El extraño caso de Avoosl Wuthoqquan
-¡Dame, dame, oh magnánimo y liberal señor de los pobres!
-exclamó el mendigo.
Avoosl Wuthoqquan, el prestamista más rico y avaro de todo
Commorión, y, en consecuencia, de todo Hyperbórea, fue sacado bruscamente de
sus sueños por la voz aguda y quejumbrosa. Observó al pedigüeño con mirada
airada y poco amistosa. Mientras caminaba hacia su casa aquella noche, sus
meditaciones estaban espléndidamente repletas de metales brillantes y
preciosos, de monedas y lingotes, de objetos de oro y de plata, llameantes
gemas ensartadas en ristras, ríos y cascadas de piedras preciosas, todo ello
llenando los cofres de Avoosl Wuthoqquan. Ahora la visión se había desvanecido,
y esta voz desagradable e intrusa le imploraba una limosna.
-No tengo nada para ti -su tono era parecido al de un
portazo.
-Sólo dos pazoors, oh ser generoso, y te echaré la
buenaventura.
Avoosl Wuthoqquan contempló por segunda vez al mendigo.
Nunca había visto a un ser tan miserable de entre todos los mendigos que
conocía de sus correrías por Commorión. El hombre era muy anciano, y su piel,
de un marrón muy oscuro, apenas visible, estaba plagada de arrugas que más bien
parecían el entrelazado de alguna araña gigante de la selva. Sus harapos no
eran menos fabulosos, y la barba que le caía se mezclaba con los mismos, como
si se tratase del musgo que cubre el tronco de un junípero.
-No necesito tus predicciones.
-Sólo un pazoor, pues.
-No.
Los ojos del mendigo adquirieron un destello perverso y
malvado en sus hundidas cuencas, comparables a las cabezas de víboras
venenosas.
-Entonces, oh Avoosl Wuthoqquan -silbó-, te diré la profecía
gratis. Ten cuidado de tu rareza: el amor excesivo y desnaturalizado que
sientes por todos los bienes materiales, y tu consabida avaricia, te llevarán a
una búsqueda extraña, conduciéndote irremisiblemente a un destino, donde ni el
sol ni las estrellas te podrán ayudar. La opulencia oculta de la tierra te
adulará, haciéndote creer que eres fuerte, hasta que por último te devore la
propia tierra.
-Márchate -dijo Avoosl Wuthoqquan-. La rareza no es más que
un mínimo misterio expresado en sus primeras cláusulas: la última de éstas es algo
más platónico. No necesito que ningún mendigo me explique cuál es el vulgar
destino de la mortalidad.
Ocurrió muchas lunas después, en ese año que para los
historiadores preglaciares era conocido como el año del Tigre Negro.
Estaba Avoosl Wuthoqquan sentado en una cámara de techo bajo
en su casa, que constituía su habitual lugar de trabajo. La habitación aparecía
con una planta oblicua, a causa de la breve luz dorada de la puesta del sol,
cuyos rayos penetraban por una ventana acristalada, iluminando una línea
serpenteante de chispas multicolores en la lámpara enjoyada que pendía de
cadenas de cobre, y dando una vida luminosa a los tortuosos hilos de plata que
brillaban en la penumbra. Avoosl Wuthoqquan, sentado en una sombra ambarina
apartada de la luz, observaba con mirada austera e irónica al cliente, cuya faz
morena y manto oscuro denotaban una gloria pasada.
El personaje era extranjero, y el usurero pensó que
probablemente se tratase de un mercader llegado de reinos lejanos, o algún
forastero de dudosa ocupación. Sus ojos alargados y oblicuos, de un verde
opaco, su barba azulada y desaliñada, así como el corte de su triste vestidura,
eran pruebas suficientes para atestiguar su identidad de extranjero.
-Trescientos djals es una suma fuerte -objetó pensativamente
el prestamista-. Además, no lo conozco. ¿Qué seguridad me puede ofrecer?
