sábado, septiembre 15, 2012

La aventura del Puente de Thor (Parte I)

En algún sitio de los sótanos del banco Cox and Co., en Charing Cross, hay un estuche metálico de documentos, maltratado y desgastado por los viajes, con mi nombre pintado en la tapa: John H. Watson, M.D., anteriormente del Ejército de la India. Está atestado de papeles, casi todos los cuales son informes sobre casos que ilustran los curiosos problemas que en diversos momentos tuvo que examinar el señor Sherlock Holmes. Algunos, y no menos interesantes, fueron completos fracasos, y como tales no admiten que se les relate, ya que no se llega a ninguna explicación definitiva. Un problema sin solución puede interesar al estudioso, pero es difícil que no moleste al lector corriente. Entre estos casos no concluidos está el del señor James Phillimore, quien, volviendo atrás hacia su casa para buscar su paraguas, desapareció de este mundo sin dejar rastro. No menos notable es el del barco Alicia, que zarpó una mañana de primavera y se metió en un pequeño banco de niebla del que jamás volvió a salir, sin que se supiera más de él ni de su tripulación. Otro caso digno de nota es el Isador Persano, el conocido periodista y duelista, a quien se encontró en estado de locura, mirando fijamente una caja de cerillas que tenía delante y que contenía un curioso gusano, al parecer desconocido para la ciencia. Aparte de esos casos no sondeados, hay algunos que implican los secretos de familias particulares, hasta un punto que significaría la consternación en muchos ambientes elevados si se creyera posible que hallaran su camino hasta la letra impresa. No necesito decir que tal quebrantamiento de confianza es impensable, y que esos informes se apartarán y se destruirán ahora que mi amigo tiene tiempo para dedicar sus energías a otro asunto. Queda un considerable remanente de casos de mayor o menor interés, que yo podría haber publicado antes si no hubiera temido dar al público un hartazgo que repercutiera en la reputación de un hombre a quien admiro por encima de todos. En algunos estuve metido yo mismo y puedo hablar como testigo de vista, mientras que en otros, o no estuve presente o tuve un papel tan pequeño que sólo podrían contarse como por parte de una tercera persona. El siguiente relato está sacado de mi propia experiencia.

Era una desapacible mañana de octubre, y observé, al vestirme, cómo las últimas hojas que quedaban iban siendo arrebatadas del solitario plátano que agracia el terreno de detrás de nuestra casa. Bajé a desayunar preparado para encontrar a mi compañero deprimido, pues, como todos los grandes artistas, fácilmente se dejaba impresionar por su ambiente. Por el contrario, vi que casi había terminado su desayuno y que su humor era especialmente luminoso y alegre, con ese buen ánimo algo siniestro que caracterizaba sus momentos más ligeros.

-¿Tiene algún caso, Holmes? -Hice notar.

-La facultad de deducción es ciertamente contagiosa, Watson -respondió-. Le ha hecho capaz de sondear mi secreto. Sí, tengo un caso. Tras un mes de trivialidades y estancamiento, las ruedas se ponen en marcha otra vez.

-¿Podría compartirlo?

-Hay poco que compartir, pero podemos discutirlo cuando haya consumido un par de huevos duros con que nos ha favorecido nuestra cocinera. Su estado quizá no deje de tener relación con el ejemplar del Family Herald que observé ayer en la mesa del vestíbulo. Incluso un asunto tan trivial como el cocer un huevo requiere una atención que sea consciente del paso del tiempo, incompatible con la novela de amor de esa excelente publicación.

Un cuarto de hora después, la mesa estaba despejada y nosotros cara a cara. El había sacado una carta del bolsillo.

-¿Ha oído hablar de Neil Gibson, el Rey del Oro? -dijo.

-¿Quiere decir el senador americano?

-Bueno, una vez fue senador por algún estado del Oeste, pero se le conoce más como el mayor magnate de minas de oro del mundo.

-Sí, sé de él. Seguro que lleva viviendo algún tiempo en Inglaterra. Su nombre es muy conocido.

