sábado, diciembre 29, 2012

Con Ernesto en El Talón de Hierro

Cuando Ernesto entró, la veranda pareció súbitamente achicada. No es que fuese extraordinariamente grande –no medía más que 1,75 m–, sino que parecía irradiar una atmósfera de grandeza. Al detenerse para saludarme, manifestó una ligera vacilación en extraño desacuerdo con sus ojos intrépidos y su apretón de manos; éste era seguro y firme, lo mismo que sus ojos, que esta vez, empero, parecían contener una pregunta mientras me miraba, como el primer día, demasiado detenidamente.

–He leído su Filosofía de las clases trabajadoras –le dije, y vi brillar sus ojos de alegría.
–Naturalmente –me respondió–, usted habrá tenido en cuenta el auditorio al cual estaba dirigida la conferencia.
–Sí, y es a propósito de esto que quiero discutir con usted.
–Yo también tengo que pedirle algunas aclaraciones –dijo el obispo Morehouse.
Ante este doble desafío, Ernesto se alzó de hombros con aire jovial y aceptó una taza de té. El obispo se inclinó para cederme la precedencia.
–Usted fomenta el odio de clases –le dije a Ernesto. Me parece que ese llamado a todo lo que hay de estrecho y de brutal en la clase obrera es un error y un crimen. El odio de clases es antisocial y lo considero antisocialista.
–Pido un veredicto de inocencia –respondió–. No hay odio de clases ni en la letra ni en el espíritu de ninguna de mis obras.
–¡Oh! –exclamé con aire de reproche. Tomé mi libro y lo abrí.
Ernesto bebía su té, tranquilo y sonriente, mientras yo hojeaba.
–Página ciento treinta y dos –leí en alta voz–: "En el estado actual del desarrollo social, la lucha de clases se produce, pues, entre la clase que paga los salarios y las clases que los reciben".
Lo miré con aire triunfal.
–Ahí no hay nada que tenga que ver con el odio de clases me dijo sonriendo.
–Usted dice "lucha de clases".
–No es lo mismo. Y, créame, nosotros no fomentamos el odio; decimos que la lucha de clases es una ley del desenvolvimiento social. Nosotros no somos responsables de esa ley, puesto que no la hacemos. Nos limitamos a explicarla, de la misma manera que Newton explicaba la gravedad. Simplemente, analizamos la naturaleza del conflicto de intereses que produce la lucha de clases.
–Pero no debería haber conflicto de intereses –exclamé.
–Estoy completamente de acuerdo –respondió–. Y es precisamente la abolición de ese conflicto de intereses el que tratamos de provocar nosotros los socialistas. Dispénseme, déjeme que le lea otro pasaje. –Le alcancé el libro y volvió algunas páginas–. Página ciento veintiséis: "El ciclo de las luchas de clases que comenzó con la disolución del comunismo primitivo de la tribu y el nacimiento de la propiedad individual, terminará con la supresión de la apropiación individual de los medios de existencia social".
–Yo no estoy de acuerdo con usted –atajó el obispo, y su cara pálida se encendió ligeramente por la intensidad de sus sentimientos–. Sus premisas son falsas. No existen conflictos de intereses entre el trabajo y el capital, o por lo menos, no debieran existir.
–Le agradezco –dijo Ernesto gravemente– que me haya devuelto mis premisas en su última proposición.
 
- ¿ Pero por qué tiene que haber conflicto? – preguntó el obispo acaloradamente.
-Supongo que porque estamos hechos así -dijo Ernesto alzándose de hombros.
-¡Es que no estamos hechos así!
-Pero usted me está hablando del hombre ideal, despojado de egoísmo? – preguntó Ernesto- Son tan pocos que tenemos el derecho de considerarlos prácticamente inexistentes. ¿O quiere usted hablarme del hombre común y ordinario?
-Hablo del hombre ordinario.
¿Débil, falible y sujeto a error?
El obispo hizo un signo de asentimiento.
-¿Y mezquino y egoísta?
El pastor renovó su gesto.
-Preste atención – declaró Ernesto- .He dicho egoísta.
-El hombre ordinario es egoísta –afirmó valientemente el obispo.
-¿Quiere tener lo más posible; es deplorable, pero es cierto.
