno tras otro. Y después, cuando los veía llorar en los vestuarios, como había llorado el viejo Stowsher Bill, se reía. Pero ahora el viejo era él, y a su vez tenía que enfrentarse con los jóvenes. Con Sandel, por ejemplo. Había llegado de Nueva Zelanda precedido de un brillante historial. Pero como en Australia aún era un desconocido, se acordó enfrentarlo con el viejo Tom King. Si Sandel hacía un buen combate, se le opondrían mejores púgiles y las bolsas serían más crecidas. Así, pues, era de esperar que luchara como un demonio. Aquel combate era decisivo para él, ya que si ganaba tendría dinero, cobraría nombre y habría dado el primer paso de una brillante carrera. Tom King no era para él más que el muro viejo que le cerraba el paso a la fama y la fortuna. En cambio, a lo único que Tom King podía aspirar era a recibir treinta libras, que le servirían para pagar al dueño de la casa y a los tenderos. Y mientras cavilaba así, Tom King vio alzarse ante sus ojos hinchados el cuadro de la juventud triunfadora, exuberante e invencible, de músculos suaves y piel sedosa, de corazón y pulmones que no sabían lo que era el cansancio y se reían del jadeo de los viejos. Los jóvenes destruían a los viejos sin pensar que, al hacerlo, se destruían a sí mismos, dilatando sus arterias y aplastando sus nudillos, para ser, al fin, aniquilados por una nueva generación de jóvenes. Pues la juventud ha de ser siempre joven.

Al llegar a la calle de Castlereagh dobló a la izquierda y, después de recorrer tres manzanas, llegó al Gayety. Una multitud de golfillos apiñados frente a la puerta se apartaron respetuosamente al verle y oyó que decían:

-¡Es Tom King!

Una vez dentro, cuando se dirigía a los vestuarios, encontró al secretario, un joven de mirada viva y expresión astuta, que le estrechó la mano.

-¿Cómo te encuentras, Tom? - le preguntó.

-Estupendamente -respondió King, a sabiendas de que mentía y de que le hacía tanta falta un buen bistec, que si tuviera una libra la daría a cambio de él sin vacilar.

Cuando salió de los vestuarios, seguido por sus segundos, y se dirigió al cuadrilátero, que se alzaba en el centro de la sala, estalló una tempestad de aplausos y vítores en el público. Él respondió saludando a derecha e izquierda, aunque conocía muy pocas de aquellas caras. En su mayoría, eran muchachos que aún tenían que nacer cuando él cosechaba sus primeros laureles en el ring. Saltó con ligereza a la alta plataforma y, después de pasar entre las cuerdas, se dirigió a su ángulo y se sentó en un taburete plegable. Jack Ball, el árbitro, se acercó a él para estrecharle la mano. Ball era un boxeador fracasado que desde hacía diez años no pisaba el ring como púgil. King se alegró de tenerlo por árbitro. Ambos eran veteranos. Si él apretaba las tuercas a Sandel algo más de lo que permitía el reglamento, sabía que Ball haría la vista gorda.

Subieron al tablado, uno tras otro, varios jóvenes aspirantes a la categoría de pesos pesados, y el árbitro los fue presentando sucesivamente al público. Asimismo, expuso sus carteles de desafío.

-Young Pronto -anunció Ball-, de Sidney del Norte, reta al ganador por cincuenta libras.

El público aplaudió y los aplausos se renovaron cuando Sandel trepó ágilmente al ring y fue a sentarse en su rincón. Tom King, desde el ángulo opuesto, lo miró con curiosidad, pensando que minutos después ambos estarían enzarzados en implacable combate, y pondrían todo su empeño en noquearse. Pero apenas pudo ver nada, pues Sandel llevaba, como él, un mono de entrenamiento sobre su calzón corto de pugilista. Su cara era muy atractiva. Estaba coronada por un mechón rizado de pelo rubio, y su cuello grueso y musculoso anunciaba un cuerpo de atleta verdaderamente magnífico.