-Sí, compró unas grandes propiedades en Hampshire hace cinco años. ¿Ha oído hablar del trágico fin de su mujer?

-Claro. Ahora lo recuerdo. Por eso es conocido el nombre. Pero la verdad es que no sé nada de los detalles.

Holmes dirigió la mano hacia unos papeles que había en una silla.

-Yo no tenía idea de que el caso vendría a parar a mí, ni de que ya tendría preparados mis recortes de prensa -dijo-. La verdad es que el problema, aunque enormemente sensacional, no parecía presentar dificultades. La interesante personalidad de la acusada no oscurece la claridad de las pruebas. Esa fue la opinión emitida por el jurado forense y también en la instrucción. Ahora se ha remitido a la Audiencia de Winchester. Me temo que es un asunto ingrato. Puedo descubrir hechos, Watson, pero no puedo cambiarlos. A no ser que se presenten algunos completamente nuevos e inesperados, no veo qué puede esperar mi cliente.

-¿Su cliente?

-Ah, me olvidaba de que no se lo he dicho. Me estoy metiendo en su enredosa costumbre, Watson, de contar las cosas por el final. Más vale que empiece por leer esto.

La carta que me había entregado, escrita con letra enérgica y dominante, decía así:

«Hotel Claridge, 3 de octubre

»Querido señor Sherlock Holmes:

»No puedo ver ir a la muerte a la mejor mujer que ha creado Dios sin hacer todo lo posible por salvarla. No puedo explicar las cosas, ni siquiera puedo intentarlo, pero sé sin duda alguna que la señorita Dunbar es inocente. Usted conoce los hechos, ¿y quién no? Ha sido el comadreo de todo el país. ¡Y ni una voz se ha levantado a su favor! Es la maldita injusticia de todo esto lo que me vuelve loco. Esa mujer tiene un corazón que no le dejaría matar una mosca. Bueno, iré mañana a las once a ver si usted puede dejar pasar algún rayo de luz a la oscuridad. Quizá tenga yo una clave y no lo sé. En todo caso, todo lo que sé, todo lo que tengo y todo lo que soy son para usted, si puede salvarla. Si alguna vez en su vida ha mostrado toda su capacidad, aplíquela ahora a este caso.

»Suyo atentísimo,

»J. Neil Gibson.»

- Ahí lo tiene -dijo Sherlock Holmes, sacudiendo las cenizas de su pipa de después del desayuno y volviendo a llenarla despacio-. Este es el caballero que espero. En cuanto a la historia, apenas ha tenido tiempo usted de hacerse cargo de todos esos papeles, así que debo ponerle al corriente si va a tomar un interés intelectual en el asunto. Este hombre es el más poderoso financiero del mundo, y un hombre, según tengo entendido, de carácter muy violento y temible. Se casó con una mujer, la víctima de esta tragedia, de la que no sé nada sino que ya había pasado su juventud, lo que fue aún más desgraciado, dado que una institutriz muy atractiva se ocupaba de la educación de sus dos niños pequeños. Esas son las tres personas que intervienen en el asunto, y el escenario es una grandiosa mansión señorial, centro de una histórica finca inglesa. Pasemos ahora a la tragedia. A la mujer se la encontró en los terrenos de la finca, a casi media milla de la casa, en plena noche, vestida con el traje de la cena, con un chal por los hombros y una bala de revólver que le había atravesado la cabeza. No se encontró arma alguna cerca de ella y no había pistas locales en cuanto al asesinato. No había arma alguna cerca de ella, Watson, ¡fíjese en eso! El crimen parece que se cometió ya entrada la noche, el cadáver lo encontró un guarda de caza hacia las once y lo examinaron la policía y un médico antes de llevarlo a la caza. ¿Está muy condensado o puede seguirlo claramente?

-Está muy claro, pero ¿por qué sospechar de la institutriz?

