sábado, enero 14, 2012

Siguiendo a Julian Sorel

-¡Contesta sin mentir, perro inútil!- repitió Sorel-. ¿De qué conoces tú a la señora de Rênal? ¿Dónde la has visto? ¿Cuándo has hablado con ella?

-Nunca hablé con ella- contestó Julián-, y en cuanto a conocerla, sólo en la iglesia la he visto alguna vez.

-¡Pero la has mirado, villano desvergonzado!

-¡Jamás! Sabe usted que en la iglesia no veo más que a Dios- replicó el joven con cierto aire de hipocresía, muy conveniente, a su juicio, para alejar la tormenta de palos que temía que descargase sobre su desmedrado cuerpo.

-¡Algo hay que no veo claro... aunque ya sé que no me lo dirás, maldito hipócrita! De todas suertes, voy a verme libre de tu inutilidad, con lo que saldremos ganando la serrería y yo. Si no has mirado a esa mujer, habrás conquistado al cura o a otra persona, que te han buscado una colocación que no mereces. Vete a hacer tu hatillo, que he de llevarte a la casa del señor Rênal, de cuyos hijos has de ser preceptor.

-¿Qué me darán por serlo?

-Mesa, ropa y trescientos francos de salario.

-No quiero ser criado.

-¿Quién te dice que serás criado de nadie, animal? ¿Crees que yo iba a consentir que un hijo mío, por perro que sea, fuese criado de nadie?

-¿Con quién comeré?

La pregunta desconcertó a Sorel, quien, comprendiendo que si hablaba cometería alguna imprudencia, prefirió enfurecerse contra Julián, a quien obsequió con los epítetos más injuriosos de su repertorio. Cuando se cansó, dejóle solo para ir a consultar con sus dos hijos restantes.

Julián vio momentos después a su padre y a sus hermanos celebrando consejo. Al cabo de un rato, viendo que nada podía adivinar de lo que aquellos hablaban, fue a sentarse junto a la sierra, donde no corría peligro de ser sorprendido.

Deseaba meditar sobre el inesperado anuncio de su cambio imprevisto de suerte, aunque, a decir verdad, sus meditaciones se limitaron a imaginarse lo que le esperaba en casa del alcalde.

-¡No! ¡Renuncio a todo, antes que humillarme hasta el extremo de comer con los criados!- se decía-. Mi padre querrá obligarme, lo sé... ¡pero la muerte antes! Tengo quince francos cuarenta céntimos de economías... Esta noche me escapo... Tomando sendas y veredas, no temo encontrar ni un solo gendarme hasta Besançon... Sentaré plaza de soldado y, si es necesario, pasaré a Suiza...¡Pero huyendo lo pierdo todo... he de renunciar al sacerdocio que me brinda tantos honores... tanta gloria...!

El horror a comer con los criados no tenía su asiento en la naturaleza, en el carácter de Julián, quien, a trueque de hacer fortuna, habría hecho sin repugnancia cosas más bajas. Su repugnancia era fruto de sus lecturas de las Confesiones de Rousseau, único libro que daba a su imaginación pábulo para trazarse una imagen del mundo. La colección de los Boletines del Gran Ejército y las Memorias de Santa Elena completaban su Corán. Por estas tres obras, nuestro joven se habría dejado matar. En ninguna otra tuvo jamás confianza; para él todos los demás libros del mundo eran colecciones de embustes mejor o peor presentados, escritos por tunantes que en las letras buscaron los medios de hacer fortuna.

A la par que una alma de fuego, poseía Julián una de esas memorias prodigiosas que con frecuencia acompañan a la carencia de talento. Sin más objeto que el de conquistarse la benevolencia del anciano párroco Chélan, de quien creía que dependía su porvenir, aprendióse de memoria todo el Nuevo Testamento en latín, y la obra de De Maistre Del Papa, siendo de advertir que tenía tan poca fe en el primero como en el segundo.

Cual si previamente se hubiesen puesto de acuerdo, Sorel y su hijo no se hablaron palabra aquel día. Al atardecer, Julián fue a recibir su lección de teología a la casa rectoral, pero nada dijo sobre la extraña proposición que aquel día le hiciera su padre, temiendo que aquella fuese un lazo tendido por el autor de sus días.

Al día siguiente, muy temprano, el señor Rênal mandó a buscar al viejo Sorel, quien, no sin hacerse esperar una o dos horas, llegó al fin a la casa del alcalde, en la cual entró prodigando excusas y reverencias. A fuerza de amontonar objeciones sobre objeciones, consiguió Sorel que su hijo comería con los señores de la casa, excepción hecha de los días en que aquellos dieran alguna fiesta, pues entonces lo haría en una habitación aparte con los niños, de cuya instrucción debía encargarse. Más exigente el viejo cuanto mayor era el interés del alcalde por asegurarse al preceptor, quiso ver la habitación destinada a su hijo. Era una gran pieza, amueblada con gusto, y a la cual habían sido trasladadas ya las camas de los tres niños.