Young Pronto se dirigió sucesivamente a los dos ángulos y, después de estrechar las manos a los boxeadores, salió del ring. Continuaron los desafíos. Un joven tras otro pasaba entre las cuerdas. Aquellos muchachos desconocidos pero ambiciosos estaban convencidos, y así lo pregonaban, de que con su fuerza y destreza eran capaces de medirse con el vencedor. Unos años antes, cuando su carrera se hallaba en su apogeo y él se consideraba invencible, aquellos preliminares hubieran divertido y aburrido a Tom King. Pero a la sazón los contemplaba fascinado, incapaz de apartar de sus ojos la visión de la juventud. Siempre existirían aquellos jóvenes que subían al ring, y saltaban por las cuerdas para lanzar su reto a los cuatro vientos; y siempre tendrían que caer ante ellos los boxeadores gastados. Ascendían hacia el éxito trepando sobre los cuerpos de los viejos púgiles. Y continuaban afluyendo en número creciente, como una oleada de juventud incontenible que arrollaba a los viejos, para envejecer a su vez y seguir el camino descendente, a impulsos de la juventud eterna, de los nuevos mozos que desarrollaban sus músculos y derribaban a sus mayores, mientras tras ellos se formaba una nueva masa de jóvenes. Y así ocurriría hasta el fin de los tiempos, pues aquella juventud voluntariosa era algo inseparable de la humanidad.

King dirigió una mirada al palco de la prensa y saludó con un movimiento de cabeza a Morgan, del Sportsman, y a Corbett, del Referee. Luego tendió las manos para que Sid Sullivan y Charles Bates, sus segundos, le pusieran los guantes y se los atasen fuertemente, bajo la atenta fiscalización de uno de los segundos de Sandel, que ya había examinado con ojo crítico las vendas que cubrían los nudillos de King. Uno de los segundos de Tom cumplía la misma misión en el ángulo ocupado por Sandel. Este levantó las piernas para que le despojasen de los pantalones del mono y luego se levantó para que acabaran de quitarle la prenda por la cabeza. Tom King vio entonces ante sí una encarnación de la juventud, un pecho ancho y desbordante de vigor, unos músculos elásticos que se movían como seres vivos bajo la piel blanca y satinada. Todo aquel cuerpo estaba pletórico de vida, de una vida que aún no había dejado escapar nada de ella por los doloridos poros en los largos combates en que la juventud ha de pagar su tributo, dejando algo de ella misma en los tablados.

Los dos púgiles avanzaron hacia el centro del cuadrilátero y cuando los segundos saltaron por las cuerdas, llevándose los taburetes plegables, ellos simularon estrecharse las manos enguantadas e inmediatamente se pusieron en guardia. Acto seguido, como un mecanismo de acero puesto en marcha por un fino resorte, Sandel se lanzó al ataque. Asestó a Tom un gancho de izquierda al entrecejo y un derechazo a las costillas. Luego, entre fintas y sin cesar de saltar sobre las puntas de los pies, se alejó ligeramente de su contrincante para volverse a acercar en seguida, ágil y agresivo. Era un boxeador rápido e inteligente, que había iniciado la pelea con una espectacular exhibición. El público vociferaba entusiasmado. Pero King no se dejó impresionar. Había librado demasiados encuentros y había visto a demasiados jóvenes. Supo apreciar el verdadero valor de aquellos golpes: eran demasiado rápidos y hábiles para ser peligrosos. Evidentemente, Sandel trataba de forzar el curso del combate desde el comienzo. No le sorprendió. Esto era muy propio de la juventud, inclinada a malgastar sus espléndidas facultades en furiosos ataques y locas acometidas, alentada por un ilimitado deseo de gloria que redoblaba sus fuerzas.

Sandel atacaba, retrocedía, estaba aquí y allá, en todas partes. Con pies ligeros y corazón vehemente, deslumbrante con su carne blanca y sus potentes músculos, tejía un ataque maravilloso, saltando y deslizándose como una ardilla, eslabonando mil movimientos ofensivos, todos ellos encaminados a la destrucción de Tom King, del hombre que se alzaba entre él y la fortuna. Y Tom King soportaba pacientemente el chaparrón. Conocía su oficio y sabía cómo era la juventud, ahora que la había perdido. Se dijo que tenía que esperar a que su oponente fuese perdiendo fogosidad, y sonrió para sus adentros mientras se agachaba para parar un fuerte directo con la base del cráneo. Era una argucia innoble, pero correcta, según el reglamento del pugilismo. El boxeador tenía que velar por sus nudillos y, si se empeñaba en golpear a su adversario en la cabeza, allá él. King podía haberse agachado más para que el golpe no lo alcanzara, pero se acordó de sus primeros encuentros y de cómo se partió por primera vez un nudillo contra la cabeza del «Terror de Gales». Aun ajustándose a las reglas del juego, al agacharse había atentado contra los nudillos de Sandel. De momento, éste no lo notaría. Seguro de sí mismo e indiferente, seguiría propinando golpes con la misma fuerza durante todo el combate. Pero, andando el tiempo, cuando en su historial tuviera muchos encuentros, el nudillo lesionado se resentiría, y entonces él, volviendo la vista atrás, recordaría el potente golpe asestado a la cabeza de Tom King.