-Bueno, en primer lugar, hay algún indicio muy directo. Un revólver con una cámara descargada y de un calibre que correspondía a la bala se halló en el suelo de su guardarropa. -Sus ojos se quedaron fijos y repitió, fragmentando las palabras-: En-el-suelo-de-su-guardarropa. -Luego se quedó en silencio, y vi que se había puesto en marcha algún proceso de pensamiento que sería estúpido interrumpir. De repente, sobresaltado, volvió a emerger a una vida animada-. Sí, Watson, se encontró. Bastante condenatorio, ¿eh? Eso pensaron los dos primeros jurados. Además, la mujer muerta llevaba encima una nota dándole cita en ese mismo lugar y firmada por la institutriz. ¿Qué tal eso? Finalmente, está el motivo. El senador Gibson es una persona muy atractiva. Si muere su mujer, quién más probable que la suceda sino la señorita que ya, por todos los informes, había recibido apremiantes atenciones de su patrono. Amor, fortuna, poder, todo dependiendo de una vida de mediana edad. Feo, Watson, ¡muy feo!

-Sí, es verdad, Holmes.

-Y ella no puede presentar una coartada. Por el contrario, tuvo que admitir que había bajado cerca del puente de Thor -que fue el escenario de la tragedia- hacia esa hora. No lo podía negar, porque la había visto un aldeano que pasaba por allí.

-Eso realmente parece definitivo.

-¡Y sin embargo, Watson, sin embargo…! Ese puente, un solo ancho arco de piedra con balaustrada a los lados, hace pasar el camino sobre la parte más estrecha de una laguna larga, honda, rodeada de juncos. Lago de Thor, lo llaman. En la entrada del puente yacía muerta la mujer. Tales son los principales hechos. Pero, si no estoy equivocado, aquí está nuestro cliente, mucho antes de la hora.

Billy había abierto la puerta, pero el nombre que anunció era inesperado. El señor Marlon Bates nos era desconocido a los dos. Era un hombre pequeño, delgado y nerviosos, de ojos asustados, y unas maneras convulsivas y vacilantes; un hombre de quien cualquier mirada profesional juzgaría que estaba al borde del hundimiento nervioso.

-Parece agitado, señor Bates -dijo Holmes-. Por favor, siéntese. Me temo que sólo puedo concederle un rato, pues tengo una cita a las once.

-Ya sé que la tiene -jadeó nuestro visitante, disparando frases breves como un hombre sin aliento-. Viene el señor Gibson. El señor Gibson es mi jefe. Soy administrador de su finca. Señor Holmes, es un canalla…, un canalla infernal.

-Un lenguaje fuerte, señor Bates.

-Tengo que ser enfático, señor Holmes, porque el tiempo es limitado. No querría que me encontrara aquí por nada del mundo. Ahora está a punto de llegar. Pero yo estaba en un lugar desde no pude venir antes. Su secretario, el señor Ferguson, no me dijo hasta esta mañana que él tenía cita con usted.

-¿Y usted es su administrador?

-Ya le he avisado que me despido. Dentro de un par de semanas me habré librado de esa maldita esclavitud. Un hombre duro, señor Holmes, duro con todo lo que le rodea. Esas beneficencias públicas son una pantalla para cubrir sus iniquidades privadas. Fue brutal con ella. Ella venía de los trópicos, era brasileña de nacimiento, como sin duda usted sabe.

-No, se me había escapado.

-Tropical por nacimiento y tropical por naturaleza. Hija del sol y de la pasión. Le había querido a él como pueden querer las mujeres así, pero cuando se marchitaron sus encantos físicos -que he oído decir que en otro tiempo fueron grandes-, no hubo nada que le sujetara. Todos la queríamos y estábamos por ella, y le odiábamos a él por el modo como la trataba. Pero él es taimado y astuto. Eso es todo lo que tengo que decirle. No lo tome por lo que parece a simple vista. Hay algo más detrás de eso. Ahora me tengo que ir. ¡No, no me retenga! El casi estará al llegar.

Con una asustada mirada al reloj, nuestro extraño visitante salió literalmente corriendo por la puerta y desapareció.

