sábado, septiembre 15, 2012

La aventura del Puente de Thor (Parte II)

Hubo alguna tardanza en el pase oficial, y en vez de llegar a Winchester ese día, llegamos a Thor Place, la finca del señor Neil Gibson en Hampshire. Él no nos acompaño, pero teníamos la dirección del sargento Coventry, de la policía local, que había sido el primero en examinar el asunto. Era un hombre alto, flaco, cadavérico, con unas maneras secretas y misteriosas, que hacían pensar que sabía o sospechaba mucho más de lo que se atrevía a decir. Empleaba también el truco de bajar de repente la voz hasta un susurro como si hubiera encontrado algo de importancia vital, aunque la información solía ser muy corriente. Más allá de esos detalles en sus maneras, pronto mostró ser un hombre decente y honrado que no tenía reparo en confesar que no sabía por dónde andaba y que de buena gana recibiría cualquier ayuda.

-En todo caso, prefiero tenerle a usted que a Scotland Yard, señor Holmes -dijo-. Si llaman a la Yard para algún caso, entonces la policía local pierde todo el mérito en el éxito y a lo mejor le echan la culpa si fracasa. Usted juega limpio, según he oído.

-Yo no necesito aparecer en el asunto en absoluto -dijo Holmes, para evidente alivio de nuestro melancólico conocido-. Si se me permite aclararlo, no pido que se mencione mi nombre.

-Bueno, es muy elegante por su parte, ciertamente. Y su amigo, el doctor Watson, es de fiar, ya lo sé. Bueno, señor Holmes, mientras vamos al sitio hay una pregunta que querría hacerle. No se lo insinuaría a nadie más que a usted. -Miró a su alrededor como si apenas se atreviera a decirlo-. ¿No cree que podría haber una acusación contra el propio señor Neil Gibson?

-Lo he estado considerando.

-No ha visto a la señorita Dunbar. Es una mujer asombrosamente buena en todos los sentidos. El pudo muy bien desear quitarse de en medio a su mujer. Y esos americanos son más listos con sus pistolas que nuestra gente. La pistola era de él, ¿sabe?

-¿Se ha averiguado eso claramente?

-Sí, señor. Era de una pareja que tenía él.

-¿Una de una pareja? ¿Dónde está la otra?

-Bueno, ese caballero tenía un montón de armas de fuego de una u otra clase. Nunca hemos encontrado la pareja de esa pistola determinada, pero la caja estaba hecha para dos.

-Si era de una pareja, sin duda debería encontrar la otra.

-Bueno, las tenemos fuera ahí en la casa si usted quiere mirarlas.

-Más tarde, quizá. Creo que bajaremos andando juntos y echaremos una mirada al escenario de la tragedia.

La conversación había tenido lugar en el cuartito delantero de la humilde casa del sargento Coventry, que servía como comisaría local de policía. Un paseo de una media milla a través de un páramo barrido por el viento, todo oro y bronce con los helechos marchitos, nos llevó a una puerta lateral que daba a los terrenos de la finca de Thor Place. Un sendero cruzaba las hermosas tierras, y luego, desde un claro, vimos la casa, anchamente extendida, la mitad de madera, un poco Tudor y un poco georgiana, en lo alto de la colina. A nuestro lado había una extensa laguna rodeada de juncos, estrechada por en medio, donde el camino de coches principal pasaba por un puente de piedra, pero ensanchándose en pequeños lagos a ambos lados. Nuestro guía se detuvo a la entrada del puente, señalando al suelo.

-Ahí es donde yacía el cuerpo de la señora Gibson. Lo marqué con esa piedra.

-¿Entiendo que usted llegó aquí antes de que retiraran el cadáver?

-Sí, mandaron a por mí en seguida.

-¿Quién?

-El propio señor Gibson. En el momento en que se dio la alarma y que él salió precipitadamente de la casa con otros, se empeñó en que no movieran nada hasta que llegara la policía.

-Muy sensato. Por los periódicos supe que el disparo fue hecho desde muy cerca.

-Sí, señor, muy cerca.

-¿Cerca de la sien derecha?

