sábado, enero 21, 2012

Paseando

Un anciano y un muchacho iban por el camino.

Avanzaban con lentitud, ya el viejo estaba doblado por el peso de los años. Un comienzo de parálisis hacía que sus miembros y sus ademanes temblequearan, y caminaba apoyado en un bastón.

Un gorro de piel de cabra le protegía la cabeza del sol. Por debajo de ese gorro pendía una franja de ralos cabellos blancos, sucios y desgreñados. Una especie de visera, ingeniosamente hecha con una ancha hoja curva, le protegía los ojos del exceso de luz. Bajo esa visera, la mirada del pobre hombre, bajaba hacia el suelo, seguía atentamente el movimiento de sus propios pies en el sendero.
Su barba caía en greñas torrenciales, y hubiera debido ser, igual que los cabellos, blancos como la nieve; pero, como ellos, testimoniaba una negligencia y una miseria extremas.

Un mísero vestido de piel de cabra, de una sola pieza, colgaba desde el pecho y la espalda del viejo, cuyos brazos y piernas, lastimosamente descarnados, y cuya piel marchita testimoniaban una edad avanzada. Las desolladuras y cicatrices que le cubrían los miembros, eso como lo atezado de su piel, indicaban que hacía largo tiempo que aquel hombre estaba expuesto al choque directo con la naturaleza y los elementos.

El muchacho andaba delante suyo, ajustando el ardoroso vigor de sus miembros a los pasos lentos del viejo que lo seguía. También él tenía como única vestidura una piel de animal: un trozo de piel de oso de bordes desiguales, con agujero central por el que se lo pasaba por la cabeza. Aparentaba todo lo más doce años, y llevaba, coquetamente colocada encima de la oreja, una cola de cerdo recién cortada.
Llevaba en la mano un arco de tamaño medio y una flecha, y en su espalda colgaba un carcaj lleno de flechas. De una funda que le pendía del cuello, sujeta por una correa, salía el mango nudoso de un cuchillo de caza. El muchacho era negro como una mora, y su modo ágil de moverse recordaba el de un gato. Sus ojos azules, de un azul intenso, eran vivos y penetrantes como barrenas, y su color celeste contrastaba con la piel quemada por el sol que los enmarcaba.

Su mirada parecía saltar incesantemente hacia todos los objetos circundantes, y las aletas de su nariz palpitaban y se dilataban en un perpetuo acecho del mundo exterior, del que recogía ávidamente todos los mensajes. Su oído parecía igualmente fino, y estaba tan adiestrado que operaba automáticamente, sin ningún esfuerzo auditivo especial. Con toda naturalidad, sin la menor tensión adicional, su oído percibía, en la aparente calma reinante, los más leves sonidos, los distinguía unos de otros y los clasificaba: el roce del viento en las hojas, el zumbido de una abeja o una mosca, el rumor sordo y lejano del mar, que llegaba atenuado en un débil murmullo, la imperceptible resaca de las patas de un pequeño roedor limpiando de tierra la entrada de su guarida.

De pronto, el cuerpo del muchacho se tensó en posición de alerta. El sonido, la visión, y el olor los habían advertido simultáneamente. Tendió la mano hacia el viejo, lo tocó, y ambos permanecieron inmóviles y silenciosos.

Algo había crujido delante de ellos, en la pendiente del terraplén, hacia la cima. Y la veloz mirada del muchacho se clavó en los matorrales cuya parte superior se movía.
Entonces, un gran oso pardo se les mostró, saliendo ruidosamente, y también él se detuvo instantáneamente, al ver a los dos humanos.

Al oso no le gustaban los hombres. Gruñó rabiosamente. Lentamente, dispuesto a afrontar lo que viniera. El muchacho colocó la flecha en el arco y tensó la cuerda, sin dejar de mirar a la bestia. El viejo, que debajo de la hoja que le servía de visera, espiaba el peligro, se quedó tan quieto como su acompañante.

Durante unos momentos, el oso y los dos humanos se miraron. Luego, en vista de que la bestia, con sus gruñidos, manifestaba una creciente irritación, el muchacho hizo un signo al viejo, con un leve movimiento de la cabeza, de que era conveniente dejar el sendero libre y bajar la pendiente del terraplén. Eso hicieron, el viejo primero y luego el muchacho, que le seguía andando hacia atrás, con el arco tenso y dispuesto a tirar.

Cuando llegaron abajo, esperaron hasta que el ruido fuerte de hojas y ramas movidas, del otro lado del terraplén, les hizo saber que el oso se había marchado. Volvieron a la cima, y el muchacho dijo, con una risita prudentemente atenuada:

-¡Ése era grande, abuelo!

Fragmento de La Peste Escarlata de Jack London

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