-¡Bueno! ¡Bueno! -dijo Holmes, tras un intervalo de silencio.

-El señor Gibson parece tener una casa muy leal. Pero el aviso es sutil, y ahora sólo podemos esperar a que aparezca el hombre en persona.

A la hora en punto oímos unos pesados pasos por las escaleras y se hizo entrar al cuarto el famoso millonario. Al mirarlo, comprendí no sólo los temores y el odio de su administrador, sino también los ataques que tantos rivales en los negocios habían acumulado sobre su cabeza. Si yo fuera escultor y quisiera dar con el modelo de hombre de negocios con éxito, nervios de hierro y conciencia de cuero, elegiría al señor Neil Gibson como modelo. Su figura alta, flaca y áspera sugería la rapacidad y el hambre. Un Abraham Lincoln trasladado a bajos usos daría cierta idea de ese hombre. Su cara podía estar cincelada en granito, dura, angulosa, inexorable, con profundas líneas, cicatrices de muchas penalidades. Unos fríos ojos grises, mirando con astucia bajo unas cejas erizadas, nos inspeccionaron sucesivamente. Se inclinó de modo rutinario cuando Holmes dijo mi nombre, y luego, con dominante aire de posesión, tendió una silla a mi compañero y se sentó con sus huesudas rodillas casi tocándose.

-Permítame empezar diciendo, señor Holmes -comenzó-, que el dinero en este caso no me importa nada. Lo puedo quemar si le sirve de algo para alumbrar la verdad. Esa mujer es inocente y esa mujer debe quedar absuelta, y a usted le toca conseguirlo. ¡Diga su cifra!

-Mis honorarios siguen una escala fija -dijo fríamente Holmes-. No lo varío, salvo cuando los perdono por completo.

-Bueno, si los dólares no significan nada para usted, piense en la reputación. Si arregla esto, todos los periódicos de Inglaterra y de América le trompetearán. Será el tema de conversación de todos los continentes.

-Gracias, señor Gibson. Creo que no necesito trompeteos. Quizá le sorprenda saber que prefiero trabajar de modo anónimo, y que es el problema mismo lo que me atrae. Pero estamos desperdiciando el tiempo. Vamos a los hechos.

-Creo que usted encontrará los más importantes en los informes de prensa. No sé que pueda añadir nada para ayudarle. Pero si hay algo sobre lo que usted desee más luz…, bueno, aquí estoy para proporcionarla.

-Bueno, sólo hay un punto.

-¿Cuál?

-¿Cuáles eran las relaciones exactas entre usted y la señorita Dunbar?

El Rey del Oro se sacudió violentamente y casi se levantó de la silla. Luego recobró su calma corpulenta.

-Supongo que está usted en su derecho, y quizá tiene obligación de hacer esa pregunta, señor Holmes.

-Vamos a estar de acuerdo en suponerlo así -dijo Holmes.

-Entonces, puedo asegurarle que nuestras relaciones eran enteramente y siempre las de un patrono hacia una señorita con la que nunca conversó y a la que nunca vio, salvo cuando estaba en compañía de sus hijos.

Holmes se levantó de la silla.

-Señor Gibson, yo soy un hombre muy atareado -dijo-, y usted no tiene tiempo ni ganas de conversaciones que no van a ninguna parte. Le deseo buenos días.

Nuestro visitante se levantó también y su gran figura descoyuntada se irguió por encima de la de Holmes. Había un fulgor furioso bajo esas cejas erizadas y un toque de color en las mejillas cetrinas.

-¿Qué diablos quiere decir con eso, señor Holmes? ¿Rechaza usted mi asunto?

-Bueno, señor Gibson, por lo menos le rechazo a usted. Había creído que mis palabras eran bien claras.

-Muy claras, pero ¿qué hay detrás de esto? ¿Me sube el precio o tiene miedo de hacerse cargo, o qué? Tengo derecho a una respuesta clara.

