Toda violencia desorganizada es como...
Eran las dos de la madrugada en Harlem y hacía calor. Aunque
no lo experimentaras, lo podías deducir de los movimientos de la gente, Todos
se sentían flexibles, las glándulas lubricadas, los cerebros se movían a compás
como una máquina de coser «Singer». Todos se adelantaban al juego. No había más
que un necio a la vista. Era un blanco.
Estaba de pie, apoyado en la puerta vaivén de la tienda United
Tobacco, en la esquina noroeste de la
Calle 125 y la Séptima Avenida , observando a los maricas que
jaraneaban en la barra del bar del edificio Theresa, en la esquina opuesta. Las
puertas vidrieras estaban plegadas y la barra se abría hacia la calzada.
El hombre blanco estaba excitado por el espectáculo de los maricas.
Eran de color y la mayoría muy jóvenes. Llevaban el cabello liso como la seda,
ondeante como el mar; largas pestañas postizas orlaban los ojos, arqueadas con
el maquillaje; y lucían grandes labios, acolchados, pintados de color tostado.
Los ojos daban impresión de desnudez: descarados, envilecidos, desvergonzados;
su mirada codiciosa era la misma que la del gourmet enfermo. Vestían
pantalones muy ajustados, color pastel, y camisas deportivas de mangas cortas
que dejaban al descubierto sus brazos bronceados. Algunos, sentados sobre los
altos taburetes junto al mostrador, permitían a los demás apoyarse sobre sus
hombros. Trinaban sus voces, movían sus cuerpos, los ojos iban de un lado al
otro, y fruncían sus labios de manera sugestiva. En los rostros sudorosos y
oscuros relampagueaban sus dientes blancos, los ojos desnudos aparecían
excitados, como si saliera humo de aquellas copas negras de maquillaje. Se
tocaban los unos a otros suavemente con la punta de los dedos, lo hacían con
compulsión y exclamaban en un tono de falsete sin aliento: «Chica…» Sus
movimientos licenciosos, indecentes, sugerían la orgía que tendría lugar en sus
mentes. La noche caliente de Harlem había abatido su amor.
El hombre blanco les miró con envidia. Su cuerpo se crispó
como si se hubiera detenido encima de un hormiguero. Sus músculos se tensaron
en los lugares más extraños, uno de los costados de su cara se contrajo, sintió
calambres en el pie derecho, los pantalones le apretaban en la entrepierna, se
mordió la lengua, uno de los ojos saltó de la cuenca. Podía decirse que su
sangre se movía revuelta, pero sin que supiera en qué sentido. No podía
controlarse. Salió de su escondite.
Al principio, nadie notó su presencia. Era un hombre blanco,
de aspecto común, pelo blanco y bien parecido, vestido con pantalones de color
gris claro y una camisa sport blanca. En cualquier noche cálida como
aquélla resultaba fácil encontrar a algún blanco en esa esquina. En cada una de
las cuatro esquinas había un brillante farol callejero y los policías vigilaban
siempre a distancia. En aquel cruce los hombres blancos podían sentirse tan
seguros como en Times Square. Además, cada vez eran mejor recibidos.
Pero este hombre no pudo evitar actuar con culpa y temor. Se
deslizó por la calle como una polilla en la luz. Caminó realizando movimientos
de cangrejo, de un solo lado, como si rindiera solamente el borde de su cuerpo
a su inflamada pasión. Observaba a los jovencitos jacarandosos con tal
intensidad que un taxi, que se acercó a gran velocidad por el este, casi le
atropelló… Se produjo un repentino chirrido de frenos, y el grito enfurecido
del conductor del vehículo.
—¡Hijo de puta! ¿Nunca viste a un marica?
Saltó al bordillo de la acera con el rostro encendido de
rabia. Los ojos desnudos y maquillados que estaban en el mostrador se volvieron
hacia él.
—¡Oooohhhh! —gritaron las voces en falsete, regocijadas—. ¡Un
mentecato!
El blanco regresó al borde de la calzada con la cara
enrojecida como si estuviera a punto de correr o de llorar.
—¡No corras, mamita! —dijo alguien.
Los dientes blancos centellearon entre los gruesos labios
color tostado. El hombre blanco bajó los ojos y siguió por el borde de la
acera, dobló la esquina y bajó por la
Calle 125 hacia la Séptima Avenida.
—¡Miradla, se pone roja! —dijo otra voz, provocando risas.
El hombre blanco mantuvo su mirada hacia delante como si les
ignorara, pero cuando llegó al final de las mesas con la intención de pasar, un
hombre pesado y grave, sentado entre dos asientos vacíos, se levantó como para
marcharse, y aprovechándose de la distracción, el hombre blanco se deslizó en
el asiento desocupado.
—¡Café! —ordenó con voz fuerte y firme. Quería que supieran
que lo único que deseaba era café.
El camarero le lanzó una mirada de asentimiento.
—Sé lo que quiere.
El hombre blanco se vio obligado a mirar de frente a los ojos
desnudos del camarero.
—Café, es todo.
Los labios del camarero se torcieron con una sonrisa burlona.
El hombre blanco se dio cuenta que también los llevaba pintados. Aquellos
labios pesados y brillantemente tostados eran extraordinariamente seductores.
Para llamar su atención el camarero le habló de nuevo.
—¡Costillas! —susurró con voz sugerente y ronca.
