miércoles, octubre 31, 2012

Disney compra Lucasfilm y anuncia tres pelis de Star Wars y una serie de TV entre otras cosas



Toda la info aqui.

Trailer de John Dies at the End

En la calle lo llaman salsa de soja, y transporta a los que la toman a través del tiempo y las dimensiones. Sin embargo, algunos ya no regresan como humanos. De repente, una invasión silenciosa de otro mundo está en marcha, y la humanidad necesita un héroe. Aquí aparecen John y David, un par de desertores de la universidad que apenas son capaces de mantener un trabajo. ¿Podrán estos dos seres aterrados salvar a tiempo a la humanidad?. No, definitivamente no podrán. Dirige Don Coscarelli en su retorno, si , el de la mítica Phantasm....largo reparto, con rostros poco o todo populares....he de decir aquello de....gggggggggggggggggggggggggaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaannnnnnnnnnnnnnnnaaaaaaaaaaaaaaaaaaaassssssssssssssssssssssssss....................!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Red band trailer de Hansel y Gretel: cazadores de brujas

martes, octubre 30, 2012

Enki Bilal se convierte en el autor de cómics más cotizado en vida

 
El dibujante francés de origen yugoslavo vende varias obras por 1,5 millones de euros.

Libre II


Libre I


Pato


Formula 1 a la japonesa...


La FIBA cifra la libertad de Dario Saric en 550.000 euros



Nuevo capítulo del culebrón 'Dario Saric'. La FIBA ha resuelto el contencioso que mantenía el jugador con el KK Zagreb cifrado en 550.000 euros el precio de la libertad de la perla croata para dar validez al contrato de cinco años que habia firmado en julio con la entidad bilbaína.

Esta cantidad en sensiblemente inferior al millón de euros que reclamaba el KK Zagreb, pero muy superior a la que se podía esperar y al alcance de muy pocos clubes del continente, más aún en la actual situación. A la espera de conocer la si el Bilbao Basket quiere o puede aceptar la nueva situación, la sentencia de la FIBA ha descolocado al jugador que ha confesado sentirse "conmocionado y sorprendido" por esta salomónica decisión ya que esperaba una cifra "mucho menor", según expresa en el portal croata Vecenrnji.com. "Es el comienzo de un culebrón, aunque espero que todo se resuelva. No sé ni qué pensar", lamenta.

Pedrag Saric, padre y representante legal del jugador, incide en que "estamos en shock" y subraya que una cantidad tan alta sólo está al alcance de CSKA, Barcelona o Real Madrid. "Ya veremos lo que dice el Bilbao Basket", añade Saric padre que pensaba en el Bilbao Basket como un trampolín ideal para que su hijo diera el salto a la NBA en un par de años. Fuente: eldesmarquebizkaia.com

Esta es la primera noche, sobran las palabras....



#dormiresdecobardes

Oldboy: Hallway Fight

Peliculón absoluto, del que hay un remake en camino....nnnooooooooooooooooooooo.................!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Tijeritas - Se tiene que ir


Los efectos devastadores de Sandy...

La Estatua de la Libertad en estos momentos...

La Estatua de la Libertad ayer por la mañana...

domingo, octubre 28, 2012

Harden a los Rockets a cambio de Kevin Martin



Harden a los Rockets chavales, a cambio de Kevin Martin, Jeremy Lamb y un par de drafts futuros...una lástima, pero estaba claro que todos no entraban por pasta en el equipo de Oklahoma, que apostó además por Ibaka recientemente. Harden es clave, pero jito con Martin que es otra maquina...

Toda la info del trade aqui.

Y mientras tanto, en la peligrosa bañera de mi casa...

Eiderspider: Mi sentido arácnido vigila-hermanos vibra como loco...
Garineno: Por fin te tengo pequeño arácnida...!!!


El mundo es nuestro

Que decir de uno de los derroches de talento más vertiginosos y divertidos que he visto en mucho tiempo...pues empecemos por el principio.

Unos creditos iniciales animados cojonudos, pero que muy cojonudos, enérgicos para meternos desde el inicio con ritmo, dan paso a un hilarante dialogo inicial entre los dos protas, a los que más adelante conoceremos como El Cabeza y El Culebra, mientras van en un scooter vestidos de penitentes de alguna cofradía de esta, su Sevilla actual.

Y a donde van de esta llamativa guisa...??? Pués a pegar un palo en un banco para largarse con la pasta cual Dioni a Brasil...


Esta es la premisa inicial de este auténtico peliculón, practicamente una obra de teatro por desarrollarse casi en su totalidad en un par de escenarios, repleto de dialogos brillantes, verdadero motor del asunto desde el mencionado inicial en la moto, donde ya se nos deja claro que estos manguis nos van a llevar más allá de la simple peli de atracos con barriobajeros salaos.

Y es que el amigo Alfonso Sanchez, artista a tener muy, pero que muy en cuenta, ya popular por sus cortos y demás familia de éxitos suyos en la red, y al que hemos visto en muchas series y películas en papeles de mayor o menor calado pese a su juventud, la última vez que servidor le ha visto fue en su importante papel en otra buena película desarrollada en Sevilla, ese Grupo 7 del que ya hablé aquí), lo borda, derrochando talento a raudales, en su papel de productor, director, guionista, sobre todo guionista, y co-protagonista (es El Cabeza) , junto a su habitual compañero de aventuras Alberto Lopez (El Culebra).

A ellos se suma un más que apañado reparto de rostros menos conocidos, (y alguno más), que dan cuerpo a una película que va directa al grano, tirando de humor negro para dar palos a tutiplen a todos los estamentos sociales, políticos, religiosos y económicos, habidos y por haber en la Sevilla donde se desarrolla, en la España de nuestra crisis, en Europa y el Mundo Mundial.

Todos sabemos lo que nos pasa, muchos lo han asumido como normal y no es asi,tenemos que seguir protestando, cada uno como pueda donde pueda, como con esta película que debería de ver cualquier ciudadano de esta decadente sociedad, sea cual sea su bando, credo o posición, para reconocer su situación, la situación del vecino, para quemarse con los fachas o para amargarse con los de izquierdas, o simple y llanamente, sin querer leer nada más que será dificil ya que te lo dan "mascao", para divertirse con una magnífica comedia que es este Mundo Nuestro, desde su primera canción hasta la última, peliculón absoluto.

Puntuación: Sobresale
Viva el populismo...!!! Viva el buen cine...!!!

PD: Lo he dicho ya, pero es que hay que repetirlo bien alto, TALENTO para regalar...

PD2: Y si no te fias de mi, mira lo que dicen unos cuentos más, incluyendo los profesionales de todo esto, en por ejemplo Filmaffinitty o IMDB.

Domingo de no-cortos: Sherlock Holmes Jr.

Por estos lares conocida como El Moderno Sherlock Holmes, aquí os dejo este magnífico mediometraje de Buster Keaton, para disfrutar, paladear o descubrir.

sábado, octubre 27, 2012

Subiendo el Everest

A medianoche, la cima del Everest estaba a menos de un kilómetro de distancia; una pirámide de nieve, pálida y espectral a la luz de la luna naciente. El cielo estaba despejado y el viento, que había estado soplando durante días, había bajado casi hasta cero. Desde luego, era raro que el punto más alto de la Tierra estuviese tan tranquilo y en paz: habían elegido bien el tiempo.

Tal vez demasiado bien, pensó George Harper; había sido casi desagradablemente fácil. Su único problema real había consistido en salir del hotel sin ser observados. La dirección no permitía excursiones de medianoche a la montaña no autorizadas; podían producirse accidentes, y esto era malo para el negocio.

Pero el doctor Elwin estaba resuelto a hacerlo de esta manera y tenía muy buenas razones para ello, aunque nunca las mencionaba. La presencia de uno de los más famosos científicos del mundo -y sin duda el lisiado más famoso-, en el hotel Everest en plena temporada turística, había despertado ya mucha expectación. Harper había mitigado la curiosidad insinuando que estaban realizando mediciones de la gravedad, lo cual en parte era cierto. Pero ahora esta parte era pequeñísima.

Cualquiera que hubiese mirado a Jules Elwin, mientras avanzaba resueltamente hacia la altura de nueve mil metros, con veinticinco kilos de equipo sobre la espalda, jamás habría sospechado que sus piernas eran casi inútiles. Había nacido víctima del desastre de la talidomida de 1961, que había dejado a más de diez mil niños parcialmente deformes, desparramados por toda la faz de la Tierra. Elwin fue uno de los afortunados. Sus brazos eran completamente normales y se habían fortalecido por el ejercicio, hasta que llegaron a ser mucho más vigorosos que los de la mayoría de los hombres. Las piernas en cambio eran poco más que hueso y piel. Con ayuda de aparatos ortopédicos, podía sostenerse en pie e incluso dar unos pocos pasos inseguros, pero nunca andar de veras.

Y sin embargo, ahora sólo estaba a sesenta metros de la cima del Everest...

Un cartel de viajes había sido el origen de todo aquello hacía más de tres años. George Harper, joven programador de la Sección de Física Aplicada, conocía al doctor Elwin sólo de vista y por su fama. Incluso para los que trabajaban directamente bajo sus órdenes, el brillante director de Investigación de Astrotech era una personalidad algo distante, apartada del común de los hombres tanto por su cuerpo como por su mente. No era apreciado ni aborrecido y, aunque se le admiraba y compadecía, no se le tenía envidia, desde luego.

Harper, que sólo hacía unos pocos meses que había salido de la universidad, dudaba de que el doctor conociese siquiera su existencia, salvo como un nombre en un organigrama. Había otros diez programadores en la sección, todos más antiguos que él, y la mayoría de ellos no habían cruzado nunca más de una docena de palabras con el director de Investigación. Cuando a Harper se le pidió que llevara una de las fichas secretas al despacho del doctor Elwin, se imaginó que entraría y saldría de allí sin más que unas pocas palabras de cortesía.

Y a punto estuvo de ocurrir esto. Pero en el preciso momento en que iba a salir, se detuvo en seco ante el magnífico panorama de los picos del Himalaya que cubría la mitad de una pared.
Había sido colocado donde pudiese verlo el doctor Elwin siempre que levantase la mirada de su mesa, y representaba un paisaje que Harper conocía bien, pues lo había fotografiado, como un turista pasmado y algo fatigado, desde la pisoteada nieve de la cumbre del Everest.

Allí estaba la blanca cadena de Kangchenjunga, elevándose entre las nubes, a unos ciento cincuenta kilómetros de distancia. Aproximadamente en línea con ella, pero mucho más cerca, se hallaban los picos gemelos de Makalu, y más cerca aún, dominando el primer plano, la inmensa mole del Lhotse, el vecino y rival del Everest. Hacia el oeste, vertiéndose en valles tan enormes que su dimensión no podía apreciarse a simple vista, estaban los revueltos ríos de hielo de los glaciares de Khumbu y de Rongbuk. Desde aquella altura, sus arrugas heladas no parecían más grandes que los surcos de un campo arado; pero aquellas ranuras y cicatrices en un hielo duro como el hierro tenían cientos de metros de profundidad.

Harper aún estaba contemplando aquella vista espectacular y evocando viejos recuerdos, cuando de pronto oyó la voz del doctor Elwin detrás de él.

-Parece usted interesado. ¿Ha estado alguna vez allí?

-Sí, doctor. Mis padres me llevaron allí una semana después de graduarme en el instituto. Estuvimos una semana en el hotel y pensamos que tendríamos que marcharnos antes de que aclarase el tiempo. Pero el último día, dejó de soplar el viento, y una veintena de personas subimos a la cumbre. Estuvimos una hora allí, haciéndonos fotos.

El doctor Elwin pareció reflexionar sobre esta información durante bastante rato. Después dijo, en un tono que había perdido su anterior distanciamiento y que parecía animado.

-Siéntese, señor... Harper. Me gustaría que me contase más cosas.

Al volver hacia el sillón de delante de la ordenada mesa del director, George Harper se sintió un poco desconcertado. Lo que había hecho no era nada extraordinario; todos los años, miles de personas iban al hotel Everest y aproximadamente una cuarta parte de ellas subían a la cima de la montaña. Un año antes se había hablado mucho del turista diez mil que se había plantado en el techo del mundo.
Algunos cínicos habían comentado la extraordinaria coincidencia de que el número 10.000 fuera una estrella de vídeo bastante conocida.