El primer asalto lo ganó Sandel por puntos. El joven boxeador mantuvo a la sala en vilo con sus fulminantes arremetidas. Lanzó sobre King un verdadero diluvio de golpes, y King no devolvió ni uno solo: se limitó a cubrirse, mantener una guardia cerrada, esquivar y llegar a veces al cuerpo a cuerpo para eludir el castigo. De vez en cuando hacía alguna finta, movía la cabeza cuando encajaba un directo, e iba evolucionando imperturbable por el ring, sin saltar ni bailar para no malgastar ni un átomo de energías. Debía dejar que Sandel desahogara el ardor de su juventud y sólo entonces replicarle, pues no debía olvidar sus cuarenta años.

Los movimientos de King eran lentos y metódicos. Sus ojos, casi inmóviles bajo los gruesos párpados, le daban el aspecto de un hombre adormilado y aturdido. Sin embargo, no se le escapaba ningún detalle: su experiencia de más de veinte años le permitía verlo todo.

Sus ojos no pestañeaban ni se desviaban al recibir un golpe, porque así podían ver y medir mejor las distancias.

Cuando, al terminar el asalto, fue a sentarse en su rincón para descansar, se recostó con las piernas extendidas y apoyó los brazos en el ángulo recto que formaban las cuerdas. Entonces su pecho y su abdomen empezaron a subir y a bajar en profundas aspiraciones, mientras le acariciaban el rostro el aire de las toallas con que le abanicaban sus segundos.

Con los ojos cerrados, Tom King escuchaba el clamoreo del público.

-¿Por qué no luchas, Tom? -le gritaron- ¿Es que tienes miedo?

-Le pesan los músculos -oyó que comentaba un espectador de primera fila-. No puede moverse con más rapidez. ¡Dos libras contra una a favor de Sandel!

Sonó el gong y los dos púgiles abandonaron sus rincones. Sandel recorrió tres cuartas partes del cuadrilátero, ansioso de reanudar la contienda. King apenas se apartó de su rincón. Esto formaba parte de su plan de ahorro de fuerzas. No había podido entrenarse como era debido, no había comido lo suficiente, y el menor movimiento innecesario tenía su importancia. Además, había que tener en cuenta que había recorrido a pie más de tres kilómetros antes de subir al ring. Aquel asalto fue una repetición del primero: Sandel atacaba en tromba y el público, indignado, abucheaba a King al ver que no combatía. Aparte algunas fintas y varios golpes lentos e ineficaces, se limitaba a mantener una guardia cerrada, parar golpes y agarrarse al adversario. Sandel deseaba acelerar el ritmo del combate, y King, hombre de experiencia, se negaba a secundarlo. En su rostro deformado por los golpes había una melancólica sonrisa, y Tom seguía economizando fuerzas celosamente, como sólo puede hacerlo un boxeador maduro. Sandel era joven y derrochaba sus energías con la prodigalidad propia de su juventud. El generalato del ring correspondía a Tom, y suya era también la sabiduría cosechada a costa de largos y dolorosos combates. Observaba a su adversario con mirada fría y ánimo sereno, moviéndose lentamente, en espera de que se agotara el ardor de Sandel. Para la mayoría de espectadores, aquello era buena prueba de que King era incapaz de medirse con su joven adversario, opinión que expresaban en voz alta, apostando a razón de tres a uno a favor de Sandel. Pero aún quedaban algunos espectadores prudentes que conocían a King desde hacía años y aceptaban estas ofertas, con grandes esperanzas de ganar.

El tercer asalto comenzó como los anteriores. Sandel llevaba la iniciativa y castigaba duramente a su adversario. Pero, cuando aún no había transcurrido medio minuto, el joven, excesivamente confiado, se olvidó de cubrirse, y los ojos de King centellearon a la vez que su brazo derecho se lanzaba como un rayo hacia adelante. Fue su primer golpe de verdad: un gancho reforzado, no sólo por el hábil movimiento del brazo, sino por el peso de todo el cuerpo. El león adormecido acababa de lanzar un imprevisto zarpazo. Sandel, tocado en un lado de la mandíbula, cayó como un buey abatido por el matarife. El público se quedó pasmado: algunos aplaudieron tímidamente, mientras por toda la sala corrían murmullos de admiración. ¡Caramba, caramba! King no tenía los músculos tan embotados como se creía, sino que era capaz de asestar verdaderos mazazos.

