sábado, febrero 18, 2012

Con Javert

Javert se alejó lentamente de la calle del Hombre-Armado.

Caminaba con la cabeza baja por la primera vez de su vida, y también por la primera vez de su vida con las manos cruzadas atrás.

Hasta entonces Javert, de las dos actitudes de Napoleón, solo había adoptado la que denota un ánimo resuelto, los brazos cruzados sobre el pecho; érale desconocida la que denota incertidumbre; esto es, las manos cogidas atrás. Habíase verificado en él un gran cambio; toda su persona, lenta y sombría, llevaba el sello de la ansiedad.

Internose en las calles más silenciosas.

Sin embargo, seguía una dirección.

Tomó por el camino más corto hacia el Sena, llegó al muelle de los Olmos, lo costeó, dejó trás de sí la Grève, y se detuvo a alguna distancia del cuerpo de guardia del Chatelet, en el ángulo del puente de Nuestra Señora. El Sena, entre el puente de Nuestra Señora y el Pont-au-Change a un lado, y los muelles de la Mégisserie y de las Flores al otro, forma una especie de lago cuadrado que atraviesa un remolino.

Este punto del Sena es muy temido por los marineros. Nada hay más peligroso que ese remolino, cuya furia aumentaba en aquella época las estacas del molino del puente, hoy demolido. Los dos puentes, tan próximos uno a otro, contribuyen a que sea mayor el peligro, y el agua se precipita de una manera formidable por debajo de los arcos. Acumulándose allí, forcejea contra los postes, como para arrancarlos con gruesas cuerdas líquidas. Los hombres que caen a aquel remolino no vuelven a aparecer; ahogándose allí los más diestros nadadores.

Javert apoyó los codos en el parapeto, la barba en las dos manos, y mientras sus uñas se contraían maquinalmente en las pobladas patillas, se puso a meditar.

En el fondo de su alma acababa de pasar algo nuevo, una revolución, una catástrofe, y había materia para entregarse a un profundo examen.

Javert padecía horriblemente.

Hacía algunas horas que la unidad de objeto había cesado en él. Sentíase turbado; aquel cerebro, tan límpido en su propia ceguedad, había perdido la transparencia; empañaba aquel cristal una nube. Javert conocía que su deber era mostrarse al descubierto, y no cabía ya disimulo. Cuando encontró tan impensadamente a Jean Valjean en el ribazo del Sena, hubo en él algo de lobo que se apodera de nuevo de su presa, y del perro que vuelve a hallar a su amo.

Ante sí veía dos sendas, ambas igualmente rectas; pero eran dos, y esto le aterraba, pues en toda su vida no había conocido sino una sola línea recta. Y para colmo de angustia, aquellas dos sendas eran contrarias y se excluían mutuamente. ¿Cuál sería la verdadera?

Su situación era inexplicable.

Deber la vida a un malhechor; admitir y reembolsar esta deuda; estar a pesar de sí mismo, mano a mano, con una persona perseguida por la justicia, y pagarle un servicio con otro servicio; dejar que le dijesen: márchate, y decir a su vez: sé libre; sacrificar a motivos personales el deber, esta obligación general, y sentir en aquellos motivos personales algo de general también, y quizás algo de superior; vender la sociedad por ser fiel a su conciencia; la realización de tales absurdos y su acumulación en él, en su individuo, esto le aterraba.

Habíale admirado una cosa, y era que Jean Valjean le perdonase; y petrificábale la idea de que él, Javert, hubiese perdonado a Jean Valjean.

¿Qué era de su personalidad? Buscábase y no se encontraba.

¿Qué había de hacer ahora? Si malo le parecía entregar a Jean Valjean, no menos malo se le figuraba que era dejarle libre. En el primer caso, el hombre de la autoridad descendía más que el hombre del presidio; en el segundo, un presidiario se sobreponía a la ley y la pisoteaba. En ambos casos, el seshonor era para él. En cualquier partido que adoptase, había descenso. El destino tiene ciertas extremidades perpendiculares a lo imposible, más allá de las cuales la vida no es más que un precipicio. Javert estaba en una de esas extremidades.

Afligíale tener que pensar. La misma violencia de todas estas emociones contradictorias le obligaba a ello. ¡El pensamiento! Cosa inusitada en él, y que le causaba un dolor indecible.