-Bueno, quizá lo tenga -dijo Holmes-. Le daré ésta. Este asunto ya es bastante complicado para empezar con él sin la dificultad adicional de una información falsa.

-¿Quiere decir que miento?

-Bueno, trataba de expresarlo tan delicadamente como pude, pero si usted se empeña en esa palabra, no le llevaré la contraria.

Me puse en pie de un salto, pues la expresión de la cara del millonario era demoníaca en su intensidad, y había levanto su gran puño nudoso. Holmes sonrió lánguidamente y extendió la mano a la pipa.

-No haga tanto ruido, señor Gibson. Tenga en cuenta que, después del desayuno, incluso la menor discusión me sienta mal. Un paseo al aire de la mañana y pensarlo un poco tranquilamente le vendrían muy bien.

Con esfuerzo, el Rey del Oro dominó su furia. No pude menos de admirarle, pues con un supremo dominio de sí mismo había pasado en un momento desde una cálida llamarada de cólera a una indiferencia fría y despreciativa.

-Bueno, usted decide. Supongo que usted sabe manejar sus propios asuntos. No puedo hacerle coger el caso contra su voluntad. No le beneficia nada lo de esta mañana, señor Holmes, pues he derrumbado a hombres más fuertes que usted. Nadie me ha llevado la contraria y se ha salido con la suya.

-Muchos me han dicho eso, y sin embargo aquí estoy -dijo Holmes, sonriendo-. Bueno, señor Gibson, buenos días. Usted tiene todavía mucho que aprender.

Nuestro visitante salió ruidosamente, pero Holmes fumaba en silencio imperturbable con unos ojos pensativos fijos en el techo.

-¿Algo que opinar, Watson? -preguntó por fin.

-Bueno, Holmes, debo confesar que, cuando considero que éste es un hombre que apartaría sin duda cualquier obstáculo de su camino, y cuando recuerdo que su mujer quizá fuera un obstáculo y un motivo de odio, según nos dijo ese Bates, me parece…

-Exactamente. Y a mi también.

-Pero ¿cuáles eran sus relaciones con la institutriz y cómo lo ha descubierto?

-¡Un farol, Watson, un farol! Cuando consideré el tono apasionado de su carta, extraño, nada de negocios, y lo contrasté con sus maneras y su aspecto de dominio de sí mismo, resultó muy claro que había alguna emoción profunda centrada en la acusada, antes que en la víctima. Tenemos que comprender las relaciones exactas de esas tres personas sí hemos de alcanzar la verdad. Ya vio el ataque de frente que le hice y qué imperturbablemente lo recibió. Luego me tiré un farol dándole la impresión de que estaba absolutamente seguro, cuando en realidad sólo lo sospechaba.

-¿Volverá, quizá?

-Estoy seguro de que lo hará. Debe volver. No puede dejarlo donde está. ¡Ah! ¿No llaman a la puerta? Sí, ahí están sus pasos. Bueno, señor Gibson, estaba diciéndole ahora mismo al doctor Watson que ya era más que hora de que viniera.

El Rey del Oro había vuelto a entrar en el cuarto con un aire más amansado que cuando salió. Su orgullo herido seguía mostrándose en sus ojos resentidos, pero su sentido común le había hecho ver que tenía que ceder para alcanzar su fin.

-Lo he estado pensando, señor Holmes, y creo que me he apresurado al tomar a mal sus observaciones. Usted tiene razón en llegar al fondo de los hechos, sean cuales sean, y le admiro por ello. Sin embargo, puedo asegurarle que las relaciones entre la señorita Dunbar y yo no tienen que ver realmente con el asunto.

-Eso tengo que ser yo quien lo decida, ¿no?

-Sí, supongo que así es. Es usted como un cirujano que quiere conocer todos los síntomas antes de dar el diagnóstico.

-Exactamente. Eso lo expresa bien. Y sólo un paciente que tenga algún objetivo al engañar a su médico le ocultaría la realidad de su caso.