Todo lo que Harper podía explicar al doctor Elwin, éste podía averiguarlo con igual facilidad en una docena de fuentes; por ejemplo, en los folletos para turistas. Sin embargo, ningún joven y ambicioso científico habría perdido la oportunidad de impresionar a un hombre que tanto podía hacer para ayudarle en su carrera. Harper no era una persona fríamente calculadora ni aficionada a la política de oficina, pero sabía distinguir las buenas ocasiones.

-Bueno, doctor -comenzó, hablando despacio al principio, mientras trataba de ordenar sus ideas y recuerdos-, los aviones de reacción te dejan en una pequeña población llamada Namchi, a unos treinta kilómetros de la montaña. Entonces el autobús te lleva por una carretera espectacular hasta el hotel, que domina el glaciar de Khumbu. Está a una altura de cinco mil metros, y hay habitaciones con aire presurizado para quienes tengan dificultades respiratorias. Desde luego hay un servicio médico, y la dirección no admite a huéspedes que no estén en buenas condiciones físicas. Tienes que permanecer al menos dos días en el hotel, bajo una dieta especial, antes de que te permitan subir a mayor altura.
»Desde el hotel no se puede ver la cumbre, porque se está demasiado cerca de la montaña y ésta parece cernerse sobre uno. Pero la vista es fantástica. Se puede contemplar el Lhotse y media docena de picos. Y también puede dar miedo, especialmente de noche. El viento suele aullar en lo alto y el hielo movedizo produce ruidos extraños. Es fácil imaginar que hay monstruos rondando en las montañas...»No hay mucho que hacer en el hotel, salvo descansar, observar el panorama y esperar a que los médicos den su autorización para salir. Antiguamente, se solía tardar semanas en aclimatarse al aire enrarecido; ahora pueden hacer que el recuento sanguíneo suba hasta el nivel adecuado en cuarenta y ocho horas. Aun así, aproximadamente la mitad de los visitantes, y sobre todo los más viejos, deciden que ya han llegado a una altura suficiente.
»Lo que pasa después depende de lo experto que sea uno y de lo que esté dispuesto a pagar. Unos pocos escaladores adiestrados contratan guías y suben a la cima empleando equipo corriente de montañismo. En la actualidad no es muy difícil, y hay refugios en varios puntos estratégicos. La mayoría de estos grupos lo consiguen. Pero el tiempo es siempre un riesgo, y todos los años muere alguien.
»El turista corriente hace la excursión de una manera más sencilla. No se permite aterrizar aviones en el mismo Everest salvo en casos de emergencia, pero hay un pabellón cerca de la cresta de Nuptse y un servicio de helicóptero desde el hotel. Del pabellón a la cima hay sólo cinco kilómetros vía South Col, una escalada fácil para cualquiera que esté en forma y tenga un poco de experiencia en montañismo. Algunos lo hacen sin oxígeno, pero esto no es recomendable. Yo llevé puesta la máscara hasta que llegué a la cima; entonces me la quité y vi que podía respirar sin grandes dificultades.-¿Utilizó filtros o bombonas de gas?

-Filtros moleculares; ahora son muy seguros y aumentan la concentración de oxígeno en más de un cien por cien. Han facilitado enormemente la escalada a grandes alturas. El gas comprimido ya no lo usa nadie.

-¿Cuánto tiempo se tarda en la ascensión?

-Un día entero. Nosotros salimos antes del amanecer y regresamos después de ponerse el sol. Esto habría sorprendido a los veteranos. Pero desde luego nosotros estábamos descansados cuando partimos y viajamos de prisa. No hay verdaderos problemas en el camino desde el pabellón, y se han tallado escalones en todos los lugares peligrosos. Le aseguro que es fácil para cualquiera que esté en buena forma.

En cuanto hubo repetido estas palabras, Harper lamentó no haberse mordido la lengua.

Parecía increíble que hubiese olvidado con quién estaba hablando; pero había recordado con tanta vivacidad la maravilla y la emoción de aquella subida al techo del mundo que por un momento volvió a encontrarse en aquel pico solitario y azotado por el viento. El único lugar de la Tierra adonde nunca podría llegar el doctor Elwin...

Pero el científico no parecía haberlo advertido, o tal vez estaba acostumbrado a las constantes faltas de tacto que ya no lo molestaban. ¿Por qué estaba tan interesado en el Everest?, se preguntó Harper. Probablemente por su misma inaccesibilidad; representaba todo lo que le había sido negado por el accidente de su nacimiento.

Pero ahora, sólo tres años más tarde, George Harper se detuvo a menos de treinta metros de la cima y recogió la cuerda de nailon cuando le alcanzó el doctor. Aunque nada se había dicho al respecto, sabía que el científico deseaba ser el primero en llegar a la cima. Merecía este honor, y el joven no iba a hacer nada para privarle de él.-¿Todo bien? -preguntó al alcanzarle el doctor Elwin.

La pregunta era completamente innecesaria, pero Harper sintió la apremiante necesidad de desafiar la enorme soledad que ahora les rodeaba. Podían haber sido los únicos hombres en el mundo; en ninguna parte de aquel desierto blanco de picachos había la menor señal de que existiese la raza humana.

Elwin no respondió, pero asintió distraídamente con la cabeza al seguir adelante, con los ojos brillantes fijos en la cima. Caminaba con pasos curiosamente rígidos y sus pies dejaban huellas notablemente superficiales sobre la nieve. Y mientras andaba, se oía un débil pero inconfundible zumbido en la abultada mochila que llevaba sobre la espalda.

La verdad es que la mochila lo llevaba a él... o a tres cuartas partes de él. Mientras daba los últimos pasos regulares hacia su antaño imposible meta, el doctor Elwin y todo su equipo pesaban sólo veinticinco kilos. Y si esto todavía era demasiado, sólo tenía que girar un disco y no pesaría absolutamente nada.

Aquí, en el Himalaya bañado por la Luna, estaba el secreto más grande del siglo XXI. En todo el mundo había sólo cinco de estos Levitadores Elwin experimentados, y dos de ellos estaban aquí, en el Everest.

Aunque Harper los había conocido hacía dos años y comprendía algo de su teoría básica, los «Lewies» (como pronto los bautizaron en el laboratorio) todavía le parecían mágicos. Sus mochilas contenían energía eléctrica suficiente para levantar un peso de cien kilos a una altura de quince kilómetros, lo cual representaba un gran factor de seguridad para esta misión. El ciclo de ascensión y descenso podía repetirse casi indefinidamente, al reaccionar las unidades contra el campo gravitatorio de la Tierra. La batería se descargaba en la subida, y se cargaba de nuevo en la bajada. Como ningún proceso mecánico es completamente eficaz, había una ligera pérdida de energía en cada ciclo, pero éste podía repetirse al menos cien veces antes de que se agotasen las unidades.

Subir a la montaña con la mayor parte de su peso neutralizado había sido una experiencia estimulante. El tirón vertical de la mochila les producía el efecto de estar colgados de unos globos invisibles cuya flotación podía regularse a voluntad. Necesitaban cierta cantidad de peso para obtener tracción sobre el suele y, después de algunos experimentos, habían decidido que fuese de un veinticinco por ciento. Resultaba tan fácil subir por una empinada cuesta como caminal normalmente por un terreno llano.

En varias ocasiones habían reducido el peso casi hasta cero para trepar por paredes rocosas verticales. Había sido la experiencia más extraña y requería una fe absoluta en el equipo. Permanecer suspendido en el aire, aparentemente sostenido por una caja de mecanismos electrónicos que zumbaban suavemente, exigía una considerable fuerza de voluntad. Pero después de unos pocos minutos, la sensación de poder y libertad triunfaba sobre el miedo pues aquí estaba ciertamente la realización de uno de los sueños más antiguos del hombre.

Hacía pocas semanas que un miembro del personal de la biblioteca había encontrado un verso de un poema de principios del siglo XX que describía perfectamente su hazaña:«surcar seguros el cielo cruel». Ni siquiera los pájaros habían poseído nunca tanta libertad en la tercera dimensión; ésta era la verdadera conquista del espacio. El levitador abriría al mundo las montañas y los lugares elevados, de la misma manera que en el siglo anterior la escafandra autónoma le había abierto el mar.

  En cuanto estas unidades hubiesen superado las pruebas y se produjesen en serie y a bajo coste, cambiarían todos los aspectos de la civilización humana. Se revolucionaría el transporte. El viaje espacial no sería más caro que un vuelo ordinario; toda la humanidad se lanzaría al aire. Lo que había sucedido cien años antes con el invento del automóvil habría sido solamente un débil anticipo de los enormes cambios sociales y políticos que se producirían ahora.

Pero Harper estaba seguro de que el doctor Elwin no pensaba en nada de esto en su solitario momento de triunfo. Más tarde recibirían el aplauso del mundo (y tal vez sus maldiciones). Pero no significaría tanto para él como plantarse aquí, en el punto más alto de la Tierra. Era realmente una victoria de la mente sobre la materia, de la pura inteligencia sobre un cuerpo débil y lisiado. Todo lo demás sería secundario.

Cuando Harper se reunió con el científico en la pirámide truncada y cubierta de nieve, se estrecharon la mano con una rigidez bastante formal, pues esto parecía lo adecuado. Pero no dijeron nada; la maravilla de su hazaña y el panorama de picachos que se extendían hasta perderse de vista en todas direcciones, les habían dejado mudos.

Harper se relajó, sostenido por su mochila, y siguió lentamente con la mirada el círculo del cielo. Reconoció y repitió mentalmente los nombres de los gigantes que les rodeaban: Makalu, Lhotse, Baruntse, Cho Oyu, Kangchenjunga... Muchas de aquellas cimas aún no habían sido escaladas. Bueno, los Levies pronto cambiarían esto.

Desde luego, muchos lo desaprobarían. Pero en el siglo XX también había habido montañeros que pensaron que era «trampa» emplear oxígeno. Costaba creer que, incluso después de semanas de aclimatación, algunos hombres hubieran intentado en el pasado alcanzar aquellas cimas sin ayuda artificial. Harper recordó a Mallory e Irvine, cuyos cuerpos yacían sin haber sido descubiertos, tal vez a menos de un kilómetro de este mismo lugar.

El doctor Elwin carraspeó detrás de él.

-En marcha, George -dijo pausadamente, con la voz sofocada por el filtro de oxígeno-. Tenemos que estar de vuelta antes de que empiecen a buscarnos.

Se despidieron en silencio de todos los que habían estado allí antes que ellos, volvieron la espalda a la cumbre e iniciaron el suave descenso. La noche, que había sido brillantemente clara hasta entonces, se estaba haciendo más oscura: algunas nubes altas pasaban tan rápidamente por delante de la Luna que su luz se apagaba y encendía de tal manera que a veces resultaba difícil ver el camino. A Harper no le gustó el cariz que tomaba el tiempo y empezó a revisar mentalmente sus planes. Tal vez sería mejor dirigirse al refugio del South Col, en vez de tratar de llegar al pabellón. Pero no dijo nada al doctor Elwin para no alarmarle inútilmente.

Ahora estaban pasando por una cresta rocosa, con una oscuridad total a un lado y el débil resplandor de la nieve al otro. Harper no pudo dejar de pensar que sería un lugar terrible si les sorprendía una tormenta.

Apenas había tenido tiempo de concebir esta idea cuando se desencadenó el vendaval. Llegó aullando una ráfaga de aire, como si la montaña hubiese estado acumulando fuerzas para este momento. Nada podían hacer; aunque hubiesen poseído su peso normal, habrían sido levantados de sus pies. En pocos segundos, el viento los lanzó al oscuro vacío.