Hay siempre en el pensamiento cierta cantidad de rebelión interior, e irritábale sentirla en sí.

El pensamiento, sobre cualquier asunto, ajeno al estrecho círculo de sus funciones, hubiera sido para él, en todos los casos, una inutilidad y una fatiga; pero versando sobre el día que acababa de pasar, era un tormento. Sin embargo, había que examinar la conciencia, después de tales sacudimientos, y erigirse en juez de sí mismo.

Estremecíase al considerar lo que había hecho, decidiendo, contra todos los reglamentos de policía, contra toda la organización social y judicial, contra el Código entero, poner en libertad a un hombre.

Habíale convenido esto; había sustituido sus negocios particulares a los negocios públicos. ¿No era incalificable tal conducta? Cada vez que fijaba la mente en aquella acción sin nombre, acometíale un temblor general. ¿Qué resolución debía tomar? Un solo recurso le quedaba; volver apresuradamente a la calle del Hombre-Armado, y apoderarse de Jean Valjean. Claro estaba que no debía hacer sino eso. Con todo, no podía. Algo le cerraba el camino por aquel lado.

¿Y qué era ese algo? ¿Hay en el mundo una cosa distinta de los tribunales, de las sentencias ejecutorias, de la policía y de la autoridad? Las ideas de Javert se confundían.

¡Un presidario sagrado! ¡Un presidiario que se emancipa de la justicia por causa de Javert!

¿No era horrible que Javert y Jean Valjean, el hombre hecho para el rigor y el hombre hecho para el padecimiento, ambos sujetos a la ley, hubiesen llegado al extremo de sobreponerse a ella?

¡Cómo! ¡Sucedían atrocidades por el estilo, y nadie sería castigado! ¡Jean Valjean más fuerte que todo el orden social, se vería libre, y Javert continuaría comiendo el pan del gobierno!

Poco a poco su meditación tomaba un carácter terrible.

También hubiera podido dirigir a su conciencia algún cargo con motivo del insurrecto conducido a la calle de las Monjas del Calvario, pero no pensaba en él. La falta menor se perdía en la mayor. Por otra parte, tratábase de un hombre evidentemente muerto, y con la muerte concluye la persecución legal.

Jean Valjean era el preso que abrumaba su espíritu.

Jean Valjean le desconcertaba. Los axiomas que habían sido los puntos de apoyo de toda su vida, caían por tierra ante aquel hombre. La generosidad usada con él le tenía agobiado. Recordaba hechos que en otro tiempo había calificado de mentiras y locuras, y que ahora le parecían realidades. La figura del señor Magdalena se bosquejaba por detrás de Jean Valjean, superponiéndose ambas, y no formando más que una, que era venerable, Javert sentía penetrar en su alma alguna cosa horrible: la admiración hacia un presidiario. Pero, ¿se concibe que se respete a un presidiario? No, y a pesar de ello, él le respetaba. Por más esfuerzo que hacía, tenía que confesar en su fuero interno la sublimidad de aquel miserable. Esto era odioso.

Un malhechor benéfico, un presidiario compasivo, dulce, clemente, recompensando el mal con el bien, el odio con el perdón, la venganza con la piedad; prefiriendo perderse a perder a su enemigo; salvando al que le había herido, de rodilla en lo más culminante de la virtud, más cerca del ángel que del hombre; era un monstruo cuya existencia no podía ya negar Javert.

Imposible que esto continuase así.

Preciso es convenir en que él no se había rendido de buen grado a aquel monstruo, a aquel ángel infame, a aquel héroe terrible, que le causaba tanta indignación como asombro. Veinte veces, cuando iba en el carruaje en compañía que Jean Valjean, el tigre legal había rugido en él. Veinte veces había sentido tentaciones de arrojarse sobre Jean Valjean, cogerle, devorarle, esto es, sorprenderle: ¿Había nada más sencillo? Con gritar delante del primer cuerpo de guardia: “¡Un presidiario que se ha fugado!”; y luego llamar a los gendarmes, y decirles: “Os entrego a ese hombre”; marchándose y dejándole allí, sin volver a ocuparse en la suerte del criminal, todo estaba concluido, la ley podía disponer del preso como estimase mejor. ¿Qué cosa más justa? Javert había pensado todo esto, había querido ponerlo en ejecución, prender a aquel hombre; y entonces, lo mismo que ahora tropezó con una barrera insuperable; cada vez que la mano del inspector de policía se levantaba convulsivamente para coger a Jean Valjean por el cuello, aquella mano como si tirase de ella un peso enorme, había vuelto a caer, y en el fondo de su pensamiento oía una voz, una voz extraña que le gritaba: “Bueno. Entrega a tu salvador, y en seguida haz traer la jofaina de Poncio Pilatos, y lávate”. Después se examinaba a sí mismo, y, junto a Jean Valjean ennoblecido, contemplaba a Javert degradado.