-Detrás mismo de ella, señor Holmes.

-¿Cómo estaba tendido el cadáver?

-De espaldas, señor Holmes. No había señales de lucha. Ninguna. No había arma. La breve nota de la señorita Dunbar la llevaba apretada en la mano.

-¿Apretada, dice?

-Sí, señor; apenas pudimos abrirle los dedos.

-Eso es de gran importancia. Eso excluye la idea de que nadie hubiera podido colocarle la nota allí después de su muerte para dar una pista falsa. ¡Válgame Dios! La nota, según recuerdo, era muy corta: «Estaré en el puente de Thor a las nueve. G. Dunbar.» ¿Era así?

-Sí, señor.

-¿Reconoció la señorita Dunbar haberla escrito?

-Sí, señor.

-¿Qué explicación dio?

-Su defensa se reserva para la Audiencia. Ella no quiso decir nada.

-El problema, ciertamente, es interesante. La cuestión de la carta es muy oscura, ¿verdad?

-Bueno, señor Holmes-dijo el guía-, si me permite decirlo así, pareció el único punto realmente claro de todo el caso.

Holmes sacudió la cabeza.

-Admitiendo que la carta sea auténtica y que se escribiera realmente, cierto que se recibió algún tiempo antes, digamos una o dos horas. ¿Por qué, entonces, esa señora seguía llevándola agarrada en la mano izquierda? ¿Por qué la iba a llevar con tanto cuidado? No necesitaba aludir a ella en la entrevista. ¿No parece notable?

-Bueno, señor Holmes, tal como lo dice, quizá sí.

-Creo que me gustaría sentarme tranquilamente unos minutos y pensarlo bien. -Se sentó en el borde de piedra del puente, y vi sus rápidos ojos grises disparando sus ojeadas escrutadoras en todas direcciones.

De repente volvió a ponerse en pie de un salto y corrió hasta la balaustrada de enfrente, sacó la lupa del bolsillo y empezó a examinar la piedra.

-Es curioso -dijo.

-Sí, señor; vimos la mella en el reborde. Supongo que lo ha hecho alguien que pasaba por aquí.

La piedra era gris, pero en ese único punto se mostraba blanca por un espacio no mayor que una moneda de seis peniques. Examinando de cerca, se veía que la superficie estaba mellada por un fuerte golpe.

-Costó alguna violencia hacer esto -dijo Holmes pensativo. Con el bastón, golpeó varias veces el reborde sin dejar señal-. Sí, fue un golpe duro. En un sitio curioso, además. No fue desde arriba, sino desde abajo, pues ya ve que estaba en el borde inferior del parapeto.

-Pero está al menos a quince pies del cadáver.

-Sí, está a quince pies del cadáver. Quizá no tenga que ver con el asunto, pero es un punto digno de tener en cuenta. Creo que no tenemos más que averiguar aquí. ¿No había huellas, dice?

-El suelo estaba duro como el hierro, señor Holmes. No había huellas en absoluto.

-Entonces podemos irnos. Subiremos primero a la casa y miraremos esas armas de que habla usted. Luego iremos a Winchester, pues me gustaría ver a la señorita Dunbar antes de seguir adelante.

El señor Neil Gibson no había vuelto de Londres, pero vimos en la casa al neurótico señor Bates, que nos había visitado aquella mañana. Nos mostró con siniestra complacencia el temible arsenal de armas de fuego de diversas formas que su patrono había acumulado en el transcurso de una vida de aventuras.

-El señor Gibson tiene sus enemigos, como esperaría cualquiera que le conozca a él y a sus métodos-dijo-. Duerme con un revólver cargado en el cajón junto a la cama. Es un hombre violento, señor Holmes, y hay momentos en que todos le tenemos miedo. Estoy seguro de que la pobre señora que ha fallecido estuvo aterrorizada muchas veces.

-¿Presenció alguna vez que empleara violencia física contra ella?

-No, no puedo decir eso. Pero he oído palabras que eran casi tan malas, palabras de desprecio frío y cortante, incluso delante de los criados.