-Entonces lo atrapé. – Y la mandíbula de Ernesto chasqueó como el resorte de una trampa-. Tomemos un hombre que trabaje en los tranvías.
-No podría trabajar si no hubiese capital – interrumpió el obispo.
-Es cierto y usted estará de acuerdo en que el capital perecería si no contase con la mano de obra para ganar los dividendos.
El obispo no contestó.
-¿ No es usted de mi opinión?- insistió Ernesto.
El prelado asintió con la cabeza.
-Entonces , nuestras dos proposiciones se anulan recíprocamente y nos volvemos a encontrar en el punto de partida. Empecemos de nuevo: los trabajadores de tranvías proporcionan la mano de obra. Los accionistas proporcionan el capital. Gracias al esfuerzo combinado del trabajo y del capital, el dinero es ganado. Se dividen esa ganancia. La parte del capital se llama dividendo; la parte del trabajo se llama salario.
-Muy bien – interrumpió el obispo-. Y no hay ninguna razón para que ese reparto no se produzca amigablemente.
-Ya se olvidó usted de lo convenido – replicó Ernesto-. Nos hemos puesto de acuerdo en que el hombre es egoísta, el hombre común, tal cual es. Y ahora usted se me va a las nubes para establecer una diferencia entre ese hombre y los hombres tales como deberían ser, pero que no existen. Volvamos a la tierra; el trabajador, siendo egoísta, quiere lo más posible en el reparto. El capitalista , siendo egoísta , quiere tener todo lo que pueda tomar. Cuando una cosa existe en cantidad limitada y dos hombres quieren tener cada uno el máximo de esa cosa, hay conflicto de intereses . Tal es el que existe entre el capital y trabajo, y es un conflicto insoluble. Mientras existan obreros y capitalistas, continuarán disputándose el reparto. Si esta tarde usted estuviera en San Francisco, se vería obligado a andar a pie: no circula ningún tren en sus calles.
-¿Cómo? ¿Otra huelga?- preguntó el obispo con aire alarmado.
-Si pleitean sobre el reparto de los beneficios de los ferrocarriles urbanos.
El obispo se encolerizó.
-No tiene razón – gritó- Los obreros no ven más allá de sus narices. ¿Cómo pretenden contar luego con nuestra simpatía...
-- ...cuando se nos obliga a ir a pie? –concluyó maliciosamente Ernesto.
-Pero el obispo no paró mientes en esta proposición completiva.
-Su punto de vista es demasiado limitado – continúo-. Los hombres deberían conducirse como hombres y no como bestias. Habrá todavía nuevas violencias y crímenes y viudas y huérfanas afligidos. Capital y trabajo deberían marchar unidos. Deberían ir de la mano en su mutuo beneficio.
-Otra vez se fue a las nubes –hizo notar Ernesto fríamente-.
-Vamos, apéese y no pierda de vista nuestra premisa de que el hombre es egoísta.
-¡Pero no debería serlo! – exclamó el obispo.
-En este punto estoy de acuerdo con usted. No debería ser egoísta, pero continuará siéndolo mientras viva dentro de un sistema social basado sobre una moral de cerdos.
El dignatario de la Iglesia quedó azorado y papá se desternillaba de risa.
-Sí, una moral de cerdos –prosiguió Ernesto sin arrepentirse-. He aquí la última palabra de su sistema capitalista. He aquí lo que sostiene su Iglesia, lo que usted predica cada vez que sube al púlpito. Una ética de marranos, no se puede darle otro nombre.
El obispo se volvió como buscando la ayuda de mi padre; pero éste meneó la cabeza riéndose.
-Me parece que nuestro amigo tiene razón – dijo- .Es la política del dejar hacer, del cada uno para su estómago y que el diablo se lleve al último. Como lo decía las otras tardes el señor Everhard, la función que cumplís vosotros, las gentes de la Iglesia , es la de mantener el orden establecido, y la sociedad reposa sobre esa base.
-Esa no es, sin embargo, la doctrina de Cristo- exclamó el obispo.
-Hoy la Iglesia no enseña la doctrina de Cristo- respondió Ernesto-. Es por eso que los obreros no quieren tener contactos con ella. La Iglesia aprueba la terrible brutalidad, el salvajismo con que el capital trata a las masas trabajadoras.