¡Un presidiario era su bienhechor!

Pero ¿por qué había permitido que aquel hombre le perdonase la vida? Tenía derecho a morir en la barricada, y hubiera debido usar de este derecho. Hubiera debido llamar a los demás insurrectos en su auxilio contra Jean Valjean, y haber hecho que le fusilase: valía más así.

Su angustia mayor era la desaparición de la certidumbre. Sentía como si le faltasen las raíces. El Código no era más que un papel mojado en su mano. Acometíanle escrúpulos de una especie desconocida. Efectuábase en él una revelación sentimental enteramente distinta de la afirmación legal, su medida única hasta entonces. No le bastaba ya permanecer en la honradez antigua. Un orden de hechos inesperados surgía y le subyugaba. Era para su alma un mundo nuevo: el beneficio aceptado y devuelto, la abnegación, la misericordia, la indulgencia, las violencias hechas por la piedad a la austeridad, la acepción de personas; no más sentencias definitivas, no más condenas; la posibilidad de una lágrima en los ojos de la ley; cierta justicia, según Dios, contraria a la justicia, según los hombres. Divisaba en las tinieblas la imponente salida de un sol moral desconocido, y experimentaba al mismo tiempo el horror y el deslumbramiento de semejante espectáculo. Búho obligado a dirigir miradas de águila.

¡Con que era verdad que existían excepciones, que la autoridad podía desconcertarse, que la regla podía retroceder ante un hecho, que no cabía en el texto de la ley, que lo imprevisto se hacía obedecer, que la virtud de un presidiario podía tender un lazo a la virtud de un empleado público, que lo monstruoso podía ser divino, que el destino tenía emboscadas de esta clase, y que el mismo Javert no estaba al abrigo de una sorpresa!

Veíase en la necesidad de reconocer con desesperación, que la bondad existía. Aquel presidiario había sido bueno; y también él, ¡cosa inaudita!, acababa de serlo. Íbase, pues, depravando.

Se aceptaba cobarde, y tenía horror de sí mismo.

El ideal para Javert no era ser humano, grande, sublime; era ser irreprensible.

Ahora bien; acababa de cometer una falta. ¿Cómo había podido cometerla?

¿Cómo había pasado todo aquello? Ni él mismo lo sabía. Se cogía la cabeza con ambas manos; pero, a pesar de sus esfuerzos, no alcanzaba a explicárselo.

Él, sin duda, había tenido siempre intención de poner a Jean Valjean a disposición de la ley, de que era cautivo, y de la cual él, Javert, era esclavo. Jamás, mientras le tuvo en sus manos, le había ocurrido el pensamiento de dejarle ir. Hízolo, pues, en cierto modo, contra su voluntad, y sin saber lo que hacía.

¡Interrogatorio tremendo! Dirigíase preguntas, daba respuestas, y estas respuestas le aterraban. Preguntábase: “¿Qué ha hecho ese presidiario, a quien he perseguido sin cesar, que e ha tenido bajo sus pies, que podía y debía vengarse, tanto por rencor como por seguridad, dejándome la vida, perdonándome? ¿Su deber? No. Algo más. Y yo, perdonándole a mi vez, ¿qué he hecho? ¿Mi deber? No. Algo más. ¿Hay, pues, algo por encima del deber?”. Al llegar aquí se asustaba; dislocábase su balanza; uno de los platillos caía en el abismo, el otro se elevaba al cielo; y Javert sentía el mismo terror por el que subía como por el que bajaba. Sin haber en él nada de lo que se llama volteriano o filósofo, o incrédulo; lleno, al contrario, instintivamente de respeto hacia la Iglesia establecida, no la conocía, sin embargo, sino como un fragmento augusto del edificio social. El orden era su dogma y le bastaba. Desde que tuvo edad de hombre y empezó a desempeñar su cargo, cifró en la policía casi toda su religión. Consideraba (y cuenta que empleamos aquí las palabras sin la menor ironía, en la acepción más formal) el espionaje como un sacerdocio. Tenía un superior, que era el señor Gisquet; apenas había pensado hasta aquel día en ese otro superior: Dios.

