sábado, mayo 19, 2012

Algún día, cuando haya aprendido a viajar a través del tiempo...

—Contento de verlo —dijo Chalmers.

Estaba sentado cerca de la ventana, con el rostro pálido. Dos grandes cirios se derretían junto a su codo y arrojaban una luz de ámbar sobre su nariz larga y su barba recogida.

En el departamento de Chalmers no había absolutamente nada moderno. Tenia el alma medieval.
Cruzaba yo la habitación hacia el diván que acababa de ordenar para mí, cuando percibí sobre su escritorio la obra de un célebre físico contemporáneo. Esto me extrañó, al igual que las curiosas figuras geométricas que Chalmers había trazado en un delgado papel amarillo.

—Einstein y John Dee son singulares compañeros de alcoba—dije mientras mi mirada se desplazaba de las ecuaciones matemáticas para ir a posarse sobre las decenas de libros raros que componían la pequeña biblioteca de mi amigo. Plotino y Manuel Moscopulos, santo Tomás de Aquino y Freclede Bessy cohabitaban en el mueble de ébano. Los sillones, la mesa, el escritorio, se hallaban cubiertos de opúsculos acerca de los sortilegios medievales y la magia, así como artículos que contenían los temas audaces y vigorosos, impregnados del gran resplandor del pensamiento moderno.

Chalmers sonrió, y ofreciéndome cigarrillos rusos dijo:

—Estamos descubriendo que los antiguos alquimistas y hechiceros tenían un 75 % de razón y que los biólogos y materialistas modernos no la tienen en el 90% de los casos.

A ello respondí con un pequeño movimiento de impaciencia.

—Usted siempre se ha mofado de la ciencia de nuestros días.

Replicó él:

—Sólo me mofo del dogmatismo científico. He sido siempre un rebelde, un campeón de la originalidad y de las causas perdidas. He decidido repudiar también las conclusiones de los biólogos contemporáneos.

—¿Y Einstein? —inquirí.

Murmuró con respeto:

—Un sacerdote de las matemáticas trascendentes. Un místico profundo, un explorador de los grandes reinos cuya existencia sólo se sospecha.

—¿De modo que no desprecia usted enteramente la ciencia?

—Por supuesto que no; pero eso sí, no tengo ninguna confianza en el positivismo de los últimos cincuenta años, en el pensamiento de Haecl, Darwin y Bertrand Russell. Creo que es deplorable el fracaso de la biología, toda vez que ha intentado explicar el origen y el destino del hombre.

—Déles usted tiempo.

Los ojos de Chalmers centellearon:

—Amigo mío; acaba usted de incurrir en un retruécano sublime: déles tiempo... Es lo que quisiera hacer, pero cuando al biólogo moderno se le habla del tiempo, sonríe irónicamente. Tiene la clave y se niega a hacer uso de ella. ¿Qué sabemos nosotros del tiempo? Einstein cree que es relativo, que es posible interpretarlo en función de espacio, de espacio curvo. ¿Mas es preciso detenerse allí? Donde las matemáticas ya no nos soportan, ¿acaso no podemos avanzar por intuición?

—Terreno peligroso. El verdadero investigador evita este género de señuelo. Tal la razón por la cual la ciencia moderna ha avanzado con tanta lentitud. No acepta nada que no pueda demostrar. Pero usted...

—Yo... tomaré achís, opio, todas las drogas. Imitaré a los sabios orientales y podré luego captar quizás...

—¿Qué?

—La cuarta dimensión.

—¡Es imbecilidad teosófica!

—Tal vez, pero creo que las drogas colocan a la conciencia humana en expansión. William James coincidía sobre esto. Y he descubierto una nueva.

—¿Una droga nueva?

—Ha sido, empleada hace ya varios siglos por alquimistas chinos, pero es casi desconocida en Occidente. Sus propiedades ocultas son sorprendentes. Con la ayuda de esta droga y lo que he descubierto en el terreno de las matemáticas pienso poder viajar en el pasado.

—No le comprendo.

—El tiempo sólo es nuestra percepción imperfecta de un nuevo tipo de dimensión espacial. El tiempo y el movimiento son dos ilusiones. Todo lo que ha existido desde el comienzo del mundo existe ahora. Los acontecimientos que se desarrollaron a través de los milenios continúan. Los humanos que conocemos son fracciones infinitamente pequeñas de un todo enorme. Cada uno de nosotros está vinculado a toda la vida que le ha precedido en el planeta. Todos sus antepasados forman parte de él. Sólo el tiempo lo separa de ellos y el tiempo es una ilusión.