-No aprueba – objetó el obispo.
-No protesta- replicó Ernesto-: por consiguiente, aprueba, pues no hay que olvidar que la Iglesia está sostenida por la clase capitalista.
                No había examinado las cosas bajo este aspecto – dijo ingenuamente el obispo- . Usted debe estar equivocado. Sé que la Iglesia ha perdido al ... a eso que usted llama el proletariado.
-Vosotros nunca habéis tenido al proletariado -gritó Ernesto.. El proletariado creció fuera de la Iglesia y sin ella.
-No entiendo bien... - confesó débilmente el obispo.
-Se lo voy a explicar.Como consecuencia de la introducción de las máquinas y del sistema fabril, hacia fines del siglo XVIII, la gran masa de los trabajadores fué arrancada de la tierra, con lo que el mundo antiguo del trabajo quedó dislocado.Arrojados de sus aldeas, los trabajadores se encontraron acorralados en las ciudades manufactureras.Las madres y los niños fueron puestos a trabajar en las nuevas máquinas.La vida de familia cesó.Las condiciones se tornaron atroces.Es una página de historia escrita con lágrimas y con sangre.
-Lo sé, lo sé -interrumpió el obispo, con angustiada expresión -.Fue terrible, pero eso pasaba en Inglaterra hace un siglo y medio.
-Y fue así como, hace siglo y medio, nació el proletariado moderno -continuó Ernesto-.Y la Iglesia lo ignoró: mientras los capitalistas construían esos mataderos del pueblo, la Iglesia permanecía muda, y hoy observa el mismo mutismo.Como dice Austin Lewis ' al hablar de esta época, los que habían recibido la orden de "Apacentad a mis ovejas" vieron sin la menor protesta a esas ovejas vendidas y cansadas hasta la muerte. . . . Antes de ir más adelante, le ruego que me diga redondamente si estamos o no de acuerdo. ¿Protestó la Iglesia ,en ese momento?
El obispo Morehuose vaciló.Lo mismo que el doctor Hammerfield, no estaba acostumbrado a esta ofensiva a domicilio, según la expresión de Ernesto.
-La historia del siglo XVIII está escrita -sugirió éste-.Si la Iglesia no ha sido muda, deben encontrarse huellas de su protesta en algunos pasajes de los libros.
-Desgraciadamente confesó el dignatario de la Iglesia-, creo que ha estado muda.
-Y hoy todavía permanece muda.
-Aquí ya no estamos de acuerdo.
Ernesto hizo una pausa, miró atentamente a su interlocutor y aceptó el desafío.
-Muy bien -dijo--, lo veremos.Hay en Chicago mujeres que trabajan toda la semana por noventa céntimos. ¿Protesta la Iglesia?
- Es una novedad para mí - fue la respuesta.. ¡Noventa céntimos Es espantoso.
-¿Protesta la Iglesia? -insistió Ernesto.
-La Iglesia ignora. -El prelado se debatía con firmeza.
-Sin embargo, la Iglesia ha recibido este mandamiento: "Apacentad a mis ovejas"- dijo Ernesto con amarga ironía; luego, recobrándose de súbito, agregó,-: Perdóneme este movimiento de acritud; ¿pero puede usted sorprenderse de que perdamos paciencia con vosotros? ¿Habréis protestado ante vuestras congregaciones capitalistas contra el empleo de niños en las hilanderías de algodón del Sur?.Niños de seis y siete años que trabajan toda la noche en equipos de doce horas.Nunca ven la santa luz del día.Mueren como moscas.Los dividendos son pagados con su sangre.
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Ernesto prosiguió su ataque.Explicó la existencia de un millón y medio de revolucionarios en los Estados Unidos, acusando a la clase capitalista de haber gobernado mal a la sociedad.Después de haber esbozado la situación económica del hombre de las cavernas y de la de los pueblos salvajes de nuestros días, que carecían de herramientas y de máquinas y no poseían más que sus medios naturales para producir la unidad de fuerza individual, delineó el desarrollo de las herramientas y de la organización hasta el punto actual, en que el poder productor del individuo civilizado es mil veces superior al del salvaje.