¡Dios!, sentíale dentro de sí inesperadamente, y experimentaba cierto malestar.

El hecho predominante para él era que acababa de cometer una espantosa infracción. Había dado libertad a un criminal reincidente, a un presidiario. Había robado a las leyes un hombre que les pertenecía. Nada menos que esto había hecho, y no se comprendía a sí mismo.

Ni siquiera concebía las razones de su modo de obrar. Agitánale una especie de vértigo. Hasta entonces había vivido con la fe ciega que engendra la probidad tenebrosa. Abandonábale esta fe; faltábale esta probidad. Todas sus creencias se desvanecían. Algunas verdades, que no quería escuchar, le asediaban inexorablemente.

En adelante era preciso ser otro hombre. Padecía los extraños dolores de una conciencia ciega, bruscamente devuelta a la luz. Veía lo que le repugnaba ver. Encontrábase vacío, inútil, segregado de su pasada vida, destruido, disuelto. En él había muerto la autoridad, y no teníaya razón de ser.

¡Situación terrible la de sentirse conmovido!

¡Ser de granito y dudar! ¡Ser estatua del castigo fundida de una vez en el molde de la ley, y hallar de repente que bajo el pecho de bronce hay algo de absurdo y de rebelde que se asemeja casi a un corazón! ¡Pagar un bien con otro bien, aunque hasta allí se hubiese creído que aquel bien era el mal! ¡Ser el perro de guardia y lamer! ¡Ser el hielo, y derretirse! ¡Ser la tenaza, y convertirse en mano! ¡Sentir de improviso que los dedos se abren para soltar la presa! ¡Horrible situación!

¡El hombre proyectil sin saber ya el camino, y retrocediendo!

No había sino dos maneras de salir de tan violento estado. Una, ir resueltamente a casa de Jean Valjean y prender al reo. Otra…

Javert dejó el parapeto, e irguiendo su cabeza, se dirigió a paso firme al cuerpo de guardia indicado por un farol en una de las esquinas de la plaza del Chatelet.

Miró por el ventanillo, y viendo que estaba dentro un municipal, entró. Los empleados de policía se conocen entre sí en el modo como empujan la puerta de un cuerpo de guardia.

Javert dijo su nombre, mostró su tarjeta al municipal y se sentó junto a una mesa, sobre la cual había pluma, tintero y papel, por si se ofrecía formar alguna sumaria eventual, y también para escribir los partes de las rondas nocturnas.

La mesa del cuerpo de guardia, con su correspondiente silla de paja, es una especie de institución; existe en todos los puestos de policía; sus constantes adornos son: un platillo de boj lleno de serrín y una caja de cartón con obleas encarnadas. Es el piso bajo del estilo oficial. Por ella empieza la literatura del Estado. Javert tomó la pluma y un pliego de papel, y se puso a escribir lo siguiente:

“ALGUNAS OBSERVACIONES
Para bien del Servicio

Primero. Suplico al señor prefecto que pase la vista por estas líneas.

Segundo. Los detenidos que vienen de la sala de Audiencia se quitan los zapatos, y permanecen descalzos en el piso de ladrillos mientras se les registra. Muchos tosen cuando se les conduce al encierro. Esto ocasiona gastos de enfermería.

Tercero. Es bueno seguir la pista, relevándose los agentes de distancia en distancia; pero convendría que en las ocasiones importantes, dos agentes, por lo menos, no se perdiesen de vista, con objeto de que, si por cualquier causa un agente afloja en el servicio, el otro le vigile y haga sus veces.

Cuarto. No se comprende por qué el reglamento especial de la cárcel de las Maledonetas prohíbe al preso que tenga una silla, aun pagándola.

Quinto. En la cantina de las Maledonetas no hay más que dos barrotes y esto permite a la cantinera dejarse tocar la mano por los detenidos.

