sábado, octubre 20, 2012

A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á Bilbao un domingo del mes de Septiembre.

A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á Bilbao un domingo del mes de Septiembre.

El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas y las riberas de la ría. Todos mostraban prisa por llegar á la plaza de Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los cuales venían amenazando con una huelga hacía dos meses. La reunión popular era el ultimátum que lanzaban los trabajadores.
Los primeros trenes de la mañana habían trasladado á Bilbao mayores cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de la villa.

No todos iban al mitin. Descendían también de los vagones aldeanos con gruesos garrotes, escoltando á los curas de su anteiglesia. Estos grupos rurales llegaban para la gran romería que subiría por la tarde al santuario de Begoña.

El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesuítas y los bizkaitarras, se encontraban en el mismo día. Un ambiente belicoso, que excitaba los nervios, haciendo más duras las palabras y más insolentes las miradas, parecía pesar sobre la villa.

En el camino había apreciado Aresti el estado de los espíritus. El vagón estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban á la romería. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban nerviosamente sus cachabas, oyendo las burlas de la gente de las fábricas.

Callaban porque en aquella vía, invadida por la moderna industria, eran menos las gentes del campo. ¡Ay, si aquello hubiese sido en la línea de Durango, por donde descendían los rebaños de la fe para la fiesta de la tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes á la cabeza!...

Al bajar del tren el doctor Aresti, oyó que alguien le llamaba.

Era el capitán Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto á él, husmeaba sus manos.

—¿Buscas la bronca, eh?...—dijo al médico.—Tú vienes porque te gustan estas cosas, y yo me voy por no verlas.

Se marchaba á cazar chimbos á cualquier parte: le interesaba huir de Bilbao, no ver lo que seguramente ocurriría.

—El aire huele á pólvora, querido Planeta: van á llover palos. Al venir á la estación me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la que conocí durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos los que creen que esto marcha mal, se están reuniendo en la plaza de Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las iglesias y se enseñan los revólvers en los rincones de las sacristías. El Padre Paulí predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el zascandil de Urquiola anda arengando á la juventud salida de Deusto, para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en ver estas cosas.

Aresti le escuchaba con interés. Había hecho el viaje atraído por la posibilidad de un choque. Deseaba ver cómo los obreros de la montaña, y los industrialillos de la villa se atrevían por primera vez con el jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo que se deslizaba en sus entrañas, después que lo había derrotado por dos veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubría con la boina blanca.

—En esto llevas razón, Luis—dijo el capitán enardeciéndose.—Si me voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta para huir. ¡Porra! ¿De qué nos ha servido tanto comer pan de habas y carne de caballo á los que disparábamos el fusil en las trincheras, si aquellos á quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los amos? ¡Cómo está hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin tropezar con un cura. Los que hace años bombardearon la villa y hoy darían cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como señores. Han bajado en manadas para ver á la Virgen, con el revólver en el bolsillo, y miran á todos con insolencia, como deseando que llegue pronto el momento de matar perros liberales.

El capitán mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se mezclase en la lucha. Tenía miedo á su entusiasmo: podía sin darse cuenta liarse á golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le irritaba.

—Yo no soy más que un empleado, Luis: un dependiente de Sánchez Morueta. ¡Y figúrate lo que haría doña Cristina si me viese mezclado en el jaleo; lo que diría el mismo Pepe, que tan cambiado está!... Bastante hago con defenderme y quedar á un lado, pues por su gusto iría esta tarde camino de Begoña.

El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el médico y el marino hablasen de la gran transformación de Sánchez Morueta. Muy poco había sabido de él Aresti, después de su encuentro en el monasterio de Loyola.

—Es otro hombre—dijo Iriondo con tristeza.—Aquella casa ya no es la misma.

Y evitaba dar más detalles, con la prudencia del subordinado fiel que teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso.

—¡Qué porra! Tú eres de la familia y debes saberlo todo. Además, eres mi amigo y quieres á Pepe.

¡Ay, planeta! Aquello ya no es casa, es un convento, y cualquier día, el que fué nuestro grande hombre acabará por traernos el Padre Paulí al escritorio, para que dirija á los empleados. No se separa de él un instante.

Y describía con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban; todos estaban sobre él: la esposa, la hija, hasta aquel niño inaguantable de Urquiola, que le decía con la mayor insolencia: «Tío, no haga usted eso», «tío haga usted lo otro.» Por el momento, Sánchez Morueta sólo era el tío: pero no acabaría el año sin que el abogadillo le llamase papá. Se casaba con Pepita y todos parecían satisfechos de tal matrimonio: la niña, la madre y el Padre Paulí. El millonario callaba, como si estando contentos los demás no necesitasen consultar sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba órdenes imperativamente á los empleados. Hasta con el capitán se atrevía; con el viejo amigo de Pepe, á quien siempre hablaba éste con fraternal atención. ¡Porra! ¡A la vejez, después de una vida de noble é independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes se retiraría, abandonando á Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el Pepe que él conoció.