-Puede ser, pero reconocerá usted, señor Holmes, que la mayor parte de los hombres se echarían un poco atrás si les preguntaran a quemarropa cuáles son sus relaciones con una mujer, si hay un sentimiento serio en el caso. Supongo que la mayor parte de los hombres tienen un pequeño reducto privado en algún rincón de sus almas donde no les gusta que entren intrusos. Y usted ha irrumpido bruscamente en él. Pero el objetivo le excusa, puesto que era el tratar de salvarla. Bueno, el juego está hecho, y la reserva, abierta, y puede explorar donde quiera. ¿Qué es lo que quiere?

-La verdad.

El Rey del Oro se detuvo un momento como quien ordena sus pensamientos. Su cara sombría y de hondos surcos se había vuelto aún más triste y más grave.

-Se la puedo decir en pocas palabras, señor Holmes -dijo por fin-. Hay cosas que son tan dolorosas como difíciles de decir, así que no iré más allá de lo necesario. Conocí a mi mujer cuando buscaba oro en Brasil. María Pinto era la hija de un funcionario del Gobierno en Manaos, y era muy hermosa. Ya era joven y ardiente en esos días, pero incluso ahora, mirando atrás con sangre más fría y ojos más críticos, veo que era extraordinaria y prodigiosa en su belleza. Tenía un carácter profundamente rico, también, apasionado, muy diferente de las americanas que he conocido. Bueno, para abreviar la larga historia, la quise y me casé con ella. Sólo cuando se pasó lo romántico -y duró años-, me di cuenta de que no teníamos nada -absolutamente nada- en común. Mi amor se fue apagando. Si el de ella hubiera desaparecido, la cosa habría sido más fácil. Pero ¡ya sabe el curioso modo de ser de las mujeres! Hiciera lo que hiciera, nada podía apartarla de mí. Si he sido áspero con ella, o incluso brutal, como han dicho algunos, fue porque sabía que si pudiera matar su amor o convertirlo en odio, sería más fácil para los dos. Pero nada la cambió. Me adoraba en estos bosques ingleses como me había adorado hace veinte años en las orillas del Amazonas. Hiciera lo que hiciera, seguía tan apegada como siempre.

»Entonces apareció la señorita Grace Dunbar. Vino por un anuncio nuestro y fue la institutriz de nuestros dos hijos. Quizá haya visto usted su retrato en los periódicos. El mundo entero ha proclamado que es también una mujer muy bella. Bueno, yo no pretendo ser más moral que mis prójimos, y le confesaré que no podía vivir bajo el mismo techo con una mujer así y en contacto diario con ella sin sentir una consideración apasionada hacia ella. ¿Me censura usted, señor Holmes?

-No le censuro porque lo sintiera. Le censuraría si lo expresó, puesto que esa señorita estaba en cierto sentido bajo su protección.

-Bueno, quizá sea así -dijo el millonario, aunque por un momento el reproche había vuelto a hacer surgir en sus ojos el viejo fulgor colérico-. No pretendo ser mejor de lo que soy. Supongo que toda la vida he sido un hombre que echaba mano a lo que quería, y nunca he querido más que el amor y la posesión de esa mujer. Así se lo dije.

-Ah, ¿se lo dijo?

Holmes podía parecer temible cuando se emocionaba.

-Le dije que si pudiera casarme con ella lo haría, pero que eso no estaba a mi alcance. Le dije que el dinero no me importaba y que se haría todo lo que pudiera hacer para que ella estuviera feliz y a gusto.

-Muy generoso, por supuesto -dijo Holmes, con una mueca burlona.

-Mire usted, señor Holmes. Vine a verle por una cuestión de pruebas, no de moral. No le pido su crítica.

-Sólo en atención a esa señorita es por lo que cojo su caso -dijo Holmes severamente-. No sé de nada de lo que se la acusa que sea realmente peor que lo que usted mismo ha confesado: que ha tratado de echar a perder a una chica indefensa que estaba bajo su techo. A algunos de ustedes, los ricos, habría que enseñarles que no se puede sobornar a todo el mundo para que perdonen sus excesos.