Era imposible calcular la profundidad de aquel abismo; cuando Harper se obligó a mirar hacia abajo, no pudo ver nada. Aunque el viento parecía transportarlo casi horizontalmente, sabía que debía estar cayendo. Su peso reducido le haría caer a una cuarta parte de la velocidad normal. Pero aun así sería excesiva; si caía mil metros, sería poco consuelo saber que sólo parecerían doscientos cincuenta.
Todavía no había tenido tiempo de sentir miedo (esto vendría más tarde, si sobrevivían) y su principal preocupación, por absurda que parezca, era que el costoso levitador podía estropearse. Se había olvidado completamente de su compañero, pues en esta clase de situación la mente sólo puede pensar en una cosa cada vez. El súbito tirón de la cuerda de nailon le causó extrañeza y alarma. Entonces vio que el doctor Elwin giraba lentamente a su alrededor en el extremo de la cuerda, como un planeta dando vueltas alrededor del sol.

Aquella visión le volvió a la realidad y se puso a pensar en lo que había que hacer. Su parálisis había durado probablemente una fracción de segundo. Gritó, contra el viento:

-¡Doctor! ¡Utilice el elevador de emergencia!

Mientras hablaba, buscó el cierre de su unidad de control, la abrió y apretó el botón. La mochila empezó a zumbar inmediatamente como una colmena de abejas irritadas. Sintió que las correas tiraban de su cuerpo como si tratasen de elevarle hacia el cielo, lejos de la muerte invisible que le esperaba allá abajo. La sencilla aritmética del campo gravitatorio de la Tierra apareció en su mente, como escrita con caracteres de fuego. Un kilovatio podía levantar un peso de cien kilos a un metro por segundo, y las mochilas podían convertir energía a un ritmo máximo de diez kilovatios, aunque esto no podía mantenerse durante más de un minuto. Así pues, dada su inicial reducción de peso, se elevaría a una velocidad superior a treinta metros por segundo.

Se produjo un violento tirón en la cuerda cuando quedó tensa. El doctor Elwin había estado lento en pulsar el botón de emergencia, pero al fin también él ascendió. Sería una carrera entre la fuerza de ascensión de sus unidades y el viento que los empujaba hacia la cara helada del Lhotse, que ahora estaba a menos de trescientos metros.

La pared de roca surcada de nieve se alzaba sobre ellos a la luz de la luna como una ola de piedra helada. Era imposible calcular exactamente su velocidad, pero difícilmente podían moverse a menos de ochenta kilómetros por hora. Aunque sobreviviesen al impacto, sufrirían graves lesiones, y aquí las lesiones equivaldrían a la muerte.

Cuando parecía que la colisión era inevitable, la corriente de aire ascendió de pronto hacia el cielo, arrastrándoles con ella. Pasaron a unos tranquilizadores quince metros de la arista rocosa. Parecía un milagro, pero, después del primer instante de alivio, Harper se dio cuenta de que lo que los había salvado había sido simplemente la aerodinámica. El viento había tenido que levantarse para pasar por encima de la montaña; al otro lado, descendería de nuevo. Pero esto ya no importaba, porque el cielo, delante de ellos, estaba vacío.

  Ahora se movían suavemente entre las nubes. Aunque su velocidad no se había reducido, había cesado el rugido del viento pues viajaban con él en el vacío. Incluso podían conversar sin esforzarse a través del espacio de diez metros que les separaba.-¡Doctor Elwin! -gritó Harper-, ¿está usted bien?
-Sí, George -dijo el científico, perfectamente tranquilo-. Y ahora, ¿qué hacemos?

-No debemos elevarnos más. Si seguimos subiendo, no podremos respirar, ni siquiera con los filtros.

-Tienes razón. Tenemos que estabilizarnos.

El fuerte zumbido de las mochilas se redujo a un sonido eléctrico apenas audible cuando cortaron los circuitos de emergencia. Durante unos minutos subieron y bajaron en su cuerda de nailon (primero, uno arriba; después, el otro), hasta que consiguieron ponerse a la misma altura. Cuando por fin se estabilizaron, volaban un poco por debajo de los nueve mil metros. A menos de que fallasen los Lewies (cosa muy posible, después de la sobrecarga), no corrían peligro inmediato.

Los apuros empezarían cuando tratasen de volver a la tierra.

Ningún hombre había visto jamás un amanecer más extraño. Aunque estaban cansados y entumecidos de frío, y tenían irritada la garganta por la sequedad del aire enrarecido, olvidaron todas estas incomodidades al extenderse el primer y débil resplandor a lo largo del mellado horizonte del este. Las estrellas se apagaron una a una; la última en desaparecer, sólo minutos antes de que saliera el sol, fue la más brillante de todas las estaciones espaciales: la Pacífico Número Tres, a treinta y cinco kilómetros por encima de Hawai. Entonces se elevó el sol sobre un mar de picachos sin nombre y amaneció el día en el Himalaya.

Era como observar la salida del sol en la Luna. Al principio sólo las montañas más altas captaron los rayos sesgados, mientras que los valles circundantes permanecían en oscura sombra. Pero la línea de luz fue descendiendo poco a poco por las vertientes rocosas, y una tierra dura y amenazadora fue despertando al nuevo día.

Si se aguzaba la mirada, podían verse señales de vida humana. Había algunos caminos estrechos, finas columnas de humo en pueblos solitarios, destellos de luz de sol en los tejados de monasterios. El mundo estaba despertando allá abajo, completamente ignorante de los dos espectadores situados como por arte de magia a cinco mil metros de su superficie.

El viento debió de cambiar varias veces de dirección durante la noche, y Harper no tenía idea de dónde estaban. No podía reconocer un solo punto de referencia. Podían estar en cualquier parte sobre una franja de ochocientos kilómetros de Nepal y el Tíbet.

El problema inmediato era elegir un lugar de aterrizaje, y elegirlo pronto, porque estaban derivando rápidamente hacia un revoltijo de picos y glaciares donde difícilmente podrían encontrar ayuda. El viento los llevaba en dirección nordeste, hacia China. Si volaban por encima de las montañas y aterrizaban allí, podían pasar semanas antes de que estableciesen contacto con uno de los Centros contra el Hambre de las Naciones Unidas y encontraran el camino de vuelta. Incluso podían correr algún peligro personal si descendían del cielo en una zona habitada sólo por gente campesina analfabeta y supersticiosa.

-Será mejor que descendamos rápidamente -dijo Harper-. No me gusta el aspecto de aquellas montañas.

Sus palabras parecieron perderse en el vacío que les rodeaba. Aunque el doctor Elwin estaba a sólo tres metros de distancia, cabía imaginar que no podía oír nada de lo que decía. Pero el doctor asintió por fin con la cabeza como prestando de mala gana su conformidad.

-Creo que tienes razón: pero no estoy seguro de que podamos hacerlo con este viento. No olvides que podemos bajar con la misma rapidez con que subimos.

Era cierto: las mochilas de energía sólo podían cargarse un décimo de su grado de descarga. Si perdían altura y las cargaban de energía gravitatoria demasiado aprisa, las células se calentarían demasiado y probablemente estallarían. Los sorprendidos tibetanos (¿o tal vez nepalíes?) pensarían que un gran meteorito había estallado en el cielo. Y nadie sabría nunca lo que les había ocurrido exactamente al doctor Jules Elwin y a su joven y prometedor ayudante.

A mil quinientos metros sobre el nivel del suelo, Harper empezó a esperar la explosión en cualquier momento. Estaban bajando rápidamente, pero no lo bastante; muy pronto tendrían que desacelerar para no aterrizar con demasiada violencia. Para empeorar las cosas, habían calculado mal la velocidad del aire a nivel del suelo. El viento infernal e imprevisible estaba soplando de nuevo casi con la fuerza de un huracán. Podían ver jirones de nieve, arrancados de las cumbres, ondeando como estandartes fantasmales debajo de ellos. Mientras se habían estado moviendo con el viento, no se habían dado cuenta de su fuerza; ahora debían hacer de nuevo el peligroso paso entre la dura roca y el blando cielo.

La corriente de aire los empujaba hacia la entrada de una garganta. No había posibilidad de elevarse sobre ella. Su situación era comprometida y tendrían que elegir el mejor lugar que pudiesen encontrar para el aterrizaje.

El cañón se estrechaba peligrosamente. Ahora era poco más que una grieta vertical, y las paredes rocosas se deslizaban junto a ellos a cincuenta o sesenta kilómetros por hora. De vez en cuando, los remolinos los empujaban a derecha e izquierda; con frecuencia sólo evitaban la colisión por unos pocos centímetros. En una ocasión en que estaban volando a pocos metros por encima de una cornisa cubierta de una espesa capa de nieve, Harper estuvo tentado de soltar el muelle que desprendería el levitador. Pero esto sería salir del fuego para caer en las brasas: volverían sanos y salvos a tierra firme, para encontrarse atrapados a sabe Dios cuántos kilómetros de toda posibilidad de ayuda.
Pero incluso en aquel momento de renovado peligro sintió muy poco miedo. Todo aquello era como un sueño emocionante, un sueño del que iba a despertar para encontrarse seguro en su cama. Era imposible que esta fantástica aventura estuviese sucediendo en realidad...

-¡George! -gritó el doctor-. Ahora tenemos la ocasión, si podemos engancharnos en aquella peña.

Sólo disponían de unos segundos para actuar. Empezaron inmediatamente a soltar la cuerda de nailon hasta que pendió en un gran lazo debajo de ellos, con la parte inferior a sólo un metro del suelo. Había una roca grande, de unos cinco metros de altura, exactamente en su trayectoria; más allá, un amplio espacio cubierto de nieve prometía un aterrizaje razonablemente suave.

La cuerda se deslizó sobre la parte baja y curva de la peña; pareció que iba a pasar por encima de ella, pero entonces quedó prendida en un saliente. Harper sintió un fuerte tirón y giró como una piedra en el extremo de una honda. Nunca hubiera imaginado que la nieve pudiese ser tan dura. Se produjo un breve y brillante estallido de luz, y luego, nada.

Se hallaba de nuevo en la Universidad, en el salón de conferencias. Uno de los profesores estaba hablando, con una voz que le era conocida, pero que por alguna razón no parecía propia del lugar. Soñoliento y con poco entusiasmo, repasó los nombres de los que habían sido sus profesores. No, no era ninguno de ellos. Sin embargo, conocía perfectamente aquella voz, e indudablemente estaba dando una conferencia a alguien.

-...Todavía muy joven cuando me di cuenta de que había algo equivocado en la teoría de la gravitación de Einstein. En particular, parecía haber un fundamento falso en el principio de equivalencia. Según éste, no se podía distinguir entre los efectos producidos por la gravitación y los de la aceleración.
»Pero esto es totalmente falso. Se puede crear una aceleración uniforme; pero un campo gravitatorio uniforme es imposible, ya que obedece a una ley inversa, y por consiguiente puede variar incluso en distancias muy cortas. Pueden aportarse fácilmente otras pruebas para distinguir entre los dos casos, y esto hace que me pregunte si...

Estas palabras, suavemente pronunciadas, no causaron más impresión en la mente de Harper que si hubiesen sido dichas en un idioma extranjero. Se percató vagamente de que hubiese debido comprender todo aquello, pero era demasiado dificultoso tratar de encontrarle el significado. De todos modos, el primer problema era saber dónde estaba. A menos de que tuviese una grave lesión en los ojos, se hallaba en una oscuridad total. Pestañeó, y el esfuerzo le produjo un dolor de cabeza tan fuerte que lanzó un grito.

-¡George! ¿Estás bien?

¡Claro! tenía que haber sido la voz del doctor Elwin, hablando suavemente en la oscuridad. Pero hablando, ¿a quién?

-Tengo un dolor de cabeza terrible. Y me duele el costado cuando intento moverme. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué está todo tan oscuro?

-Sufriste una conmoción, y creo que te has fracturado una costilla. No hables innecesariamente. Has estado inconsciente todo el día. Ahora vuelve a ser de noche y estamos dentro de la tienda. Estoy economizando baterías.