—Cómo nos lo han cambiado, Luis. ¿Querrás creer que un día en el escritorio, al volver de Loyola, me contó con el mayor entusiasmo que había hecho una confesión general, un recuento de todos los pecados de su existencia y me afirmaba que después de esto se sentía con mayor salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado caída como esta. La mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. ¿No sabes la última hazaña de ese pillín?... No la sabrás: todo Bilbao habla de ella, pero á las minas no llegan estas cosas.

Y relató á Aresti un suceso digno de la sección de tribunales de un periódico. Urquiola había dado un abortivo á aquella infeliz que vivía en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paulí le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba concertado con la primera fortuna de Bilbao, y á viva fuerza había provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de la vecindad, habían hecho intervenir en el asunto al juzgado. ¡Un escándalo, pero nada más! En aquella población todo se doblegaba á la influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.

—Y Pepe—continuó el capitán,—sin enterarse de nada; y si algo sabe, como si no lo supiera. Basta que doña Cristina afirme que todo es mentira para que él lo crea: basta que el Padre Paulí le diga que Urquiola será un grande hombre para que él escuche impasible sus necedades y bravatas de cabecilla. ¡Ay, Luis! ¡Qué dominación tan rápida y absoluta la de esa gente!...

Iriondo describía su influencia extendiéndose á todo lo que estaba bajo la dirección de Sánchez Morueta, á las fábricas, las fundiciones y hasta los barcos. Sin respeto á su cargo de inspector de navegación de la casa, le hacían despedir á marinos viejos que llevaban muchos años al servicio de Sánchez Morueta, y admitir á otros jóvenes que, apenas tomaban posesión de su camarote, pegaban frente á la litera una imagen del Corazón de Jesús. Él no osaba protestar ante el gesto autoritario del amo, y el miedo á los que, ocultos tras él, regulaban sus palabras y acciones.

La semana anterior le habían dado orden de despedir á todos los obreros que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias ó se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impías. ¡Cristo! ¡Él, á sus años, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana; obligándole aquellos señores á que enseñase catecismo y buenas palabras á los cargadores del Nervión!...

—Pues, ¿y en los altos hornos?—exclamó después el capitán,—Allí va á haber cualquier día una huelga, seguida de la degollina de todos los beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se fué Sanabre, aquel chico tan simpático, la fundición es un infierno. Pepe tendrá cualquier día una sublevación ruidosa, y á los huelguistas no les faltará motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van á la calle, y los talleres se llenan poco á poco de hipócritas, que trabajan como saben ó quieren, pero que son respetados porque van á misa y se inscriben en las sociedades de obreros católicos.

El decaimiento moral de Sánchez Morueta, la abdicación de su voluntad, irritaban al marino.

—Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesión general es como el traje nuevo de un niño: no se atreve á hacer nada, por miedo á mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante á un fraile. No sabe hablar más que de la muerte; de lo que encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por arriba y por abajo, y el muy camastrón tiene mejor color y está más fuerte que nunca. Si yo me atreviera con él como tú, le diría: «Qué porra: ya sé que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras la muerte no llega, vivamos cada cual á su gusto, sin hacer la santísima á los demás, que es lo único en que gozan los que piensan á todas horas en su alma.»
Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capitán se despidió de Aresti.

—Esta tarde, en la romería, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez vaya en ella Pepe con su escapulario.

Aresti dió salida á su asombro con un juramento. ¡Quién! ¿Pepe sería capaz de exhibirse en aquella farsa?...

Iriondo no tenía la certeza de ello pero lo presentía. Era un suceso que llevaba preocupada á toda la familia durante la semana. La esposa quería verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los devotos. ¡Qué triunfo para la religión! Él, después de volver á la buena senda, no podía negar á Dios el prestigio que daría á la santa causa esta adhesión pública de un hombre de su fortuna y su poder. El millonario se resistía, adivinando lo ridículo de esta humillación; defendíase agarrado á un harapo de su antiguo carácter. Pero todos caían sobre él, martilleando la débil corteza de su voluntad reblandecida. La madre y la hija se lo suplicaban. ¡Las daría tanto placer con ello!... El Padre Paulí hablaba con desprecio de los cobardes que sólo aman á Dios en su casa y temen manifestarlo públicamente, y el matoncillo Urquiola hacía burla de los que no se atrevían á salir á la calle por miedo á los impíos.