Dije, en un susurro:

—Creo que comienzo a comprender.

—Aunque tenga solamente una idea vaga, podrá usted ayudarme. Quiero arrancar de mis ojos el velo de la ilusión y ver el comienzo y el fin.

—¿Y cree que esta nueva droga le ayudará?

Chalmers tomó una cajita cuadrada que se hallaba sobre la chimenea, diciendo:

—Tengo aquí cinco gránulos de la droga Liao, utilizada por el filósofo chino Lao-Tsé, bajo cuya influencia vio a Tao, que es la fuerza más misteriosa del mundo. Contiene el universo visible y todo lo que llamamos realidad. Quien puede percibir el misterio de Tao sabrá todo lo que fue y lo que será.

—¿Quimeras? —insinué.

—Tao se asemeja a un animal grande e inmóvil, que contiene todos los mundos, el pasado, el presente y el futuro. Vemos una parte de este monstruo a través de una fisura que llamamos tiempo. Con la ayuda de esta droga voy a ensanchar la fisura. Veré así el gran rostro de la vida; la bestia agazapada, entera.

—¿Y yo, qué tendré que hacer?

—Escuchar, amigo mío. Escuchar y tomar nota. Si me interno demasiado lejos en el pasado habrá que recordármelo, sacudiéndome violentamente. Si doy a entender que sufro demasiado físicamente, recuérdeme en seguida.

—No apruebo esta experiencia, Chalmers, no creo en la cuarta dimensión y menos aun en Tao. No apruebo las drogas desconocidas.

—Conozco las propiedades de esta droga, sus efectos sobre el ser humano y sus peligros. No presenta riesgos pero temo perderme en el abismo del tiempo, pues ayudaré a esta droga.

Antes de ingerir la píldora, confío en concentrar mi atención sobre el símbolo de geometría algebraica que he trazado en este papel.

Mi espíritu habrá estado preparado. Antes de penetrar en el mundo del sueño de la mística oriental habré adquirido toda la ayuda matemática que la ciencia puede ofrecerme. La droga habrá abierto las puertas de la percepción y las matemáticas me permitirán comprender.

En mis sueños ya llegué a captar 1a cuarta dimensión por emoción y por intuición, pero nunca he sido capaz, en mi vida despierta, de captar los ocultos esplendores que me habían sido momentáneamente revelados. Con la ayuda que usted me dispensará pienso volver a alcanzarlos. Observe todo cuanto yo diga, aun cuando le parezca extraño o incoherente. Una vez despierto, creo que podré suministrar la clave. No estoy seguro de tener éxito, pero de ser así —sus ojos se tornaron singularmente luminosos—, ¡el tiempo no existirá para mí!

Se sentó bruscamente.

—Haré la experiencia inmediatamente. Tenga la bondad de colocarse cerca de la ventana y vigilarme. ¿Tiene con qué escribir?

Saqué una estilográfica con tinta verde pálido y un anotador. Con profunda atención Chalmers miró los diagramas geométricos. Yo escuchaba el tic-tac del reloj sobre la chimenea, marcando los segundos. Un vago temor me oprimía la garganta. De súbito, el reloj se detuvo. En ese preciso momento Chalmers ingirió la droga. Me acerqué a él y me imploró con los ojos, murmurando:

—El reloj está parado. Las fuerzas que lo controlan aprueban mi experiencia. ¡Dios mió, haz que no me extravíe en el camino!

Bajó los párpados y se estiró sobre el sofá. Su rostro estaba exangüe y respiraba con dificultad. Luego dijo:

—Las tinieblas comienzan. Tome nota de esto: los objetos familiares del cuarto que veo con vaguedad a través de mis párpados se esfuman muy rápido.

Agité la estilográfica para corregir el fluido de la tinta, que salía mal, y continué anotando.

—Me voy de la habitación. Las paredes desaparecen. El rostro suyo es siempre visible. Espero que esté escribiendo. Creo que voy a saltar a través del espacio o tal vez a través del tiempo.

De repente se inmovilizó y sus ojos se abrieron.

—Veo —dijo.

Miraba la pared que estaba frente a él, pero yo sabía que estaba viendo más allá de este obstáculo.

—; Chalmers! i Chalmers! —exclamé—. ¿Debo despertarlo?