Cuando el doctor Elwin encendió la linterna, su brillo fue casi cegador, y Harper vio las paredes de la tienda a su alrededor. Era una suerte que hubiesen traído un equipo completo de montañismo para el caso de que se quedaran atrapados en el Everest. Pero tal vez sólo serviría para prolongar su agonía...
Le sorprendió que el lisiado científico hubiese conseguido, sin la menor ayuda, desempaquetar todas sus cosas, montar la tienda y arrastrarlo al interior. Todo estaba perfectamente dispuesto: el botiquín, la latas de conservas, los recipientes de agua, las pequeñas bombonas rojas de gas para el hornillo portátil. Sólo faltaban los voluminosos levitadores; seguramente los había dejado fuera de la tienda para tener más espacio.

-Estaba usted hablando a alguien cuando me desperté -dijo Harper-. ¿O lo he soñado?

Aunque con la luz indirecta que reflejaban las paredes de la tienda le resultaba difícil leer la expresión del semblante del científico, pudo ver que Elwin estaba confuso. Inmediatamente supo la causa y lamentó haber hecho la pregunta.

El doctor no creía que saliesen vivos de allí. Había estado grabando unas notas, para el caso de que sus cuerpos fuesen descubiertos. Harper se preguntó tristemente si ya habría dictado sus últimas voluntades.

  Antes de que Elwin pudiese responder, cambió rápidamente de tema.

-¿Ha llamado al servicio de socorro?

-Lo he estado haciendo cada media hora, pero temo que estemos aislados por las montañas. Yo les oigo, pero ellos no nos reciben.

El doctor Elwin cogió el pequeño transmisor que había descolgado de su sitio habitual en la muñeca, y lo encendió.

-Aquí Socorro Cuatro -dijo una débil voz mecánica-, a la escucha.

Durante la pausa de cinco segundos, Elwin apretó el botón de SOS y esperó.

-Aquí Socorro Cuatro, a la escucha.

Esperaron un minuto, pero no hubo respuesta a su llamada. Harper pensó con tristeza que era demasiado tarde para empezar a culparse mutuamente.

Mientras estaban volando sobre las montañas, habían discutido varias veces si debían llamar al servicio de socorro general, pero habían decidido no hacerlo, en parte porque no parecía necesario de momento y en parte por la inevitable publicidad que traería consigo. Era fácil ser prudente después del suceso. Pero ¿quién habría pensado que podían aterrizar en uno de los pocos lugares fuera del alcance de los socorristas?

El doctor Elwin apagó el transmisor y el único sonido que se oyó en la pequeña tienda fue el débil gemido del viento a lo largo de las paredes de montañas entre las que se hallaban doblemente atrapados. Sin manera de escapar, sin poder comunicar con nadie.

-No te preocupes -dijo al fin-. Por la mañana pensaremos en cómo salir de aquí. Hasta que amanezca no podemos hacer nada, salvo ponernos cómodos. Así que lo mejor es que tomes un poco de esta sopa caliente.

Algunas horas más tarde, a Harper ya no le molestaba el dolor de cabeza. Aunque sospechaba que realmente tenía rota una costilla, había encontrado una posición en la que se hallaba cómodo mientras no se moviese, y casi se sentía en paz con el mundo. Había pasado por sucesivas fases de desesperación, cólera contra el doctor Elwin y autoinculpación por haberse metido en tan loca aventura. Ahora estaba de nuevo tranquilo, aunque su mente, al buscar maneras de escapar, trabajaba demasiado para que pudiese dormir.

Fuera de la tienda, el viento casi había dejado de soplar y la noche estaba en calma. La oscuridad ya no era completa, pues había salido la Luna. Aunque sus rayos directos no llegarían nunca hasta ellos, tenía que haber luz reflejada por la nieve de las alturas.

Harper sólo podía distinguir un vago resplandor en el umbral de la visión, filtrándose a través de las translúcidas paredes de la tienda, que además retenía el calor. Pensó que lo importante era que no estaban en peligro inmediato. Tenían comida para una semana como mínimo y había mucha nieve que podían fundir para hacerse con agua. Dentro de un día o dos, si su costilla se portaba bien, podrían partir de nuevo, confiaba que esta vez con mejores resultados.

No muy lejos sonó un golpe sordo que lo dejó intrigado, hasta que pensó que sería una masa de nieve que habría caído en alguna parte. La noche estaba tan extraordinariamente tranquila que casi le pareció oír los latidos de su corazón, y la respiración de su compañero dormido le resultaba anormalmente ruidosa.

¡Era curioso cómo se distraía la mente con cosas triviales! Volvió a pensar en el problema de la supervivencia. Aunque él no estuviese en condiciones de moverse, el doctor podía intentar el vuelo solo. Era una de estas situaciones en que un hombre podía tener tantas posibilidades de éxito como dos.

Se oyó otro de aquellos golpes sordos, esta vez algo más fuerte. Era un poco extraño, pensó Harper por un momento, que la nieve se moviese en la calma fría de la noche. Confió en que no hubiese peligro de alud; como no había tenido tiempo de ver con claridad su lugar de aterrizaje, no podía calcular el riesgo. Se preguntó si debía despertar al doctor, que sin duda había examinado los alrededores antes de instalar la tienda. Pero cediendo a un sentimiento fatalista, decidió no hacerlo; en el caso de que fuera inminente un alud, no era probable que pudiesen hacer gran cosa para escapar.
Vuelta al problema número uno. Había una solución interesante que valía la pena considerar. Podían sujetar el transmisor a uno de los lewies y hacer que éste se elevase. La señal sería captada en cuanto la unidad saliese del cañón, y el servicio de socorro les encontraría en pocas horas, o como máximo en pocos días.

Esto significaría sacrificar uno de los lewies, y si no daba resultado su situación sería aún más apurada. Pero de todos modos...

¿Qué era aquello? No parecía el golpeteo suave de la nieve al caer. Era un débil pero inconfundible «clic», como de un guijarro chocando contra otro. Los guijarros no se mueven solos.

Harper pensó que estaba fantaseando. La idea de que alguien o algo anduviese por un alto puerto del Himalaya en mitad de la noche era absolutamente ridícula. Pero de pronto se le quedó seca la garganta y sintió que se le ponía la piel de gallina. Había oído algo y ahora ya no podía negarlo.
La respiración del doctor era tan ruidosa que resultaba difícil distinguir los sonidos del exterior. ¿Significaba esto que el doctor Elwin, por muy dormido que estuviese, había sido también alertado por su siempre despierto subconsciente? Estaba fantaseando de nuevo...

Oyó el clic de nuevo, tal vez un poco más cerca. Sin duda venía de otra dirección. Era como si algo, que se movía con misterioso pero absoluto silencio, estuviese dando vueltas lentamente alrededor de la tienda.

En ese momento George Harper lamentó sinceramente haber oído hablar del Abominable Hombre de las Nieves. Cierto que sabía poco sobre él, pero este poco aún era demasiado.

Recordó que el Yeti, como le llamaban los nepalíes, había sido un mito permanente del Himalaya durante más de un siglo. El monstruo peligroso y gigantesco nunca había sido capturado, fotografiado ni siquiera había sido descrito por testigos fidedignos. La mayoría de los occidentales estaban seguros de que era pura fantasía y no se dejaban convencer por la escasez de pruebas de pisadas en la nieve o por trozos de piel conservados en oscuros monasterios. Pero la gente de las montañas opinaban de otra manera. Y Harper temió ahora que tuviesen razón.

Al no ocurrir nada más durante unos cuantos largos segundos, empezó a desvanecerse lentamente su miedo. Tal vez su imaginación sobreexcitada le estaba gastando bromas; dadas las circunstancias, no hubiese sido sorprendente. Con un deliberado y resuelto esfuerzo de voluntad, centró de nuevo sus pensamientos en el problema del rescate. Estaba haciendo buenos progresos cuando algo chocó contra la tienda. No pudo chillar porque tenía los músculos de la garganta paralizados por el miedo. Era totalmente incapaz de moverse. Entonces oyó que el doctor Elwin empezaba a rebullir, soñoliento, en la oscuridad.

-¿Qué ha sucedido? -preguntó el científico-. ¿Estás bien?

Harper sintió que su compañero se volvía y pensó que estaba buscando a tientas la linterna. Quiso decir: «¡Por el amor de Dios, estése quieto!», pero ninguna palabra pudo salir de sus resecos labios. Se oyó un chasquido, y el rayo de luz de la linterna formó un círculo brillante en la pared de la tienda. La pared estaba ahora combada hacia ellos, como si un peso pesado se apoyase en ella. Y en el centro de la comba había una huella totalmente inconfundible: la de una mano deformada o de una garra. Estaba sólo a medio metro del suelo; fuese lo que fuere aquello, parecía estar arrodillado, como si palpase la tela de la tienda.

La luz debió molestarlo pues la huella desapareció en el acto, y la pared de la tienda quedó de nueva plana. Se oyó un ronco gruñido y después un prolongado silencio.

Harper se dio cuenta de que había recobrado la respiración. Había esperado que se rasgase la tienda y que algo espantoso e inconcebible se precipitase sobre ellos. Pero sólo se oyó el débil y lejano gemido de una ráfaga de viento en las altas montañas. Sintió que temblaba sin poderse dominar, y esto nada tenía que ver con la temperatura pues se estaba cómodamente caliente en su pequeño mundo aislado.

Entonces se oyó un sonido familiar. Fue el ruido metálico de una lata vacía al golpear una piedra, y esto disminuyó la tensión. Harper fue capaz de hablar por primera vez, o al menos de murmurar:

-Ha encontrado las latas de comida. Tal vez ahora se marchará.

Casi como respondiendo a sus palabras, se oyó un gruñido grave que parecía expresar enojo y contrariedad; después, el sonido de un golpe y de latas que rodaban en la oscuridad. Harper recordó de pronto que toda la comida estaba dentro de la tienda y que los envases vacíos habían sido arrojados al exterior. No era una idea muy esperanzadora. Lamentó no haber hecho como los supersticiosos de las tribus, que dejaban ofrendas a los dioses o demonios que las montañas podían conjurar.

Lo que sucedió después fue tan repentino, tan inesperado, que acabó antes de que tuviese tiempo de reaccionar. Se oyó un ruido fuerte, como de algo que fuese lanzado contra una roca; después, un zumbido eléctrico familiar y a continuación un gruñido de sobresalto. Y por fin, un espantoso alarido de rabia, y de frustración que se convirtió rápidamente en un grito de puro terror y que empezó a extinguirse hacia lo alto, en el cielo vacío. Aquel sonido despertó el único recuerdo adecuado en la memoria de Harper. Una vez había visto una película de principios del siglo XX sobre la historia de la aviación, con una escena terrible que mostraba el lanzamiento de un dirigible. Algunos miembros del personal de tierra se habían agarrado unos segundos de más a las cuerdas de amarre y la aeronave los había arrastrado hacia el cielo, balanceándose impotentes debajo de ella. Entonces se habían ido soltando y habían caído contra el suelo.

Harper esperó oír un golpe lejano, pero no se produjo. Entonces observó que el doctor repetía una y otra vez:

-Dejé atadas las dos unidades. Dejé atadas las dos unidades.

Todavía estaba demasiado impresionado para que aquella información le preocupase. Lo único que sentía era la admirable contrariedad del científico.

Ahora nunca sabría qué había estado merodeando alrededor de su tienda en las horas de soledad que precedieron a la aurora.

Uno de los helicópteros de socorro en la montaña, pilotado por un sikh escéptico, que todavía se preguntaba si todo aquello no era más que una broma pesada, descendió en el cañón muy avanzada la tarde. Cuando la máquina hubo aterrizado entre un remolino de nieve, el doctor Elwin agitó frenéticamente un brazo, apoyándose con el otro en un palo de la tienda.

Al reconocer al lisiado científico, el piloto del helicóptero experimentó una sensación de temor casi supersticioso. Resultaba que el informe debía ser verdad; no había otra manera en que Elwin hubiese podido llegar a este lugar. Y esto significaba que todo lo que volaba en y encima de los cielos de la Tierra era, desde este momento, tan anticuado como una carreta de bueyes.

-Gracias a Dios que nos ha encontrado -dijo el doctor, con sincera gratitud-.¿Cómo ha podido venir hasta aquí con tanta rapidez?

-Puede dar gracias a las redes de localización por radar y a los telescopios de la estación meteorológica en órbita. Habíamos estado antes aquí, pero al principio pensamos que todo era un bromazo.