—Irá, estoy seguro—dijo el capitán con tristeza.—Lo arrastrarán, la familia de un lado, y de otro el miedo á parecer cobarde. ¡Adiós, Luis, y ten prudencia! Mira que hay cerrazón en el horizonte y la borrasca de esta tarde va á ser de cuidado.

El doctor subió la larga escalinata de la estación, y al salir al puente del Arenal vió muchos balcones colgados con trapos de colores é inscripciones en loor de la Virgen de Begoña. En las Siete Calles, lo más típico y tradicional de la población, las casas empavesadas ofrecían el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre banderas el mismo rótulo en honor de la Señora de Vizcaya. Las gentes mirábanse con aire hostil; la población, dividida en dos bandos, parecía estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa contemplaban con simpatía ó con odio á los grupos de campesinos y de obreros, según eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al vecino, y todos decían lo mismo en sus conversaciones.

—¡A la tarde!... ¡Oh, á la tarde!...

Aresti, después de errar más de una hora por la villa, se encontró al atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que le saludó con un gruñido, llevándose con cierta violencia la mano á la boina.

—Ya sabe usted, doctor, que usted es el único burgués que yo saludo.

Era el Barbas, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas de vagancia encogido en el suelo, inmóvil, como un profeta de horrores, escupiendo amenazas é insultos sobre los ricos del país. Hacía tiempo que habían demolido su barraca, después de socavar el suelo. La vieja compañera había muerto de miseria y él vagaba por las minas, durmiendo á la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de él, miraba con ojos feroces á los obreros.

—¡Bestias!—les gritaba como si cometiesen un crimen.—¡Tenéis la dinamita en vuestras manos y la empleáis en eso!...

El doctor contestó á su saludo alegremente.

—¡Compañero! ¿Tú aquí?...

Había llegado por la mañana en un tren lleno de obreros. Por supuesto, sin billete; los compañeros querían pagárselo, pero él había protestado, ocultándose para viajar sin que los burgueses le explotasen.

—¿Y el mitin?—preguntó Aresti.—¿No vas al mitin?

El Barbas hizo un mohín de desprecio. Él no perdía el tiempo en bobadas. Se sabía de memoria todo lo que allí podían decir. Necedades y cobardías. Pedir más jornal ó que lo pagasen de este modo ó del otro; reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que trabaja. ¡Como si esto sirviese de algo! Eran unos cataplasmeros. Y en esta palabra envolvía todo su desprecio á los que buscaban con reformas paulatinas y con una organización fuerte y disciplinada el mejoramiento del obrero.

—Cataplasmeros, doctor—gritaba.—Nada más que cataplasmeros. Este es un país acostumbrado á la disciplina y á la autoridad: por eso el pobre que en otro tiempo fué carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco á poco. Pero ya se cansarán de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero y entonces seguirán al Barbas y á otros como él, y en veinticuatro horas se arreglará todo ó acabará todo. El pobre pide justicia y la justicia ni se solicita á pedazos ni se regatea: se toma como se puede, aunque acabe el mundo.

Después explicó por qué había hecho el viaje. Únicamente le atraía lo que pudiera ocurrir por la tarde. Quería convencerse de que los pobres se atrevían por fin con los ricos: deseaba ver cómo corrían todos los enemigos por él odiados, sin que les valiese la protección de los ídolos celestiales á los que levantaban palacios, mientras él vagaba por el monte como un perro sin abrigo.

La esperanza del choque y de la lucha le estremecía de placer. Husmeaba el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha oliendo la pólvora.

—¡Bronca!... ¡Ya se ha armado!—exclamó con alegría, mirando al otro lado del puente.

Por la avenida del ensanche corría á todo galope un grupo de jinetes de la guardia civil. En último término, veíase una gran masa de gente, una mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.

Era el público que salía del mitin y se detenía ante los balcones de las mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la Señora de Vizcaya. La gente silbaba: comenzaban á volar las piedras por encima de la negra masa: caían con estrépito las vidrieras rotas.

Aresti se vió solo. El Barbas corría hacia el gentío, dando gritos de entusiasmo. ¡Duro, duro! ¡No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre, lentamente, avanzaba su pesado oleaje con dirección al Arenal. La caballería, impotente para contenerla, se limitaba á ir con ella, creyendo evitar así mayores desmanes.

Pasó la manifestación el puente, extendiéndose por el Arenal y las calles inmediatas. Eran obreros en su mayoría y jóvenes de la población cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos aclamaban á la Revolución social; otros daban vivas á la República; algunos gritaban ¡viva España! ante las inscripciones en vascuence, viendo en estas loas á la Señora de Vizcaya un hipócrita insulto á la integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella Bilbao dominada por la Compañía de Jesús y formada á su imagen.