Sexto. Los detenidos, llamados ladradores, porque llaman a los otros a la reja, exigen dos sueldos de cada preso por pregonar su nombre con voz clara. Es un robo.

Séptimo. Por un hilo corredizo se retienen diez sueldos al preso en el taller de los tejedores. Es un abuso del contratista, pues no es menos bueno el lienzo sin eso.

Octavo. No parece bien que los que van a visitar la Fuerza, tengan que atravesar por el patio de los raterillos para ir al locutorio de santa María Egipciaca.

Noveno. Es cierto que diariamente se oye a los gendarmes referir en el patio de la Prefectura los interrogatorios de los detenidos. En un gendarme, que debiera ser sagrado, semejante revelación es una grave falta.

Décimo. La señora Henry es una buena mujer; su cantina está muy aseada; pero no es conveniente que una mujer pueda disponer del secreto del calabozo. Esto no es digno de la Conserjería de una gran civilización..

Javert trazó las anteriores líneas con mano firme y escritura correcta, no omitiendo una sola coma, y haciendo crujir el papel bajo su pluma. Al pie firmó:

Javert
Inspector de primera clase.
En el cuerpo de guardia de la plaza del Chatelet.
7 de junio de 1832, a eso de la una de la madrugada.”.

Secó la tinta fresca, dobló el papel en forma de carta, le puso una oblea y escribió encima: “Nota para la administración”; lo dejó sobre la mesa, y salió del cuerpo de guardia. La puerta se cerró tras él.

Cruzó de nuevo diagonalmente la plaza del Chatelet, llegó al muelle, y fue a situarse con una exactitud automática en el punto mismo que había dejado hacía un cuarto de hora. Los codos, como antes, sobre el parapeto; la actitud idéntica. Parecía no haberse movido.

Oscuridad completa. Era el momento sepulcral que sigue a la medianoche.

Nubes espesas ocultaban las estrellas. El cielo tenía un aspecto siniestro. No se veía una sola luz en las casas de la “Cité”; no se pasaba nadie; las calles y los muelles adonde la vista podía alcanzar, estaban desiertos; Nuestra Señora y las torres del Palacio de Justicia parecían lineamentados en la noche. Un farol alumbraba el pretil del muelle. Los perfiles de lo puentes iban desapareciendo en las tinieblas unos tras otros. El río había crecido con las lluvias.

El paraje en que se había apoyado Javert estaba, como se recordará, situado por encima del remolino del Sena, perpendicularmente a la formidable espiral de las olas que se desatan y vuelven a atar como un tornillo sin fin.

Javert inclinó la cabeza y miró. Todo estaba negro. No se distinguía nada. Oíase el ruido de la espuma, pero no se veía el río. Por instantes aparecía en aquella profunda vorágine una luz que serpenteaba vagamente. Es virtud que tiene el agua de coger la luz, no se sabe de dónde, en medio de la noche más completa, y convertirla en culebra. La claridad no tardaba en disiparse, y todo volvía a quedar confuso y negro. La inmensidad parecía estar allí abierta. Debajo no era aquello agua, sino abismo. La muralla del muelle, recta, confusa, mezclada con el vapor, y ocultándose en seguida, producía el efecto de una muralla del infinito.

No se veía nada; pero se sentía la frialdad hostil del agua, y el olor especial de las piedras mojadas. Subía del abismo un hálito salvaje. La crecida del río que se adivinaba más bien que se percibía, el trágico murmullo de las olas, la enorme lobreguez de los arcos del puente, la caída imaginable en aquel sombrío precipicio, todo estaba lleno de horror.

Javert permaneció algunos minutos inmóvil, mirando aquel abismo de tinieblas. Consideraba lo invisible con una fijeza que tenía algo de atención. El único ruido era el del agua.

De repente se quitó el sombrero y lo puso en el pretil del muelle. Poco después apareció de pie sobre el parapeto una figura alta y negra, que a lo lejos cualquier transeúnte retardado hubiera podido tomar por un fantasma; se inclinó hacia el Sena, volvió a enderezarse, y cayó luego a plomo en las tinieblas.

Hubo un estremecimiento sordo, y únicamente la sombra estuvo en el secreto de las convulsiones de aquella forma oscura que desapareció bajo las aguas.

Fragmento del Libro cuarto de Los Miserables de Victor Hugo

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...