-No comprendo.

-¿Qué habría dicho usted, doctor, si alguien le hubiese contado que un leopardo de las nieves del Himalaya, completamente muerto y enredado en una maraña de correas y de cajas había sido visto manteniéndose en el aire a una altitud de treinta mil metros? Dentro de la tienda, George Harper se echó a reír a pesar del dolor que esto le causaba. El doctor asomó la cabeza por la abertura de la lona y preguntó ansiosamente:

-¿Qué te pasa?

-Nada... Pero me estaba preguntando qué vamos a hacer para bajar a esa pobre bestia antes de que sea una amenaza para la navegación aérea.

-Bueno, alguien tendrá que elevarse con otro lewy y apretar los botones. Tal vez deberíamos tener un control de radio en todas las unidades...

La voz del doctor Elwin se extinguió a media frase. Estaba ya muy lejos, perdido en sueños que cambiarían la faz de muchos mundos.

Dentro de poco bajaría de las montañas, trayendo como un nuevo Moisés las leyes de una nueva civilización. Estas leyes devolverían a toda la humanidad la libertad que había perdido hacía tanto tiempo, cuando los primeros anfibios abandonaron su ingrávido hogar debajo de las olas.

La batalla de mil millones de años contra la fuerza de la gravedad había terminado.

El cielo cruel de Arthur C. Clarke



De la serie, verdades como puños...


Arnold Schwarzenegger será Conan Rey


A estas alturas ya lo sabreis, pero porsica...apretaros los machos chavales porque así es....y no puedo decir que me desagrade la idea, visto un cacho, pude apagar a tiempo, de la última puta mierda de peli que trataron de hacernos pasar como una del bárbaro.

Toda la info de este nuevo proyecto, La leyenda de Conan, aquí.

Sonriendo

La Abuela de Stephen King al cine

Nuevo relato corto del Maestro que se va a la gran pantalla. Mas info aqui.

Poster y otro trailer de la nueva de La jungla de cristal

Red band trailer de Evil Dead


martes, octubre 23, 2012

Zapico firmará este viernes en Joker Cómics

El reciente Premio Nacional de Cómic 2012 por su obra Dublinés, Alfonso Zapico, visita Joker Cómics este viernes 26 a las 19 horas parta una sesión de firmas.

Mas info aquí




Quién teme al libro digital...???



Interesante artículo aquí.

El mejor disfraz de perro para una araña que he visto...


lunes, octubre 22, 2012

Inigualable

Tramposo, drogadicto, manipulador, pero para mi, que me trago y he tragado todos los tours, sigue siendo el puto amo.

De baldosas bilbainas

Ya que veo que gustan las fotos de lugares del mundo mundial, vayamos con una curiosidad de su capital, en la que muchos vivís, o en los alrededores.


Si os fijais en la Plaza Circular de Bilbao, hay un camino de esas populares baldosas de de nuestra ciudad, pelín más grande, con una metálica con el siguiente enigmático texto escrito en espiral: "En la dirección opuesta, en la dirección opuesta".

Bueno, pues las baldosas representan el límite historico de la antigua sede del Banco de Vizcaya, ahora más pequeño como edificio emblemático que es el alto del BBVA. El texto sale del libro El sotano de Thomas Bernhard, y se supone que es para ofrecer una alternativa a los valores comunes y corrientes, ofreciendo una visión distinta de la realidad...ahí queda eso, todo ello obra de Iñaki Ría.

Otro día seguimos mirando hacia afuera, pero conozcamonos por dentro...!!!

Duelo en la Alta Sierra

Joel McCrea y Randolph Scott dirigidos por Sam Peckinpah, son el viejo oeste que se muere...

The Greatest R/C Car Chase Ever

Zombie Wedding Timelapse

So Real it's Scary

Guapo este anuncio de LG:

Carp attack

Beso de lunes

LEGO Batman The Movie - DC Super Heroes Unite Trailer

LEGO Great Ball Contraption

Alucinante....

domingo, octubre 21, 2012

Me ha gustado mucho Saga, me ha parecido malo el nuevo Conan

Ayer me zampé dos de los nuevos tomo planetarios de este mes, parecidos en su formato de tomito de tapa dura y en nada más.


De un lado tenemos la nueva obra del siempre interesante, cuando no sean supehéroes, Brian K. Vaughan, (Y el último hombre, Ex-Machina) que se nos suelta en Image en este caso, dicho por él mismo fuera de restricciones de la editoriales "grandes", con una muy entretenida obra que tiene de todo, ciencia ficción , fantasia, romance, lucha, aventura a raudales, un continuo puntito de sorna de lo mas agradable, frescura pese a tratar temas tan clásicos o populares como podrían ser Romeo y Julieta o Star Wars, y sobre todo, por encima de todo mucha pero que mucha imaginación, perfectamente llevada al papel, encajando como un puzzle, sencillo y agradable, pleno de personajes secundarios memorables.



Le acompaña poniendo su arte Fiona Staples, autora poco conocida por estos y otros lares, que hace un estupendo trabajo, dando vida a este personal universo que simple y llanamente no podría ser igual sin su mano.

Un magnífico divertimento, creado por un fan de todo esto para que se lo pasen bien los fan de todo esto, al igual que puedan descubrirlo los que no lo son.

Puntuación: 8/10
Una grata sorpresa, que tiene pinta de seguir sorprendiendo.


Por otra parte tenemos el Conan de Brian Wood, el irregular guionista de Northlanders o DMZ, (y de la actual The Massive que un servidor esta siguiendo en americano, de la que otro día hablaremos), que trata de adaptar y aportar algo con su versión, de la clásica (y de las mejores) aventura de La Reina de la Costa Negra, siendo cuando menos aburrida esta revisión, que hace buena la clásica. Mas aún cuando en la primera parte del tomo que nos ocupa nos encontramos con que, la estupenda Becky Cloonan, no se por su parte o por directriz de alguien, no dibuja a un chavalote surfero, irreconocible hasta el punto de que cogiendo una viñeta aislada cualquiera, si se la enseñas a alguien que no sepa de que cómic estamos hablando, jamás diría que esta ante Conan, sea en su versión adolescente, joven, o adulto. Una lástima este fallido intento de podría decirse que actualización, que se redondea cuando el lugar de a Belit dibuja a una suerte de Vampirrella pasada de coca y muerta de hambre, deseosa de pillar una buena yugular palpitante, rebosante de sangre....


Algo mejora la cosa cuando entra en escena el segundo dibujante, un James Harren ninguneado de los créditos por Planeta por la puta cara, que al menos consigue que cuando vemos al prota del asunto veamos a Conan, pese a que la historia sigue siendo un pasa páginas vulgar, y que por este texto los años no pasan el balde, siendo visto ahora por un lector adulto como el que suscribe como simplón.

Puntuación: 2/10
Tomo este que nos hace ver de nuevo lo bueno que ha sido el Conan de Cary Nord y compañia, y el clásico Conan y Belit de Thomas y Buscema ni te cuento. Abajo os dejo portada del estupendo tomo planetario, buscadlo en vuestras tiendas, que la navidad esta ahí al lado...







Domingo de cortos: The mistake

Juas, juas, que tu juas, acojonante...

Domingo de cortos: Partysaurus Rex

El nuevo corto de Pixar, no creo que haya que decir mas:


Partysaurus Rex por DrMalo

Domingo de cortos: True Skin

Ci-fi de la buena que se ha ganado saltar a la gran pantalla, con un futuro cercano en el que socialmente no eres nadie si no estás "aumentado"....

TRUE SKIN from H1 on Vimeo.

Ha ido de un pelo



Debajo defiendo mejor yo que nuestros pivots, y eso que el amigo Hamilton atacando hoy ha sido otro...como me gusta el basket...!!!

sábado, octubre 20, 2012

A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á Bilbao un domingo del mes de Septiembre.

A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á Bilbao un domingo del mes de Septiembre.

El tren de Portugalete iba repleto de obreros, procedentes de las minas y las riberas de la ría. Todos mostraban prisa por llegar á la plaza de Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta contra los patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros, los cuales venían amenazando con una huelga hacía dos meses. La reunión popular era el ultimátum que lanzaban los trabajadores.
Los primeros trenes de la mañana habían trasladado á Bilbao mayores cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las gentes de la villa.

No todos iban al mitin. Descendían también de los vagones aldeanos con gruesos garrotes, escoltando á los curas de su anteiglesia. Estos grupos rurales llegaban para la gran romería que subiría por la tarde al santuario de Begoña.

El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada por los jesuítas y los bizkaitarras, se encontraban en el mismo día. Un ambiente belicoso, que excitaba los nervios, haciendo más duras las palabras y más insolentes las miradas, parecía pesar sobre la villa.

En el camino había apreciado Aresti el estado de los espíritus. El vagón estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que iban á la romería. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos acariciaban nerviosamente sus cachabas, oyendo las burlas de la gente de las fábricas.

Callaban porque en aquella vía, invadida por la moderna industria, eran menos las gentes del campo. ¡Ay, si aquello hubiese sido en la línea de Durango, por donde descendían los rebaños de la fe para la fiesta de la tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes á la cabeza!...

Al bajar del tren el doctor Aresti, oyó que alguien le llamaba.

Era el capitán Iriondo, vestido con el traje viejo de sus expediciones de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el perro, junto á él, husmeaba sus manos.

—¿Buscas la bronca, eh?...—dijo al médico.—Tú vienes porque te gustan estas cosas, y yo me voy por no verlas.

Se marchaba á cazar chimbos á cualquier parte: le interesaba huir de Bilbao, no ver lo que seguramente ocurriría.

—El aire huele á pólvora, querido Planeta: van á llover palos. Al venir á la estación me recordaba esta Bilbao tan nueva y tan bonita, la que conocí durante el sitio. Los socialistas, los republicanos, todos los que creen que esto marcha mal, se están reuniendo en la plaza de Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las iglesias y se enseñan los revólvers en los rincones de las sacristías. El Padre Paulí predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el zascandil de Urquiola anda arengando á la juventud salida de Deusto, para que mate en nombre de Dios. La pobre villa parece un huevo entre dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y admiro el gusto que tienes en ver estas cosas.

Aresti le escuchaba con interés. Había hecho el viaje atraído por la posibilidad de un choque. Deseaba ver cómo los obreros de la montaña, y los industrialillos de la villa se atrevían por primera vez con el jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo que se deslizaba en sus entrañas, después que lo había derrotado por dos veces ante sus improvisadas trincheras, cuando se cubría con la boina blanca.

—En esto llevas razón, Luis—dijo el capitán enardeciéndose.—Si me voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas calles. No pensaba al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido la escopeta para huir. ¡Porra! ¿De qué nos ha servido tanto comer pan de habas y carne de caballo á los que disparábamos el fusil en las trincheras, si aquellos á quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los amos? ¡Cómo está hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin tropezar con un cura. Los que hace años bombardearon la villa y hoy darían cualquier cosa por verla entre llamas, se pasean por ella, como señores. Han bajado en manadas para ver á la Virgen, con el revólver en el bolsillo, y miran á todos con insolencia, como deseando que llegue pronto el momento de matar perros liberales.

El capitán mostraba prisa en irse. De quedarse en la villa tal vez se mezclase en la lucha. Tenía miedo á su entusiasmo: podía sin darse cuenta liarse á golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le irritaba.

—Yo no soy más que un empleado, Luis: un dependiente de Sánchez Morueta. ¡Y figúrate lo que haría doña Cristina si me viese mezclado en el jaleo; lo que diría el mismo Pepe, que tan cambiado está!... Bastante hago con defenderme y quedar á un lado, pues por su gusto iría esta tarde camino de Begoña.

El recuerdo del millonario y su familia, hizo que el médico y el marino hablasen de la gran transformación de Sánchez Morueta. Muy poco había sabido de él Aresti, después de su encuentro en el monasterio de Loyola.

—Es otro hombre—dijo Iriondo con tristeza.—Aquella casa ya no es la misma.

Y evitaba dar más detalles, con la prudencia del subordinado fiel que teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se sobrepuso.