Sandel quedó casi inconsciente, hizo girar su cuerpo hasta ponerse de costado e intentó levantarse, pero, al oír los gritos de sus segundos que le aconsejaban esperar hasta el último instante, no acabó de ponerse en pie, sino que quedó con una rodilla en el suelo. El árbitro se inclinó hacia él y empezó a contar los segundos con voz estentórea junto a su oído. Cuando oyó decir «¡nueve!» Sandel se levantó con gesto agresivo y Tom King hubo de hacerle frente, mientras se lamentaba de no haberle dado el golpe un par de centímetros más cerca del mentón, pues entonces habría conseguido el fuera de combate y vuelto a casa con treinta libras para su mujer y sus hijos.

El asalto continuó hasta que se cumplieron los tres minutos reglamentarios. Sandel empezó a mirar con respeto a su oponente. Por su parte, King seguía moviéndose con lentitud y su mirada aparecía tan soñolienta como antes. Cuando el asalto estaba a punto de terminar, King se dio cuenta de ello al ver a los segundos agazapados junto al cuadrilátero. Estaban preparados para subir, pasando entre las cuerdas. Entonces llevó el combate hacia su rincón, y, cuando sonó el gong, pudo sentarse inmediatamente en el taburete que ya tenían preparado. En cambio, Sandel tuvo que cruzar de ángulo a ángulo todo el ring para llegar a su sitio. Esto era una pequeñez, pero muchas pequeñeces juntas pueden formar algo importante. Al verse obligado a dar aquellos pasos de más, Sandel perdió no sólo cierta cantidad de energía, sino una parte de los preciosos sesenta segundos de descanso. Al principio de cada asalto King salía perezosamente de su rincón, con lo que obligaba a su adversario a recorrer una distancia mayor, y cuando el asalto terminaba, King estaba en su sitio y podía sentarse inmediatamente.

Transcurrieron otros dos asaltos en los que King economizó sus fuerzas con toda parsimonia, mientras Sandel derrochaba energías. Los esfuerzos que el joven púgil hacía por imponer un ritmo más vivo a la lucha resultaron bastante enojosos para King, que hubo de encajar una parte bastante crecida del diluvio de golpes que cayó sobre él. Sin embargo, King mantuvo su deliberada lentitud, sin importarle el griterío de los jóvenes vehementes que querían verle pelear.

En el sexto asalto, Sandel volvió a tener un descuido, y la terrible derecha de Tom King lanzó un nuevo disparo contra su mandíbula. Otra vez contó el árbitro hasta nueve.

Al comenzar el séptimo asalto se vio claramente que el ardor de Sandel se había esfumado. El joven boxeador se percataba de que estaba librando el combate más duro de su carrera. Tom King era un boxeador gastado, pero el de más calidad que se le había opuesto hasta entonces; un boxeador maduro que no perdía la cabeza, que se defendía con extraordinaria habilidad, cuyos golpes eran verdaderos mazazos y que tenía un fuera de combate en cada puño. Pero Tom King no se atrevía a utilizar estos potentes puños demasiado, pues no se olvidaba de que tenía los nudillos lesionados y sabía que, para que pudieran resistir todo el combate, tenía que racionar los golpes prudentemente.

Mientras permanecía sentado en su rincón, mirando a su adversario, pensó que la unión de su experiencia y de la juventud de Sandel producirían un campeón mundial. Pero esta mezcla era imposible. Sandel no sería campeón del mundo. Le faltaba experiencia y ésta sólo podía obtenerse a costa de la juventud. Cuando Sandel tuviera experiencia, advertiría que había gastado su juventud para adquirirla.