El grito de ¡abajo los jesuítas! era contestado por un rugido unánime de la masa. En las calles inmediatas al Arenal caían á pedradas los cristales. Algunos chicuelos subían por las fachadas con agilidad de monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoña, dejándolas caer sobre el gentío, que las hacía pedazos.

Una noticia circuló como un relámpago por la gran masa detenida en el Arenal. Estaban prendiendo fuego á la iglesia de los jesuítas. Una parte de la manifestación, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo, rociándolo con petróleo. Ya ardían las puertas.

La guardia civil corrió allá á todo galope, abandonando la manifestación. Aresti sentía un entusiasmo casi igual al del Barbas. ¡Ya ardía el odiado cubil! ¡Bilbao despertaba!...

Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas sólo habían sido chamuscadas: la presencia de la autoridad había disuelto el grupo incendiario, extinguiendo el fuego.

Era ya más de mediodía. Los grupos se aclaraban: todos se iban á comer. Aquello sólo había sido el prólogo de lo que ocurriría después.

—A la tarde, aquí—se decían unos á otros al alejarse.

Aresti entró en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba también de lo que ocurriría por la tarde. A las tres estaban citados los de la peregrinación en el Arenal. Llegarían en varias procesiones desde las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San Nicolás. El plan había sido preparado con el propósito de llamar la atención, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia, desafiando á los enemigos.

Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Decían que el gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que desistieran de ella. El Padre Paulí se negaba rotundamente, invocando hipócritamente la libertad. Su acólito Urquiola hablaba de la batalla de la tarde con aires de caudillo.

Algunos mostrábanse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse la romería. Al fin, era un suceso que amenizaba la vida monótona y gris de la población. Aresti no dudaba de que se verificase. Conocía á los organizadores, y su propósito de excitar á la impiedad naciente, para darla la batalla y afirmar así su dominación que creían en peligro.

En una mesa cercana disputaban dos señores.

—Me he fijado bien en la manifestación—gritaba uno de ellos.—Todos eran Pérez y Martínez, todos maketos é hijos de maketos, mala gente, de la que ha invadido nuestro país. No iba ni uno que tuviera los cuatro apellidos vascongados.

Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhibían como una prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.

—Pues, yo los tengo—gritaba su interlocutor con acometividad,—y digo que deseo que esta tarde les rompan el alma á los de la romería, y ¡ojalá arrastren á todos los jesuítas!

La división que perturbaba á la villa, mostrábase, también en el restaurant, impulsando á unos parroquianos contra otros faltando poco para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.

A las dos volvió Aresti al Arenal. Formábanse de nuevo los grupos cerca del puente, mirando con hostilidad á los aldeanos que pasaban camino de las parroquias. Circulaban por el gentío las más contradictorias noticias. Ya no se verificaba la romería: oponíase á ella el gobernador, al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban despreciativamente «el cónsul de España». Después corría de boca en boca la certidumbre de que iba á celebrarse la fiesta. Se estaban formando las comitivas en cada parroquia: pronto llegarían al Arenal para reunirse todas en San Nicolás.

Y la gran plaza ennegrecíase de gentío inquieto. Una masa de cabezas cubría las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba instintivamente la gente: un vacío que parecía destinarse al choque de unos y otros.

Aresti se sintió de pronto arrastrado por un violento empellón de la muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estalló una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones interrumpidas por tiros.

Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivén tempestuoso los estandartes de la primera procesión. El médico, sin saber cómo, en uno de los empujones de la multitud, se vió en mitad del Arenal, cerca del desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los hombres, empuñando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario de la Virgen de Begoña; las mujeres escoltaban á los curas, mirando á la muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanáticas.

Cesaron los disparos al entrar la procesión en la plaza. Entonaban los romeros un himno en vascuence á la Señora de Vizcaya, y de los grupos salía, como respuesta, La Marsellesa ó La Internacional.
Agrupáronse los devotos ante la portada de San Nicolás, y la muchedumbre avanzó lentamente hacia ellos. Estrechábase el espacio entre unos y otros, los palos levantábanse amenazantes, los insultos alternaban con los cánticos. De repente, el gentío se hizo atrás, volviendo sus mil cabezas. Una nueva procesión llegaba por el puente. Se había reunido en la Residencia de los jesuítas: era lo más brillante del ejército devoto que iba á subir á Begoña; el señorio de Bilbao, en el que figuraban las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los alumnos de Deusto. Los Padres de la Compañía más famosos, presidían las asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad creciente del pueblo.

Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los bolsillos, marcándose en la tela el rígido contorno de las armas de fuego. Las señoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas por la actitud hostil del gentío, como damas altivas que no temen al mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio á toda aquella balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas familias querían darles.

Estalló un trueno de gritos, insultos é imprecaciones. Aresti vió pasar á Urquiola con el revólver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores sólo intentaron en las montañas inmediatas, durante los dos famosos sitios.

—¡Viva Vizcaya! ¡Viva la religión y Nuestra Señora de Begoña! ¡Mueran los liberales!
Algunos discípulos de la Universidad jesuítica, pareciéndoles estas aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas á la Unidad Católica, y los aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que aquello significaba, pero adivinando que debía ser algo contra los impíos de la odiada Bilbao.

Aresti vió pasar á la mujer y la hija de Sánchez Morueta. Después á las de Lizamendi en un grupo de señoras, con la falda ceñida y el andar arrogante. Miraban á todos lados como si buscasen á alguien entre el gentío hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron satisfechas de no haberse equivocado. ¡También estaba allí!... El mal hombre estaba donde le correspondía. El médico vió la mirada de resignación y de lástima que su mujer dirigía al ciego, como si pidiese, con lamentos de víctima, perdón para su alma perdida. Luego vió destacarse de un grupo de sotanas á su enorme primo, que marchaba con la cabeza descubierta, brillando la condecoración de la Virgen entre la celosía de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil desconocida por Aresti.
El médico no pudo ver más. Creyó de pronto que se abría el suelo de la plaza y que huían todos, chocando unos contra otros con el terror de la fuga. Algunos palos rompiéronse en pedazos; sonaban las espaldas al recibir los golpes con un ruido de cofres vacíos; caían muchos con la cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huían, y comenzaron á sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros de los revólvers.

Corrían las señoras á refugiarse en San Nicolás, y los curiosos de las aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los cafés, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.
En un momento se formó un gran vacío en la plaza, quedando sembrado el suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban, manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por los grupos hacia las farmacias más próximas. Mientras tanto, continuaba el combate entre los más resueltos de una y otra parte.

De la portada de San Nicolás salían descargas cerradas, disparos de revólvers baratos comprados el día antes por los organizadores de la romería, balazos sin dirección, que iban á perderse en la arena del paseo ó se incrustaban en los árboles. La mayoría de los obreros carecían de armas y se batían con los puños ó con palos, profiriendo en la exaltación de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoña y sus devotos. La batalla se había fraccionado: peleábase en grupos sueltos ó individualmente. Los mismos compañeros no se reconocían, y muchas veces se golpeaban, creyendo herir á un enemigo.
Aresti permanecía inmóvil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las balas que á corta distancia de él levantaban las cortezas de los troncos. Sentíase empujado de un lado á otro por los empellones de los combatientes, viéndolo todo al través de una niebla gris, como si el sol se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le hacían tropezar, y de los que salían gemidos dolorosos.
En este crepúsculo del atolondramiento creyó ver á un cura enorme que se recogía el manteo con una mano y con la otra disparaba su revólver sobre un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.

—¡Tú acabarás!—decía blandiendo una faca y desviándose de un salto cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apuntándole.

Y cuando el cilindro del arma rodó sin que saliera ya ninguna detonación, el obrero, con una risa feroz, se abalanzó sobre el cura, abrazándolo, cayendo con él al suelo, hundiéndole en la espalda el arma con tanto ímpetu, que la hoja quebróse en dos pedazos.

Aresti creyó que se había desplomado un árbol sobre sus hombros. Fué un golpe que le sacó de su aturdimiento, haciéndole rugir de ira: un garrotazo en la espalda, que acabó con toda su bondad irónica de espíritu superior, despertando en él á la fiera. Levantó su bastón y comenzó á dar golpes delante de él, sin mirar á quién alcanzaba, sin acordarse de que podía ser un amigo, con el ansia de hacer daño, con la embriaguez de la sangre.

De pronto se sintió detenido en su avance por una espalda que caía contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y débil, con el raquitismo que da el trabajo cuando es superior á las fuerzas de la edad. Vaciló como si estuviera ebrio, llevándose las manos á la cara ensangrentada, y al intentar erguirse, un puño enorme volvió á caer sobre él haciéndolo rodar por tierra.

Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del caído, levantó el bastón al ver que se alzaba contra él de nuevo aquel puño que resonaba sordamente golpeando como una maza. Pero el médico quedó con el brazo en alto al reconocer al hombre que le acometía.

—¡Tú!... ¡tú!...—gritó con una voz que parecía desgarrarle la garganta.

Tenía ante él á Sánchez Morueta, con el puño levantado, las barbas en desorden, y en los ojos una expresión feroz: el deseo de exterminar á la canalla impía que insultaba á las personas decentes y había hecho refugiarse á las señoras en la iglesia.