El visitante sacó de su manto una bolsa pequeña de piel de
tigre, y cerrada con un tendón; la abrió con destreza, y vació sobre la mesa de
Avoosl Wuthoqquan dos esmeraldas sin tallar, de un tamaño considerable, y cuya
pureza era tan perfecta como indiscutible. Del corazón de las piedras refulgía
un fuego frío, como hielo verde, que se hacía más intenso cuando se unía a la
luz del crepúsculo. En los ojos del usurero se había encendido una chispa
avariciosa, pero habló fría e indiferentemente.
-Puede que me avenga a prestarle ciento cincuenta djals. Es
difícil desembarazarse de las esmeraldas, y si no vuelve para recuperar las
piedras y devolverme el dinero, todavía tendré ocasión de arrepentirme por mi
generosidad. Pero correré el riesgo.
-El préstamo que pido es ínfimo comparado con su valor
-protestó el extraño-. Deme doscientos cincuenta djals... Me han dicho que
existen otros prestamistas en Commorión.
-Doscientos djals es el máximo que puedo ofrecer. Es cierto
que las piedras no carecen de valor, pero puede haberlas robado. ¿Qué sé yo? No
tengo por costumbre hacer preguntas indiscretas.
-Tómelas -replicó apresuradamente el extranjero, aceptando
las monedas de plata que Avoosl Wuthoqquan iba contando, sin mayores protestas.
Al retirarse, el usurero lo miró con sonrisa sarcástica,
haciendo para sí sus propias conclusiones. Estaba seguro de que había robado
las joyas, pero ni se preocupaba lo más mínimo por este hecho. No le importaba
a quién habían pertenecido, ni cuál era su historia, sino que pasarían a formar
parte de los valiosos cofres de Avoosl Wuthoqquan. Incluso la más pequeña de
las dos esmeraldas habría sido barata a trescientos djals, pero el usurero no
temía que el extranjero volviese a reclamarlas... No, se trataba sencillamente
de un ladrón, contento de poder librarse de la evidencia de su culpa. En cuanto
a la verdadera propiedad de las gemas, constituía un tema que en absoluto picaba
la curiosidad del prestamista. Ahora le pertenecían a él, por virtud de la suma
de plata que tanto él como el extranjero habían considerado tácitamente como un
precio más que como un préstamo.
La luz del atardecer se desvanecía rápidamente de la habitación
a la vez que el crepúsculo comenzó a dorar los bordados metálicos de las
cortinas y los coloridos ojos de las piedras preciosas. Avoosl Wuthoqquan
encendió la lámpara, y abriendo una pequeña caja fuerte reforzada sacó una
resplandeciente ristra de joyas que depositó sobre la mesa junto a las
esmeraldas. Había topacios pálidos y límpidos como el hielo procedentes de Mhu
Thulan, y maravillosos cristales de turmalina llegados de Tscho Vulpanomi;
fríos y escurridizos zafiros del norte, cuarzos rojos como sangra helada, y
diamantes en cuyos corazones resplandecían estrellas blancas. El carmesí de los
rubíes llameaba desde la pila de piedras, mientras que otras brillaban con ojos
de tigre o lanzaban sus sombrías llamaradas a la luz de la lámpara entre los inquietos
matices de los ópalos. También había esmeraldas, pero ninguna tan grande ni tan
perfecta como las que había adquirido esa misma tarde.
Avoosl Wuthoqquan distribuyó las piedras en filas y círculos
resplandecientes, al igual que hicieron en ocasiones anteriores, separando a un
lado, como capitanes que conducen el escuadrón, todas las esmeraldas, incluidas
las nuevas. Se sentía satisfecho con su adquisición, así como de sus cofres
rebosantes. Contemplaba las joyas con un amor avaricioso y una complacencia
mezquina; sus ojos parecían puntos de jaspe incrustados en la cubierta de
pergamino ahumado de cualquier libro viejo dedicado a la magia. Pensaba que
sólo el dinero y las piedras preciosas eran cosas inmutables e imperecederas en
un mundo de incesante cambio y fugacidad.
Llegado a este punto, sus reflexiones se vieron
interrumpidas por un hecho singular. Repentinamente, y sin razón aparente, ya
que ni las había tocado siquiera, las dos esmeraldas grandes comenzaron a rodar
sobre la mesa de madera de ogga, alejándose de sus compañeras; y antes de que
el sobresaltado prestamista pudiera adelantar la mano para pararlas,
desaparecieron por el borde opuesto y cayeron con un amortiguado tintineo sobre
el suelo alfombrado.