—No lo haga —gruñó—. ¡Lo veo todo! Los miles de millones de vidas que me han precedido en este planeta se encuentran delante de mí. Veo hombres de todas las edades, de todas las razas, de todos los colores. Se pelean, se matan, construyen, bailan, cantan. Están sentados alrededor de fuegos rudimentarios, en desiertos grises y tratan de elevarse en los aires, con monoplanos. Viajan por los mares en navíos hechos con cortezas y en enormes vapores. Pintan figuras de bisontes y mamutes sobre las paredes de mustias cavernas y recubren grandes lienzos con los diseños extraños del futurismo. Veo la emigración llegada de la Atlántida. Veo la emigración llegada de Lemuria. Veo las razas de la antigüedad: los enanos negros que invaden el Asia, y los hombres de Neanderthal, con sus cabezas gachas y sus rodillas genuflexas que pululan en Europa. Veo los burdos comienzos de la cultura helénica. Estoy en Atenas y Pericles es joven. Estoy sobre el suelo de Italia. Participo en el rapto de las Sabinas. Marcho con las legiones imperiales. Tiemblo de respeto y de terror cuando flotan los estandartes gigantescos y cuando el suelo se estremece bajo los pasos de Hastati victorioso. Al pasar en una litera de oro y marfil conducida por los negros toros de Tebas, mil esclavos desnudos caen arrodillados delante de mí y las doncellas cubiertas de flores gritan: "¡Ave César!" Soy esclavo en una galera romana. Veo una gran catedral que ha sido construida piedra sobre piedra.
Estoy crucificado con la cabeza hacia abajo en los jardines de Nerón y contemplo las cámaras de tortura de la Inquisición. Entro en los templos de Venus y me inclino, sumido en profunda adoración, delante de la Magna Mater y arrojo monedas sobre las rodillas de las cortesanas sagradas, en los jardines de Babilonia. Penetro en un teatro isabelino, y en medio de la multitud hedionda aplaudo El Mercader de Venecia. Camino con Dante por las estrechas calles dé Florencia, y el manto de Beatriz, guarnecido de flecos, pasa rozando mis sandalias. Soy un sacerdote de Isis y mi magia asombra a las naciones. Simón Magnus se arrodilla en mi presencia, implorando mi ayuda, y el faraón tiembla cuando me aproximo. En las Indias, hablo con los Maestros y huyo trémulo y aterrado, pues sus revelaciones son como la sal sobre la llaga sangrienta. Todo lo percibo simultáneamente. Mediante un simple esfuerzo puedo ver cada vez más lejano el pasado. Regreso ahora hacia el origen, a través de curvas y ángulos extraños. Existe un tiempo curvo y un tiempo angular.
Los seres que viven en el tiempo curvo no pueden penetrar en el tiempo angular, lo cual es muy extraño. Sigo retrocediendo; el hombre ha desaparecido. Reinan los reptiles. Los reptiles han desaparecido. Los únicos seres vivos son simples células. A mi alrededor hay ángulos, ángulos que no tienen ninguna relación con los que conocemos. Tengo miedo, desesperadamente. Existen en la creación abismos en los cuales el hombre jamás ha penetrado.

Siempre bajo el acecho de mi mirada, Chalmers se puso de pie y, gesticulando, musitó:

—Atravieso ángulos no terrestres. Me acerco a un terror ardiente.

—Chalmers —le dije—, ¿quiere usted que intervenga?

—Todavía no —exclamó—, quiero ver lo que hay más allá.

Un sudor frío corría por su frente. Su rostro, desfigurado por el espanto, era de color ceniza.

—Más allá de la vida existen cosas que no puedo distinguir. Se mueven lentamente a través de ángulos. No tienen cuerpo y se mueven con lentitud a través de ángulos aterradores. En ese preciso instante percibí un olor en la habitación. Un olor penetrante, imposible de describir.

Cuando hube vuelto junto a Chalmers, éste gritaba desaforadamente:

—¡Me han oído! ¡Vienen hacia mí!

Lo sacudí con energía, diciéndole:

—¡Deténgase! ¡Deténgase! Nadie puede hacerle daño en esta habitación.

A fuerza de sacudirlo, la locura desapareció de su rostro.

—Esta droga —dije—, es el mismo demonio.

—No es la droga —respondió—. Lo que ocurre es que me han escuchado a través del tiempo.

—¿A qué se parecían? —pregunté para sosegarlo.