King recurrió a todas las tretas y argucias. No desaprovechaba ocasión de agarrarse a su adversario y, cada vez que llegaba al cuerpo a cuerpo, clavaba con fuerza el hombro en las costillas de Sandel. En la teoría pugilística no había diferencia entre un hombro y un puño si con ambos podía hacerse el mismo daño, y el hombro aventajaba al puño en lo concerniente a la pérdida de energías. Asimismo, cuando se agarraban los dos púgiles, King descargaba todo el peso de su cuerpo sobre su contrincante y se resistía a soltarse. Esto obligaba al árbitro a intervenir para separarlos, en lo cual hallaba las mayores facilidades por parte de Sandel, que todavía no había aprendido a descansar de este modo. El joven no podía dejar de emplear sus magníficos brazos ni su lozana musculatura. Cuando King se aferraba a él, clavándole el hombro en las costillas e introduciendo la cabeza bajo su brazo izquierdo, Sandel le golpeaba el rostro pasando su brazo derecho por detrás de su espalda. Era un castigo espectacular que provocaba murmullos de admiración en el público, pero sin ninguna eficacia. Por el contrario, sólo servía para hacer perder energías a Sandel. Éste, incansable, no se daba cuenta de que todo tiene un límite. King sonreía y no se apartaba de su prudente táctica.

Sandel asestó un sonoro derechazo al cuerpo de King, que la masa de espectadores consideró como un rudo castigo, pero los pocos expertos que había en la sala percibieron el hábil movimiento del guante izquierdo de Tom, que tocó el bíceps de Sandel en el momento en que éste lanzaba el fuerte derechazo. Sandel repitió una y otra vez este golpe, consiguiendo que siempre llegara a su destino, pero nunca con eficacia, debido al ligero contragolpe de King.

En el noveno asalto, y en un solo minuto, Tom alcanzó con tres ganchos de derecha la mandíbula de Sandel, y las tres veces el corpachón del joven besó la lona y el árbitro hubo de contar hasta nueve. Sandel quedó aturdido y ligeramente conmocionado, pero conservaba las energías. Había perdido velocidad y economizaba sus fuerzas. Tenía el ceño fruncido, pero seguía contando con el arma más importante del boxeador: la juventud. El arma principal de King era la experiencia. Cuando empezó el declive de su vitalidad, cuando su vigor empezó a disminuir, lo reemplazó con la astucia, la sabiduría cosechada en mil combates y una escrupulosa economía de sus fuerzas. King no era el único que sabía eludir los movimientos superfluos, pero nadie como él poseía el arte de incitar al adversario a despilfarrar sus energías.

Una y otra vez, haciendo fintas con los pies, los puños y el cuerpo, siguió engañando a Sandel: obligándolo a saltar hacia atrás sin motivo, a esquivar golpes imaginarios, a lanzar inútiles contraataques. King descansaba, pero no daba descanso a su rival. Era la estrategia de un boxeador maduro.

Al iniciarse el décimo asalto, King detuvo las embestidas de Sandel con directos de izquierda a la cara, y Sandel, que ahora procedía con cautela, respondió esgrimiendo su izquierda, para bajarla en seguida, mientras lanzaba un gancho de derecha a la cara de Tom King. El golpe fue demasiado alto para resultar decisivo, pero King notó que ese negro velo de inconsciencia tan conocido por los boxeadores se extendía sobre su mente. Durante una fracción casi inapreciable de tiempo, Tom dejó de luchar. Momentáneamente, desaparecieron de su vista su adversario y el telón de fondo formado por las caras blancas y expectantes del público..., pero sólo momentáneamente. Le pareció que abría los ojos tras un sueño fugaz. El intervalo de inconsciencia fue tan breve, que no tuvo tiempo de caer. El público sólo lo vio vacilar y doblar las rodillas. Inmediatamente, Tom King se recuperó y ocultó más su barbilla en el refugio que le ofrecía su hombro izquierdo.

Sandel repitió varias veces este golpe, aturdiendo parcialmente a King. Pero el experto boxeador consiguió elaborar su defensa, que fue también una forma de contraatacar. Retrocediendo ligeramente sin dejar de hacer fintas con el brazo izquierdo, lanzó a Sandel un uppercut con toda la potencia de su puño derecho. Lo calculó con tanta precisión, que consiguió alcanzar de pleno la cara de Sandel cuando éste se agachaba haciendo un regate. El joven, levantado en vilo, cayó hacia atrás y fue a dar en la lona con la cabeza y la espalda. King repitió este golpe dos veces. Después dio rienda suelta a su acometividad y acorraló a su adversario contra las cuerdas, lanzando sobre él una lluvia de golpes. Sus puños funcionaron sin cesar hasta que el público, puesto en pie, le tributó una estruendosa salva de aplausos. Pero Sandel poseía una energía y una resistencia inagotables, y se mantenía en pie. Se mascaba el knock-out. Un capitán de policía, impresionado por el terrible castigo que recibía Sandel, se acercó al cuadrilátero para suspender el combate, pero en este preciso instante sonó el gong, señalando el fin del asalto, y Sandel regresó tambaleándose a su rincón, donde aseguró al capitán que estaba bien y conservaba las fuerzas. Para demostrarlo, dio un par de saltos, y el policía, convencido, volvió a sentarse.