Semejante conducta no sólo era excéntrica y peculiar, sino
además incomprensible; pero el usurero se levantó rápidamente con intención de
recuperar sus joyas. Rodeó la mesa a tiempo de ver que habían continuado su
misterioso rodar y se escapaban por la puerta abierta, semicerrada solamente
por el extranjero. Dicha puerta se abría a un patio, el cual, a su vez, daba a
las calles de Commorión.
Terriblemente alarmado, Avoosl Wuthoqquan estaba más
preocupado ante la perspectiva de perder sus esmeraldas que por la misteriosa
desaparición de las mismas. Las persiguió con una agilidad, de la que muchos le
hubieran creído incapaz, y abriendo la puerta vio cómo las esmeraldas fugitivas
rodaban suave y rápidamente a través de las toscas e irregulares piedras del
patio. El crepúsculo se convertía en una azulada luz nocturna; pero las joyas
despedían destellos fosforescentes que permitían su persecución. Perfectamente
visibles en la oscuridad, pasaron a través del portillo abierto que daba a la
avenida principal y desaparecieron.
Pensó Avoosl Wuthoqquan que las joyas estaban embrujadas;
pero no estaba dispuesto a ceder, ni siquiera ante un desconocido
embrujamiento, nada por aquello que había pagado la desorbitante suma de
doscientos djals. Alcanzó la calle a grandes zancadas y se paró el tiempo
suficiente para cerciorarse de la dirección tomada por las esmeraldas.
La avenida, tenuemente iluminada, estaba casi desierta, ya
que a esa hora los dignos ciudadanos de Commorión se hallaban entregados a la
consumición de su almuerzo vespertino. Las joyas, alcanzando celeridad en su
huida, galopaban hacia la izquierda, en dirección de los suburbios más
humildes, y de la jungla salvaje que se extendía más allá. Avoosl Wuthoqquan
observó que tendría que acelerar considerablemente su paso si quería alcanzar
las piedras.
Respirando fatigosa, pero valientemente, por el infrecuente
ejercicio, reanudó la persecución; pero a pesar de todos sus esfuerzos las
joyas seguían corriendo la misma distancia, precediéndole con una facilidad
enloquecedora, tintineando musicalmente de cuando en cuando sobre el pavimento.
El asombrado y enfurecido usurero comenzó a perder aliento; obligado a reducir
su carrera, temió perder de vista las gemas. Pero por extraño que pareciese, se
adaptaron a su propio paso, reduciendo a su vez la rapidez, y manteniendo
siempre la misma distancia.
La desesperación del prestamista iba más en aumento. La
huida de las esmeraldas le conducía a un barrio de las afueras donde habitaban
los ladrones, asesinos y mendigos de Commorión. Se cruzó con algunos transeúntes,
de aspecto poco respetable, que contemplaron estupefactos el paso de las
piedras, sin hacer ningún esfuerzo para pararlas. Pronto comenzaron a ser más
pequeñas las execrables casas por donde pasaba, quedando espacios cada vez más
grandes entre las mismas; al cabo de un rato, sólo quedaban algunas chozas
dispersas, con luces furtivas que resplandecían en la oscuridad bajo la fronda
de altas palmeras.
Pero perfectamente visibles aún, y brillando con un
resplandor irónico, las joyas huyeron ante él por la oscura carretera. Sin
embargo, tenía la sensación de que poco a poco les iba dando alcance. Sus
débiles piernas y su cuerpo arrugado se desvanecían de cansancio, pero siguió
su carrera empujado por una fe renovada y jadeante de avaricia. Una luna llena,
grande y ambarina, apareció por encima de la jungla e iluminó su camino.