Al reconocer á Aresti, bajó el brazo y la cabeza como avergonzado. En el mismo instante, algo blando y tibio chocó en una de sus mejillas escurriéndose por los hilos de su barba. ¡Su Luis, su hermano, le había escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de herirle, ya que las manos se negaban á ello por el antiguo respeto; era el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido y feliz, á aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara ensangrentada.

El millonario miró á su primo con ojos mansos y sin expresión, unos ojos bovinos que parecían pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la mano por la barba borrando el escupitajo del odio.

Fué á hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como unas alas fúnebres tiraba de él. Era el Padre Paulí.

—Don José. Vámonos de aquí. ¡A Begoña! ¡A Begoña!

Y le arrastró con paternal solicitud, como si el millonario fuese el primer estandarte de la romería.
Aresti quedó inmóvil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho bien estaba, ya que no tenía remedio. Los empellones de la gente que huía le sacaron de su abstracción. Los jinetes de la guardia civil corrían al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomerábase en las aceras, dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban algunos hombres, llevando en sus brazos un herido.

Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San Nicolás. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban á tiros.

La muchedumbre sin armas, herida á mansalva desde aquella altura, rugía impotente, y en un arranque de desesperación, intentó arrojarse al asalto del templo, pero tropezó con un obstáculo que acababa de interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que brillaban cañones de fusil y correajes lustrosos.

Dos compañías de infantería habían entrado en la plaza á paso gimnástico, colocándose en batalla ante la iglesia. Eran los guiris, los ches, la España en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su pantalón rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la resurrección de la antigua Vasconia. Los soldaditos, pálidos, con la boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los tiros de revólver, daban frente á la gran masa que protestaba contra la romería.

Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y hacer fuego apuntando á la iglesia. Aquellos curas armados y vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los señoritos con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban en ellos á los que en otro tiempo habían asesinado en las montañas á sus hermanos, y que aun ahora deseaban volver á la lucha de emboscadas. El deber, con su peso férreo é irresistible, mantenía inmóvil á la doble fila de hombres azules y rojos.

Un oficial vaciló un instante y entregando su sable á un soldado, se llevó una mano á un hombro. Acababa de recibir un balazo; le habían herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se contrajo con tristeza dolorosa, más que por la herida, por la amargura de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la montaña frente á frente con el eterno enemigo, sino á la puerta de una iglesia, á manos tal vez de un sacristán, de uno de aquellos efebos católicos que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando á la religión y la Virgen.

La guardia civil empujaba á los romeros fuera de la plaza. Salían en bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y emprendían la ascensión á Begoña escoltados por los jinetes.
La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, oía cómo se alejaban las cofradías por las calles empinadas que daban acceso al santuario.

—¡Viva la Virgen!—gritaban con el enardecimiento de una lucha en la que habían llevado la mejor parte.

—¡A Begoña! ¡A Begoña!—aullaba Urquiola agitando el revólver al frente de un grupo.

Y las aclamaciones á la Virgen, interrumpíanlas con frecuentes descargas. Sin cesar en sus cánticos, hacían fuego sobre todos los que al borde de la cuesta contestaban á sus aclamaciones con gritos de protesta.

Poco á poco fué quedando desierto el atrio de San Nicolás. Un muerto yacía en la acera, custodiado por dos guardias. Más allá, los grupos rodeaban á varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento á lo largo de las paredes esquivando el gentío. Estaban heridos é iban á sus casas á curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas declaraciones.

Aresti pasó más de una hora de botica en botica y de café en café, solicitado y arrastrado por muchos que le conocían, llamado allí donde guardaban un herido, esforzándose por curar de primera intención, con los medios que tenía á su alcance, á todos los infelices que en brazos de la muchedumbre iban después hacia el hospital.

Atendió indistintamente á unos y otros, á los que llevaban en el pecho el escapulario de la Virgen y á los que en el paroxismo del dolor creían encontrar un alivio dando vivas á la Libertad y la República. La carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las aceras y los pavimentos de los cafés, le causaban inmensa tristeza, haciéndole pensar con lástima en la eterna infancia de los hombres: ¡Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que estaba allá en lo alto, entre luces y flores, mientras existían en el mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban para desaparecer el esfuerzo común y fraternal de todos los humanos!

Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Begoña, la carcoma, más sabia que ellos, seguiría mordiendo las entrañas de madera del sonriente fetiche: tal vez á aquellas horas algún ratón roía las patas del ídolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrería.

El médico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respiró satisfecho cuando ya no le presentaron más heridos.