"Cinco hombres bastan ahora para producir pan para mil personas.Un solo hombre puede producir tela de algodón para doscientas cincuenta personas, tricotas para trescientas y calzado para mil.Uno se sentiría inclinado a concluir que con buena administración de la sociedad el civilizado moderno debería estar mucho más cómodamente que el hombre prehistórico. ¿Ocurre así?Examinemos el problema.En los Estados Unidos hay hoy quince millones de hombres que viven en la pobreza; por pobreza entiendo aquella condición en que, carente de alimento y de abrigo convenientes, su nivel de capacidad de trabajo no puede ser mantenido.A pesar de nuestra pretendida legislación del trabajo, hoy existen en los Estados Unidos tres millones de niños empleados como trabajadores . Su número se ha duplicado en doce años.A propósito, os pregunto por qué vosotros, los rectores de la sociedad, no habéis publicado las cifras del censo de 1910.Y respondo por vosotros: porque os han aterrorizado.Las estadísticas de la miseria habrían podido precipitar la revolución que se prepara.
"Pero vuelvo a mi acusación.Si el poder de producción del hombre moderno es mil veces superior al del hombre de las cavernas, ¿por qué, pues, hay actualmente en los Estados Unidos quince millones de habitantes que no están alimentados ni alojados convenientemente y tres millones de niños que trabajan?Es una grave acusación.La clase capitalista se ha hecho pasible del delito de mala administración.En presencia de este hecho, de este doble hecho -que el hombre moderno vive más miserablemente que su antepasado salvaje, en tanto que su poder productor es mil veces superior-, no cabe otra solución que la de la mala administración de la clase capitalista, que sois malos administradores, malos amos y que vuestra mala gestión es imputable a vuestro egoísmo.Y sobre este punto, aquí esta noche, frente a frente, no podéis responderme, del mismo modo que no puede responder vuestra clase entera al millón y medio de revolucionarios de los Estados Unidos.No podéis responderme; os desafío.Y me atrevo a decir desde ahora que cuando haya terminado, tampoco me responderéis.Sobre este punto vuestra lengua, por muy suelta que sea en otros temas, está trabada.
"Habéis fracasado en vuestra administración.Habéis hecho de la civilización un tajo de carnicería.Os habéis mostrado ávidos y ciegos.Habéis tenido, y tenéis todavía, la audacia de levantaros en las asambleas legislativas y declarar que sería imposible obtener beneficios sin el trabajo de los niños, ¡de los nenes! ¡Oh!, no me creáis solamente por mis palabras: todo eso está escrito, registrado por y contra vosotros.Habéis dormido vuestra conciencia con charlatanería sobre vuestro bello ideal y sobre vuestra querida moral.Heos aquí cebados de poderío y de riqueza, borrachos de éxito.Pues bien, tenéis contra nosotros las mismas posibilidades que los zánganos reunidos alrededor de la colmena, cuando las laboriosas abejas se lanzan para poner fin a su existencia ahita.Habéis fracasado en la dirección de la sociedad, y esa dirección os será arrebatada.Un millón y medio de hombres de la clase obrera se jactan de que ganarán para su causa al resto de la masa trabajadora y de quitaros el señorío del mundo.Esa es la revolución, señores míos. ¡Detenedla si sois capaces!"
Durante un espacio de tiempo apreciable, el eco de su voz resonó en el salón.Luego se hinchó el profundo gruñido ya oído y una docena de hombres se levantaron dando alaridos y gesticulando para atraer la atención del presidente.Noté que los hombros de la señorita Brentwood se agitaban convulsivamente y pasé por un momento de irritación al creer que se reía de Ernesto.Luego reconocí que no se trataba de un acceso de risa sino de un ataque de nervios.Estaba aterrorizada de lo que había hecho al lanzar esta tea ardiendo en medio de su querido club de los filómatas.
El coronel Van Gilbert no prestaba atención a la docena de hombres que, desfigurados por la ira, querían que se les concediese la palabra.El mismo se retorcía de rabia.Se levantó de un salto agitando los brazos, y durante- un momento sólo pudo proferir sonidos inarticulados.Luego se escapó de su boca un flujo verborreico.Pero no era el lenguaje del abogado de cien mil dólares ni su retórica un poco rancia.