Tom King, mientras descansaba en su rincón, jadeante, se decía, contrariado, que si el combate se hubiera suspendido, el árbitro se habría visto obligado a declararlo vencedor y la bolsa hubiera ido a parar a sus manos. A diferencia de Sandel, él no luchaba por la gloria ni para abrirse paso, sino para ganar treinta libras esterlinas. En aquel minuto de descanso, Sandel se recuperaría.

La juventud será servida... Esta frase cruzó como un relámpago por el cerebro de King. Se acordó también de la ocasión en que la oyó: fue la noche en que dejó fuera de combate a Stowsher Bill. El señorito que la había pronunciado tenía razón. Aquella noche, tan lejana ya, él encarnaba a la juventud. «Pero esta noche -se dijo- la juventud se sienta en el rincón de enfrente.» Ya llevaba media hora de pelea y los años le pesaban. Si hubiese luchado como Sandel, no hubiera resistido ni quince minutos. Lo peor era que no se recuperaba. Sus venas hinchadas y su corazón fatigado no le permitían recobrar las perdidas fuerzas en los descansos entre asalto y asalto. Las energías le faltarían ya desde el comienzo de los asaltos. Notaba las piernas pesadas y empezaba a sentir calambres. No debió haber hecho a pie aquellos tres kilómetros que mediaban desde su casa a la sala de deportes. Y para colmo de desdichas, aquel bistec que no se había podido comer aquella mañana y que tanto había deseado. Se despertó en él un odio terrible contra los carniceros que se habían negado a fiarle. Un hombre de sus años no podía boxear sin haber comido lo suficiente. ¿Qué era, al fin y al cabo, un bistec? Una insignificancia que valía unos cuantos peniques. Sin embargo, para él significaba treinta libras esterlinas.

Cuando el gong señaló el comienzo del undécimo asalto, Sandel se levantó impetuosamente, aparentando una gallardía que estaba muy lejos de poseer. King supo apreciar el justo valor de semejante actitud: se trataba de un farol tan antiguo como el mismo boxeo. Para no gastar fuerzas en balde, Tom se abrazó a su adversario. Luego, cuando lo soltó, permitió que el joven se pusiera en guardia. Esto era lo que King esperaba. Hizo una finta con la izquierda, consiguió que su contrincante se agachara para rehuirla, y al mismo tiempo le lanzó un gancho de derecha. Seguidamente King, retrocediendo un poco, asestó a Sandel un uppercut que lo alcanzó en plena cara y lo derribó. Después no le dio punto de reposo. Encajó mucho, pero pegó mucho más. Acorraló a Sandel contra las cuerdas mediante una serie de ganchos y con toda clase de golpes. Después de desprenderse de sus brazos, le impidió que lo volviera a abrazar, propinándole un directo cada vez que lo intentaba. Y cuando Sandel iba a caer, lo sostenía con una mano y lo golpeaba inmediatamente con la otra para arrojarlo contra las cuerdas, donde no le era posible desplomarse.

El público parecía haber enloquecido. Todos los espectadores, puestos en pie, lo animaban con sus gritos.

-¡Duro con él, Tom! ¡Ya es tuyo! ¡Lo tienes en el bolsillo!

Querían que el combate terminara con una lluvia de golpes irresistibles. Esto era lo que deseaban ver; para esto pagaban.

Y Tom King, que durante media hora había economizado sus fuerzas, las derrochó a manos llenas en lo que debía ser el esfuerzo final, un esfuerzo que no podría repetir. Era su única oportunidad. ¡Ahora o nunca! Las fuerzas lo abandonaban rápidamente, y todas sus esperanzas se cifraban en que, antes de que lo abandonasen del todo, habría conseguido que su adversario permaneciera tendido en la lona durante diez segundos. Y mientras seguía pegando y atacando, calculando fríamente la fuerza de sus golpes y el daño que causaban, comprendió lo difícil que era dejar a Sandel fuera de combate. La resistencia de aquel hombre, realmente extraordinaria, era la resistencia virgen de la juventud. Desde luego, Sandel tenía ante sí un futuro lleno de promesas. Él también lo tuvo. Todos los buenos boxeadores poseían el temple que demostraba Sandel.