Paseó entonces por la orilla de la ría, pensando en el encuentro con su primo, que seguramente sería el último. La injuria á Sánchez Morueta le mordía el pensamiento: aquel salivazo parecía haber caído sobre su alma. ¡Ay, el intruso! El maldito intruso! ¡Cómo había penetrado entre ellos, matando todo afecto, anulando con el poder frío de la muerte todo un pasado de cariño fraternal!... No habían reñido cuerpo á cuerpo como los hermanos en las guerras civiles: pero se habían herido en el alma, separándose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acabó la familia: Aresti estaba solo en el mundo.

Varios grupos de muchachos corrían vociferando por las riberas del Nervión. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la señal de la cruz. ¡Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos después de la lucha en el Arenal, se habían esparcido por las Siete Calles, escalando las hornacinas que cobijaban las imágenes de los patronos de aquella Bilbao tradicional.

Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados después hasta la ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quería vengar en aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por otros de músculos y hueso. ¡Al agua los santos! Y caían de cabeza en la ría las vírgenes y los bienaventurados, flotando después de la inmersión con la ligera porosidad de la madera vieja.

La muchedumbre seguía lentamente por las riberas el tardo descenso de las imágenes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaudían viendo el cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de mártires, insultaban á los impíos, amenazándoles con las manos crispadas.

Una imagen de la Virgen de Begoña, arrancada de su hornacina, era la que más llamaba la atención. ¡Ella tenía la culpa de todo!... Y la silbaban é insultaban mientras la imagen descendía tendida de espaldas, mostrando á flor de agua su vientre dorado y su carita de muñeca sagrada. Un gabarrero, cruzando la ría en su barcaza, avanzó hacia la imagen como si quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la piedad del marinero: iba á salvar á la Virgen.

Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, cesó de manejar el remo, y, levantándolo en alto, después de mirar á ambas orillas, dió con él un golpe tremendo á la Virgen, que desapareció en un remolino de agua para no flotar más. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. ¡Hasta sobre las aguas se mostraba la impiedad de la villa!...
Frente á un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoció alBarbas.

—Lo de hoy no vale nada—gritaba.—No me parece mal que les metan mano á los que por tanto tiempo han tenido engañada á la gente, pero después de esto hay que ajustar la cuenta á los que la roban. Hoy ha sido la batalla de los santirulicos: mañana será la del pan. Ya bajarán del monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los ladrones de aquí: ya reclamarán su parte. Y nada de peticiones ordenadas ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. ¡Fuera los cataplasmeros! A cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, ¡dinamita... roño! ¡dinamita!

Aresti se alejó para que no le viese aquel energúmeno, que parecía enardecido por la sangre de la reciente lucha.

Sus palabras evocaban en el pensamiento del médico las minas, con su población miserable, roída por las necesidades materiales y la desesperación de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del peón y el trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba á la villa opulenta y feliz. Después del choque provocado por el fanatismo dominador, vendría la huelga de los infelices, la reclamación imperiosa de la miseria.

Un ejército enemigo se ocultaba tras aquellas montañas que cerraban el horizonte: una horda hambrienta que algún día caería sobre la población como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendrían los enemigos ante las defensas exteriores; se esparcirían por las calles y bloquearían á la riqueza en sus magníficas viviendas. La guerra en nombre del pasado se repetiría en defensa del porvenir; los nuevos sitiadores llevarían la miseria como bandera, y como grito de combate el derecho á la vida.
Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza origen de tantos males. ¿Para qué servían los tesoros de las minas? Se había embellecido exteriormente la población, tomando el aspecto de una capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la ría por las chimeneas de fábricas y buques; pero la vida era más triste que antes. Con la riqueza habían llegado los hombres negros, que se hacían los amos de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus manos en los bienes materiales.

Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de tristeza levantarían el vuelo hacia otros países. El suelo sería más pobre, pero renacería en él como planta de consuelo la alegría de la vida.
La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que aún no conocía el valor del hierro, era más feliz, con la paz de un trabajo lento y ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna, con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza disparatada y rápida que apenas si dejaba en el país rastros beneficiosos de su paso, perdiéndose en las obscuras tragaderas del intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse al lado de los favoritos de la suerte, ofreciéndoles el cielo á cambio de una participación en el botín.

El saqueo de la Naturaleza, la amputación de sus entrañas de hierro, había servido únicamente para la felicidad de unos cuantos y para qué el parásito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de todo. ¡Debía terminar aquel carnaval de la Fortuna, que sólo servía para dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar á la miseria, con el alarde de una concentración loca de la riqueza, que avivaba los odios sociales!...