-¡Error tras error! –exclamó-. ¡En mi vida he oído tantos errores proferidos en tan poco tiempo!Además, joven, usted no ha dicho nada nuevo.Todo eso lo aprendí en el colegio antes de que usted naciera.Pronto hará dos siglos que Juan Jacobo Rousseau lanzó su teoría socialista. ¿El regreso a la tierra? ¡Bah!, una reversión, cuyo absurdo demuestra nuestra biología.No sin razón suele decirse que un poco de ciencia es peligroso, y usted acaba de darnos una prueba palmaria esta noche con sus teorías descabelladas. ¡Un error tras otro!Verdaderamente nunca he estado tan asqueado por un desborde de errores.Tenga usted, éste es el caso que hago de sus generalizaciones precipitadas y de sus razonamientos infantiles.
Hizo castañetear su pulgar despectivamente y se dispuso a sentarse.La aprobación de las mujeres se dejó sentir por exclamaciones agudas y la de los hombres por sonidos roncos.La mitad de los candidatos a la tribuna se puso a hablar desde sus asientos y todos a la vez.Era una confusión indescriptible, una torre de Babel.Nunca la vasta mansión de la señora Pertonwaithe había servido de escenario a semejante espectáculo. ¿Cómo? ¿De modo que las frías cabezas del mundo industrial, la flor y nata de la bella sociedad, eran una banda de salvajes rugiendo y gruñendo?En verdad, Ernesto los había sacado de quicio cuando extendió sus manos hacia sus escarcelas, esas manos que representaban para ellos las de un millón y medio de revolucionarios.
Pero él no perdía la cabeza.Antes que el coronel hubiese conseguido sentarse, Ernesto estuvo de pie y dió un paso hacia adelante.
-¡Uno solo a la vez!-gritó con todas sus fuerzas.
El rugido de sus inmensos pulmones dominó a la tempestad humana y la fuerza sola de su personalidad les impuso silencio.
-¡Uno solo a la vez! -repitió con tono calmo-.Dejadme contestar al coronel Van Gilbert.Después de eso, los otros podrán atacarme, pero de a uno por vez, recordadlo; que no estamos aquí en una cancha de fútbol.En cuanto a usted -continuó, volviéndose hacia el coronel-, no contestó a nada de lo que he dicho.Simplemente ha emitido algunas apreciaciones excitadas y dogmáticas sobre mi calibre mental.Esas prácticas pueden serle útiles en sus negocios, pero no es a mí a quien hay que hablarle en ese tono.Yo no soy un obrero que ha llegado, con la gorra en la mano, a pedirle que me aumente el salario o que me proteja de la máquina que manejo.Mientras usted tenga que habérselas conmigo, no podrá servirse de sus maneras dogmáticas con la verdad.Resérvelas para sus relaciones con sus esclavos asalariados, que no se atreven a responderle porque usted tiene en sus manos su pan y su vida.
"En cuanto a esa vuelta a la naturaleza, que usted pretende haber aprendido en el colegio antes de mi nacimiento, permítame que le observe que usted parece no haber aprendido nada a partir de entonces.El socialismo no tiene nada de común con el estado natural, o tiene lo que pueda haber entre el cálculo infinitesimal y el catecismo.Yo había denunciado la falta de inteligencia de su clase para todo lo que no sea negocio; usted, señor, acaba de dar un ejemplo edificante en apoyo de mi tesis." -
Esta terrible corrección infligida a su querido abogado (de cien mil dólares) fue demasiado para lo que podía soportar la señorita Brentwood.Redobló la violencia de su ataque de histeria y tuvieron que llevarla fuera de la sala, llorando y riendo a la vez.Y era para ella lo mejor, pues lo gordo vendría después.
-No se fíe en mis palabras solamente –prosiguió Ernesto, después de esta interrupción-.Sus propias autoridades, con voto unánime, le probarán su falta de inteligencia, sus propios abastecedores de ciencia le dirán que usted está en un error.Consulte al más humilde de sus sociólogos de segundo orden y pregúntele la diferencia entre la teoría de Rousseau y la del socialismo; interrogue a sus mejores economistas ortodoxos y burgueses; busque en cualquier manual que duerme en los estantes de sus bibliotecas subvencionadas, y por todas partes se le responderá que no hay ninguna concordancia entre la vuelta a la naturaleza y el socialismo, sino que, por el contrario, las dos teorías son diametralmente opuestas.Le repito que no tenga fe en mis palabras.La prueba de su falta de inteligencia está en los libros, en esos libros que usted nunca lee.Por lo que respecta a su falta de inteligencia, usted no es más que una muestra de su clase.