—¡Qué porra! Tú eres de la familia y debes saberlo todo. Además, eres mi amigo y quieres á Pepe.

¡Ay, planeta! Aquello ya no es casa, es un convento, y cualquier día, el que fué nuestro grande hombre acabará por traernos el Padre Paulí al escritorio, para que dirija á los empleados. No se separa de él un instante.

Y describía con rudeza la nueva vida del millonario. Todos le dominaban; todos estaban sobre él: la esposa, la hija, hasta aquel niño inaguantable de Urquiola, que le decía con la mayor insolencia: «Tío, no haga usted eso», «tío haga usted lo otro.» Por el momento, Sánchez Morueta sólo era el tío: pero no acabaría el año sin que el abogadillo le llamase papá. Se casaba con Pepita y todos parecían satisfechos de tal matrimonio: la niña, la madre y el Padre Paulí. El millonario callaba, como si estando contentos los demás no necesitasen consultar sus deseos. Urquiola iba ya por el escritorio y daba órdenes imperativamente á los empleados. Hasta con el capitán se atrevía; con el viejo amigo de Pepe, á quien siempre hablaba éste con fraternal atención. ¡Porra! ¡A la vejez, después de una vida de noble é independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes se retiraría, abandonando á Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el Pepe que él conoció.

—Cómo nos lo han cambiado, Luis. ¿Querrás creer que un día en el escritorio, al volver de Loyola, me contó con el mayor entusiasmo que había hecho una confesión general, un recuento de todos los pecados de su existencia y me afirmaba que después de esto se sentía con mayor salud, como si fuese otro mundo? No he presenciado caída como esta. La mujer lo tiene tonto, y en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. ¿No sabes la última hazaña de ese pillín?... No la sabrás: todo Bilbao habla de ella, pero á las minas no llegan estas cosas.

Y relató á Aresti un suceso digno de la sección de tribunales de un periódico. Urquiola había dado un abortivo á aquella infeliz que vivía en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda del atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paulí le aterraba la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba concertado con la primera fortuna de Bilbao, y á viva fuerza había provocado el aborto. La enfermedad de la esclava y las murmuraciones de la vecindad, habían hecho intervenir en el asunto al juzgado. ¡Un escándalo, pero nada más! En aquella población todo se doblegaba á la influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.

—Y Pepe—continuó el capitán,—sin enterarse de nada; y si algo sabe, como si no lo supiera. Basta que doña Cristina afirme que todo es mentira para que él lo crea: basta que el Padre Paulí le diga que Urquiola será un grande hombre para que él escuche impasible sus necedades y bravatas de cabecilla. ¡Ay, Luis! ¡Qué dominación tan rápida y absoluta la de esa gente!...

Iriondo describía su influencia extendiéndose á todo lo que estaba bajo la dirección de Sánchez Morueta, á las fábricas, las fundiciones y hasta los barcos. Sin respeto á su cargo de inspector de navegación de la casa, le hacían despedir á marinos viejos que llevaban muchos años al servicio de Sánchez Morueta, y admitir á otros jóvenes que, apenas tomaban posesión de su camarote, pegaban frente á la litera una imagen del Corazón de Jesús. Él no osaba protestar ante el gesto autoritario del amo, y el miedo á los que, ocultos tras él, regulaban sus palabras y acciones.

La semana anterior le habían dado orden de despedir á todos los obreros que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen blasfemias ó se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impías. ¡Cristo! ¡Él, á sus años, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana; obligándole aquellos señores á que enseñase catecismo y buenas palabras á los cargadores del Nervión!...

—Pues, ¿y en los altos hornos?—exclamó después el capitán,—Allí va á haber cualquier día una huelga, seguida de la degollina de todos los beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se fué Sanabre, aquel chico tan simpático, la fundición es un infierno. Pepe tendrá cualquier día una sublevación ruidosa, y á los huelguistas no les faltará motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los que dirigen la casa. Los trabajadores que no son religiosos van á la calle, y los talleres se llenan poco á poco de hipócritas, que trabajan como saben ó quieren, pero que son respetados porque van á misa y se inscriben en las sociedades de obreros católicos.

El decaimiento moral de Sánchez Morueta, la abdicación de su voluntad, irritaban al marino.

—Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesión general es como el traje nuevo de un niño: no se atreve á hacer nada, por miedo á mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante á un fraile. No sabe hablar más que de la muerte; de lo que encontraremos en la otra vida, y vuelta otra vez con la muerte por arriba y por abajo, y el muy camastrón tiene mejor color y está más fuerte que nunca. Si yo me atreviera con él como tú, le diría: «Qué porra: ya sé que hemos de morir; vaya un descubrimiento. Pero mientras la muerte no llega, vivamos cada cual á su gusto, sin hacer la santísima á los demás, que es lo único en que gozan los que piensan á todas horas en su alma.»
Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y el capitán se despidió de Aresti.

—Esta tarde, en la romería, puede que tengas la gran sorpresa. Tal vez vaya en ella Pepe con su escapulario.

Aresti dió salida á su asombro con un juramento. ¡Quién! ¿Pepe sería capaz de exhibirse en aquella farsa?...

Iriondo no tenía la certeza de ello pero lo presentía. Era un suceso que llevaba preocupada á toda la familia durante la semana. La esposa quería verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en las filas de los devotos. ¡Qué triunfo para la religión! Él, después de volver á la buena senda, no podía negar á Dios el prestigio que daría á la santa causa esta adhesión pública de un hombre de su fortuna y su poder. El millonario se resistía, adivinando lo ridículo de esta humillación; defendíase agarrado á un harapo de su antiguo carácter. Pero todos caían sobre él, martilleando la débil corteza de su voluntad reblandecida. La madre y la hija se lo suplicaban. ¡Las daría tanto placer con ello!... El Padre Paulí hablaba con desprecio de los cobardes que sólo aman á Dios en su casa y temen manifestarlo públicamente, y el matoncillo Urquiola hacía burla de los que no se atrevían á salir á la calle por miedo á los impíos.

—Irá, estoy seguro—dijo el capitán con tristeza.—Lo arrastrarán, la familia de un lado, y de otro el miedo á parecer cobarde. ¡Adiós, Luis, y ten prudencia! Mira que hay cerrazón en el horizonte y la borrasca de esta tarde va á ser de cuidado.

El doctor subió la larga escalinata de la estación, y al salir al puente del Arenal vió muchos balcones colgados con trapos de colores é inscripciones en loor de la Virgen de Begoña. En las Siete Calles, lo más típico y tradicional de la población, las casas empavesadas ofrecían el aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre banderas el mismo rótulo en honor de la Señora de Vizcaya. Las gentes mirábanse con aire hostil; la población, dividida en dos bandos, parecía estremecerse en este ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa contemplaban con simpatía ó con odio á los grupos de campesinos y de obreros, según eran sus creencias. Cada cual miraba con desconfianza al vecino, y todos decían lo mismo en sus conversaciones.

—¡A la tarde!... ¡Oh, á la tarde!...

Aresti, después de errar más de una hora por la villa, se encontró al atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y gran barba, que le saludó con un gruñido, llevándose con cierta violencia la mano á la boina.

—Ya sabe usted, doctor, que usted es el único burgués que yo saludo.

Era el Barbas, el terrible solitario de Labarga, que pasaba sus horas de vagancia encogido en el suelo, inmóvil, como un profeta de horrores, escupiendo amenazas é insultos sobre los ricos del país. Hacía tiempo que habían demolido su barraca, después de socavar el suelo. La vieja compañera había muerto de miseria y él vagaba por las minas, durmiendo á la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta limosna con insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de él, miraba con ojos feroces á los obreros.

—¡Bestias!—les gritaba como si cometiesen un crimen.—¡Tenéis la dinamita en vuestras manos y la empleáis en eso!...

El doctor contestó á su saludo alegremente.

—¡Compañero! ¿Tú aquí?...

Había llegado por la mañana en un tren lleno de obreros. Por supuesto, sin billete; los compañeros querían pagárselo, pero él había protestado, ocultándose para viajar sin que los burgueses le explotasen.

—¿Y el mitin?—preguntó Aresti.—¿No vas al mitin?

El Barbas hizo un mohín de desprecio. Él no perdía el tiempo en bobadas. Se sabía de memoria todo lo que allí podían decir. Necedades y cobardías. Pedir más jornal ó que lo pagasen de este modo ó del otro; reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones para el que trabaja. ¡Como si esto sirviese de algo! Eran unos cataplasmeros. Y en esta palabra envolvía todo su desprecio á los que buscaban con reformas paulatinas y con una organización fuerte y disciplinada el mejoramiento del obrero.

—Cataplasmeros, doctor—gritaba.—Nada más que cataplasmeros. Este es un país acostumbrado á la disciplina y á la autoridad: por eso el pobre que en otro tiempo fué carlista, cree ahora sin esfuerzo alguno en esas organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la sociedad poco á poco. Pero ya se cansarán de tanta sensatez y tanto politiqueo obrero y entonces seguirán al Barbas y á otros como él, y en veinticuatro horas se arreglará todo ó acabará todo. El pobre pide justicia y la justicia ni se solicita á pedazos ni se regatea: se toma como se puede, aunque acabe el mundo.

Después explicó por qué había hecho el viaje. Únicamente le atraía lo que pudiera ocurrir por la tarde. Quería convencerse de que los pobres se atrevían por fin con los ricos: deseaba ver cómo corrían todos los enemigos por él odiados, sin que les valiese la protección de los ídolos celestiales á los que levantaban palacios, mientras él vagaba por el monte como un perro sin abrigo.

La esperanza del choque y de la lucha le estremecía de placer. Husmeaba el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que relincha oliendo la pólvora.

—¡Bronca!... ¡Ya se ha armado!—exclamó con alegría, mirando al otro lado del puente.

Por la avenida del ensanche corría á todo galope un grupo de jinetes de la guardia civil. En último término, veíase una gran masa de gente, una mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.

Era el público que salía del mitin y se detenía ante los balcones de las mejores casas, protestando de las colgaduras en honor de la Señora de Vizcaya. La gente silbaba: comenzaban á volar las piedras por encima de la negra masa: caían con estrépito las vidrieras rotas.

Aresti se vió solo. El Barbas corría hacia el gentío, dando gritos de entusiasmo. ¡Duro, duro! ¡No comenzaba mal la cosa!... Quiso ir el doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la muchedumbre, lentamente, avanzaba su pesado oleaje con dirección al Arenal. La caballería, impotente para contenerla, se limitaba á ir con ella, creyendo evitar así mayores desmanes.

Pasó la manifestación el puente, extendiéndose por el Arenal y las calles inmediatas. Eran obreros en su mayoría y jóvenes de la población cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras. Unos aclamaban á la Revolución social; otros daban vivas á la República; algunos gritaban ¡viva España! ante las inscripciones en vascuence, viendo en estas loas á la Señora de Vizcaya un hipócrita insulto á la integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella Bilbao dominada por la Compañía de Jesús y formada á su imagen.

El grito de ¡abajo los jesuítas! era contestado por un rugido unánime de la masa. En las calles inmediatas al Arenal caían á pedradas los cristales. Algunos chicuelos subían por las fachadas con agilidad de monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoña, dejándolas caer sobre el gentío, que las hacía pedazos.

Una noticia circuló como un relámpago por la gran masa detenida en el Arenal. Estaban prendiendo fuego á la iglesia de los jesuítas. Una parte de la manifestación, rezagada en el ensanche, sitiaba el templo, rociándolo con petróleo. Ya ardían las puertas.

La guardia civil corrió allá á todo galope, abandonando la manifestación. Aresti sentía un entusiasmo casi igual al del Barbas. ¡Ya ardía el odiado cubil! ¡Bilbao despertaba!...

Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas sólo habían sido chamuscadas: la presencia de la autoridad había disuelto el grupo incendiario, extinguiendo el fuego.

Era ya más de mediodía. Los grupos se aclaraban: todos se iban á comer. Aquello sólo había sido el prólogo de lo que ocurriría después.

—A la tarde, aquí—se decían unos á otros al alejarse.