-Nuestro millonario no parece brillar en la vida privada -observó Holmes, mientras nos dirigíamos a la estación-. Bueno, Watson, hemos encontrado muchos datos, algunos nuevos, y sin embargo me parece que estoy lejos de una conclusión. A pesar del evidente odio del señor Bates hacia su jefe, deduzco por él que cuando se dio la alarma, él estaba sin duda en su biblioteca. La cena había acabado a las ocho y media y todo estaba normal hasta entonces. Es verdad que la alarma se dio un poco tarde, ya entrada la noche, pero la tragedia sin duda ocurrió alrededor de la hora indicada en la nota. No hay ninguna prueba de que el señor Gibson hubiera salido de la casa desde que volvió de Londres a las cinco. Por otro lado, la señorita Dunbar, según tengo entendido, reconoce que había dado cita a la señora Gibson en el puente. Aparte de eso, no quiere decir nada, ya que su abogado le ha aconsejado que se reserve su defensa. Tenemos varias preguntas fundamentales que hacer a esa señorita, y mi ánimo no estará en paz mientras no la veamos. Tengo que confesar que el caso me parecería muy negro contra ella si no fuera por una sola cosa.

-¿Cuál es, Holmes?

-El hallazgo de la pistola en su guardarropa.

-¡Caramba, Holmes!-exclamé-, ése me parecía el detalle más condenatorio de todos.

-No es así, Watson. Me había llamado la atención, incluso la primera vez que lo leí por encima, como algo muy extraño, y ahora que estoy más en contacto con el caso, es mi única base firme de esperanza. Tenemos que buscar coherencia. Donde falta, debemos sospechar engaño.

-Apenas le sigo.

-Bueno, vamos, Watson, imaginemos por un momento que es usted una mujer que, de un modo frío y premeditado, va a liberarse de una rival. Usted lo ha planeado. Hay escrita una nota. Usted tiene su arma. El crimen ha sido llevado a cabo. Ha sido eficaz y completo. ¿Me va a decir que después de llevar a cabo un crimen tan hábil echaría a perder su reputación olvidando tirar el arma en una de esas matas de juncos que la cubrirían para siempre, y que por fuerza tiene que llevársela a casa cuidadosamente y colocarla en su propio guardarropa, el primerísimo lugar que registrarían? Ni sus mejores amigos le llamarían astuto, Watson, y sin embargo, no le puedo imaginar haciendo algo tan torpe como eso.

-En la excitación del momento…

-No, Watson, no voy a admitir que eso sea posible. Cuando se premedita fríamente un crimen, los medios de ocultarlo también están fríamente premeditados. Espero, por tanto, que estemos en presencia de un serio error.

-Pero hay mucho que explicar.

-Bueno, nos dedicaremos a explicarlo. Una vez que se cambia de punto de vista, lo que era algo tan condenatorio se convierte en una clave de la verdad. Por ejemplo, está el revólver. La señorita Dunbar niega conocerlo en absoluto. En nuestra nueva teoría, dice la verdad cuando lo afirma así. Por tanto, se lo pusieron en el guardarropa. ¿Quién lo puso allí? Alguien que deseaba incriminarla. ¿No era esa persona el verdadero criminal? Ya ve cómo llegamos en seguida a una línea muy fecunda de investigación.

Nos vimos obligados a pasar la noche en Winchester, ya que las formalidades no estaban todavía completadas, pero a la mañana siguiente, en compañía del señor Joyce Cummings, el prometedor abogado a quien se había confiado la defensa, se nos permitió ver a la señorita en su celda. Por todo lo que habíamos oído, yo esperaba ver una mujer hermosa, pero nunca olvidaré el efecto que me produjo la señorita Dunbar. No era extraño que incluso el dominante millonario hubiera encontrado en ella algo más poderoso que él mismo, algo que podía dominarle y guiarle. Uno notaba también, al mirar esa cara, fuerte, bien cortada pero sensitiva, que aunque ella fuera capaz de alguna acción impetuosa, sin embargo había en ella una innata nobleza de carácter que haría que su influencia fuera siempre para bien. Era morena, alta, con una figura noble y una presencia dominadora, pero sus ojos oscuros tenían la expresión desvalida y apelante de la criatura acosada que siente las redes a su alrededor, pero no ve la salida. Ahora, al darse cuenta de la presencia y la ayuda de mi famoso amigo, un toque de color subió a sus mejillas consumidas y una luz de esperanza empezó a fulgurar en la mirada que nos dirigió.