"Usted sabe mucho de derecho y de negocios, señor coronel Van Gilbert.Usted se ingenia mejor que nadie para servir los carteles y aumentar los dividendos torciendo la ley.Perfectamente, manténgase en ese papel notable.Es usted un excelente abogado, pero un lamentable historiador.Usted no conoce una palabra de sociología, y en cuanto a la biología, usted parece contemporáneo de Plinio el Antiguo."
El coronel se agitaba en su asiento.Reinaba en el salón un silencio absoluto.Todos los asistentes estaban fascinados, pasmados.Ese trato al famoso coronel Van Gilbert era algo inaudito, increíble, inimaginable.¡EI personaje ante el cual temblaban los jueces cuando se levantaba para hablar al tribunal!Pero Ernesto nunca daba cuartel a un enemigo.
-Esto, naturalmente –agregó-, no comporta ninguna, censura para usted.Cada cual a su oficio.Manténgase en el suyo, y yo no me saldré del mío.Usted se ha especializado.Cuando se trata de conocer las leyes o de encontrar el mejor medio para escapar de ellas o de hacer otras nuevas para beneficio de las compañías expoliadoras, yo no le llego a la suela de sus zapatos.Pero cuando se trata de sociología, que es mi oficio, usted es a su vez el polvo de mis zapatos.Recuerde eso.Recuerde también que su ley es una materia efímera y que usted no es versado en materias que duran más de un día.En consecuencia, sus afirmaciones dogmáticas y sus generalizaciones imprudentes sobre temas históricos o sociológicos no valen ni el aliento que usted gasta para enunciarlas.
Ernesto hizo una pausa y observó con aire pensativo esa cara ensombrecida y deformada por la cólera, ese pecho jadeante, ese cuerpo que se agitaba, esas manos que se abrían y cerraban convulsivamente.Luego continuó:
-Pero usted parece tener todavía mucho aliento y yo le ofrezco una ocasión para gastarlo.He incriminado a su clase-,demuéstreme que mi acusación es falsa.Le he hecho notar la desesperada condición del hombre moderno -tres millones deniños esclavos en los Estados Unidos, sin el trabajo de los cuales todo beneficio sería imposible, y quince millones de personas mal alimentadas, mal vestidas y peor alojadas- Le he hecho notar que, gracias al empleo de las máquinas, el poder productor del civilizado actual es mil veces mayor que el del salvaje habitante de las cavernas.Y afirmé que de este doble hecho no se podía sacar otra conclusión que la de la mala gestión de la clase capitalista.Tal ha sido mi imputación; claramente, y en varias ocasiones, lo he desafiado a que contestase.He ido más lejos: le predije que no me contestaría.Usted hubiera podido emplear su aliento para desmentir mi profesía.Usted calificó de error mi discurso.Muéstreme dónde está la falsedad, coronel Van Gilbert.Responda a la acusación que yo y mi millón y medio de camaradas hemos lanzado contra usted y su clase.
El coronel olvidó completamente que su papel de presidente lo obligaba a ceder cortésmente la palabra a los que se la habían solicitado.Se levantó de un salto, lanzando a todos los vientos sus brazos, su retórica y su sangre fría; sucesivamente despotricaba contra su juventud y la demagogia de Ernesto y después atacaba salvajemente a la clase obrera, a la que trataba de presentar como exenta de toda capacidad y de todo valor.Cuando terminó esta parrafada, Ernesto replicó en estos términos:
-Jamás he encontrado un hombre de leyes más difícil de hacerlo ceñirse al tema, que usted.Mijuventud no tiene nada que ver con lo que he dicho, ni tampoco la falta de valor de la clase obrera.He acusado a la clase capitalista de haber dirigido mal a la sociedad.Y usted no me contestó.Ni siquiera ha intentado contestar. ¿Es que no tiene respuesta?Usted, es el campeón de este auditorio: todos, excepto yo, están suspensos de sus labios, esperando de usted esa respuesta que ellos no pueden dar.En cuanto a mí se lo vuelvo a decir, sé que usted no sólo no puede responder, sino que ni siquiera intentará hacerlo.