Para mi sorpresa, el Rey del Oro recibió el reproche con ecuanimidad.

-Eso es lo que yo mismo pienso ahora. Gracias a Dios que mis planes no salieron como yo pretendía. Ella no quiso aceptar nada de eso, y quiso dejar la casa al momento.

-¿Por qué no lo hizo?

-Bueno, en primer lugar, otras personas dependían de ella, y no era fácil para ella echarlas a todas al sacrificar su modo de ganarse la vida. Cuando juré -como hice- que no la volvería a molestar, consintió en quedarse. Pero había otra razón. Ella conocía la influencia que tenía sobre mí, y que ésta era más fuerte que ninguna otra en el mundo. Ella quería usarla para bien.

-¿Cómo?

-Bueno, sabía algo de mis negocios. Son muy grandes, señor Holmes, más de lo que creería cualquier persona normal. Puedo elevar o destruir, y suele ocurrir que destruya. No sólo individuos. Eran comunidades, ciudades, incluso naciones. El negocio es un juego duro, y los débiles acaban contra la pared. Jugué el juego por todo lo que valía. Nunca chillé y nunca me importó que el otro chillara. Pero ella lo veía de otro modo. Creo que tenía razón. Creía y decía que una fortuna para un solo hombre, siendo más de lo que necesitaba, no debería construirse sobre diez mil hombres arruinados que quedaban sin medios de vida. Así es como lo veía, y creo que era capaz de ver más allá de los dólares, algo más duradero. Se dio cuenta de que yo hacía caso de lo que decía, y creyó que serviría al mundo influyendo en mis acciones. Así se quedó…, y entonces ocurrió esto.

-¿Puede usted arrojar alguna luz sobre ello?

El Rey del Oro se detuvo más de un minuto, con la cabeza entre las manos, perdido en profundos pensamientos.

-Está muy negro contra ella. No lo puedo negar. Y las mujeres tienen una vida interior y pueden hacer cosas que escapan al juicio de un hombre. Al principio yo me quedé tan trastornado y abrumado que estaba dispuesto a creer que ella se había dejado llevar de algún modo extraño que iba contra su naturaleza. Una sola explicación se me ocurrió. Se la doy, señor Holmes, por lo que pueda valer. No hay duda de que mi mujer estaba terriblemente celosa. Hay unos celos del alma que pueden ser tan frenéticos como los celos del cuerpo, y aunque mi mujer no tenía razón -y creo que la entendía- para estos últimos, se daba cuenta de que esa chica inglesa ejercía un influjo en mi ánimo y en mis actos que ella misma no logró nunca. Era una influencia para bien, pero eso no arreglaba el asunto. Estaba loca de odio, y el calor del Amazonas seguía siempre en su sangre. Podría haber planteado asesinar a la señorita Dunbar, o, digamos, amenazarla con una pistola para asustarla y que se marchara. Entonces podría haber habido una pelea y que la pistola se disparase hiriendo a la que la tenía.

-Esa posibilidad ya se me ha ocurrido -dijo Holmes-. En efecto, era la única alternativa obvia al asesinato deliberado.

-Pero ella lo niega absolutamente.

-Bueno, eso no es definitivo, ¿verdad? Uno puede entender que una mujer puesta en una situación tan terrible pudiera apresurarse a casa llevando todavía el revólver. Incluso pudo haberlo tirado entre su ropa, sin saber apenas lo que hacía, y, cuando fue encontrado, pudo intentar salir del paso mintiendo con una negativa total, puesto que era imposible toda explicación. ¿Qué hay contra tal suposición?

-La misma señorita Dunbar.

-Bueno, quizá.

Holmes miró el reloj.

-No tengo duda de que podemos obtener esta mañana los permisos necesarios y llegar a Winchester en el tren de la tarde. Cuando yo vea a esa señorita, es muy posible que le sea más útil en el asunto, aunque no puedo prometer que mis conclusiones sean necesariamente como usted desea.

 



 

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