Ahora Commorión quedaba muy lejos detrás de él, y ya no se
veían más cabañas al borde de la solitaria ruta del bosque. Tembló por un
instante, debido al miedo o al aire frío de la noche, pero no cesó la
persecución. Se acercaba a las esmeraldas, lenta pero definitivamente, y pensó
que pronto las tendría de nuevo en su poder. Tan absorto se encontraba en su
extraña caza, que no advirtió que ya no se encontraba en una carretera. En algún
momento, y en algún lugar, había tomado un camino estrecho que discurría entre
árboles monstruosos cuyo follaje cambiaba el color de la luz de la luna al del
mercurio con destellos de ébano. Agazapándose en una actitud amenazante y
grotesca, como reptiles gigantes parecían rodearlo por todas partes; pero el
prestamista no se daba cuenta de sus amenazas, ni temía la siniestra soledad
del camino, como tampoco el hedor que despedían los árboles a cuyos pies
parecían existir charcas invisibles.
Cada vez se encontraba más cerca de las piedras, hasta que
de repente se pusieron rápidamente fuera de su alcance, volviéndose a mirarle
como si fueran dos ojos verdes y brillantes, atractivos e irónicos. Entonces,
cuando estaba a punto de abalanzarse en un último y supremo esfuerzo por coger
las esmeraldas, éstas se desvanecieron bruscamente, como si se las hubieran
tragado las sombras del bosque, que como serpientes pitón jalonaban el camino
iluminado por la luna.
Intrigado y desconcertado, Avoosl Wuthoqquan se paró y
registró asombrado el lugar por donde habían desaparecido. Vio que el sendero
terminaba en la boca de una cueva, que se abría en el silencio y en la
oscuridad ante él, conduciendo sin duda a profundidades subterráneas
desconocidas. Parecía una caverna poco recomendable, dentada con piedras
picudas y barbada con hierbas extrañas; Avoosl Wuthoqquan hubiera dudado mucho
antes de entrar, de haber ocurrido en otras circunstancias; pero en ese momento
sólo sentía el impulso del fervor de la persecución y el acicate de la
avaricia.
La caverna que se había tragado sus esmeraldas consistía en
una rampa inclinada que descendía suavemente hacia la oscuridad. Era larga y
estrecha, y resbaladiza; pero el prestamista se animó al distinguir en la
lejanía las joyas relucientes, que parecían flotar más abajo, en plena
oscuridad, como si iluminasen su camino. Después de la rampa, llegaron a un
corredor nivelado y tortuoso, donde Avoosl Wuthoqquan casi da alcance a su
huidiza propiedad, renaciendo la esperanza en su pecho anhelante.
Casi podía tocar las esmeraldas, cuando con una rapidez
asombrosa se escurrieron de sus garras perdiéndose por un ángulo brusco del
corredor; al intentar seguirlas no pudo moverse, como si se lo impidiese una
mano irresistible. Durante unos instantes quedó cegado por la luz pálida,
azulada y misteriosa que se desprendía del techo y paredes pero pronto la
ceguera se convirtió en deslumbramiento ante el esplendor multicolor que
llameaba, y relucía, y destellaba, y chispeaba a sus propios pies.
Se hallaba sobre una estrecha losa de piedra, y toda la
cámara ante él, llegando casi hasta el nivel de la losa sobre la que se
encontraba, estaba llena de joyas como si fuera un granero lleno de grano. Como
si todos los rubíes, ópalos, beriles, diamantes, amatistas, esmeraldas,
crisólitos y zafiros del mundo hubieran sido reunidos para arrojarlos a un
inmenso pozo. Creyó ver sus propias esmeraldas descansando tranquilamente en un
montón cercano a la gran masa, pero había tantas otras del mismo tamaño y pureza
que no podía estar seguro.
Durante largo rato no pudo dar crédito a la maravillosa
visión. Entonces, con un único grito de éxtasis, dio un salto desde la losa
para hundirse hasta las rodillas en aquellas piedras tintineantes, movibles y
abrumadoras. Cogía las piedras llameantes a puñados, y dejaba que corriesen
entre sus dedos, despacio y voluptuosamente, para caer con suavidad sobre el
gigantesco montón. Pestañeando de felicidad, contemplaba las luces y colores
majestuosos correr como cadenetas deslumbrantes, arder como carbones y
estrellas, y destellar como si se incendiasen mutuamente.