Sandel retrocedía dando traspiés, perseguido por King, que empezaba a sentir calambres en las piernas y cuyos nudillos comenzaban a resentirse. Sin embargo, siguió asestando sus terribles golpes, sin detenerse ante el dolor que cada uno de ellos producía en sus manos, en sus pobres manos, viejas y torturadas. Aunque en aquellos momentos no recibía ninguna réplica de su adversario, King se debilitaba a toda prisa, de modo que pronto su estado igualaría el de Sandel. No fallaba un solo golpe, pero éstos ya no poseían la potencia de antes y cada uno de ellos suponía para Tom un esfuerzo extraordinario. Sus piernas parecían de plomo y se arrastraban visiblemente por el ring. Los partidarios de Sandel lo advirtieron y empezaron a dirigir gritos de aliento al joven boxeador.

Esto decidió a King a realizar un postrer esfuerzo y asestó dos golpes casi simultáneos: uno con la izquierda, dirigido al plexo solar y que resultó un poco alto, y otro con la derecha a la mandíbula. Estos golpes no fueron demasiado fuertes, pero Sandel estaba ya tan conmocionado, que cayó en la lona, donde quedó debatiéndose. El árbitro se inclinó sobre él y empezó a contarle al oído los segundos fatales. Si antes del décimo no se levantaba, habría perdido el combate. En la sala reinaba un silencio de muerte. King apenas se mantenía en pie sobre sus piernas temblorosas. Se había apoderado de él un mortal aturdimiento y, ante sus ojos, el mar de caras se movía y se balanceaba mientras a sus oídos llegaba, al parecer desde una distancia remotísima, la voz del árbitro que contaba los segundos. Pero consideraba el combate suyo. Era imposible que un hombre tan castigado pudiera levantarse.

Solamente la juventud se podía levantar... Y Sandel se levantó. Al cuarto segundo, dio media vuelta, quedando de bruces, y buscó a tientas las cuerdas. Al séptimo segundo ya había conseguido incorporarse hasta quedar sobre una rodilla, y descansó un momento en esta postura, mientras su aturdida cabeza se bamboleaba sobre sus hombros. Cuando el árbitro gritó «¡nueve!» Sandel se levantó del todo, adoptando la adecuada posición de guardia, cubriéndose la cara con el brazo izquierdo y el estómago con el derecho. Así defendía sus puntos vitales, mientras avanzaba agachado hacia King, con la esperanza de agarrarse a él para ganar más tiempo.

Tan pronto como Sandel se levantó, King se le echó encima, pero los dos golpes que le envió tropezaron con los brazos protectores. Acto seguido, Sandel se aferró a él desesperadamente, mientras el árbitro se esforzaba por separarlo, ayudado por King. Éste sabía con cuánta rapidez se recobraba la juventud y, al mismo tiempo, estaba seguro de que Sandel sería suyo si podía evitar que se repusiera. Un enérgico directo lo liquidaría. Tenía a Sandel en su poder, no cabía duda. Él había llevado la iniciativa del combate, había demostrado mayor experiencia que su contrincante, le llevaba ventaja de puntos. Sandel se desprendió del cuerpo de King, tambaleándose, vacilando entre la derrota y la supervivencia. Un buen golpe lo derribaría definitivamente, y, ante esta idea, Tom King, presa de súbita amargura, se acordó del bistec. ¡Ah, si lo hubiera tenido y contara con su fuerza para el golpe que iba a asestar! Concentró sus últimas energías en el golpe decisivo, pero éste no fue bastante fuerte ni bastante rápido. Sandel se tambaleó, pero no llegó a caer. Con paso vacilante, retrocedió hacia las cuerdas y se aferró a ellas. King, también tambaleándose, lo siguió y, experimentando un dolor indescriptible, le asestó un nuevo golpe. Pero las fuerzas lo habían abandonado. Únicamente le quedaba su inteligencia de luchador, turbia, oscurecida por el cansancio. Había dirigido el puño a la mandíbula, pero tropezó en el hombro. Su intención había sido darlo más alto, pero sus cansados músculos no lo obedecieron. Y, por efecto del impacto, el propio Tom King retrocedió, dando traspiés. Poco faltó para que cayera. De nuevo lo intentó. Esta vez su directo ni siquiera alcanzó a Sandel. Era tal su debilidad que cayó sobre el joven y se abrazó a su cuerpo, para no desplomarse definitivamente a sus pies.