-¿Quizá el señor Neil Gibson le ha dicho algo de lo que ocurrió entre nosotros? -preguntó, con voz sorda y agitada.

-Sí -respondió Holmes-,no tiene que molestarse en entrar en esa parte de la historia. Después de verla, estoy dispuesto a aceptar la declaración del señor Gibson tanto sobre la influencia que usted ejercía sobre él como sobre la inocencia de sus relaciones con él. Pero ¿por qué no se ha explicado toda esa situación en el proceso de instrucción?

-Me parecía terrible que se pudiera sostener tal acusación. Creí que, si esperábamos, todo el asunto se aclararía por sí solo, sin que hubiera necesidad de entrar en penosos detalles de la vida íntima de la familia. Pero creo que, lejos de aclararse, se ha hecho aún más grave.

-Mi querida señorita-exclamó Holmes gravemente-, le ruego que no se haga ilusiones sobre ese punto. El señor Cummings, aquí presente, le asegurará que todas las cartas están ahora contra nosotros, y que tenemos que hacer todo lo posible si hemos de ganar y que todo quede en claro. Sería un cruel engaño fingir que no está usted en un peligro muy grande. Proporcióneme, pues, toda la ayuda que pueda para llegar a la verdad.

-No ocultaré nada.

-Háblenos, entonces, sobre sus verdaderas relaciones con la mujer del señor Gibson.

-Me odiaba, señor Holmes. Me odiaba con todo el fervor de su carácter tropical. Era una mujer que no hacía nada a medias, y la medida de su amor a su marido era también la medida de su odio hacia mí. Es probable que malentendiera nuestras relaciones. No querría calumniarla, pero amaba tan vivamente en un sentido físico que apenas podía comprender el vínculo mental, e incluso espiritual, que unía a su marido a mí, ni imaginar que era sólo mi deseo de influir en su poder para buenos fines lo que me retenía bajo su techo. Ahora veo que yo estaba equivocada. Nada podía justificar que me quedara allí donde era causa de infelicidad, y sin embargo es seguro que la infelicidad habría seguido aunque me hubiera marchado de la casa.

-Bueno, señorita Dunbar-dijo Holmes-, le ruego que nos diga exactamente qué ocurrió esa noche.

-Puedo decirle la verdad en la medida en la que sé, señor Holmes, pero no estoy en condiciones de demostrar nada, y hay puntos -los más vitales- que no puedo explicar, y que no puedo imaginar cómo podrían explicarse.

-Si usted encuentra los hechos, quizá otros encontrarán la explicación.

-Entonces, con respecto a mi presencia en el puente de Thor esa noche, recibí una nota de la señora Gibson por la mañana. Estaba puesta en la mesa del cuarto donde dábamos clase, y quizá la pusiera ella con su propia mano. Me imploraba que la viera después de cenar, decía que tenía algo importante que decirme y me rogaba que dejara una respuesta en el reloj de sol del jardín, porque deseaba que nadie lo supiera. Yo no veía razón para tal secreto, pero hice lo que me pedía, y acepté la cita. Me pedía que destruyera su nota, y la quemé en la estufa de la clase. Ella tenía mucho miedo de su marido, que la trataba con una aspereza por la que yo le reprochaba frecuentemente, y sólo pude imaginar que ella no deseaba que él supiera nada de nuestra entrevista.

-Pero ella guardó su respuesta cuidadosamente.

-Sí. Me sorprendió que la tuviera en la mano al morir.

-Bueno, ¿qué pasó luego?