Las minas se empobrecían. Los optimistas las daban vida para veinte años: los más crédulos llegaban hasta treinta. Pero después vendría el agotamiento, la nada; la montaña pelada, con su esqueleto calcáreo al descubierto, sin guardar el más leve harapo del manto que la había cubierto durante siglos, más rico que el de muchos dominadores de la tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos, á los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el hierro que habían respetado los métodos antiguos. En Gallarta se derribaban casas enteras, construidas algunos años antes, para aprovechar el mineral de su paredes. Se vivía de los residuos de la época de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Serían inútiles todas las extratagemas de aprovechamiento; sólo encontrarían la tierra pobre y estéril, sin la menor partícula de hierro, y entonces vendría el ¡sálvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta á la pobreza, la fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que engañaba su hambre trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su vida: el aislamiento de los poderosos, encerrándose en el arca de su riqueza, para flotar sobre este Diluvio final.

La Fortuna habría pasado un momento por aquella tierra, como por otros países, sin dejar más que ligeras huellas. Bilbao ofrecería el aspecto de las ciudades históricas de Italia, que fueron grandes, llenando el mundo con el poderío de su comercio, y hoy son melancólicos cementerios de un pasado glorioso. Quedarían en pie los palacios del ensanche, la ría prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo el mundo: pero los palacios estarían desiertos, el abra, con sus contados barcos, tendría la triste grandeza de una jaula inmensa sin pájaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, serían ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen aún más trágica la soledad de las metrópolis muertas.

Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los dueños de tanta riqueza, no habían querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados á las fáciles y seguras ganancias de un país donde sólo hay que arrancar los pedruscos del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su puerto, la existencia de sus fábricas, todo estaba sometido á la tierra roja arrancada de la montaña. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire de sus pulmones, y al faltar de repente, caería la villa ostentosa con repentina muerte, desaparecería, como el decorado de una comedia de magia, aquella riqueza creada de la noche á la mañana, que era para la masa infeliz una opulencia insultante.
Tal vez algún día los pasos de los raros transeuntes despertasen el mismo eco fúnebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Podía ser que el mar enemigo cegase la ría con una barra de arena, y que sólo de tarde en tarde remontase su corriente algún barco mercante.

Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volvería á ser la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre y pacífica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus calles el ejército de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los que llegaban á exhibir como una acusación muda sus harapos y su cara de hambre ante los palacios de los ricos.

Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharían tras sus pasos aquellos hombres negros que la seguían como merodeadores, que sólo se mostraban hablando del cielo allí donde se amontonaban los beneficios de la tierra. No vacilarían en abandonar una tierra exhausta, olvidándola como tenían olvidados á los países pobres, donde nunca se mostraban, como si en ellos no existiesen hijos de su Dios.

Aresti, al pensar que la ruina de su país sería la señal para que los invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto antes: sonreía pensando en el agotamiento de las minas como en una catástrofe providencial y salvadora.

Llevaba más de dos horas paseando por la orilla de la ría. Comenzaba el agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol ocultábase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos seguía la lenta flotación del último santo, arrojándole piedras para que no se detuviera en las revueltas de la corriente.

Después de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del crepúsculo de verano, parecía envolver suavemente el espíritu de Aresti, elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo de tierra donde había de morir. Era un ataúd, en el que dormitaba, rodeado de seres egoístas que se defendían del vecino ó intentaban aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin límites.
Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que aún tenía por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como una estrella perdida en la noche.

El sol se había ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del último santo.

Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el último crepúsculo de las religiones. ¡Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos ídolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante el negro secreto de la muerte!

El doctor contemplaba la fuga del ídolo sobre las aguas, y, como atraído por él, lo seguía á lo largo de la ribera.

Soñaba en el día glorioso de la humana redención: cuando desapareciesen los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que hablan mantenido á los hombres durante siglos en la esclavitud, cantándoles la canción de la humildad y la repugnancia á la vida, arrullándolos en su eterna niñez, con la apología de la resignación cobarde ante las injusticias terrenales, como medio seguro de ganar el cielo...

No: aquellos ídolos habían engañado á la humanidad demasiado tiempo y debían morir. Sus días aún serían largos, pero estaban contados. Los hombres comenzaban á maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos hostiles con la sublime rebeldía del sacrilegio. Eran los alcahuetes de la injusticia. Bajarían de sus altares como habían descendido los dioses del paganismo cuando les llegó su hora, siendo más hermosos que ellos. Quedarían en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr siquiera, en su fealdad, la admiración que inspira la armoniosa desnudez: se confundirían con los fetiches grotescos de los pueblos primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras sus aspiraciones y anhelos, adoraría en el infinito de su idealismo las dos únicas divinidades de la nueva religión: la Ciencia y la Justicia Social.

Capítulo décimo y último de El intruso de Vicente Blasco Ibañez

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...