El hombre blanco le miró como un caballo arisco.
—No quiero comer nada.
—Ya sé.
—Café.
—Costillas.
—Negro.
—Costillas negras. Todos ustedes los mujercitas blancos son
iguales.
El hombre blanco optó por hacerse el ignorante. Actuó como si
no supiera de qué le hablaban.
—¿Está discriminándome?
—No, por Dios. Costillas, negro…, quiero decir, café…, ya se
lo traigo.
Uno de los mariquitas se acercó al hombre blanco, y apoyó la
mano en su pierna.
—Ven conmigo, nenita.
El hombre blanco le apartó la mano y le miró con altivez.
—¿Nos conocemos?
El mariquita gruñó:
—Difícil de tratar, ¿no?
El camarero apartó la mirada de la cafetera.
—No molestes a mis clientes —dijo.
El mariquita reaccionó como si hubiera entre ellos un secreto
entendimiento.
—¡Oh! ¿Conque es así?
—¡Jesucristo! ¿Qué es lo que ocurre? —explotó el hombre
blanco.
El camarero le sirvió el café negro.
—Como si usted no lo supiera —susurró.
—¿Qué significa esta gracia?
—¿No son hermosos?
—¿Qué?
—Todos ellos, con las bocas ardientes y tostadas.
De nuevo el rostro del hombre blanco se inflamó. Alzó su taza
de café. Su mano tembló de tal modo que volcó un poco de líquido sobre el
mostrador.
—No se ponga nervioso —dijo el camarero—. Ya está hecho. Saque
el dinero y elija.
Otro hombre se sentó en el taburete junto al hombre blanco.
Era delgado, alto y negro, con una cara larga, suave. Llevaba pantalones negros,
una camisa también negra de mangas largas y botones negros y un gorro rojo
brillante. Alrededor de su gorro llevaba una ancha banda negra con grandes
letras blancas que decían: poder negro. Podría
haber sido un musulmán negro pero éstos evitaban el contacto con los
pervertidos y casi nunca se les veía en aquel mostrador. La librería que estaba
al otro lado, en diagonal a la Séptima Avenida , donde los negros musulmanes se
reunían a veces para celebrar reuniones, había permanecido cerrada desde el
comienzo de la tarde anterior, y el templo de los musulmanes negros estaba
nueve calles más al sur, en la
Calle 116. Iba vestido como uno de ellos y era lo
suficientemente negro. Se inclinó hacia el hombre blanco y le murmuró al oído:
—Sé lo que quiere.
El camarero le lanzó una mirada.
—Bocas —dijo.
Cuando el hombre blanco se apartó del negro, pensó que todos
ellos hablaban un lenguaje secreto. Todo lo que deseaba era contactar con los
mariquitas, los chicos-chicas de labios tostados y cuerpos bronceados; arrancarle
a alguno las ropas, dejar que le violaran. Semejante pensamiento le hizo
temblar como el agua, disolvió sus huesos, sintió que le daba vueltas la
cabeza. Se negó a pensar en algo más. El camarero y este otro horrible negro
estaban destruyéndolo, enfriando su ardor, secándolo. Se enfadó.
—Déjenme solo, sé lo que quiero —exclamó.
—Bocas —dijo el camarero.
—Es hora de desayunar —dijo el negro—. El hombre quiere el
desayuno. Sin huesos.
Furioso, el hombre blanco se echó hacia atrás y sacó la
cartera del bolsillo trasero de su pantalón. Extrajo un billete de diez dólares
de entre un grueso fajo y lo arrojó sobre el mostrador.
Todos los que estaban a su alrededor miraron fijamente el
billete y la cara roja y furiosa del hombre blanco.
El camarero se quedó absolutamente paralizado. No tocó el
billete.
—¿No tiene nada más pequeño, jefe?
El hombre blanco hurgó en los bolsillos de su pantalón. El
camarero y el negro del gorro rojo se intercambiaron miradas con el rabillo del
ojo. El hombre blanco sacó sus manos vacías.
—No tengo cambio —dijo.
El camarero recogió los diez dólares e hizo chasquear el
billete entre sus dedos, lo examinó al trasluz. Satisfecho, lo colocó en la
caja y sacó el cambio. Arrojó ruidosamente el dinero sobre el mostrador ante el
hombre blanco, y se inclinó hacia delante para susurrar:
—Puede ir con él, es seguro.
El hombre blanco miró brevemente al negro que estaba a su
lado. Obsequiosamente, el negro le sonrió. El blanco recogió el cambio. Eran
casi cinco dólares. Lo sostuvo en la mano y miró al camarero a los ojos. El
camarero, desafiante, le devolvió la mirada, se encogió de hombros y se pasó la
lengua por los labios. El hombre blanco sonrió para si, había recuperado toda
su confianza.
—Bocas —admitió.
El negro se incorporó con el vago y sugestivo movimiento de un
viejo criado malvado y se puso a caminar muy despacio en dirección al sur de la Séptima Avenida ,
cruzó la entrada del edificio Theresa. El hombre blanco le siguió, pero a
escasa distancia, hasta que acompasó su paso al del hombre negro y juntos se
alejaron calle abajo conversando, un negro vestido de negro con un gorro rojo
que anunciaba poder negro y un
blanco de cabellos claros, vestido con pantalones grises y camisa blanca; el
timonel y el incauto.
Capítulo II de Un ciego con una pistola de Chester Himes


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