-Fui allí como había prometido. Cuando llegué al puente, ella me esperaba. Nunca me di cuenta hasta ese momento de cuánto me odiaba esa pobre criatura. Era como una loca; en efecto, creo que estaba loca, sutilmente loca, con ese profundo poder de engaño que a veces tienen los locos. Si no ¿cómo hubiera podido tratarme todos los días con indiferencia y sentir sin embargo un odio tan furioso contra mí en su corazón? No diré lo que dijo. Vertió toda su furia salvaje en palabras horribles, que quemaban. Yo ni contesté: no pude. Era horrible verla. Me tapé los oídos con las manos y me marché a toda prisa. Al dejarla, ella seguía allí, parada, chillándome sus maldiciones, a la entrada del puente.

-¿Dónde la encontraron después?

-A pocos pasos del lugar.

-Y sin embargo, suponiendo que ella muriera poco después que la dejó usted, ¿no oyó usted ningún disparo?

-No, no oí nada. Pero, claro, señor Holmes, yo estaba tan agitada y horrorizada por esa terrible explosión que me apresuré a volver a la paz de mi cuarto, y era incapaz de notar nada de lo que pasaba.

-Dice que volvió a su cuarto. ¿Lo volvió a dejar antes de la mañana siguiente?

-Sí, cuando se dio la alarma de que había muerto esa pobre criatura, yo salí corriendo con los demás.

-¿Vio al señor Gibson?

-Sí; acababa de volver del puente cuando le vi. Había mandado a buscar al médico y al policía.

-¿Le pareció muy perturbado?

-El señor Gibson es un hombre muy fuerte y que se sabe controlar. Creo que nunca mostraría sus emociones. Pero yo, que le conocía bien, vi que estaba profundamente afectado.

-Entonces llegamos al punto más importante. Esa pistola que se encontró en su cuarto, ¿la había visto antes alguna vez?

-Nunca, lo juro.

-¿Cuándo se encontró?

-A la mañana siguiente, cuando la policía hizo su registro.

-¿Entre su ropa?

-Sí, en el suelo de mi guardarropa, debajo de mis trajes.

-¿No pudo suponer cuánto llevaba allí?

-No estaba allí la mañana anterior.

-¿Cómo lo sabe?

-Porque arreglé el guardarropa.

-Eso es definitivo. Entonces alguien entró en su cuarto y colocó el arma allí para inculparla.

-Tuvo que ser así.

-¿Y cuándo?

-Sólo pudo ser a las horas de comer, o si no, a las horas cuando yo daba clase a los niños.

-¿Tal como estaba usted cuando recibió la nota?

-Sí; desde ese momento en adelante, toda la mañana.

-Gracias, señorita Dunbar. ¿Hay algún otro punto que pueda servirme en la investigación?

-No se me ocurre ninguno.

-Hubo algún signo de violencia en la piedra del puente: una mella muy reciente enfrente mismo del cadáver. ¿Podría sugerir alguna explicación posible?

-Seguro que es una mera coincidencia.

-Curioso, señorita Dunbar, muy curioso. ¿Por qué iba a aparecer en el mismo momento de la tragedia y por qué en el mismo sitio?

-Pero ¿qué pudo causarlo? Sólo una violencia muy grande pudo tener tal efecto.

Holmes no contestó. Su cara pálida y ansiosa había asumido de repente esa expresión tensa y remota que me había acostumbrado a asociar con las supremas manifestaciones de su genio. Tan evidente era la crisis en su mente que ninguno de nosotros se atrevió a hablar, y allí nos quedamos sentados, el abogado, la procesada yo, observándole en un silencio concentrado y absorto. De repente se levantó de la silla de un salto, vibrando de energía nerviosa y de apremiante necesidad de acción.

-¡Vamos, Watson, vamos!-exclamó.

-¿Qué pasa, señor Holmes?

-No se preocupe, mi querida señorita. Tendrá noticias mías, señor Cummings. Con la ayuda del Dios de la justicia, le proporcionaré una defensa que hará resonar a Inglaterra. Tendrá noticias mañana, señorita Dunbar, y mientras tanto esté segura de que las nubes se están levantando y que tengo todas las esperanzas de que la luz de la verdad se abra paso.