-¡Esto es intolerable! -exclamó el coronel!. ¡Es un insulto!
-Lo que es intolerable es que usted no conteste -replicó gravemente Ernesto.. Ningún hombre puede ser insultado intelectualmente.Por su naturaleza, el insulto es una cosa emocional.Serénese.Dé una respuesta intelectual a mi acusación intelectual de que la clase capitalista ha gobernado mal a la sociedad.
El coronel guardó silencio y se encogió con expresión de superioridad ceñuda, como de alguien que no quiere comprometerse a discutir con un bribón.
-No se desaliente -le espetó Ernesto-.Consuélese pensando que ningún miembro de su clase no supo nunca contestar a esta imputación.
Se volvió hacia los demás, impacientes de usar de la palabra.
-Y ahora, esta es la ocasión para vosotros.Vamos, pues, y no olvidéis que os he desafiado a todos para que me deis la respuesta que el coronel Van Gilbert no supo darme.
Me sería imposible referir todo lo que se dijo en el curso de la discusión.Nunca imaginé la cantidad de palabras que pueden ser pronunciadas en el breve espacio de tres horas.De todas maneras, fue soberbio.Cuanto más se encendían sus adversarios, más aceite arrojaba Ernesto al fuego.Conocía a fondo un terreno enciclopédico, y con una palabra o una frase, como con un estoque finamente manejado, los punzaba.Señalaba y designaba sus faltas de razonamiento.Tal silogismo era falso, tal conclusión no tenía ninguna relación con las premisas, tal premisa era una impostura porque había sido hábilmente encerrada en la conclusión que se buscaba.Esto era una inexactitud, aquello una presunción y tal otra aserción contraria a la verdad experimental estampada en todos los libros.
A veces trocaba la espada por la maza y machacaba los pensamientos de sus contradictores a derecha e izquierda.Reclamaba siempre hechos y se negaba a discutir teorías.Y los hechos que citaba eran desastrosos para ellos.En cuanto atacaban a la clase obrera, Ernesto replicaba:
-Es la sartén reprochando a la olla su tizne, pero eso no os salva de la suciedad imputada a vuestra propia cara.
Y a alguno o a todos les decía:
-¿Por qué no habéis refutado mi acusación de mala administración que he lanzado contra vuestra clase?Habéis hablado de otras cosas y hasta habéis hecho a propósito de éstas digresiones, pero no contestasteis. ¿Acaso no dais con la respuesta?
Hacia el fin de la discusión el señor Wickson tomó la palabra.Era el único que no había perdido la calma, y Ernesto lo trató con una consideración que no había concedido a los demás.
-Ninguna respuesta es necesaria -dijo el señor Wickson con voluntaria lentitud-.He seguido toda esta discusión con asombro y repugnancia.Sí, señores, vosotros, miembros de mi propia clase, me habéis fastidiado. Os habéis conducido como colegiales bobalicones. ¡Vaya idea la de mezclar en semejante discusión todas las pamplinas sobre moral y el trombón fuera de moda del político vulgar!No os habéis conducido ni como hombres de mundo ni como seres humanos: os habéis dejado arrastrar fuera de vuestra clase; es más, fuera de vuestra especie.Habéis sido bulliciosos y prolijos, pero no habéis hecho más que zumbar como los mosquitos alrededor de un oso.Señores, el oso está ahí (mostrando a Ernesto), erguido delante de nosotros, y vuestro zumbido no ha hecho, más que cosquillearle las orejas.
"Creedme, la situación es seria.El oso ha sacado sus patas esta noche para aplastarnos.Ha dicho que hay un millón y medio de revolucionarios en los Estados Unidos: es un hecho.Ha dicho que su intención es quitarnos nuestro gobierno, nuestros palacios y toda nuestra dorada comodidad: eso también es un hecho.Y también es cierto que se prepara un cambio, un gran cambio, en la sociedad; pero, felizmente, podría muy bien no ser el cambio previsto por el oso.El oso, dijo que nos aplastaría.Pues bien, señores, ¿y si nosotros aplastásemos al oso?"