Aresti entró en el restaurant del Suizo. En todas las mesas se hablaba también de lo que ocurriría por la tarde. A las tres estaban citados los de la peregrinación en el Arenal. Llegarían en varias procesiones desde las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia de San Nicolás. El plan había sido preparado con el propósito de llamar la atención, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia, desafiando á los enemigos.

Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta provocadora. Decían que el gobernador estaba influyendo cerca de sus organizadores, para que desistieran de ella. El Padre Paulí se negaba rotundamente, invocando hipócritamente la libertad. Su acólito Urquiola hablaba de la batalla de la tarde con aires de caudillo.

Algunos mostrábanse desconsolados por la idea de que pudiera suspenderse la romería. Al fin, era un suceso que amenizaba la vida monótona y gris de la población. Aresti no dudaba de que se verificase. Conocía á los organizadores, y su propósito de excitar á la impiedad naciente, para darla la batalla y afirmar así su dominación que creían en peligro.

En una mesa cercana disputaban dos señores.

—Me he fijado bien en la manifestación—gritaba uno de ellos.—Todos eran Pérez y Martínez, todos maketos é hijos de maketos, mala gente, de la que ha invadido nuestro país. No iba ni uno que tuviera los cuatro apellidos vascongados.

Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos, que exhibían como una prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.

—Pues, yo los tengo—gritaba su interlocutor con acometividad,—y digo que deseo que esta tarde les rompan el alma á los de la romería, y ¡ojalá arrastren á todos los jesuítas!

La división que perturbaba á la villa, mostrábase, también en el restaurant, impulsando á unos parroquianos contra otros faltando poco para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.

A las dos volvió Aresti al Arenal. Formábanse de nuevo los grupos cerca del puente, mirando con hostilidad á los aldeanos que pasaban camino de las parroquias. Circulaban por el gentío las más contradictorias noticias. Ya no se verificaba la romería: oponíase á ella el gobernador, al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban despreciativamente «el cónsul de España». Después corría de boca en boca la certidumbre de que iba á celebrarse la fiesta. Se estaban formando las comitivas en cada parroquia: pronto llegarían al Arenal para reunirse todas en San Nicolás.

Y la gran plaza ennegrecíase de gentío inquieto. Una masa de cabezas cubría las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba instintivamente la gente: un vacío que parecía destinarse al choque de unos y otros.

Aresti se sintió de pronto arrastrado por un violento empellón de la muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estalló una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones interrumpidas por tiros.

Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivén tempestuoso los estandartes de la primera procesión. El médico, sin saber cómo, en uno de los empujones de la multitud, se vió en mitad del Arenal, cerca del desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los hombres, empuñando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario de la Virgen de Begoña; las mujeres escoltaban á los curas, mirando á la muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanáticas.

Cesaron los disparos al entrar la procesión en la plaza. Entonaban los romeros un himno en vascuence á la Señora de Vizcaya, y de los grupos salía, como respuesta, La Marsellesa ó La Internacional.
Agrupáronse los devotos ante la portada de San Nicolás, y la muchedumbre avanzó lentamente hacia ellos. Estrechábase el espacio entre unos y otros, los palos levantábanse amenazantes, los insultos alternaban con los cánticos. De repente, el gentío se hizo atrás, volviendo sus mil cabezas. Una nueva procesión llegaba por el puente. Se había reunido en la Residencia de los jesuítas: era lo más brillante del ejército devoto que iba á subir á Begoña; el señorio de Bilbao, en el que figuraban las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los alumnos de Deusto. Los Padres de la Compañía más famosos, presidían las asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad creciente del pueblo.

Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los bolsillos, marcándose en la tela el rígido contorno de las armas de fuego. Las señoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas por la actitud hostil del gentío, como damas altivas que no temen al mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio á toda aquella balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas familias querían darles.

Estalló un trueno de gritos, insultos é imprecaciones. Aresti vió pasar á Urquiola con el revólver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores sólo intentaron en las montañas inmediatas, durante los dos famosos sitios.

—¡Viva Vizcaya! ¡Viva la religión y Nuestra Señora de Begoña! ¡Mueran los liberales!
Algunos discípulos de la Universidad jesuítica, pareciéndoles estas aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas á la Unidad Católica, y los aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que aquello significaba, pero adivinando que debía ser algo contra los impíos de la odiada Bilbao.

Aresti vió pasar á la mujer y la hija de Sánchez Morueta. Después á las de Lizamendi en un grupo de señoras, con la falda ceñida y el andar arrogante. Miraban á todos lados como si buscasen á alguien entre el gentío hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron satisfechas de no haberse equivocado. ¡También estaba allí!... El mal hombre estaba donde le correspondía. El médico vió la mirada de resignación y de lástima que su mujer dirigía al ciego, como si pidiese, con lamentos de víctima, perdón para su alma perdida. Luego vió destacarse de un grupo de sotanas á su enorme primo, que marchaba con la cabeza descubierta, brillando la condecoración de la Virgen entre la celosía de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil desconocida por Aresti.
El médico no pudo ver más. Creyó de pronto que se abría el suelo de la plaza y que huían todos, chocando unos contra otros con el terror de la fuga. Algunos palos rompiéronse en pedazos; sonaban las espaldas al recibir los golpes con un ruido de cofres vacíos; caían muchos con la cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huían, y comenzaron á sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros de los revólvers.

Corrían las señoras á refugiarse en San Nicolás, y los curiosos de las aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza dentro de los cafés, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.
En un momento se formó un gran vacío en la plaza, quedando sembrado el suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se arrastraban, manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en alto por los grupos hacia las farmacias más próximas. Mientras tanto, continuaba el combate entre los más resueltos de una y otra parte.

De la portada de San Nicolás salían descargas cerradas, disparos de revólvers baratos comprados el día antes por los organizadores de la romería, balazos sin dirección, que iban á perderse en la arena del paseo ó se incrustaban en los árboles. La mayoría de los obreros carecían de armas y se batían con los puños ó con palos, profiriendo en la exaltación de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoña y sus devotos. La batalla se había fraccionado: peleábase en grupos sueltos ó individualmente. Los mismos compañeros no se reconocían, y muchas veces se golpeaban, creyendo herir á un enemigo.
Aresti permanecía inmóvil en medio de la plaza, sin darse cuenta de las balas que á corta distancia de él levantaban las cortezas de los troncos. Sentíase empujado de un lado á otro por los empellones de los combatientes, viéndolo todo al través de una niebla gris, como si el sol se hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le hacían tropezar, y de los que salían gemidos dolorosos.
En este crepúsculo del atolondramiento creyó ver á un cura enorme que se recogía el manteo con una mano y con la otra disparaba su revólver sobre un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.

—¡Tú acabarás!—decía blandiendo una faca y desviándose de un salto cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo, apuntándole.

Y cuando el cilindro del arma rodó sin que saliera ya ninguna detonación, el obrero, con una risa feroz, se abalanzó sobre el cura, abrazándolo, cayendo con él al suelo, hundiéndole en la espalda el arma con tanto ímpetu, que la hoja quebróse en dos pedazos.

Aresti creyó que se había desplomado un árbol sobre sus hombros. Fué un golpe que le sacó de su aturdimiento, haciéndole rugir de ira: un garrotazo en la espalda, que acabó con toda su bondad irónica de espíritu superior, despertando en él á la fiera. Levantó su bastón y comenzó á dar golpes delante de él, sin mirar á quién alcanzaba, sin acordarse de que podía ser un amigo, con el ansia de hacer daño, con la embriaguez de la sangre.

De pronto se sintió detenido en su avance por una espalda que caía contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y débil, con el raquitismo que da el trabajo cuando es superior á las fuerzas de la edad. Vaciló como si estuviera ebrio, llevándose las manos á la cara ensangrentada, y al intentar erguirse, un puño enorme volvió á caer sobre él haciéndolo rodar por tierra.

Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo del caído, levantó el bastón al ver que se alzaba contra él de nuevo aquel puño que resonaba sordamente golpeando como una maza. Pero el médico quedó con el brazo en alto al reconocer al hombre que le acometía.

—¡Tú!... ¡tú!...—gritó con una voz que parecía desgarrarle la garganta.

Tenía ante él á Sánchez Morueta, con el puño levantado, las barbas en desorden, y en los ojos una expresión feroz: el deseo de exterminar á la canalla impía que insultaba á las personas decentes y había hecho refugiarse á las señoras en la iglesia.

Al reconocer á Aresti, bajó el brazo y la cabeza como avergonzado. En el mismo instante, algo blando y tibio chocó en una de sus mejillas escurriéndose por los hilos de su barba. ¡Su Luis, su hermano, le había escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de herirle, ya que las manos se negaban á ello por el antiguo respeto; era el desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido y feliz, á aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara ensangrentada.

El millonario miró á su primo con ojos mansos y sin expresión, unos ojos bovinos que parecían pedirle clemencia, al mismo tiempo que se pasaba la mano por la barba borrando el escupitajo del odio.

Fué á hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que agitaba su manteo como unas alas fúnebres tiraba de él. Era el Padre Paulí.

—Don José. Vámonos de aquí. ¡A Begoña! ¡A Begoña!

Y le arrastró con paternal solicitud, como si el millonario fuese el primer estandarte de la romería.
Aresti quedó inmóvil, avergonzado de su arrebato. Pero en fin, lo hecho bien estaba, ya que no tenía remedio. Los empellones de la gente que huía le sacaron de su abstracción. Los jinetes de la guardia civil corrían al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomerábase en las aceras, dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban algunos hombres, llevando en sus brazos un herido.

Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la fachada de San Nicolás. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban á tiros.

La muchedumbre sin armas, herida á mansalva desde aquella altura, rugía impotente, y en un arranque de desesperación, intentó arrojarse al asalto del templo, pero tropezó con un obstáculo que acababa de interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que brillaban cañones de fusil y correajes lustrosos.

Dos compañías de infantería habían entrado en la plaza á paso gimnástico, colocándose en batalla ante la iglesia. Eran los guiris, los ches, la España en armas que llegaba; la odiosa Maketania con su pantalón rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la resurrección de la antigua Vasconia. Los soldaditos, pálidos, con la boca apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los tiros de revólver, daban frente á la gran masa que protestaba contra la romería.

Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban instintivamente hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus talones y hacer fuego apuntando á la iglesia. Aquellos curas armados y vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los señoritos con aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban en ellos á los que en otro tiempo habían asesinado en las montañas á sus hermanos, y que aun ahora deseaban volver á la lucha de emboscadas. El deber, con su peso férreo é irresistible, mantenía inmóvil á la doble fila de hombres azules y rojos.

Un oficial vaciló un instante y entregando su sable á un soldado, se llevó una mano á un hombro. Acababa de recibir un balazo; le habían herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se contrajo con tristeza dolorosa, más que por la herida, por la amargura de un sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la montaña frente á frente con el eterno enemigo, sino á la puerta de una iglesia, á manos tal vez de un sacristán, de uno de aquellos efebos católicos que, ocultos en las alturas, gritaban como mujeres aclamando á la religión y la Virgen.

La guardia civil empujaba á los romeros fuera de la plaza. Salían en bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la lucha, y emprendían la ascensión á Begoña escoltados por los jinetes.
La muchedumbre hostil, contenida en su avance por la tropa, oía cómo se alejaban las cofradías por las calles empinadas que daban acceso al santuario.

—¡Viva la Virgen!—gritaban con el enardecimiento de una lucha en la que habían llevado la mejor parte.

—¡A Begoña! ¡A Begoña!—aullaba Urquiola agitando el revólver al frente de un grupo.

Y las aclamaciones á la Virgen, interrumpíanlas con frecuentes descargas. Sin cesar en sus cánticos, hacían fuego sobre todos los que al borde de la cuesta contestaban á sus aclamaciones con gritos de protesta.

Poco á poco fué quedando desierto el atrio de San Nicolás. Un muerto yacía en la acera, custodiado por dos guardias. Más allá, los grupos rodeaban á varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso lento á lo largo de las paredes esquivando el gentío. Estaban heridos é iban á sus casas á curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas declaraciones.