No era largo el viaje desde Winchester hasta Thor Place, pero fue largo para mi impaciencia, mientras que para Holmes evidentemente resultaba interminable, pues, a causa de su nerviosismo, no podía sentarse, y daba vueltas por el vagón o tamborileaba con sus largos dedos sensitivos en los almohadones que había a su lado. De repente, sin embargo, cuando nos acercábamos a nuestro destino, se sentó enfrente de mí-teníamos un vagón de primera para nosotros solos- y poniéndome una mano en cada rodilla me miró a los ojos con la mirada peculiarmente maligna que era característica de su humor más travieso.

-Watson -dijo-, creo recordar que usted va armado en estas excursiones nuestras.

Le parecía muy conveniente que lo hiciera, pues él se cuidaba muy poco de su propia seguridad cuando su mente estaba absorbida en un problema, así que más de una vez mi revólver había sido un buen amigo en la necesidad. Se lo recordé así.

-Sí, sí, yo soy un poco distraído en esos asuntos. Pero ¿lleva el revólver encima?

Lo saqué de mi bolsillo lateral, un arma pequeña, corta, cómoda, pero muy útil. El soltó el cierre, sacó los cartuchos y lo examinó con cuidado.

-Es pesado, notablemente pesado -dijo.

-Sí, es una pieza bastante sólida.

Caviló sobre ella unos momentos.

-Sabe, Watson -dijo-,creo que su revólver va a tener una relación muy estrecha con el misterio que estamos investigando.

-Mi querido Holmes, está bromeando.

-No, Watson, hablo en serio. Tenemos una prueba por delante. Si las prueba sale bien, todo estará claro, y la prueba dependerá de la conducta de esta pequeña arma. Un cartucho fuera. Ahora volveremos a poner los otros cinco y echaremos el seguro. ¡Así! Eso aumenta el peso y lo convierte en una reproducción mejor.

No tenía yo idea de lo que había en su mente ni él me iluminó, sino que siguió perdido en sus pensamientos hasta que paramos en la pequeña estación de Hampshire. Obtuvimos un destartalado cochecillo, y en un cuarto de hora estábamos en casa de nuestro amigo confidencial, el sargento.

-¿Una pista, señor Holmes? ¿Cuál es?

-Todo depende del funcionamiento del revólver del doctor Watson -dijo mi amigo-. Aquí está. Bueno, sargento, ¿puede darme diez yardas de cuerda?

La tienda del pueblo nos proporcionó un ovillo de fuerte guita.

-Creo que esto es lo único que necesitamos -dijo Holmes-. Ahora, si les parece bien, emprenderemos lo que espero que sea la última etapa de nuestro viaje.

El sol se ponía, convirtiendo el ondulado páramo de Hampshire en un prodigioso panorama otoñal. El sargento, con miradas críticas e incrédulas, que evidenciaban sus profundas dudas sobre la cordura de mi acompañante, iba remoloneando a nuestro lado. Al acercarnos al escenario del crimen, vi que mi amigo, por debajo de su habitual frialdad, estaba en realidad profundamente agitado.

-Si -dijo, en respuesta a mi observación-, ya me ha visto alguna vez fallar el blanco, Watson. Tengo instinto para estas cosas y sin embargo a veces me ha engañado. Parecía una certidumbre cuando me relampagueó por la mente en la celda de Winchester, pero uno de los inconvenientes de una mente activa es que siempre se pueden imaginar explicaciones alternativas que harían que nuestra pista fuera falsa. Y sin embargo…, sin embargo… Bueno, Watson, no podemos más que probar.

Mientras caminaba había atado firmemente un cabo de la cuerda al mando del revólver. Ahora habíamos llegado al escenario de la tragedia. Con mucho cuidado, bajo la guía del policía, situó el lugar exacto donde había estado tendido el cadáver. Luego buscó entre los brezos y helechos hasta encontrar una piedra voluminosa. La ató al otro extremo de la cuerda, y la colgó sobre el parapeto del puente de modo que pendía suelta sobre el agua. Luego se situó en el lugar fatal, a cierta distancia del borde del puente, con mi revólver en la mano, teniendo la cuerda tensa entre el arma y la pesada piedra al otro extremo.

-¡Vamos allá! -exclamó.