Un gruñido gutural se agrandó en el vasto salón.Los hombres cambiaban entre sí signos de aprobación y de confianza. Las caras habían vuelto a tomar una expresión decidida.Eran combatientes, sin duda.
Con su aspecto frío y sin pasiones, el señor Wickson continuó:
-Pero no es con zumbidos con lo que aplastaremos al oso.Al oso hay que darle caza.Al oso no se le contesta con palabras.Le contestaremos con plomo.Estamos en el poder, nadie puede negarlo.Por obra y gracia de ese poder, allí nos quedaremos.
De pronto se enfrentó con Ernesto.El momento era dramático.
-He aquí nuestra respuesta.No vamos a gastar palabras con vosotros.Cuando estiréis esas manos cuyas fuerzas alabáis para cogernos nuestros palacios y nuestra dorada comodidad, os mostraremos lo que es la fuerza.Nuestra respuesta estará modulada en silbidos de obuses, en estallidos de“shrapnells" y en crepitar de ametralladoras.Despedazaremos a los revolucionarios bajo nuestro talón y caminaremos sobre vuestros rostros.El mundo es nuestro, somos sus dueños y seguirá siendo nuestro.En cuanto al ejército del trabajo, ha estado en el barro desde el comienzo de la historia y yo interpreto la historia como es preciso.En el barro quedará mientras yo y los míos y los que vendrán después que nosotros permanezcamos en el poder.He aquí la gran palabra, la reina de las palabras, ¡el Poder! Ni Dios ni Mammón, sino el Poder.Déle vueltas a esta palabra en su boca hasta que le escueza. ¡El Poder!
-Es usted el único que ha contestado -dijo tranquilamente Ernesto-, y ha dado la única respuesta que podía darse. ¡El Poder!Es lo que predicamos, nosotros los de la clase obrera.Sabemos, y lo sabemos al precio de una amarga experiencia, que ningún llamado al derecho, a la justicia o a la humanidad podría jamás conmoveros.Vuestros corazones son tan duros como los talones con que camináis sobre los rostros de los pobres.Por eso hemos emprendido la conquista del poder.Y con el poder de nuestros votos os quitaremos vuestro gobierno el día de las elecciones.
-Y aunque tuvieseis la mayoría, una mayoría aplastante en las elecciones -interrumpió el señor Wickson~, ¿qué diríais si nos negásemos a entregaros ese poder conquistado en las urnas?
-También eso lo hemos previsto -replicó Ernesto-, y os responderemos con plomo.Usted ha proclamado al poder rey de las palabras. ¡Muy bien!Será, pues, cuestión de fuerza. Y el día que hayamos conquistado la victoria en el escrutinio, si os rehusáis a entregarnos el gobierno al cual llegamos constitucional y pacíficamente, pues bien, entonces replicaremos como se debe, golpe por golpe, y nuestra respuesta estará formulada en silbidos de obuses, en estallidos de "shrapnells" y en crepitar de ametralladoras.
"De una u otra manera no podréis escapárosnos.Es cierto que usted ha interpretado claramente la historia.Es cierto que desde el comienzo de la historia el trabajo ha estado en el fango.Es igualmente cierto que quedará siempre en el fango mientras permanezcan en el poder usted, los suyos y los que vendrán después de vosotros.Suscribo todo lo que usted dijo.Estamos de acuerdo.El poder será el árbitro.Siempre lo fue.La lucha de clases es un problema de fuerza.Pues bien, así como su clase derribó a la vieja nobleza feudal, así también será abatida por una clase, la clase trabajadora.Y si usted quiere leer la biología y la sociología tan correctamente como leyó la historia, se convencerá de que este fin es inevitable.Poco importa que ocurra dentro de un año, de diez o de mil: su clase será derribada.Será derribada por el poder, por la fuerza.Nosotros, los del ejército del trabajo, hemos rumiado esta palabra hasta el punto de que nos escuece el alma: ¡El Poder! Verdaderamente, es la reina de las palabras, la última palabra."
Y así se terminó la velada de los filómatas.
Fragmentos del Capítulo II y V de El Talón de Hierro de Jack London
 
 

 

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