Aresti pasó más de una hora de botica en botica y de café en café, solicitado y arrastrado por muchos que le conocían, llamado allí donde guardaban un herido, esforzándose por curar de primera intención, con los medios que tenía á su alcance, á todos los infelices que en brazos de la muchedumbre iban después hacia el hospital.

Atendió indistintamente á unos y otros, á los que llevaban en el pecho el escapulario de la Virgen y á los que en el paroxismo del dolor creían encontrar un alivio dando vivas á la Libertad y la República. La carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las aceras y los pavimentos de los cafés, le causaban inmensa tristeza, haciéndole pensar con lástima en la eterna infancia de los hombres: ¡Matarse, herirse por un pedazo de madera groseramente tallada, que estaba allá en lo alto, entre luces y flores, mientras existían en el mundo terribles enemigos, como el hambre y la injusticia, que reclamaban para desaparecer el esfuerzo común y fraternal de todos los humanos!

Mientras los hombres se mataban por la gloria de la Virgen de Begoña, la carcoma, más sabia que ellos, seguiría mordiendo las entrañas de madera del sonriente fetiche: tal vez á aquellas horas algún ratón roía las patas del ídolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrería.

El médico, fatigado por las emociones de la tarde y por la violencia de aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente, respiró satisfecho cuando ya no le presentaron más heridos.

Paseó entonces por la orilla de la ría, pensando en el encuentro con su primo, que seguramente sería el último. La injuria á Sánchez Morueta le mordía el pensamiento: aquel salivazo parecía haber caído sobre su alma. ¡Ay, el intruso! El maldito intruso! ¡Cómo había penetrado entre ellos, matando todo afecto, anulando con el poder frío de la muerte todo un pasado de cariño fraternal!... No habían reñido cuerpo á cuerpo como los hermanos en las guerras civiles: pero se habían herido en el alma, separándose para siempre, como bestias enfurecidas. Se acabó la familia: Aresti estaba solo en el mundo.

Varios grupos de muchachos corrían vociferando por las riberas del Nervión. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la señal de la cruz. ¡Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos después de la lucha en el Arenal, se habían esparcido por las Siete Calles, escalando las hornacinas que cobijaban las imágenes de los patronos de aquella Bilbao tradicional.

Los santos eran arrojados de sus capillas y arrastrados después hasta la ribera, entre las patadas y salivazos de la turba, que quería vengar en aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre derramada por otros de músculos y hueso. ¡Al agua los santos! Y caían de cabeza en la ría las vírgenes y los bienaventurados, flotando después de la inmersión con la ligera porosidad de la madera vieja.

La muchedumbre seguía lentamente por las riberas el tardo descenso de las imágenes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaudían viendo el cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de mártires, insultaban á los impíos, amenazándoles con las manos crispadas.

Una imagen de la Virgen de Begoña, arrancada de su hornacina, era la que más llamaba la atención. ¡Ella tenía la culpa de todo!... Y la silbaban é insultaban mientras la imagen descendía tendida de espaldas, mostrando á flor de agua su vientre dorado y su carita de muñeca sagrada. Un gabarrero, cruzando la ría en su barcaza, avanzó hacia la imagen como si quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la piedad del marinero: iba á salvar á la Virgen.

Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, cesó de manejar el remo, y, levantándolo en alto, después de mirar á ambas orillas, dió con él un golpe tremendo á la Virgen, que desapareció en un remolino de agua para no flotar más. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. ¡Hasta sobre las aguas se mostraba la impiedad de la villa!...
Frente á un grupo peroraba un hombre de aspecto miserable, con movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti reconoció alBarbas.

—Lo de hoy no vale nada—gritaba.—No me parece mal que les metan mano á los que por tanto tiempo han tenido engañada á la gente, pero después de esto hay que ajustar la cuenta á los que la roban. Hoy ha sido la batalla de los santirulicos: mañana será la del pan. Ya bajarán del monte los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los ladrones de aquí: ya reclamarán su parte. Y nada de peticiones ordenadas ni de aumentos de jornal, ni de limosnas. ¡Fuera los cataplasmeros! A cada cual lo que le corresponde, y al que se oponga, ¡dinamita... roño! ¡dinamita!

Aresti se alejó para que no le viese aquel energúmeno, que parecía enardecido por la sangre de la reciente lucha.

Sus palabras evocaban en el pensamiento del médico las minas, con su población miserable, roída por las necesidades materiales y la desesperación de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos picachos rojos, transformados y revueltos por el pico del peón y el trueno del barrenador, un nuevo peligro espiaba á la villa opulenta y feliz. Después del choque provocado por el fanatismo dominador, vendría la huelga de los infelices, la reclamación imperiosa de la miseria.

Un ejército enemigo se ocultaba tras aquellas montañas que cerraban el horizonte: una horda hambrienta que algún día caería sobre la población como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao estaba amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendrían los enemigos ante las defensas exteriores; se esparcirían por las calles y bloquearían á la riqueza en sus magníficas viviendas. La guerra en nombre del pasado se repetiría en defensa del porvenir; los nuevos sitiadores llevarían la miseria como bandera, y como grito de combate el derecho á la vida.
Aresti pensaba en la posibilidad de que desapareciese aquella riqueza origen de tantos males. ¿Para qué servían los tesoros de las minas? Se había embellecido exteriormente la población, tomando el aspecto de una capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la ría por las chimeneas de fábricas y buques; pero la vida era más triste que antes. Con la riqueza habían llegado los hombres negros, que se hacían los amos de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus manos en los bienes materiales.

Si la riqueza de la villa se agotara de pronto, aquellas aves de tristeza levantarían el vuelo hacia otros países. El suelo sería más pobre, pero renacería en él como planta de consuelo la alegría de la vida.
La antigua Bilbao de los comerciantes y los marinos, que aún no conocía el valor del hierro, era más feliz, con la paz de un trabajo lento y ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la villa moderna, con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella riqueza disparatada y rápida que apenas si dejaba en el país rastros beneficiosos de su paso, perdiéndose en las obscuras tragaderas del intruso negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse al lado de los favoritos de la suerte, ofreciéndoles el cielo á cambio de una participación en el botín.

El saqueo de la Naturaleza, la amputación de sus entrañas de hierro, había servido únicamente para la felicidad de unos cuantos y para qué el parásito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero amo de todo. ¡Debía terminar aquel carnaval de la Fortuna, que sólo servía para dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar á la miseria, con el alarde de una concentración loca de la riqueza, que avivaba los odios sociales!...

Las minas se empobrecían. Los optimistas las daban vida para veinte años: los más crédulos llegaban hasta treinta. Pero después vendría el agotamiento, la nada; la montaña pelada, con su esqueleto calcáreo al descubierto, sin guardar el más leve harapo del manto que la había cubierto durante siglos, más rico que el de muchos dominadores de la tierra. Algunas minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos, á los que se olvida cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se aprovechaba la escoria de las viejas explotaciones, para extraer el hierro que habían respetado los métodos antiguos. En Gallarta se derribaban casas enteras, construidas algunos años antes, para aprovechar el mineral de su paredes. Se vivía de los residuos de la época de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se aprovechan para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras esto, era de esperar la completa carencia de mineral. Serían inútiles todas las extratagemas de aprovechamiento; sólo encontrarían la tierra pobre y estéril, sin la menor partícula de hierro, y entonces vendría el ¡sálvese quien pueda!, el momento terrible de la vuelta á la pobreza, la fuga desordenada y arrolladora de la muchedumbre que engañaba su hambre trabajando en la cantera, dejando entre sus pedruscos lo mejor de su vida: el aislamiento de los poderosos, encerrándose en el arca de su riqueza, para flotar sobre este Diluvio final.

La Fortuna habría pasado un momento por aquella tierra, como por otros países, sin dejar más que ligeras huellas. Bilbao ofrecería el aspecto de las ciudades históricas de Italia, que fueron grandes, llenando el mundo con el poderío de su comercio, y hoy son melancólicos cementerios de un pasado glorioso. Quedarían en pie los palacios del ensanche, la ría prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo el mundo: pero los palacios estarían desiertos, el abra, con sus contados barcos, tendría la triste grandeza de una jaula inmensa sin pájaros, y las fundiciones, los altos hornos, los cargaderos, serían ruinas, con sus chimeneas rotas, como esas columnas solitarias que hacen aún más trágica la soledad de las metrópolis muertas.

Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los dueños de tanta riqueza, no habían querido crear industrias nuevas, que fuesen libres de la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados á las fáciles y seguras ganancias de un país donde sólo hay que arrancar los pedruscos del suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su puerto, la existencia de sus fábricas, todo estaba sometido á la tierra roja arrancada de la montaña. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire de sus pulmones, y al faltar de repente, caería la villa ostentosa con repentina muerte, desaparecería, como el decorado de una comedia de magia, aquella riqueza creada de la noche á la mañana, que era para la masa infeliz una opulencia insultante.
Tal vez algún día los pasos de los raros transeuntes despertasen el mismo eco fúnebre en las calles de la nueva Bilbao, que los del viajero al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Podía ser que el mar enemigo cegase la ría con una barra de arena, y que sólo de tarde en tarde remontase su corriente algún barco mercante.

Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su Bilbao volvería á ser la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una vida mediocre y pacífica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus calles el ejército de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los que llegaban á exhibir como una acusación muda sus harapos y su cara de hambre ante los palacios de los ricos.

Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharían tras sus pasos aquellos hombres negros que la seguían como merodeadores, que sólo se mostraban hablando del cielo allí donde se amontonaban los beneficios de la tierra. No vacilarían en abandonar una tierra exhausta, olvidándola como tenían olvidados á los países pobres, donde nunca se mostraban, como si en ellos no existiesen hijos de su Dios.

Aresti, al pensar que la ruina de su país sería la señal para que los invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella llegase cuanto antes: sonreía pensando en el agotamiento de las minas como en una catástrofe providencial y salvadora.

Llevaba más de dos horas paseando por la orilla de la ría. Comenzaba el agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el sol ocultábase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos seguía la lenta flotación del último santo, arrojándole piedras para que no se detuviera en las revueltas de la corriente.

Después de las agitaciones de la tarde, la calma majestuosa del crepúsculo de verano, parecía envolver suavemente el espíritu de Aresti, elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo de tierra donde había de morir. Era un ataúd, en el que dormitaba, rodeado de seres egoístas que se defendían del vecino ó intentaban aplastarle, siempre en continua guerra, como si todos se creyesen inmortales y temblaran por su sustento durante una vida sin límites.
Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y doloroso camino que aún tenía por delante; en la obscura selva por donde marchaba, encadenados sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos doloridas hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos, como una estrella perdida en la noche.

El sol se había ya ocultado. Sobre las aguas ligeramente enrojecidas por el resplandor sangriento del cielo, flotaba la imagen del último santo.

Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el último crepúsculo de las religiones. ¡Ay, si la noche que llegaba fuese eterna para los viejos ídolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de todas las leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa ante el negro secreto de la muerte!

El doctor contemplaba la fuga del ídolo sobre las aguas, y, como atraído por él, lo seguía á lo largo de la ribera.

Soñaba en el día glorioso de la humana redención: cuando desapareciesen los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que hablan mantenido á los hombres durante siglos en la esclavitud, cantándoles la canción de la humildad y la repugnancia á la vida, arrullándolos en su eterna niñez, con la apología de la resignación cobarde ante las injusticias terrenales, como medio seguro de ganar el cielo...

No: aquellos ídolos habían engañado á la humanidad demasiado tiempo y debían morir. Sus días aún serían largos, pero estaban contados. Los hombres comenzaban á maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos hostiles con la sublime rebeldía del sacrilegio. Eran los alcahuetes de la injusticia. Bajarían de sus altares como habían descendido los dioses del paganismo cuando les llegó su hora, siendo más hermosos que ellos. Quedarían en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr siquiera, en su fealdad, la admiración que inspira la armoniosa desnudez: se confundirían con los fetiches grotescos de los pueblos primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras sus aspiraciones y anhelos, adoraría en el infinito de su idealismo las dos únicas divinidades de la nueva religión: la Ciencia y la Justicia Social.

Capítulo décimo y último de El intruso de Vicente Blasco Ibañez

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