Diciendo estas palabras levantó la pistola hasta la cabeza y luego la soltó. En un momento la arrebató el peso de la piedra, golpeando con un fuerte chasquido el parapeto, y se desvaneció por encima de la balaustrada cayendo al agua. Apenas había desaparecido cuando Holmes se arrodilló junto a la piedra, y un jubiloso grito mostró que había encontrado lo que esperaba.

-¿Ha habido nunca una demostración más exacta? -exclamó-. ¡Vea, Watson, su revólver ha resuelto el problema!-señaló una segunda mella del mismo tamaño y forma de la piedra, que había aparecido bajo el reborde de la balaustrada de piedra-. Nos quedaremos esta noche en la posada -continuó, levantándose y encarándose con el asombrado sargento-. Por supuesto, usted buscará un gancho de recoger y recobrará fácilmente el revólver de mi amigo. También encontrará a su lado el revólver, la cuerda y la piedra con que esa vengativa mujer intentó disfrazar su propio crimen y cargarle una acusación de asesinato a una víctima inocente. Puede hacerle saber al señor Gibson que le veré por la mañana, cuando se puedan dar precisos pasos para vindicar a la señorita Dunbar.

Bien entrada la noche, mientras fumábamos nuestras pipas en la posada del pueblo, Holmes me hizo un breve resumen de lo que había pasado.

-Me temo, Watson -dijo-,que no mejorará usted la reputación que haya adquirido yo añadiendo a sus anales el caso del misterio de puente de Thor. He estado torpe, y me ha faltado esa mezcla de imaginación y realidad que es la base de mi arte. Confieso que la mella en la balaustrada de piedra era una pista suficiente para sugerir la solución verdadera, y me critico a mí mismo por no haberla descubierto antes.

»Debe admitirse que lo que planeó la mente de esa desgraciada mujer era profundo y sutil, de modo que no era cosa sencilla desenredar su plan. Creo que en nuestras aventuras nunca hemos encontrado un ejemplo más extraño de lo que puede producir un amor extraviado. Que la señorita Dunbar fuera su rival en un sentido físico o meramente mental, le pareció imperdonable a sus ojos. Sin duda, echó la culpa a esa inocente señorita de todos los malos tratos y duras palabras con que su marido trataba de rechazar su afecto demasiado demostrativo. Su primera resolución fue acabar con su propia vida. La segunda fue hacerlo de tal modo que enredara a su víctima en un destino que fuera mucho peor que ninguna muerte súbita.

»Podemos seguir claramente los diversos pasos, y éstos muestran una notable sutileza mental. Con gran astucia, consiguió de la señorita Dunbar una nota que hiciera parecer que ella había elegido el escenario del crimen. En su afán de que se descubriera, ella exageró un poco, agarrándola en la mano hasta el final. Sólo eso debía haber provocado sospechas antes de lo que ocurrió.

»Luego tomó uno de los revólveres de su marido -había, como ha visto, un arsenal en la casa- y se lo guardó para hacer uso de él. Alguien lo había escondido esa mañana en el guardarropa de la señorita Dunbar, después de disparar un cartucho, lo que pudo hacer fácilmente en los bosques sin llamar la atención. Luego bajó al puente, donde había organizado ese método tan enormemente ingenioso para desembarazarse de su arma. Cuando apareció la señorita Dunbar, empleó su último aliento en verter su odio, y luego, cuando, ella ya no la podía oír, llevó a cabo su terrible propósito. Ahora todos los eslabones están en su sitio y la cadena se ha completado. Los periódicos preguntarán por qué no se dragó el lago para empezar, pero es muy fácil ser juicioso a posteriori, y en todo caso, la extensión de un lago lleno de juncos no es fácil de dragar si no se tiene una idea clara de qué se busca y dónde. Bueno, Watson, hemos ayudado a una notable mujer, y también a un hombre temible. Si en el futuro unen sus fuerzas, como parece probable, el mundo financiero quizá sepa que el señor Neil Gibson ha aprendido algo en esta aula de la Tristeza donde se enseñan nuestras lecciones terrenales.

La aventura del Puente de Thor, un Cuento de Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle

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