Nunca, ni siquiera en sus sueños más atrevidos, podría
haberse imaginado el usurero semejantes riquezas. Balbució en voz alta en una
rapsodia de felicidad, sin darse cuenta, por ello, que a cada movimiento se
hundía más y más en el insondable pozo. Las joyas le llegaban más arriba de la
rodilla, y hasta que no presionaron sus flácidos muslos, tan poseído estaba por
su propia avaricia, que no advirtió ningún peligro.
Entonces, alarmado ante el hecho de que se hundía en la
recién descubierta riqueza, como si fuera arena movediza, intentó salir y
volver a la losa de piedra. Todo fue en vano, pues las piedras cedieron bajo
sus pies, y no sólo no avanzaba, sino que seguía hundiéndose, hasta que la
montaña movible le llegó hasta la cintura.
El miedo comenzó a invadir a Avoosl Wuthoqquan dentro de la
ironía intolerable de su situación. Gritó, y a modo de respuesta recibió una
carcajada estruendosa y perversa desde las profundidades de la caverna.
Retorciendo el cuello con un esfuerzo doloroso, para poder escudriñar por
encima de su hombro, vio a un ser de lo más peculiar, agazapado en una especie
de estantería por encima del pozo de joyas. Dicho ser era deforme y repugnante,
y distaba mucho de ser humano; no se parecía a ningún animal, ni a ninguno de
los dioses o demonios conocidos en Hyperbórea. Además, su aspecto no ayudaba a
disminuir la alarma y pánico del prestamista, ya que era grande, y pálido, y
achaparrado, con cara de sapo, cuerpo hinchado y numerosas aletas o apéndices.
Reposaba tendido sobre la estantería, dejando caer su cabeza sin barbilla y con
una enorme boca por encima del pozo, contemplando oblicuamente con ojos fríos y
sin párpados a Avoosl Wuthoqquan. Tampoco se tranquilizó el usurero cuando
comenzó a hablar en un tono grueso y desagradable, como si fuera el ruido de
cadáveres bullendo en la olla de un mago.
-Ah, pero ¿a quién tenemos aquí? -dijo-. Por el altar negro
de Tsathoggua, pero si es un gordo prestamista, pataleando en mis joyas como un
cerdo en la cochiquera.
-¡Ayúdame! -gritó Avoosl Wuthoqquan-. ¿No ves que me estoy
hundiendo?
Y el ser volvió a carcajearse vulgarmente.
-Sí, ya veo tu situación, desde luego... Y, ¿qué haces aquí?
-Vine en busca de mis esmeraldas, dos piedras maravillosas y
sin defecto alguno por las que acabo de pagar la suma de doscientos djals.
-¿Tus esmeraldas? -dijo el ser-. Mucho me terno que debo
contradecirte. Las joyas me pertenecen. Me fueron robadas hace tiempo de esta
cueva, en la que, desde hace muchos siglos, reúno y guardo mi riqueza
subterránea. El ladrón se asustó... cuando me vio... y lo dejé partir. Sólo
había tomado las dos esmeraldas, y yo sabía que éstas volverían a mi, como lo
hacen todas mis joyas cuando yo las llamo. El ladrón era delgado y huesudo, e
hice bien en dejarlo marchar, pues ahora, en su lugar, tengo a un usurero gordo
y bien alimentado.
Preso de un temor creciente, Avoosl Wuthoqquan no pudo
comprender estas palabras, ni captar su significado. Poco a poco, se había
hundido cada vez más en la pila movediza, mientras las piedras verdes,
amarillas, rojas y violáceas brillaban triunfales en su pecho y tintineaban
bajo sus brazos.
-¡Socorro! ¡Socorro! -suplicó-. ¡Me ahogarán!
Sonriendo sarcásticamente, y enseñando la punta de una
lengua blanca y gruesa, el extraño ser se deslizó de la estantería con la
facilidad de un reptil y extendiendo su cuerpo plano por las piedras preciosas,
en las que se hundió, se situó de forma que podía alcanzar al usurero con sus
miembros de pulpo. Lo rescató con un gesto de increíble rapidez. Entonces, sin
pausa, ni preámbulos, ni más comentarios, comenzó a devorarlo tranquila y
metódicamente.
El extraño caso de Avoosl Wuthoqquan de Clark Ashton Smith
El extraño caso de Avoosl Wuthoqquan de Clark Ashton Smith


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