King ya no hizo nada por separarse. Había puesto toda la carne en el asador: ya no podía hacer más. La juventud se había impuesto. Incluso en aquel abrazo notaba cómo Sandel iba recuperando sus fuerzas. Cuando el árbitro los separó, King vio claramente cómo se recobraba su joven adversario. Segundo a segundo, Sandel se iba mostrando más fuerte. Sus directos, débiles y vacilantes al principio, cobraron dureza y precisión. Los ofuscados ojos de Tom King vieron el guante que se acercaba a su mandíbula y se propuso protegerla alzando el brazo. Vio el peligro, deseó parar el golpe, pero el brazo le pesaba demasiado y no pudo: le pareció que tenía que levantar un quintal de plomo. El brazo no quería levantarse y él deseó con toda su alma levantarlo. El guante de Sandel ya le había llegado a la cara. Oyó un agudo chasquido semejante al de un chispazo eléctrico y el negro velo de la inconsciencia envolvió su mente.

Cuando abrió de nuevo los ojos, se encontró sentado en su rincón y oyó el clamoreo del público, semejante al rumor del oleaje de la playa de Bondi. Alguien le oprimía una esponja empapada contra la base del cráneo, y Sid Sullivan le rociaba la cara y el pecho con agua fría. Le habían quitado ya los guantes y Sandel, inclinado sobre él, le estrechaba la mano. No sintió rencor alguno hacia el hombre que lo había dejado fuera de combate, y le devolvió el apretón de manos tan cordialmente que sus nudillos se resintieron. Luego Sandel se dirigió al centro del cuadrilátero y el griterío del público se acalló para oírle decir que aceptaba el desafío de Young Pronto, y que proponía aumentar la apuesta a cien libras. King lo contemplaba, indiferente, mientras sus segundos secaban el agua que corría a raudales por su cuerpo, le pasaban una esponja por la cara y lo preparaban para abandonar el cuadrilátero. King sentía hambre; no era aquélla la sensación de hambre ordinaria, sino una gran debilidad, una serie de palpitaciones en la boca del estómago que repercutían en todo su cuerpo. Se acordó del momento en que había tenido ante él a Sandel tambaleándose, al borde del knock-out. ¡Ah, si hubiese tenido aquel bistec en el cuerpo! Entonces nada habría salvado a Sandel. Le había faltado sólo esto para asestar el golpe decisivo con eficacia. Había perdido por culpa de aquel bistec.

Sus segundos trataron de ayudarlo a pasar entre las cuerdas, pero él los apartó, se agachó y saltó solo al piso de la sala. Precedido por sus cuidadores, avanzó por el pasillo central abarrotado de público. Poco después, cuando salió de los vestuarios y se dirigió a la calle, se encontró con un muchacho que le dijo:

-¿Por qué no le pegaste de firme cuando lo tenías atontado?

-¡Vete al diablo! -le respondió Tom King mientras bajaba los escalones del portal.

Las puertas de la taberna de la esquina estaban abiertas de par en par. Tom King vio las luces cegadoras del local y las sonrientes camareras, y, entre el alegre tintineo de las monedas que saltaban en el mármol del mostrador, oyó diversas voces que comentaban el combate. Alguien lo llamó para invitarlo a una copa, pero él rechazó la invitación y siguió su camino.

No llevaba un céntimo encima. Los tres kilómetros que lo separaban de su casa le parecieron muy largos. Era evidente que envejecía. Cuando cruzaba el Dominio, se dejó caer de pronto en un banco. La idea de que su mujer estaría esperándolo, ansiosa de saber cómo había terminado el encuentro, lo sumió en una angustiosa desesperación. Esto era peor que un knock-out: no se sentía con fuerzas para mirarla a la cara.

Estaba desfallecido y amargado. El vivo dolor que sentía en los nudillos le hizo comprender que, aunque encontrase trabajo como peón de albañil, tardaría lo menos una semana en poder empuñar la pala o el pico. Las palpitaciones que le producía el hambre en la boca del estómago le hacían sentir náuseas. Una profunda desolación se apoderó de él y notó que sus ojos se llenaban de lágrimas incontenibles. Se cubrió la cara con las manos y lloró. Y mientras lloraba se acordó de la paliza que propinó a Stowsher Bill una noche ya lejana. ¡Pobre Stowsher Bill! Ahora comprendía por qué lloró aquella noche en los vestuarios.

Un buen bistec de Jack London

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