Entonces exigió el viejo que le enseñasen el traje que darían al preceptor, a lo cual contestó el alcalde abriendo su gaveta y tomando de ella cien francos.

-Con este dinero, irá su hijo al comercio del señor Durand y comprará un traje negro completo.

-Y suponiendo que yo sacase a mi hijo de su casa, ¿habrá de dejar el traje?

-Es natural.

-Conformes- repuso el viejo-. No nos falta ya más que ponernos de acuerdo sobre una cosa: sobre el salario que usted le dará.

-¡Cómo!- exclamó el señor Rênal indignado-. Desde ayer estamos de acuerdo sobre ese particular. Le daré trescientos francos... Me parece que es bastante... y estoy por decir demasiado.

-Trescientos francos ofreció usted, no lo niego- replico Sorel con calma-; pero nos ofrecen más en otra parte.

Aquellos que conozcan a fondo a los rústicos del Franco Condado no se maravillarán de este rasgo de ingenio del viejo aserrador.

El alcalde quedó estupefacto. No tardó, empero, en reconquistar su calma, y al cabo de una conversación que duró dos horas, en el curso de la cual ni una sola palabra se pronunció sin su cuenta y razón, el ladino rústico venció al rico, que no tiene necesidad de ser prodigio de astucia para vivir.

Ni un solo detalle de la futura existencia de Julián quedó olvidado; y en cuanto al salario, no sólo fue elevado a cuatrocientos francos, sino que también se estipuló que fuese pagado por meses adelantados.

-¡Está bien! Pagaré treinta y cinco francos mensuales- dijo el señor Rênal.

-Un hombre rico y generoso como nuestro señor alcalde- replicó Sorel-, no repara en franco más o menos. Pondremos treinta y seis francos mensuales, y quedará la cantidad redonda.

-Sea, ¡pero terminemos de una vez!- contestó el alcalde.

La cólera daba a la voz del señor Rênal cierto tono de firmeza que alarmó al zorro aserrador. Comprendió éste que era llegado el momento de poner fin a sus movimientos de avance. El alcalde no fue tardo en aprovecharse de la primera ventaja obtenida: después de negarse a entregar los treinta y seis francos correspondientes al primer mes, que el viejo intentó cobrar por su hijo, recordando que habría de narrar a su mujer la historia de la negociación, dijo resueltamente:

-Devuélvame los cien francos que acabo de entregarle.

Durand me debe algún dinero... Yo iré con su hijo a comprar el traje negro.

Este rasgo de energía obligó a Sorel a volver prudentemente al terreno de las fórmulas respetuosas, que duraron más de un cuarto de hora. Convencido al cabo de este tiempo de que el periodo de conquista había terminado definitivamente, se retiró diciendo:

-Voy a enviar a mi hijo al palacio.

Los administradores del señor alcalde llamaban palacio a su casa, cuando deseaban lisonjearle.

Vuelto a su serrería, en vano buscó Sorel a su hijo. Este, recelando lo que podía sucederle, quiso poner en lugar seguro sus libros y la cruz de la Legión de Honor, y a este efecto, salió sigilosamente a medianoche, cargado con sus libros y con su cruz, y dejó unos y otra en la casa de un amigo suyo, llamado Fouqué, traficante en maderas, que moraba en lo alto de la montaña que domina a Verrières.

-No creo, maldito haragán- le dijo su padre cuando volvió-, que nunca tengas honradez bastante para pagarme los alimentos que por espacio de tantos años te he dado...-. ¡Toma tus trapos, y vete a la casa del señor alcalde!

Julián salió sin hacerse repetir la orden, admirado de que su padre hubiese olvidado propinarle una paliza más; pero, apenas se vio fuera de la vista de su terrible progenitor, acortó el paso. Lo primero que se le ocurrió fue que nada perdería entrando en la iglesia y rezando unas oraciones, que no podrían menos de ser útiles a su hipocresía.

¿Sorprende al lector que nuestro joven fuese deliberadamente y con plena conciencia hipócrita? Téngase en cuenta que el alma de Julián había tenido que recorrer largos caminos, aunque apenas si acababa de franquear los umbrales de la vida.

Fragmento de Rojo y Negro de Stendhal

2 comentarios:

Æ dijo...

Pues me he quedado con las ganas de seguir leyendo, empero la red y sus prodigios me lo han conseguido.

Saludos
;-)

lokodatar dijo...

Bien...¡¡¡

Saludos igualmente.

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