—No existen las palabras. Están simbolizadas vagamente en el mito de la Caída y en una forma obscena que suele hallarse de vez en cuando en las tabletas grabadas. Los griegos tenían para ellos un nombre que ocultaba su horror esencial. La manzana, el árbol y la serpiente son los símbolos del más terrible misterio.

Volvió a prorrumpir en gritos desaforados:

—¡Frank! ¡Frank! Un acto terrible e incalificable tuvo lugar al principio. Antes del tiempo, el acto, y después del acto...

Caminaba histéricamente por el cuarto.

—Las consecuencias del acto se mueven a través de ángulos en los oscuros y recónditos recovecos del tiempo ¡Tienen hambre y sed!

—¡Chalmers! —le supliqué—. ¡Vivimos en la tercera década del siglo xx!

—¡Tienen hambre y sed! ¡Los perros de Tin-dalos! —vociferó.

—¡Chalmers! ¿Hay que llamar a un médico?

—Ningún médico puede ayudarme. Son horrores del alma, y sin embargo son reales. Durante un instante me encontré del otro lado. Me hallaba sobre las pálidas riberas, más allá del tiempo y del espacio. En una luminosidad espantosa que no era luz, en el silencio ululante, los he visto. Todo el mal del universo estaba concentrado en su cuerpo. Pero, ¿acaso tenían cuerpo? No estoy seguro. Los he oído respirar. Sentí su aliento sobre mi rostro. He huido a través de miles de millones de años.
Pero me han oído. Los hombres despiertan en sí mismos apetitos cósmicos. Tienen sed de lo que es propio en nosotros, de lo que emergió del acto sin mácula. Hay una parte de nosotros que no participa del acto, y es lo que aborrecen. En el dominio en que se encuentran no hay bien o mal ajustados a nuestra escala. Hay lo puro y lo impuro, lo impuro que se expresa a través de ángulos y lo puro a través de curvas. No se ría usted.

Me levanté para irme y le dije al salir:

—Tengo mucha pena por usted, Chalmers, pero todo esto no es más que delirio. Le enviaré a mi médico.

Resumen de dos artículos aparecidos en la "Partridgville Gazette" del 3 de julio de 1928:

Un temblor de tierra sacude al barrio financiero.
Un violento temblor de tierra conmovió el centro de la ciudad, a las dos de la madrugada. Los bomberos están tratando de extinguir el incendio que estalló en una fábrica de cola.

Escritor ocultista asesinado.
Acaba de ser descubierto el cadáver de Halpin Chalmers, escritor ocultista. El cuerpo, hallado en su habitación, estaba desnudo y recubierto por una extraña gelatina azul. Se encontraron varias hojas de papel amarillo, medio calcinadas. Las frases que contienen sólo dan pocos indicios: "Espero, miro la pared y el techo. No creo que puedan llegar hasta mi, pero recelo de los Doëls, pues pueden venir en ayuda de los perros de Tindalos. Los sátiros también los ayudarán y pueden avanzar a través de los círculos purpúreos. Los griegos disponían de un medio para impedirlo. Lástima que hayamos olvidado tanto..."

Informe de James Marión, químico especializado en bacteriología:
"Señor Juez de Instrucción:
El fluido que me ha remitido para someterlo a análisis es el más extraño que jamás haya tenido que examinar. Se asemeja al protoplasma, pero carece de enzimas, que son los elementos catalizadores de la vida, y los biólogos creen que ninguna sustancia viva puede existir sin aquéllas. No obstante, están ausentes en la gelatina viva que usted me ha dado para estudiar."

Extracto de un manuscrito titulado "Los que velan en silencio", por el malogrado Halpin Chalmers:
"¿Y si, paralelamente a la vida que conocemos, hubiera otra? ¿Y si pudiera llegar de dimensiones desconocidas algo semejante a la energía y crear una forma nueva de vida celular en nuestro espacio-tiempo? Nadie puede probar que una nueva vida como esa existe en nuestro universo, pero he visto sus manifestaciones. En mi habitación, durante la noche, he hablado con los Doels. Y en mis sueños he visto a su Maestro. De pie, sobre una ribera lejana, más allá del tiempo y de la materia, lo he visto. Se mueve a través de curvas extrañas y ángulos aterradores. Algún día, cuando haya aprendido a viajar a través del tiempo, lo reconoceré cara a cara."

Los perros de Tindalos de Frank Belknap Long

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